lunes, 5 de septiembre de 2022

Relato erótico, Mi doncella del deseo

 Él... ¿Volverá a visitarme pronto?

Le extraño demasiado.

¿Yo? Yo soy una chica llamada Victoria pero que, a diferencia de las demás, mis ojos eran del color de las amatistas.

Vivía en una prestigiosa escuela de señoritas, un lugar dedicado a entrenar a las jóvenes más bellas de la región para ser las amantes perfectas de hombres millonarios.

En fin, luego os explico cómo iba todo esto en este lugar ya que antes, quiero contaros mi historia.

Supongo que nací en una familia que no me quería ya que me encontraron en la entrada de un orfanato.

Yo nací con una condición algo extraña, como dije antes, mis ojos eran de un extraño color y eso hacía que llamara la atención.

Los padres que venían a buscar niños me miraban extrañados, me sentía un fenómeno sólo por esa razón, yo era una niña normal después de todo pero, nunca me elegían.

Parecían temer lo que los demás opinaran al tener una hija con unos ojos tan poco comunes.

Aún así, había perdido la ilusión, no dejaban de repetirme que era demasiado hermosa pero luego no me querían como hija, los demás niños se alejaban de mí y entre los grupos de niñas hablaban con burlas hacia mi persona.

Pero, había alguien diferente, un joven mucho más mayor que yo, que por aquel entonces yo tenía 7 años y él 17.

Él, se llamaba Gabriel, de cabello castaño ondulado y ojos azules cristalinos, alto y atractivo, de una buena familia con mucho dinero.

Era amigo de los dueños del lugar y siempre venía a visitar para ver cómo iban las cosas y, nada más encontrarme un día llorando, fue el único que quiso animarme, me preguntó qué me pasaba y tras contarle mi situación, me dijo que yo era realmente especial, que la belleza no lo era todo entre más cosas.

—Gabriel, quiero que seas como mi hermano mayor, quiero ya irme contigo —no dejaba de repetirle y él sonriéndome me respondía.

—Mi pequeña Victoria, te prometo que cuando sea mayor, te llevaré conmigo, recuerda que aún tengo 17 años pues, si por mi fuera, ya estarías conmigo desde hace mucho tiempo.

Entonces él acariciaba mi rostro y me regalaba algún dulce.

Siempre era tan tierno conmigo.

De oídas podía escuchar que los demás decían que era un joven de fuerte carácter y que siempre hablaba con sarcasmo, que era como si tuviera una coraza de frío acero.

Los dueños decían que debían ser amables con él porque su familia era muy importante.

Yo no creía nada de eso y siempre acababa discutiendo con los demás, incluso con los dueños, no me gustaba que dijeran esas cosas sobre él, no le habían conocido a fondo como yo lo hice y aunque a veces tuviera sus momentos en los que era duro en sus palabras, siempre sabía cómo animarme y me cuidaba, si veía a algún niño criticarme, él me defendía.

Pero, llegó un momento en el que los dueños se hartaron de mí, me veían más como a un objeto, una cara bonita con ojos llamativos y pensaron que sacarían mucho dinero vendiéndome a una escuela de señoritas.

Es por eso que ahora me encontraba en este lugar, cada día debía verme perfecta, los modales más refinados, las mujeres que nos enseñaban a ser las perfectas amantes eran muy estrictas con nosotras.

Siempre con dietas, bien arregladas, aprendiendo a cocinar, vestidas con trajecillos de lo más sugerentes pero a la vez elegantes, peinadas ya desde bien temprano.

Aprendíamos a tratar a los hombres, incluso a usar nuestro cuerpo, nos enseñan a bailar, hasta usábamos consoladores para simular la masturbación y cómo jugaríamos con un miembro pues, en el momento de cumplir los 18 años, ya estaríamos preparadas para ser llevadas con los hombres que habían pagado por nosotras.

Y, bueno, me sentía feliz al fin y al cabo porque, poco después de ser llevada a este lugar, Gabriel apareció pagando una gran suma de dinero para ser el que se quedaría conmigo después de terminar mi entrenamiento de señorita.

Casi todos los días venía a visitarme, siempre tan tierno como si fuera un hermanito mayor protector, me traía regalos y me ponía sumamente feliz.

Aunque si alguna de las que nos entrenaban estaba presente, debía controlarme porque si me ponía muy efusiva me regañaban duramente.

Estaba deseando tener los 18 años sólo para irme ya con él, aunque según me dijeron, antes deberíamos pasar por diferentes pruebas, además, cuando estábamos cerca de cumplir los 18 años, nos dejan irnos a las casas de los que serían nuestros dueños durante un par de horas.

Y al fin, llegó mi cumpleaños, lo esperé muy ansiosa.

Desde hacía dos meses iba de visita a la casa de Gabriel, vivía solo en un piso muy grande y siempre me hacía muy feliz, me ponía de comer cosas deliciosas y me llevaba a ver la ciudad a los lugares más divertidos, aunque, cada vez que regresaba a la escuela, las mujeres me obligan a desnudarme por completo, revisan mi cuerpo de arriba abajo, incluso metían sus dedos en esa parte de mí pues, era una regla que había que, los que habían pagado por nosotras, no podían mantener relaciones sexuales ni hacernos algo hasta ser mayores de edad.

Gabriel, ¿me haría esas cosas?

No es que no lo deseara, pero, aún me sentía como una niña.

Incluso mi cuerpo, no tenía los pechos demasiado grandes.Aquí deseaban que las jovencitas fueran abusadas por lo visto, hacía poco, una chica muy amable llamada Bianca que recién cumplió los 18, vino llorando de haber estado con su futuro dueño.

Perder la virginidad, era algo importante antes de vivir con ellos definitivamente pero, de verdad, no dejaba de pensar en que si él me lo haría, yo tenía mucho miedo, según dicen, dolía mucho.

Bianca esa noche nos estuvo contando como su amo al que le veía como un hombre amable y dulce, la había embestido contra la cama repetidas veces y ahora le dolía todo por dentro.

—Os lo juro, jamás pensé que él fuera así, se había convertido en una bestia que sólo ansiaba mi cuerpo, quería gritar que se detuviera pero no lo hice, es así como nos enseñaron.

Pobre Bianca, no dejaba de darle vueltas en la cabeza a aquello, además, no podíamos evitar tener que mantener relaciones pues, las mujeres que nos enseñaban después comprobaban si perdimos o no la virginidad. 

Si nos resistimos, recibíamos una paliza. 

Recordé que no hace mucho, otra chica llamada Lara, se resistió a tener sexo con su dueño y fue azotada varias veces, y no sólo eso, le hicieron cosas feas ahí y pellizcaron sus pezones entre muchas más cosas. 

Eran tan crueles, sólo les importaba el dinero, los millones que esos hombres pagarían cada mes.

Les daba igual que aún fuéramos chicas inocentes que sólo querían amor.

Pero, es que, Gabriel, nunca me haría daño y, cada vez que me iba con él, era un amor, no me insinuaba nada sexual, no me metía mano, me llevó incluso al parque de atracciones, cocinábamos juntos, me hablaba de todo lo que le preocupaba y también reíamos, me compraba vestidos para cuando viviera con él, que es que, mis deseos de estar con mi Gabriel eran tan inmensos que casi ni conciliaba el sueño.

Y, llegó el día en el que cumplí los 18 años.

Emocionada esa mañana en la ducha, me miraba mi cuerpo en el espejo, aún se veía algo aniñado, tenía los pechos algo pequeñitos y no era tan alta.

Y después, nada más verme Gabriel, se puso muy contento.

—Mira Gabrielín, al fin soy adulta, ya pronto podremos estar juntos.

—Estoy tan contento mi Victoria —me dijo acariciando mi cabello.

—Así es y estoy tan feliz, eso es porque te quiero tanto —le decía sonriéndole.

Y, toda esa semana la pasé dando clases que quise ignorar sobre cómo dejarme hacer entre más cosas, además de hacerme revisiones en cada parte de mi cuerpo.

—Todavía tienes cuerpo de niña, pero eres demasiado bella, a los hombres les gusta mucho acostarse con jóvenes de aspecto inocente —decían esas señoras que nos educaban.

«Gabriel no era de esos»

Pensaba enfadada con ganas de gritarle a esas mujeres, pero debía controlarme o podría recibir un enorme castigo.

Y, el momento en el que podría irme por un día entero con Gabriel llegó, ese día siempre llegaba tras las clases, después podíamos irnos cada semana un día entero hasta pasado un mes que ya era definitivo.

Gabriel llegó sonriéndome y acariciando mi cabello.

Las mujeres me habían obligado a ponerme un pequeño vestido y ropa interior negra de encaje.

Acaso, ¿este era el día que tanto temía?

Estaba entre feliz y nerviosa en el coche junto a Gabriel, él estaba algo serio pero yo le decía alguna broma y podía verle sonreír ligeramente.

Nada más llegar a su lujoso piso me sirvió algo de comer, todo parecía ir como siempre.

Tras terminar la comida, me levanté tomándole de las manos emocionada.

—Gabriel, ¿qué haremos hoy?Él estaba realmente serio y eso me intimidaba un poco.

—¿No iremos a ver sitios? —Insistí.

—Victoria, sabes perfectamente lo que hoy debe pasar, no actúes siempre tan inocentemente.

Mi cara se quedó en shock y después él se levantó tomándome de una manera algo brusca para tirarme contra la cama.

Ahí acarició mis piernas suavemente mientras me miraba a los ojos fijamente muy serio.

Poco después, bajó la cremallera de mi pequeño vestido que se encontraba en un lado dejándome en ropa interior.

Yo estaba en silencio sin saber qué decirle.

Me incorporó un poco y ahí me pegó a su pecho desabrochando mi ropa interior.

—Tengo que hacerlo mi Victoria, sólo así podré estar contigo para siempre aunque, realmente lo deseaba también.

Eso fue lo que me dijo al oído y después me dejó suavemente sobre la cama, ahora mis pechos estaban libres de ese apretado sujetador y Gabriel acarició la marca que había quedado en mi piel.

Lo mismo cuando bajó mis braguitas, tocando con sus dedos como si dibujara la forma que habían dejado en mis caderas.

Sus dedos acabaron entre mis piernas acariciando esa parte de mí suavemente mientras que se acercaba a mis labios besándome de una forma que, mostraba el intenso deseo que tenía por mí en aquellos momentos, su lengua jugando en el interior de mi boca así mientras sentía como ahora introducía un dedo en mi pequeña vagina acariciándola por dentro para humedecerme.

Cuando sintió que todo estaba perfecto, se puso de rodillas entre mis dos piernas quitándose su camisa blanca mostrándome su torno desnudo, no era extremadamente musculoso pero se notaba que se cuidaba y me resultaba tan increíblemente atractivo.

Después se bajó los pantalones y la ropa interior, allí pude ver su miembro duro que se encontraba increíblemente excitado.

Creer que él pudiera tener tales deseos, que llegaría a ser todo un hombre conmigo, esos cálidos brazos protectores con los que le vi todo este tiempo, ¿tan sólo era una ilusión?

Por supuesto, ¿quién no desearía poseer el cuerpo del ser que más le importaba en el mundo?Por más que lo quisieras cuidar y proteger, llegaba un momento en el que el deseo sexual no podía resistirse más.

Quien tanto deseabas pasaba por tu mente a cada minuto poseyendo tus pensamientos como un control mental.

Cada acción, su simple boca cuando sonreía, sus expresiones, su figura con la ropa que mejor le sentaba, sus piernas desnudas, sus manos que querías rozar y retenerlas con las tuyas, incluso ver a ese ser en sus peores días, sin haberse duchado, sin arreglar, su rostro, su piel sudada, las marcas sobre su cuerpo, su ropita amoldándose a él, te gustaría tener una de sus prendas.

Mi corazón sentía todas esas emociones que él tenía por mí y muchas más, ¿cuántas veces se habría masturbado pensando en mí?

¿Quieres retenerme por siempre entre tus brazos?

¿Quieres hacerme sólo para ti? 

Me deseas de una forma que no conoce límites.

Cada desperfecto de mi cuerpo tú lo veías como tu adicción, te daba igual que mi cuerpo fuera extremadamente delgado o que algunas formas de él no fueran las que a mí me gustaría tener.

Siempre pensabas que las amabas, deseabas acariciarlas con tus manos, no quisieras que se vieran diferentes.

Incluso si a mí me daba apuro que me vieras ciertas partes de mi cuerpo desnudas, mi pequeño traserito o mis pechos tan redondos y no muy grandes, tú los mirabas aún pidiéndote que no lo hicieras, jamás me hacías caso, no me respetabas, ¿acaso sentías que mi simple existencia te pertenecía?

El mirarme a cada momento, cada acción que llevaba a cabo, la vergüenza que podía llegar a sentir a ti te resbalaba.

Parece ser que es tu mayor disfrute, lo que hacía que tu vida tuviera sentido, el mirarme y más mirarme, rozar mi cuerpo y pensar que podías tenerme.

Y así, sentía tu cuerpo sobre el mío, penetrándome una y otra vez.

Recuerdo que antes de entrar dentro de mí, con tu mano izquierda, usando tu pulgar, acariciabas mi mejilla suavemente.

Mirabas mi cara, es como si fuera lo que te producía la adrenalina en la vida, en todavía más avivar eso que sentías por mí.

Si no vieras mis ojos nunca más, creo que te sentirías vacío.

El simple hecho de manchar antes mi boca con un poco de nata, produjo en ti tantas emociones, te creías que me veía tan apetecible, adorable y hermosa por solo manchar un poco mi boca.

¿Qué sentirías ahora entrando y saliendo de mi cuerpo?

Pudiendo sentir ese placer que produce el tenerte tan dentro de mí.

Tomando mis manos con las tuyas si no es que estabas acariciando mi cintura con intensidad, a pesar de que querías tratarme con delicadeza, tenías tanta ansía de mí, que tus manos no soportaban el aguantar la presión suave y es como si quisieras apoderarte de mi alma, de toda mí.

Y sí, con mi poder de empatía, sabía cada cosa que sentías, podía saber qué sentía un hombre al estar enamorado de tal forma.

Sé que muchos decían que no era sano querer a alguien como tu posesión pero, la necesidad de tener al ser que más te importaba en este universo para ti, cuando nadie más te daba calor, no existía nadie que pudiera hacerte sentir así, todos eran menos y no te servían en tu vida, no llenaban ese vacío.

Sólo hay un ser que podía llenarlo, que hacía que tu vida tuviera sentido.

Porque la existencia para ti es una cosa inútil si yo no estaba.

Vivir no sirve para nada, la vida es banal y sin sentido cuando ese ser no existía en el mismo universo que tú.

Por eso esperaste que los años pasaran viviendo penosamente como si a la par estuvieras muerto hasta que yo naciera en este mundo.

Y en fin.

Al final después de tanto tiempo pudimos vivir juntos.

A los ojos de los demás yo era tu amante linda que debía satisfacerte, pero no nos importaba lo que ellos imaginaran porque tenernos el uno a otro era la realidad y para lo que vivíamos.


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