sábado, 28 de enero de 2023

Un jugo que no debí beber, mi sobredosis de azúcar 9

 Aquella ángel mal herida y débil, dirigió su mirada con un profundo odio hacia Anyelik, sacando así sus últimas fuerzas para lanzarse a ella con un cuchillo en su mano, tan cegada, que ni siquiera pensó en nada más.

Fue James, que estaba al lado de esa princesa, el que la detuvo fácilmente y Lala, tratando de liberarse, a punto estuvo de clavarle ese cuchillo en más de una ocasión. Iba tan ida, que no acertó ni una sola vez y los chicos, se pusieron frente a Anyelik para protegerla.

—¡Noooo! ¡Suéltame! ¡He dicho que me sueltes! ¡Debo acabar con esa princesa de una maldita vez!

Y al fin James sostuvo su mano, que con su fuerza, ella ya no pudo hacer nada dejando caer el cuchillo y casi cayendo en su pecho por los dolores de su cuerpo.

Fue Alejandro, el que furioso la tomó de malas maneras tirándola al suelo, dispuesto a golpearla, pero, Anyelik intervino pidiéndole que no lo hiciera.

—¡Anyelik por dios! ¡¿Qué estás diciendo?! Esta mujer ha tratado de matarte todo este tiempo y aun así... ¿Le perdonas la vida?

Zandro, que tomaba ahora el brazo de aquella princesa para que no se acercara, tuvo que retenerla aún más, pues estaba dispuesta a ir hasta Lala.

—Papi, suéltame por favor.

—Princesa, no puedo permitir que te expongas al peligro. Prometí a tu padre ser un buen guardián.

Y, Anyelik, calmadamente, tomó su brazo para mirar sus ojos con confianza.

—Ella, ahora, está indefensa, tan perdida, en verdad, no siento que sea malvada realmente.

Déjame al menos saber por qué hizo todo esto.

Zandro ya no pudo hacer nada por detenerla y Anyelik, ahora estaba frente a Lala, que seguía débilmente en el suelo, y, al verla al fin tan cerca, quiso abalanzarse sin ninguna fuerza en su cuerpo, sin esperarse, que ella la tomaría entre sus brazos inesperadamente, mientras que Lala, gemía con rabia y desesperación, clavando sus uñas en la espalda de esa ángel que no podía soltarla.

—Ya, tranquila, por favor, cálmate, estás herida, deja que te ayudemos.

Le decía con su dulce voz.

—Yo, yo... tengo que matarte... tengo que matarte.

Y sus uñas acabaron por deslizarse bajo topa la espalda de Anyelik casi sin presión, acabando por dejar sus brazos tendidos rindiéndose.

—¿Por qué...? ¿Por qué quieres ayudarme? ¿No me tienes miedo?

Al fin le preguntó con una tenue voz.

—Si el ser que sirves, te abandonó de tal manera, solo para que me mates de una vez, ¿no crees que desde el principio te dejó sola? ¿Por qué ayudar a alguien que no quiere amigos? y que, aunque los tuviera, jamás los apreciaría.

Yo pienso, que tú solo querías tener a alguien a quien le importaras. No sufras más, y no sirvas a un ser malo para tener a alguien cerca cuando así, todo es tan falso y vacío.

Lala rompió en llanto finalmente sin ser capaz de corresponder ese abrazo, sintiéndose tan sola y abandonada realmente.

—Llora todo lo que necesites, pero, deja que curemos tus heridas.

—Acaso... ¿Hay alguna nueva oportunidad para mí?

Terminó soltando.

—No tengo familia, ni un hogar, no tengo nada de nada, mejor estaría muerta.

Los chicos miraban sin saber qué hacer en esos momentos.

Carl, aún estaba resentido al recordar lo sucedido con su tribu, Gabriel, no quería involucrarse con esa mujer y Alejandro, aún dudaba.

Mark, no quería tampoco tener que ver con ella, pero sentía cierta lástima con su llanto.

Fue Zandro, el que al final se acercó para tomarla sin que nadie lo esperase.

Recordando cuando se quedó solo, herido en el infierno sin nadie en quien confiar.

—¿Tienes un cuarto en donde ella pueda descansar?

Preguntó dirigiéndose a Lewian, que todavía no entendía nada.

—Sí, en la tercera planta ahora está mi casa, vamos allí.

La gente que aún estaba en el local, había estado mirando todo con curiosidad, Lewian les pidió, que por ahora sería mejor que volvieran a sus casas y así hicieron ellos, además, sus ayudantes avisaron a los de la planta baja que cerrarían el local.

Ya, en una de las habitaciones, Zandro dejó a Lala sobre la cama y lewian, fue a por todo lo necesario para sanar sus heridas además de un buen vaso de agua.

Tuvo que quedarse semi desnuda porque todo su cuerpo estaba lastimado, ni siquiera pudo sentir apuro debido a la debilidad que cargaba.

Zandro fue el que comenzó a curar herida por herida.

La del pecho, era la más grande, el lugar en donde había estado esa gema.

Por unos momentos, miró a Anyelik que no había quitado esa triste carita y no se aguantó esa pregunta.

—¿Por qué me miras así?

—Es que, no puedo olvidar que varias de tus heridas las causé yo en la última pelea.

No quise hacerlo, pero estaba tan preocupada por proteger a Carl y, después, escapaste sin que pudiera hacer nada.

Carl recordó aquel día y miró a un lado, Lala se quedó viendo el techo.

—Debía, hacer lo que Yeivh me pedía, solo así, podría seguir viviendo de alguna manera, tener falsa atención en el que nunca fue mi hogar.

Anyelik entonces, se acercó hasta la cama, para sentada en el suelo, mirarla más de cerca, tomando una de sus manos.

—¿Qué te pasó? ¿Por qué recurriste a Yeivh?

Quisiera que te desahogaras.

Lala cerró sus ojos con fuerza sintiendo tanta aflicción, y hasta resentimiento con su injusta vida, pero, con la mano de Anyelik aún tomando la suya, pudo al fin sentir esa necesidad de liberarse.

—Mis padres esperaban que yo fuera un hombre y se decepcionaron cuando nací.

Al ser una familia poderosa en la ciudad, pensaron, que teniendo un hijo, podrían presentarlo para casarlo, precisamente, con  la futura princesa que venía en camino.

Anyelik no esperó aquello.

—Sí, tengo dieciocho años realmente, solo soy unos meses mayor que tú, aunque aparento más de veinte y siempre miento sobre mi edad si me preguntan.

Lala miró de nuevo al techo y les continuó contando.

—Estando aún en el vientre de mi madre, el doctor nunca supo distinguir bien mi sexo en las ecografías, supongo por la posición en la que me encontraba siempre.

Al ser un bebé más grande, también por eso me confundieron con un niño.

Anyelik miró su figura, en efecto, ella era una mujer alta, como de un metro setenta y tres.

—Con toda una historia montada ya en la mente de mis padres y su maldita ambición, la decepción conmigo fue inmensa, más, porque yo ni siquiera quería dedicarme al mundo de sus negocios.

Mi sueño... bueno...

Y Lala pareció ponerse un tanto nerviosa, pero lo acabó soltando.

—A mí me gusta hacer muñecos, y para colmo, macabros la mayoría de ellos.

Desde niña, comencé a coser muñecos y en la escuela, al llevarlos, los compañeros de clase se burlaban de ellos y de mis gustos y un día, enfurecí de tanto acoso, clavándoles unas agujas a una niñata en la cara y en los brazos.

Jah, yo fui la mala a la que expulsaron, pero nadie dijo la de veces que se metió conmigo, y las veces que me robó mis muñecos para romperlos delante de mis narices y burlándose junto a los demás.

Lala parecía furiosa recordando aquello, tomando las sábanas con ansias, pero, poco a poco, su rostro se llenó de mucha tristeza y terminó de contarles el resto.

—Desde ese día, mis padres me dejaron en casa, no podía salir para nada, siempre en esa habitación con rejas en las ventanas. Pensaban que yo era un monstruo.

Me odiaban y querían casarme lo antes posible al cumplir los dieciséis con hombres ricos para así, deshacerse de mí.

Pero, yo me convertí en una fiera y los echaba aterrándolos y, con eso, mis padres me odiaron tanto tanto, que hasta me golpeaban, aunque, hasta no ser mayor, no podía echarme así como así, solo si me casaba podrían hacerlo y, el día que cumplí los dieciocho, pensando que todo acabó para mí, Yeivh, apareció cruzando el espejo de mi cuarto y así empezó todo.

Pensé, que si te mataba, podría tener a alguien, podría ser valorada de una vez.

Ni siquiera me importaba esa historia del pasado, que por ti comenzó todo el odio, a mí solo me interesaba, tener una cosa... que alguien me dijera, que lo que hago, al fin valía la pena, alguien, que me quisiera a su lado.

Todo ese lado oculto que Lala estaba mostrando ahora, hizo que los chicos sintieran al fin compasión, hasta Carl sentía que no podía odiarla del todo.

Incluso la voz de esa joven, sonaba diferente, con menos orgullo, tan humilde y al fin arrepentida.

En esos momentos, trató de incorporarse, queriendo marcharse ya de allí.

—Lala, no, estás débil aún.

La detuvo Anyelik.

—Qué más da, no tengo donde caerme muerta.

Y fue Alejandro el que al fin intervino algo mosqueado.

—Si te rindes tan fácilmente, entonces ¿Para qué nos cuentas tu historia?

¿Te crees que todo acaba así? Que ya todo da igual.

Lala le miró molesta y con sus ojos llororos.

—¡¿Y a ti qué te importa?! ¿A dónde voy? Ni siquiera tengo un techo o dinero para empezar de alguna manera.

Y nadie imaginó, que Lewian al fin actuaría, poniéndose frente a ella muy serio, cosa que parecía rara en él.

—Rompiste las ventanas de mi local, lo menos que puedes hacer, es trabajar aquí para recompensar eso.

No te pagaré las dos primeras semanas, pero desde ahora, me gustaría que fueras una de mis ayudantes.

El puesto de recepcionista, creo que sería perfecto para ti, además, puedes quedarte en esta habitación y me irás pagando el alquiler los siguientes meses con la paga por el trabajo.

Vaya las caras de todos allí que no esperaron aquello y Lala, acabó por romper en llanto una vez más.

—Oye, no quería que lloraras, en serio, solo deseo ayudarte.

—No, es que, yo... me siento agradecida, es como si, no lo mereciera.

Y Anyelik, que parecía feliz por aquello, trató de animarla.

—Venga sííí, a mí me hace ilusión que puedas quedarte, te vendré a visitar incluso juju, así seremos amigas.

Pero Lala no pudo decir nada, más porque no podía dejar de llorar.

Al final, ya decidieron que era demasiado tarde, por lo que se despidieron de Lewian y Lala para volver al palacio, pero antes de eso, a fuera, en la entrada, James, que había estado muy callado todo el tiempo observando todo muy curioso, tomó a Anyelik del brazo por lo que Gabriel molesto intervino.

—¿Ya estamos de nuevo?

—Tranquilo, no voy a ligarme a tu chica, solo quiero ser su amigo, además, me tiene que recompensar por lo que me hizo antes en el baño.

—Aaah, ese rodillazo debió manchar tu orgullo.

James nervioso, le tapó la boca, pero, Anyelik, entonces, tiró un poco de su camisa.

—¿Qué es lo que quieres? Y... disculpa por eso también.

Los chicos estaban muy atentos y Alejandro tenía ganas de actuar ya que, estaba seguro de que ese joven, estaba interesado en Anyelik, pero trató de contenerse.

—Te pasaré mi número para que vayamos un día de estos al parque de atracciones a pasarlo en grande.

Eso será cuando tú lo decidas, no te meteré prisa, ni siquiera, me guardaré tu número, solo esperaré lo que tú creas que es mejor.

Alejandro ya no pudo más al ver que esta sacó su teléfono también y la tomó de la mano, cosa que a James, le resultó curioso, quería entender por qué había tantos chicos a su alrededor.

Pensaba que quizás todos ellos eran sus guardianes al descubrir ahora, que era una princesa.

—Oye, no irás de verdad a salir con este tipo playboy.

—Tranquilo Alejandro, ya sabes que no puedo ir sola por ahí, así que, Zandro nos acompañará el día que decida eso.

Zandro no dijo nada, pero se sorprendió un poco.

Alejandro ya no supo qué responder y Gabriel tampoco.

Y cuando James le pasó el número, se despidió de ellos y, tan tranquilamente, sacó sus alas de huesos y se marchó volando de allí.

Al llegar al palacio, Han, estaba esperando impaciente sentado en las elegantes sillas de la entrada y, al ver a su hija entrar sana y salva, al fin pudo tomar calma 

Incluso contenta, ella le contó el cómo había hecho nuevos amigos y todos decidieron omitir lo sucedido con Lala para que ese rey no se alterara ya que, podría decidir de nuevo encerrarla en cualquier momento.

Aluna, observó todo con una pequeña sonrisa, sintiéndose feliz por ver que todo salió bien y así, regresó a su cuarto.

Esa noche, Anyelik cayó rendida a su cama durmiéndose en nada, en sus sueños, parecía estar tan feliz, habían aparecido un montón de dulces y quería comérselos todos, así que, comenzó dándole una mordida a uno de chocolate, con tanta pasión, que las ansias lograron vencerla, porque, había tal cantidad de pastelitos apetitosos, que sí o sí debía probarlos todos, por lo que, daba mordidas a cada uno, sin sentirse llena en ningún momento, hasta que, al tomar uno mediano, uno con un aspecto aún más apetecible que el resto y con una cereza confitada lleno de crema de fresas, vio, que bajo aquel pastelillo, había un agujero en la gran mesa.

Un agujero, que parecía común y corriente, que de pronto, sin tan siquiera esperarlo, dándole ya un bocado al dulce, una cabeza negra emergió de allí y Anyelik, aterrada, se echó atrás dejando al fin de comer.

—En mi mundo, podrías comer todos los dulces que quisieras, siempre, siempre…

Anyelik no pudo articular ni una sola palabra, ese ambiente cálido, ahora se sentía tan hostil, tan de repente, y, esa cabeza, comenzó a moverse para sacar unos brazos en sombra, como si tratara de liberarse de ese agujero.

Aquella princesa, pudo percatarse de que las manos de ese ser, eran precisamente las mismas que iban a su pecho tantas noches.

—Mi dulce fresa, ¿vendrás con Trilomit?

—¿Trilomit?

Esa mano que quería atraparla de nuevo, lo hubiera hecho, si no fuera, por ese encapuchado que intervino en ese sueño, cargando un arma alargada y filosa, una guadaña envuelta en un fuego azul como fatuo, que, con ella, lo amenazó haciendo que ese ser oscuro regresara al agujero de un salto, desapareciendo toda esa habitación y, con ella, los dulces.

Ahora, ambos, Anyelik y ese encapuchado, estaban en un gran campo pajizo, de tonos amarillentos y un cielo apagado, también, de un tono medio ocre.

—¿Quién eres?, ¿el ser invisible?

Pero el encapuchado no se volteó a verla.

La gran túnica negra le cubría desde la cabeza hasta los pies.

—¿Puedo verte?

—Anyelik, detente, no te acerques más.

Dijo esa voz un tanto tenebrosa y con reverberaciones.

—¿Por qué?, ¿Por qué no quieres que te vea?

Preguntaba ella queriendo acercarse.

—Si me ves, te decepcionarás.

—No, eso no será así, venga, déjame ver tu carita.

Seguía pidiendo ella desde atrás, acercándose lentamente a él.

—El aspecto que guardo no debería ser algo por lo que preocuparse en estos momentos.

Yo, estoy aquí para protegerte y nada más.

—¡Mentiroso!

Acabó gritándole aquella princesa.

—El otro día me diste un beso.

¿Por qué lo hiciste si solo me quieres proteger?

Y Anyelik ya no pudo más yendo a tomar de una vez al ser invisible, agarrándolo del brazo, pero, casi al instante de hacerlo, él, desapareció y despertó de golpe, eso sí, con el recuerdo intacto de lo que acababa de suceder, y más aún, el haber podido agarrar ese brazo, que, aparte de ser cálido, era sumamente delgado, más que el suyo.

Eso le dejó con más dudas aún sobre él.

Una voz que no sonaba natural, como la de un cuerpo como el de los ángeles, elfos o hadas, incluso Alejandro, teniendo la voz gruesa y tétrica a veces, no sonaba de esa manera, como si no fuera producida por unas cuerdas vocales.

El efecto de reverberación fue lo que más le sorprendió y, el no querer mostrar su rostro, yendo completamente tapado que ni pudo ver sus pies.

—Acaso, ¿su carita no es linda o la tiene llena de cicatrices?

¿O quizás está lleno de heridas y por eso está tapado?

Se preguntaba, pero luego, descartó eso último, si estuviera herido, le dolería el cuerpo y no habría ido tan ágilmente a por ese ser oscuro, así que, con una ligera sonrisa, sabiendo que él estaría ahora en ese otro plano, pero en la misma habitación, le dijo aquello.

—Ser invisible, me siento feliz de que hayas aparecido y, bueno, algún día quisiera ver tu rostro.

No quiero que tengas miedo, yo sé que me va a gustar, te daré otro beso en tu boquita para que veas que así será.

Y la habitación se caldeó de pronto a su alrededor.

Era un calor curioso, diferente al de Gabriel, ahora que lo analizaba más, era más similar al calor de un fuego y, recordó cómo calentaba Carl, y, después, también recordó a ese chico que conoció en la noche llamado James, su fuego calentaba de igual forma.

Anyelik ya no entendía nada de nada, pero, aún agotada, se volvió a dormir.

A la mañana siguiente, acabó despertando por estar escuchando unas voces, allí, en la habitación, débilmente como cada mañana, se puso a escuchar el cómo Alejandro hablaba con Carl, el cual, sostenía el dulce de siempre.

—¿Qué acaso te crees el señor de los dulces o qué?

¿Por qué cada mañana haces lo mismo?

¿Guardas intenciones verdad?

—Yo soy, el ángel de chocolate, y, quiero que Anyelik coma mis dulces nada más despertar.

—Qué chulo te has vuelto, hasta has sido capaz de formar una frase correctamente, de seguro…

—¡Oye!, ¡basta Alejandro!

Acabó gritando Anyelik levantándose de la cama, evitando que ellos se dieran cuenta de sus mareos.

—Anyelik, ¿cómo voy a estar tranquilo sabiendo cómo se las trae el indio este?

Ya nos reveló lo que pasó en la escapada y no nos dijiste nada.

Anyelik, nerviosa, miró a un lado colorada, Carl, se puso algo nervioso también al recordar.

—Bueno, no os dije porque me daba apuro, después de todo, Carl no lo hizo con feas intenciones, yo estaba casi congelada.

Alejandro.

Y ahí se puso en pie llevando sus manitas a su rostro.

—No te enfades tanto anda, casi siempre estás de mal humor y eso me pone triste.

Aquel vampiro no sabía cómo reaccionar, en verdad, quería decirle tantas cosas, sus celos, su decepción y sus continuos pensamientos de que jamás podría ser suya al ser la princesa y tener un prometido.

Quería tomar esas manos cálidas con las suyas, pero, en esos momentos, ella cerró sus ojitos sintiéndose muy mal y Alejandro, la tuvo que sostener.

Carl, fue también muy preocupado.

—Anyelik, ¿qué te sucede?

¿Te sientes enferma verdad?

—No, solo que, necesito comer.

—No mientas, mira qué ojeras tienes últimamente.

Anyelik posó su manita en su pecho para así tratar de calmarle y, con una sonrisa le miró.

—Ya sabes que estoy despertando mi poder últimamente.

Al ser tan de repente, por eso me estoy debilitando.

Y con una amplia sonrisa terminó por decir aquello.

—Venga, en cuanto me coma el pastelito de Carl, voy a estar como nueva, quiero que salgamos tú y yo en la mañana al bosque.

Carl no supo qué hacer, ahora mismo, se sentía poca cosa y hasta que sobraba, pero, aun así, pudo sentirse bien al ver como Anyelik se comía su dulce con esa gran sonrisa.

Aunque verla débil y ojerosa, le tenía preocupado también.

Cuando se acabó el dulce, los tres bajaron a tomar el desayuno, allí ya estaban todos en el gran comedor y, aquella princesa, no dudó en decirle eso a su padre.

—Papá, quiero salir un ratito a dar un paseo por el bosque con Alejandro.

Ya sabes que él es también muy fuerte y lo contrataste para cuidarme así que, ¿podemos ir?

Han, tomó su expresión de seriedad característica, quedándose por unos momentos callado hasta que al fin respondió.

—¿Por qué precisamente al bosque Victoria?

¿Qué es lo que tiene que te atrae tanto?

—Es porque me gusta la naturaleza.

—Para eso están los jardines de palacio.

Y Aluna tuvo que intervenir finalmente.

—Han, no olvides lo que decidiste, además, no compares una cosa con la otra.

Sentirse en la naturaleza es muy diferente a estar siempre viendo los mismos arbustos podados al gusto del jardinero.

Han cerró los ojos suspirando mientras que su hija esperaba para escuchar su decisión.

—Bueno, está bien, puedes ir con Alejandro un rato, pero, tienes que estar aquí antes de la hora de comer.

Nada de pasar horas fuera, cuanto antes llegues mejor.

Anyelik no se aguantó gritando un ¡bien! por todo lo alto, y, cuando terminaron el desayuno, ella y Alejandro se prepararon para salir abrigándose un poco.

Aunque tuvieron que montar en el carruaje por órdenes de Han para llegar directamente a la entrada del bosque lo antes posible.

—¿Vas a ver a esa mujer del bosque verdad?

Le terminó preguntando mientras caminaban entre los árboles, por suerte ya no había casi nieve.

—Claro jeje. Es bueno que ella tenga visitas, siempre está tan sola.

—No sé, a mí no me cae muy bien, es muy rara.

Anyelik entonces, le tomó del brazo haciendo que la mirara.

—No seas así Alejandro, yo también soy rara y me quieres.

El pobre se puso algo rojo mirando hacia un lado.

—Bueno, tú eres diferente.

—¿Por qué por qué?

Le insistió ella queriendo saber, tratando de que volviera a mirarla, poniéndose frente a él porque esquivaba sus ojos.

—Aaah, Anyelik, no me hagas esas preguntas ahora.

Simplemente, tu aura me resulta agradable, hala, sigamos caminando.

Y esta infló sus mofletes sabiendo que él no le quería decir todo.

Cuando llegaron a ese lugar del bosque donde se encontraba el tronco, Anyelik sacó el colgante que Lucy le dio abriendo el portal hacia su mansión.

Alejandro se quedó un tanto impresionado por ello, pero no le preguntó nada al respecto.

Esa parte del bosque no tenía nieve, parecía como un lugar en donde el tiempo no pasaba, incluso la temperatura no era tan baja, eso sí, parecía que sí había noche y día allí.

Al llamar a la puerta, esperaron unos pocos minutos hasta que Lucy les abrió, quedándose algo sorprendida al ver que con Anyelik, estaba Alejandro, aunque trató de fingir esa emoción que sentía en el cuerpo.

Como siempre, iba vestida bastante sugerente.

—Vaya vaya, una visita mañanera, ¿al fin vienes a comprobar lo limpia que dejé mi mansión?

—No te equivoques, solo vengo de acompañante.

Y Lucy trató de no fruncir el ceño ante sus palabras.

Anyelik no pensó nada raro y entró emocionada viendo que todo estaba limpio al fin.

—¡Aaah sííí! Qué feliz estoy de que limpiaste juju.

Pero… jooo, me gustaría haberte ayudado con ello.

—No pasa nada, después de todo, no es que puedas venir aquí en cualquier momento, no iba a esperar.

Alejandro dudó un poco y acabó por hacer esa pregunta.

—¿Será verdad que has limpiado toda la mansión entera tú sola? O… sólo, la parte visible.

Lucy entonces, puso sus manos sobre sus caderas un tanto molesta tratando de responder algo convincente sin resultado.

—Vamos, que tengo razón.

—Vale, sí, me has pillado, pero bah.

¿Para qué iba a limpiar el resto de habitaciones en donde ni siquiera yo entro?

Anyelik ahí, fue a ella tomándola de uno de sus brazos.

—Entonces, hoy te ayudaremos a terminar todo.

—Aaah, no puede ser, ¿para eso vienes a verme? ¿Para hacerme limpiar?

Expresó molesta sin contenerse.

Alejandro observaba todo.

—Jooo, no te enfades, los amigos están para todo, no solo para momentos divertidos.

¡Venga, a limpiar!

Y dijo aquello alzando su bracito en lo alto.

A Lucy no le quedó más remedio y entre los tres, comenzaron con las primeras habitaciones.

Anyelik, con emoción, le contó todo lo del día anterior en el local y el cómo se hizo amiga de Lala, cosa que, tras escuchar esa última parte, recordando perfectamente que ella servía también a Yeivh, sin darse cuenta distraída, se golpeó con el pico de un mueble en su pierna provocándole un gemido de dolor.

Anyelik, enseguida y preocupada, fue a ella que tomaba su pierna dolorida.

—Ay no Sonia, te hiciste un buen rasguño.

¿Te duele mucho?

—Ah, no pasa nada.

—No, debe de dolerte, ¿dónde tienes para que te cure?

Pero Lucy la apartó, aunque trató de no hacerlo de forma brusca ya que Alejandro estaba mirando.

—No salió sangre así que, no te preocupes más, anda, sigamos limpiando, quiero acabar cuanto antes.

Anyelik ya no insistió más, a veces le gustaría que Lucy se abriera a ella y que se dejara ayudar.

A pesar de que le hablaba animada de todas sus cosas, esa sirena nunca le contaba de su vida y solo escuchaba, era como un misterio.

Lucy, en verdad parecía sentirse extraña, como si no estuviera acostumbrada a tratar con una persona así de afectiva y, cuando la habitación estuvo al fin acabada, Anyelik emocionada, fue a darle un gran abrazo inesperado.

—¡Ah! Me asustaste, no hagas eso de tan de repente.

—Juju, es que ya casi acabamos, ¿queda una habitación más no?

Y Lucy miró hacia un lado.

—Bueno sí, pero antes, vamos a tomar unos jugos, estoy un poco agotada.

—¡Sííí! ¡Jugos de Sonia!, son tan deliciosos.

Y esta última, se agachó para ir al oído de esa princesa.

—Pero que Alejandro no me vea ir a por el que te gusta, no quiero que sepa aún que soy una sirena.

Ya en la cocina, Lucy les pidió que la esperaran mientras que iba a por los frutos a su jardín y, Anyelik, se quedó contándole a Alejandro lo ricos que eran los jugos que aquella sirena le preparaba.

Fue en nada que ella regresó, tenía todo su cabello empapado cosa que a ese vampiro le extrañó pero no dijo nada.

—He traído unos frutos diferentes para ti.

Dijo refiriéndose a él.

—Jooo, ¿y esos también son ricos Sonia?

—Estos no los puedes tomar tú, son unos frutos que fortalecen a los demonios y les dan energía, así podrá limpiar con más garbo.

—Aplícate el cuento, no creo necesitar algo así, pero, me lo beberé ya que me apetece algo después de tanto limpiar lo que no debería.

—Jooo Alejandro, no seas tan malo con tus palabras.

Aaah, cómo me gustaría saber a qué saben los frutos para demonios.

Lucy no dijo nada respecto a eso y, sin una expresión, comenzó a preparar esos jugos.

Primero el de Anyelik que se lo bebió de golpe sin esperar a los demás.

—Qué bruta eres, ni respirar siquiera un poco a la mitad.

Expresó Alejandro alborotando un poco su cabello mientras que Lucy seguía con el siguiente jugo, seria, como nunca.

—Es que tenía mucha sed juju.

—Pues luego te darán ganas de ir al baño enseguida y solo espero que el retrete de esta mansión esté apto para poder sentarse.

Lucy entonces, le plantó su jugo de golpe, ligeramente molesta.

—El baño está limpio, tengo un límite ¿sabes?

Alejandro la miró de reojo mientras tomaba ese vaso.

Era una mujer extraña de verdad y, no entendía cómo Anyelik podía ser amiga de alguien así tan distante.

—Oye Anyelik, ¿estás durmiendo mal o qué?

—¿Lo dices por mis ojeras?

—¿Qué si no?, es lo primero que veo cuando te miro a la cara.

—Bueno, duermo como siempre, pero como estoy despertando mi poder, supongo que mi cuerpo se debilita.

Esta mañana me sentía muy cansada, pero sí o sí, quería venir a verte.

Lucy volvió a sentirse extraña, pero aun así, siguió con el cuento.

—Ains, deberías haberte quedado descansando, encima vas, y te decides a limpiar mi casa, ya te vale.

Anyelik mostró una ligera sonrisa animada.

—Es que, si no lo hacíamos seguro que lo dejarías pasar juju.

—Bueno, ya solo queda una habitación, escucha.

Y aquella sirena, se sentó de una manera un tanto sensual en la mesa, cruzando sus piernas con lo que Anyelik se quedó viendo su buena figura.

—Esa la podemos hacer entre Alejandro y yo y tú, si quieres, descansas mientras en el jardín.

—Pero sería mucho para ambos, al menos déjame ayudar un poco.

Lucy tenía muchas ganas de sonreír pero se contuvo.

—Entonces, mi habitación, esa solo necesita un poco de arreglo, la puedes hacer tú, porque, sé que vas a insistir en ayudar aunque te diga que no.

—Está bien juju, la haré.

Y Lucy sentía que estaba ganando el juego.

Aquella princesa se veía tan inocente y, cuando esta se bebió un jugo normal que se había preparado para que no sospecharan de lo que estaba tramando, subieron a la última planta y Anyelik se fue a su habitación y ella y Alejandro, a una que había al otro lado más alejada.

Allí, en silencio, y con una palangana con agua limpia, ambos se pusieron a limpiar.

Fue a los pocos minutos de comenzar, que Alejandro empezó a sentirse realmente extraño y no entendía por qué en esos momentos, le estaba sucediendo aquello.

Una excitación le inundó y, cada vez, se hacía más intensa, al punto, que lo pudo notar en esa parte de él y Lucy, que sabía bien lo que le estaba sucediendo, comenzó acercándose bastante a él, agachándose justo en frente, como si limpiara algo en el suelo, mostrándole así su trasero delante de sus narices con ese ajustado vestido que llevaba.

Después, se incorporó, haciendo con su brazo, que su largo y lacio cabello se apartara un poco dejando ver su largo cuello.

—Aah, tanto limpiar me está provocando mucho calor, ¿a ti no Alejandro?

Este no dijo nada ya que estaba tratando de ocultar lo que se había formado más abajo, aunque ni siquiera era a causa del atractivo de Lucy ya que, no le llamaba nada la atención y esta, se acercó al ver que no respondía, poniéndose tan cerca, posando su mano en su rostro con una mirada un tanto seductora.

—¿Te sucede algo?, ¿pareces nervioso?

Y ahí le echó un ojo a sus pantalones.

—¡Alejandro! ¿Cómo te pusiste así?

¿Acaso, llevas mucho tiempo sin probar a una mujer?

—¡¿Qué demonios estás diciendo?!

Respondió fríamente a pesar de la situación, apartando su fría mano de su cara.

—¿Por qué te resistes si te has puesto excitado?

¿Qué pasa?

Aaah, yo soy toda una mujer y por eso te sientes así ahora.

Qué mal me parece que te andes poniendo cachondo sabiendo que esa niña está cerca.

La excitación, era tan, tan fuerte, y aun así, él, no sería capaz de tocar ni un solo pelo de esa extraña mujer que, ahora, viendo que este seguía resistiéndose, se lanzó a abrazarle para que sintiera en su fuerte pecho sus dos grandes atributos en ese escote que llevaba.

—Alejandro, ¿no te resulto atractiva y deseable?

Le decía mirándole a los ojos desde abajo pues, a pesar de que no era una mujer bajita, Alejandro seguía siendo un hombre alto.

—Llevo años aquí en soledad, sin saber lo que es un hombre, me siento mal incluso por desearte a ti precisamente, pero, quizás el destino quería que así fuera.

Alejandro ya no pudo más y, con todo ese deseo raro que tenía, la apartó de la forma más brusca posible.

—Alejandro.

Dijo su nombre un tanto confusa.

—¡¿Qué demonios te pasa que no caes ante mi belleza?!

Terminó gritando desde el suelo, ese vampiro estaba más molesto y serio que nunca, incluso con esa excitación, controlando muy bien la situación y, hasta dándose cuenta, viendo ahora la pierna de Lucy, que incluso el rasguño de antes le había desaparecido.

—Aunque fueras la mujer más deseable del universo, jamás me acostaría contigo, por muchos venenos raros que me dieras, nunca caería.

—¡¿Qué estás diciendo?!

Gimió Lucy incrédula.

—¿Jugo para demonios?, no sé qué era esa mierda que me diste, pero está claro que tú has provocado que yo esté así ahora, y más que conseguir que te desee, me das más asco todavía.

—¡Alejandro, eres…!

¡Eres un monstruo!

Pero él ni le respondió dejándola allí, tirada en la habitación, yendo a por Anyelik para tomarla a la fuerza sin darle ninguna explicación para sacarla de allí de una maldita vez tras tomar los abrigos de la entrada.

—¡Alejandro Alejandro! ¿Qué te está pasando?

¿Dónde está Sonia?

—¡Vete sacando esa piedra, venga!

Le gritaba tirando de ella por el camino.

Y cuando Anyelik tomó la piedra en su manita y se abrió el portal para salir, nada más poner un pie afuera, este le arrebató el colgante, lanzándolo con tanta fuerza al suelo y, después, sacando su espada, lo hizo pedazos haciendo así que perdiera su efecto.

—¡Nooo! ¡¿Por qué lo hiciste?!

Exclamó ansiosa viendo los pedazos en el suelo sin entender aún qué había pasado.

Alejandro estaba serio, con ambos abrigos en su brazo, aún más excitado que antes y, Anyelik, tuvo que descubrirlo con tan solo voltearse a verle, porque, ni siquiera fue capaz de taparse esa parte que ya era tan notoria.

—Alejandro, tus, tus pantalones…

Ya no pudo más aquel vampiro, tirándola en mitad del suelo del bosque, yendo a su cuello como poseído mientras que metía una de sus manos bajo su vestido.

Tomando con ganas su pequeña cintura mientras bebía de su sangre, respirando como podía tan agitadamente cada vez que tragaba.

Las garras de Alejandro habían salido a la luz así como sus alas negras.

—¡Alejandro no! No puedes hacerme eso aún.

Y las manitas de Anyelik acabaron rodeándole, recordando la promesa con Gabriel.

Pensó que Alejandro se la bebería entera, pero fue al poco, que este pudo liberar sus colmillos de su cuello diciendo aquello.

—Me, me duele en los pantalones.

Anyelik, perdóname, debo, debo hacer tras unos arbustos o donde sea, ya no puedo más.

Y al incorporarse, Anyelik ya no quiso mirarle ahí, sintiéndose un tanto aturdida y Alejandro, el pobre, casi revienta y sentado tras unos arbustos, sintiéndose el hombre más indecente del mundo, y, con Anyelik de las maneras más prohibidas en su mente, lo hizo, lo hizo con tantas ganas, que ella, pudo escucharle disfrutar, poniéndose colorada, con su corazón a punto de salirsele del pecho.

No fue hasta un buen rato después, que aquel vampiro salió al fin de tras esos arbustos más calmado.

Estaba tan avergonzado y Anyelik, aún estaba tirada en el suelo lo que le dejó sumamente preocupado yendo a ella para tomarla en sus brazos.

—Anyelik, ¿estás bien?

¡Joder! No debí beber tanta de tu sangre.

Anyelik, te juro que no quería hacerte daño, por favor.

Pero ella abrió sus ojitos.

—No, estoy bien, pero… ahora me da vergüenza que nos veamos.

Ayyyy, te escuché desde aquí, tu voz, tan feliz haciendo eso…

Y Alejandro se sonrojó como nunca.

—¡Por dios Anyelik! ¡Te juro que no soy un degenerado!

Esa maldita de Sonia tiene la culpa, ese jugo que me dio era venenoso o algo y me provocó esto.

Anyelik al fin le miró a los ojos olvidando su vergüenza.

—No puede ser, ella… ¿hizo eso?

Y este la sentó en el suelo.

—Sí.

Respondió tomando seriedad de nuevo.

—En la habitación, incluso se me echó encima para lograr tener algo conmigo.

Ella sabía que yo me había excitado sin razón, lo planeó bien la maldita.

La carita de Anyelik se tornó con una gran tristeza y, Alejandro, se sintió horrible al verla casi al punto de llorar por lo que sin pensarlo siquiera, le dio un gran abrazo repentino.

—Oye, no llores, no quiero que me llores, las decepciones con la gente, son algo que a veces pasa.

Aaarg, si tu padre te hubiera dejado salir antes, tenías que haber aprendido ya que hay supuestos amigos que acaban siendo así.

—Pero… ¿por qué hizo esto?

Terminó preguntando rompiendo en llanto.

—Precisamente contigo, dañarte así me pone muy mal Alejandro.

No quiero que te lastimen.

Alejandro tuvo que dejar de abrazarla para ver su carita y secar sus lágrimas.

—No lo pienses más, era una mujer básica que ha vivido sola demasiado tiempo.

Y Alejandro le mostró una sonrisa con un aire de chulería.

—Tu Alejandro es demasiado guapo y por eso perdió la cabeza.

Bah, mira que llorar por alguien así.

Se notaba en su esencia que era un alma muy vacía, por eso no me terminaba de agradar.

Anyelik.

Dijo ahora tomando su barbilla para que sus ojos se vieran.

—No debes dejar que las decepciones con la gentuza te afecten así, ya sé que es la primera vez, pero, si sigues llorando me voy a poner muy triste.

Entonces, este tomó su abrigo para rebuscar en los bolsillos, de allí sacó un pañuelo con el que limpió la herida del cuello.

—Como vea esto tu padre me va a matar.

—Tengo la liga del cuello en el abrigo, no te preocupes, siempre la llevo encima por si… bueno…

Y aquella princesa al fin había dejado de llorar mirando sus manitas nerviosa.

—No me digas que andas esperando a que vuelva a morderte.

—Eso mismo.

Y Alejandro volvió a sonrojarse, pero después le colocó la liga y más calmados, decidieron que ya era momento de regresar al palacio.

Ya allí, fingieron que todo estuvo bien, incluso Anyelik se reía, no debía dejar que su padre supiera nada, menos aún que quería llorar y ya, si descubría lo que pasó con Alejandro, incluso podría mandarle lejos del palacio.

Así que, mientras comían, mintió un poco y le habló de lo lindo que le pareció el bosque ahora que la nieve se iba derritiendo.

Pero tras comer, decidió ir a su habitación y Alejandro, aún seguía con la preocupación en el cuerpo por todo, y no solo por su salud últimamente, también por su estado de ánimo, y sabiendo que había bebido tanta de su sangre, no podía estar en paz y tenía demasiados remordimientos.

Así que, dejando un poco su orgullo de lado, antes de que Carl se marchara a meditar, le pidió que le acompañara a la cocina para que prepararan un buen dulce para Anyelik.

—¿Qué le pasa? ¿Sigue débil?

—Bueno, algo así, yo no sé hacer dulces ni nada de eso, así que, ayúdame, aunque sea a preparar algo rico y que llene bien.

Por unos momentos, Carl pensó en qué podrían preparar y enseguida, se le vino una receta sencilla.

—¿No será algo de chocolate?

—Una maicena de chocolate, nutritiva y rica, rápida de hacer.

Y así pues, entre los dos se pusieron a cocinar y en pocos minutos, ya tenían listo un buen tazón y ambos subieron a la habitación.

—Ejenm, como sé que estás preocupado por ella, entra tú también.

Dijo aquel vampiro y así hicieron.

Este se sintió calmado al ver que ella no estaba llorando, aunque estaba tumbada de lado en la cama y Carl, rápidamente, fue hasta ella para ver cómo se encontraba, agachándose junto a la cama, ahí, ella abrió sus ojos encontrándose con la carita de Carl.

—¿Qué sucede Carl?

Dijo un tanto atontada.

—Anyelik tiene muchas ojeras, por favor, ¿estás bien?

Ella entonces le sonrió.

—No pasa nada de verdad.

Pero Alejandro se sentó en la cama con el tazón.

—He cocinado para ti, bueno, con la ayuda de Carl, anda, vamos a que te tomes esto, es de chocolate.

Y ella enseguida se incorporó.

—Auuu, qué rico huele, aunque acabe de comer, quiero más juju.

Me gusta mucho el chocolate.

Ambos chicos se sintieron calmados viendo que ella se puso a comer con su característico brillo de ojos y, cuando se lo acabó, Carl tomó el cuenco dejándolo en la mesilla.

—Chicos, gracias por preocuparos tanto por mí, aunque, tengo un poco de sueño, igualmente, no quiero estar sola aunque duerma.

Alejandro, sabía bien que era por el dolor que sentía, por lo que decidido, tomó su manita.

—Entonces, Carl y yo nos quedaremos aquí contigo mientras duermes, venga, métete en la cama.

Anyelik, estaba sorprendida de ver a Alejandro actuar así y pudo volver a sonreír.

Le gustaba ver que podía llevarse bien con los demás chicos y ya no se aguantó más, metiéndose en su cama para descansar.

Alejandro se quitó sus zapatos y se tumbó a su lado con lo que ella, no se contuvo pegándose a su pecho un poco, durmiéndose en nada de tiempo y Carl, se sentó al final de la cama, apoyado en la pared.

Alejandro, no pudo evitar apartar el largo cabello de esa princesa para poder ver su cuello, aún tenía la liga puesta, se sentía un monstruo a su lado y, acabó por quitársela para ver allí, el par de orificios de sus colmillos, cosa que no le ocultó a Carl.

—¿Qué es eso? La, ¿mordiste?

Tuvo que preguntar y parecía un tanto molesto pero se contuvo.

—Sí, y no es la primera vez que lo hago.

Ódiame si quieres, pero, guárdame el secreto, porque si su padre se entera, no podré verla más y eso me matará.

Si no la tengo cerca, siento que no merece la pena existir.

Carl se quedó en silencio por unos momentos, pero al final le miró bastante serio.

—No le diré, pero, si un día sobrepasarte, yo no me contendré contigo.

—Dejaré que me mates si lo hago 

Y no pudo aguantarse pegándose más a ella, sintiendo el aroma de su cabello el cual estaba esparcido por la almohada.

—Algo, ¿pasó hoy?

—¿Quieres que te lo cuente?

Después de todo, no somos tan diferentes, no me olvido de lo que le hiciste en la escapada.

Carl miró a otro lado por los nervios, pero le pidió que le contara aun así y Alejandro, le relató todo lo ocurrido con esa mujer, lo del jugo venenoso y cómo casi no se aguanta y llega a más con Anyelik.

—Pero yo tengo un pase eh, ese jugo del demonio me puso así, aunque, no te mentiré…

Carl, al fin fue a sus ojos, ya que, al escuchar esa última parte de lo ocurrido, sintió demasiados celos y había tenido su mirada a otro lado muy molesto.

—Son tantas veces las que Anyelik pasó por mi mente de formas indebidas, no puedes evitar desear al ser que amas.

O, acaso, ¿tú no lo piensas a veces?

Carl, lo tuvo que reconocer, recordando que en las noches, a veces no podía evitar imaginarla, aunque trataba de respetarla incluso en sus pensamientos, la mayoría de veces era imposible.

Ambos chicos, se preguntaban si Gabriel pensaba cosas así también.

—Aaah, obvio que pensará de las peores guarrerías.

Se esconde bajo su apariencia de caballero educadito, pero debe ser el peor de los tres.

Acabó soltando Alejandro en lo alto y, mientras tanto, en el jardín, a Gabriel se le escaparon unos cuantos estornudos y tuvo que dejar de practicar con su espada.

—¿Será que alguien me está pensando mal?

Mark, ya no podía más después de tantos días sin ver a Elizabeth.

Había estado en su cuarto leyendo, pero en su mente, solo estaba ella y se deseo por verla.

A esas horas, ella no estaría en el local y, sabiendo ya en donde vivía, lo decidió de una vez levantándose al fin de su cama, soltando el libro y tomando su abrigo para ir a ella.

Para llegar lo antes posible, tomó un carruaje, ni siquiera le avisó a su padre de a dónde iría.

Al llegar a la zona, le pidió al chófer aparcar un poco alejados y después le ordenó que se marchara.

—¿Seguro mi señor?

—No te preocupes, regresaré por mi cuenta, necesito caminar un poco.

—Está bien, me marcharé, tenga cuidado, últimamente hay muchos peligros.

Y cuando al fin le vio alejarse, Mark, se acercó a la mansión mirándola desde afuera por largo rato.

Sin decidirse si llamar o no al timbre, miraba tras un contenedor de basura sintiéndose un hombre penoso que no era capaz ni de lanzarse a algo tan sencillo.

—Aah, tengo que hacerlo de una vez, además, este contenedor huele horrible tan cerca.

Y en el momento en el que al fin iba a salir, con intenciones de llamar a la puerta, esta se abrió de pronto con lo que regresó a esconderse antes de ser pillado.

Vaya su sorpresa, al ver que allí estaba Elizabeth, pero, un hombre, estaba tomándola del brazo bruscamente y pudo escucharlos.

—Venga Elizabeth, hoy te puedo dar la noche libre, pero, a cambio, quiero lo de siempre.

¿Recuerdas que eres mía?

—Jonathan, hoy, te pido por favor que no, además, sabes que no puedo trabajar en mis días.

—Lo sé, pero sabes que a mí me da lo mismo si estás con la regla o no cuando tengo ganas.

—Jonathan, de verdad que no me encuentro bien, además debo comprar compresas porque se me han acabado.

—¡He dicho que entres ahora joder!

Y en el momento en el que, de un golpe, la tiró al suelo, Mark, tapándose con la capucha de su abrigo y ocultando su ojos con su largo cabello, ya no se ocultó más cargando una ira desmesurada, plantándose frente a ese hombre horrible, un hombre con una apariencia joven también, alto, como él, pero, bastante más corpulento, de cabello rubio oscuro peinado hacia un lado y no demasiado largo que, de un puñetazo en el vientre, le hizo retorcerse de dolor y ahí, imponente, se preparó para luchar frente a Elizabeth, que no se esperaba su aparición.

Continuará.

De corazón a corazón, pokecuento gardevoir

 De corazón a corazón. Una sensación palpitante en todo mi cuerpo, esto ya lo había sentido varias veces, cada día, tiempo después de que co...