Desde que te conocí, has sido la única humana en la cual, confiaría mi vida al completo.
La única que me ha dejado ver que existe una luz, esa luz para mí eres tú, pero, sé que existen muchas más luces repartidas por todo el mundo, luces para cada uno de nosotros.
Aunque, antes de todo, quisiera contaros mi historia, quien soy, y cómo, siendo un Pokémon, es que acabé enamorado de una humana, justo, alguien de la misma especie que acabó con mis esperanzas.
Mi nombre es James, ahora mismo, soy un poderoso infernape de dieciocho años.
Hace ya, tanto, tanto tiempo, era un feliz chimchar que corría por su pequeño pueblito, un lugar apacible junto a las montañas.
Los Pokémon tenemos nuestros pueblos, separados del hábitat de los humanos, siempre ha habido esa rivalidad entre ambas especies debido a continuos enfrentamientos desde los inicios de nuestra existencia.
Los humanos solo deseaban esclavizarnos, aprovecharse de nuestros poderes, y, nosotros, vivir en paz, nada más que eso, usar nuestra magia de Pokémon, para que nuestro día a día fuera más sencillo, cuidar de la naturaleza, crear nuestros pueblos más rápidamente, y, a veces, medir nuestra fuerza de manera amistosa, porque, a pesar de no dañarnos entre nosotros, sabíamos que corríamos la amenaza, de que los humanos aparecieran con sus ridículas armas, para tomarnos, y obligarnos a ser sus esclavos.
Por eso, debíamos entrenar desde pequeños.
Mis padres, eran un tanto estrictos, pero, al mismo tiempo, me llenaban de amor.
Su cariño, y todo el afecto que me daban cada día, provocaron en mí, una agradable personalidad, una extrovertida forma de ser, era un pequeño monillo que deseaba ser más y más fuerte, hacer que mis padres se sintieran orgullosos de mí.
Nadie en el pueblo, había podido vencerme, ni tan siquiera Pokemon evolucionados en su última etapa.
Pensé, que mi vida sería tranquila, que el mal jamás se adentraría, que por siempre estaría junto a mis padres, junto a mis amigos de la escuelita, pasando agradables tardes tras mi entrenamiento, en el bar del señor Esteban, un agradable sceptile que siempre me invitaba a un refresco de bayas.
Los sueños del futuro son tan fácilmente destruidos, cuando llega de pronto una amenaza, que no habías esperado, que ni tan siquiera, pudiste sospechar en tus pensamientos, una amenaza, que destrozaría todo tu mundo, toda tu hermosa vida.
Luché tanto, tanto tanto, vi caer a mis amigos, los más fuertes, acabaron mal heridos, encerrados en jaulas, Pokemon criados con maldad, que no eran tan diferentes de esos demonios llamados humanos, habían perdido su alma pura por completo y eran sus esbirros en esa horrible masacre.
Luché por mis padres, di todo de mí, pero, tras escuchar a mi madre gritar de dolor, mi padre, trató de protegerla con su cuerpo.
Mis manos, acabaron llenas de la sangre de esas bestias, esos inmundos seres despreciables que acabaron con sus vidas por protegerme.
Lleno de un mar de llamas, podría haber seguido matando, pero, pum...
Ese disparo en mi pierna, me provocó un vuelco inesperado, un dolor que casi no sentía debido al que en mi corazón predominaba.
Acabé desmayado debido a la debilidad, la pérdida de sangre, despertando un par de días después en una camilla, amarrado de pies a cabeza, con unas correas que ni con mis llamas pude derretir.
Furioso e irascible, traté de soltarme, a pesar de que tenía una venda en mi pierna y sentía un ligero dolor.
Más de esos asquerosos humanos, llegaron para inyectar en mis venas un tranquilizante, y acabé dormido nuevamente.
Y, días después, terminé en mi horrible prisión continua.
Dentro de un laboratorio, con unas grandes ventanas de un cristal tan duro que no podía quebrar ni con mi fuerza, os juro, que acababa completamente agotado de golpear continuamente, llenando mi cuerpo de dolores por días.
Dentro de esa cárcel, había una especie de pequeña selva rodeando una pista de batallas rocosa.
También había un estanque artificial, que cambiaba su agua cada dos días.
Me quedaba largos ratos mirando cómo se vaciaba, después, cómo se iba volviendo a llenar, no tenía otra manera de pasar el rato.
En mis momentos, donde ellos, me dejaban tranquilo.
Porque, acababa tan cansado, que ya no deseaba hacer nada más, ni colgarme de los árboles, como si fuera un simple mono, ni nada de nada.
Cada día, varias batallas una detrás de otra, Pokemon criados con maldad, muy poderosos, debían batirse conmigo
Llevarme hasta las últimas y, tras quedar en el suelo completamente agotado, volver a levantarme, y luchar nuevamente.
El alimento, pasaba a través de unas rendijas que podían abrirse, por allí, sólo entraba el plato de comida y el agua, mi tamaño ya era demasiado grande como para poder escapar, aunque, había una puerta, esa por donde entraban esos temibles Pokemon que, sí, acababa por derrotar la mayoría de veces, si no lo hacía, unas descargas lanzadas desde el techo, dejaban todo mi cuerpo aún más desgastado.
Mis días eran vacíos, lúgubres y cargados de desesperación, pensé que mi mente no lo podría soportar, que acabaría convirtiéndome en el mismo monstruo que todos los que estaban provocando mi desgracia.
Pero, fue aquel día, que esa pequeña niña de más o menos mi edad, logró colarse en mi cárcel, corriendo apresurada, pensé que quizás debía atacarla con fiereza al ser una humana más, pero, su manita se extendió a mí, mientras que yo le enseñaba mis colmillos amenazante.
—Por favor, solo quiero sacarte de aquí, te lo pido, confía en mí.
No quería confiar, era imposible que un humano pudiera tener alguna buena intención con un Pokémon, pero, estaba completamente equivocado.
Aquel imponente incineroar, entró en escena, gruñendo como una bestia, gritando el nombre de aquella niña repetidas veces.
Vaya manera de conocer tu nombre, por medio de tal monstruo.
—¡Irene! No vas a poder salirte con la tuya, ¡Ireneee!
Él, ya estaba presente, sabiendo que ya no había esperanza, ella se lanzó sobre mí para tomarme, y mis colmillos quisieron clavarse en su cuello para escapar de sus brazos, y, aun así, no me soltó, aún con la patada que ese Pokemon le dio.
—Kiven, no, basta... basta, no, no puedo más.
Le pedía dolorida, aún entre sus brazos.
Y, fue, el momento en el que al fin conocí al mayor despojo humano jamás visto, al que se creía mi dueño, el padre de, esa niña, que, lejos de apartar a su lacayo de esa pequeña indefensa, la abofeteó nada más tenerla frente a sus narices.
—Niña del demonio, encima que tengo que perder el tiempo ocupándome de ti, me das estos problemas con mi futura arma de guerra.
Y del bolsillo de su vestidito, tomó la llave con la que a punto estuvo de liberarme, después, la sacó de mi cárcel y, no la volví a ver hasta tres días después.
Cuando llegaba la tarde y no tenía que sufrir de esas cruentas peleas, ella, se acercaba a las grandes ventanas carcelarias, esas ventanas que hacían de paredes invisibles pues, así, es que, podíamos vernos claramente.
Esa preciosa niña de siete años, uno menos que yo en ese entonces.
Su cabello era hermoso, como si viniera del mismo cielo, color rosado y ondulado, y, sus ojos, eran los que me habían atrapado por completo, no eran ni verdes ni azules, eran de un tono turquesa, más tirando a los colores verdosos, pero manteniendo el mínimo azul para que la mezcla fuera casi celestial, ver sus ojos, era como mirar a un ángel encarnado en una humana.
Tan blanca su piel, llena de lunares, delgada y algo bajita para su edad.
Cada tarde, largas conversaciones, me enseñó tantas cosas, cosas que desconocía y que pensé que, en el mundo de los humanos, no podrían existir.
Cuando me cantaba con su hermosa voz canciones que le gustaban, o me mostraba canciones hechas por humanos muy movidas, hasta me daban ganas de bailar, estando con ella, podía olvidar que era preso y que había perdido todo.
—¿Por qué te preocupas por mí?
Yo solo soy un simple Pokémon y tú, una humana.
Le acabé preguntando uno de esos días.
—Eso qué más da, para mí, los Pokémon y humanos no deberían ser diferentes, sólo por tener pelo en su cuerpo, o algunos estar hechos de rocas.
Tienen alma igual, sienten, aman, ríen y lloran.
Y con esas palabras, me di media vuelta un tanto molesto.
—Los humanos, puede que también tengan alma, pero, por ellos, yo estoy aquí, y, por ellos, mis padres dejaron de existir, ellos, y muchos de mis amigos.
Y sus pequeñas manos, se colaron por las rendijas, tomando una de las mías.
—¿Vas a juzgar a todos por culpa de mi padre y su gente?
Así, como hay humanos monstruosos, también habrá Pokémon con mal corazón.
Picado con sus palabras, aparté sus manos y me puse en pie.
—¡¿Cómo lo sabes?!
E Irene, se puso en pie también.
Posando sus manos en la ventana, pero, yo aparté la mirada.
—Mi mamá, ella, fue asesinada por un mal Pokemon que quería aprovecharse de su cuerpo.
Frente a mis ojos, sin ningún pudor o reparo, vi lo más bajo de un Pokémon.
Pero, fue otro Pokémon, el que logró sacarme de allí antes de que me matara también.
Un gallade que hacía de policía oyó mis gritos de terror y me rescató, deteniendo después a esa bestia aunque, ya fue demasiado tarde para mi madre.
Por eso, yo no juzgo a nadie, porque el mal, existe en cualquier lugar, así como el bien.
Me quedé sin saber qué decir y, al final, logré voltearme, pues me había mantenido de espaldas a Irene, ella, me miraba con una pequeña sonrisa, aún con sus manitas allí, como si me estuviera esperando.
Y, tuve que posar las mías sobre las suyas.
Fue poco después, al siguiente día, en mitad de la horrible pelea, que logré evolucionar en monferno.
Cuando Irene me vio, se puso tan sumamente feliz, no dejó de elogiar lo lindo y fuerte que me veía, ahora, era más alto que ella.
Y, cada tarde, esperé por su visita, nunca, nunca, faltó ni un solo día, me hablaba de su vida, del colegio, me enseñaba todo lo que aprendía, aunque a veces, ella era un tanto torpe con las matemáticas, pero, me hacía tanto de reír.
Y, cuando me cantaba de nuevo, yo ya me sentía mucho más libre para bailarle sin miedo.
Aunque mi vida fuera un castigo, siempre venía mi ángel salvador para aliviar mi dolor, para darme luz y esperanzas.
Me gustaba que me leyera los poemas que componía, o algún libro divertido, incluso me traía algunas golosinas y dulces para que comiera.
Eso sí, antes de las ocho, debía marcharse, ya que, los que me traían la cena, eran muy antipáticos y no les gustaba verla allí, además, tras llenar mi vientre, su padre venía a observarme.
Quería que le mostrara el cómo había mejorado con mi poder.
Siempre repitiéndome, una y otra vez cada noche, la misma frase.
—Serás mi arma de guerra, seré el maldito rey en este patético mundo, darás sentido a mi existencia.
Orgulloso de ver mi gran potencial, reía como un maniático, y yo, solo deseaba tenerlo de una vez presente, para que mis manos destrozaran esa existencia que pensaba que alguna vez tendría, en verdad era lo más despreciable que había conocido.
Lo odiaba tanto, tanto, no solo por arrebatarme todo, también, por ser el monstruo, que hacía que la sonrisa de Irene, se esfumara a ratos.
Por ser el mal nacido que a veces lastimaba su cuerpo de alguna de las palizas que le daba.
Cuando ella era rebelde, o cuando quería que me liberara, ese hombre con alma de diablo, la golpeaba sin descanso.
Sabía que odiaba a su hija por haber sido la que sobrevivió aquel día.
Al menos, eso era lo que Irene sentía siempre y no dudaba en desahogarse conmigo y yo, guardaba tanta impotencia, más que salvar mi propia vida, ahora mismo, por lo único que deseaba acabar por completo con la vida de ese miserable, era por dañar, a, esa chica de la que me había enamorado, en tan poco tiempo, que no lo imaginé real.
Al principio, solo me quedaba a escucharla porque nadie más había venido a hablarme, todos me trataban como a una bestia menos ella.
Pero, simplemente con sentir su calidez tan pura, mi llama se había quedado prendida todo el tiempo, tan ardiente, que ya no podría apagarse nunca más.
Soñaba con que esas ventanas pudieran romperse en pedazos, rodearla entre mis brazos y sentir el tacto de su piel, tocar sus manos, me daba la vida, pero, yo necesitaba mucho más aún.
Sentir el aroma de su piel, la suavidad de su hermoso cabello.
Y ya, ya había evolucionado en infernape, no pasó mucho tiempo, con tan solo once años lo había logrado, el duro entrenamiento me fortaleció como nunca, pero, el amor que sentía por Irene, fortaleció mucho más a mi alma y a mi corazón.
Nunca, le había preguntado por sus sentimientos por mí, el por qué siempre se preocupaba tanto, por qué nunca jamás había faltado a nuestro encuentro de las tardes, ni siquiera, cuando comenzó a hacerse mujer y enfermaba con esos horribles dolores de vientre, débilmente, se quedaba sentada a mi lado, tomando su mano por las rendijas hasta que ella lograba reponerse, y, aunque no pudiera apenas hablarme, no me importaba porque estaba allí conmigo.
Por otro lado, su monstruoso padre, había comenzado a insistirme repetidas veces mega evolucionar, decía, que ese era mi propósito de existir.
El desgraciado cargaba una piedra en su muñeca, incrustada en una pulsera, mientras que, en mi cuello, cargaba la infernaperitita.
Por supuesto, no debía quitármela porque las descargas eléctricas que caerían podrían dejarme fulminado.
En este mundo, nosotros podíamos mega evolucionar sin necesidad de esas piedras, pero, para que fuera más sencillo llegar a ese increíble nivel, existían esas gemas mágicas, por supuesto, inventadas por humanos que querían aprovecharse de nuestro poder.
Aunque, algunos Pokémon que trabajaban como policías o guardaespaldas, poseían las suyas para poder cumplir mejor su tarea en su trabajo de proteger.
Mega evolucionar era muy complicado y no muchos Pokemon lo conseguían naturalmente.
No quería pensar en ello, no quería ser más fuerte solo para complacer a ese bastardo.
Yo, si algún día lograba mega evolucionar, que fuera para sorprender a Irene con mi aspecto poderoso.
Me preguntaba, qué tan lindo era para ella.
Un tiempo después de ser ya un infernape, ella, algo rojita, recuerdo que me pasó unos calzoncillos negros muy cómodos por las rendijas.
Todo ese tiempo, había llevado nada más que una ropa interior vieja y muy desgastada, toda mi ropa de chimchar, se había quedado en mi destruido hogar y ya, no me valdría.
Siempre, me mantuvieron en ropa interior para que las peleas fueran más eficaces.
Y cuando evolucioné en infernape, los calzoncillos que llevaba de monferno ya me apretaban demasiado.
En verdad, también me sentí un tanto avergonzado cuando Irene me pasó los nuevos, estos eran de pata, tipo pantaloncillos ajustados para ir cómodo.
—En verdad, amaría poder comprarte toda la ropita del mundo, que fueras vestido y no medio desnudo siempre.
Me decía apenada, y, me mostraba con la pantalla de su teléfono, muchas prendas masculinas a la moda que, realmente me gustaría usar.
Mi cuerpo era similar al de un chico humano, solo que, un pelín de nada encorvado, muy poco, y, musculoso por el continuo entrenamiento.
También era bastante alto pero, no podía verme en ningún espejo, era difícil reflejarme en las ventanas así que, un día, Irene, me trajo un espejo y, al fin pude verme.
Me quedé bastante sorprendido al descubrir, que era bastante guapo, aunque después de todo, era un Pokémon, y, ella, una humana.
Pero, no me aguanté y le hice esa pregunta.
—¿Crees que soy lindo?
Y con su sonrisa, me aceleró el corazón.
—Mucho James, eres tan lindo y apuesto.
Casi me dio algo en esos momentos y tuve que mirar hacia otro lado.
Tenía tantas ganas de tomar su carita con mis manos y decirle que para mí, ella también era hermosa.
Decirle, no solo eso, también, todo lo que había en mi corazón, que estaba locamente enamorado y es que, en el momento en el que ella ya cumplió los diecisiete años, su belleza ya era insuperable.
Ahora, era una joven de aspecto delicado, su estatura, como un metro cincuenta y ocho.
Su rostro era como estar viendo un ser celestial y, no quería quedarme viendo su cuerpo, aunque sin querer, se me desviaba la mirada, sobre todo cuando se compraba un nuevo vestido o trajecito y quería enseñarme el cómo le quedaba.
Sus pechos, no parecían demasiado grandes.
Con una pequeña cintura que se apreciaba cuando llevaba ropa más ajustada, piernas delgadas, finas y blancas, parecía tan frágil y, algo que me hacía sentir mejor, era el saber, que llevaba demasiado tiempo sin verle ningún moretón.
Me contaba, que su padre, desde hacía dos años, era más pasivo con ella, no le hacía apenas caso, pero, lo bueno de ello, era que, no había vuelto a ponerle la mano encima.
Yo, ya era un infernape de dieciocho años, cada cumpleaños, ella, había aparecido para pasarme un pequeño pastelito que preparaba para mí.
Cada año, le quedaban más deliciosos, sus habilidades con la cocina eran bastante buenas, no solo eso, tenía tantas cosas lindas que hacía maravillosamente.
Cantar, cocinar, escribir poemas, y hasta historias que me hacían mucho de reír.
Y sobre todo, hacerme sentir feliz, esa era su mayor virtud.
A veces, se sentía algo apenada por no ser buena con la danza, incluso, trató de hacerme un baile, fue realmente divertido, pero cuando casi cayó al suelo, me preocupé mucho, menos mal que no se hizo daño.
—Ajajaa James, ¿viste?
Soy tan torpe, pero, tú, bailas tan genial, me gusta cuando bailas, pareces hacer arte con tus movimientos.
Eso me hacía sentir tan bien.
Quería que por siempre, esos momentos fueran interminables.
Pero, no tardaba en aparecer su padre para amargar mis días
Mega evoluciona de una maldita vez, gritándome repetidas veces con una furia infinita.
Lanzando hasta descargas, mandando a ese asqueroso de Kiven a golpearme.
De todos los adversarios, era el único con el que siempre acababa hecho trizas.
Se veía ya mayor, cargaba bastantes años a sus espaldas, como de unos cuarenta y cinco años, con unas cicatrices por algunas zonas de su pecho y cuerpo tipo armario por la cantidad de musculatura que poseía.
—¡Vamos maldito infernape!
¡¿Para eso te he entrenado por años y años?!
No puedo depender de por vida de Kiven, ya se está volviendo viejo y en cualquier momento me dejará de servir, te necesito.
¿No te gustaría ser libre de una vez?
Sólo necesitas mega evolucionar para mí.
Estaba tan furioso, pero, no podía hacer nada, yo, no quería hacerlo, no quería salir de mi cárcel para seguir siendo un maldito preso.
Pero, por otro lado, a veces pensaba en lograrlo, si pudiera hacerlo, sería capaz de matarlo a él y a ese incineroar, matarlo y estar con Irene.
Esos eran mis pensamientos en esos momentos mientras que él me observaba.
—¿Sabes? Si, alguna vez, te niegas a ser mío, Irene, podría pagar las consecuencias.
Levanté mi mirada agotado, allí estaba ese desgraciado apoyando su mano en la gran ventana.
—Esa maldita hija que dejó que mi esposa muriera, pensé por tantos años, que todo estuvo mal, que por su culpa, perdí a la única persona que mínimamente me hacía respirar, pero, Irene, ahora, siendo una mujer, su aspecto, su maldito aspecto...
Y ahí, resbaló su mano por el cristal, agachando la cabeza.
—Es como un calco de ella.
Por eso, ya no puedo descargar mi ira con esa maldita por más que quiero, pero...
De nuevo, regresó a clavar su mirada en mí, más fríamente que nunca.
—Puedo olvidarme de mis viejos sentimientos, si tú, no eres un fiel sumiso y me das lo que quiero, sé que ella, viene cada tarde a verte, y seguro eso ha hecho que mi hija sea tú único aliento en esta vida, pero, si no eres mío, Irene, podría acabar peor que tus padres.
Mi ira acabó desmesurada y golpeé con todas mis ganas su imagen protegida por las malditas ventanas, las descargas cayeron una y otra vez sobre mí, quedándome después, completamente acabado, ahí, tirado en el suelo, y, cuando recuperé algo de mis fuerzas, me tiré al estanque.
Bebí de su agua como si con ella pudiera emborracharme.
Si yo, seguía siendo el mismo de siempre, Irene, podría sufrir, podría, perderla para siempre, que ella, estuviera en peligro por mis sentimientos, no podía dejar que la tocara ni un solo pelo.
No podía permitir que alguna vez sufriera daño.
Por eso, tomé la fea decisión de ignorarla, cuando llegó a mí al día siguiente, me quedé subido a un árbol, la escuché llamarme una y otra vez, no hice caso, muerto del dolor, deseando ir a ella, deseando decirle que solo la estaba protegiendo.
Que perdería mi vida solo por verla sana y salva.
Y cada día, la ignoraba, cada día, sabía que se quedaba allí hasta las ocho, me cantaba, me leía alzando su voz, apenas podía escucharla y sufría, pero, no debía acercarme, no debía verla más y, cuando su padre en las mañanas regresaba para destrozar más a mi alma, daba todo de mí tratando de mega evolucionar, ese día, estuve tan a punto, incluso mi cuerpo se envolvió en una luz, pero, cuando se desvaneció, seguía siendo el mismo infernape.
La cara de decepción de ese monstruo, no la olvidaré, aunque, sé que ya tenía la esperanza de lograr su propósito conmigo.
Después, me tuvo todo el día, ni siquiera Irene pudo ir como cada tarde ya que él estaba presente.
Esa noche, terminé completamente muerto, había brillado tantas veces, pensando que lo lograría, pero, ni una sola vez fue posible, sentía recorrer nueva energía por cada parte de mi cuerpo, se avecinaba ese cambio, pero, enseguida, algo cortaba ese flujo de energía, se desvanecía por completo.
Con rabia e impotencia, golpeé el suelo con mi puño, estaba más que harto, sentía que morir, sería la única opción para liberarme, aunque, allí dentro, qué más podría hacer, ni aunque metiera la cabeza bajo el agua para tratar de ahogarme, la llama de mi cabeza se acabaría apagando y simplemente me desmayaría antes de lograrlo y, despertaría al rato.
Irene, yo, solo quiero, estar a tu lado, te necesito tanto, pero, no, no puedo exponerte al peligro, eso nunca.
Las luces de pronto se encendieron en esa madrugada en la que ni conciliar el sueño podía.
Miré hacia las ventanas, Irene, ¿Por qué estaba allí?
Ahora, en verdad, yo, no podía quedarme quieto, tirado como una mierda.
Rápidamente, habiendo logrado tomar esa llave nuevamente, abrió la puerta y yo, nada más tenerla frente a mí, la rodeé con mis brazos como si hubiera anhelado por milenios tenerla al fin así tan cerca.
Sentir el tacto de su alma, su ligero aroma agradable, era como una brisa de aire fresco entre las llamas asfixiantes.
—James, yo, ya, no podía más, pensé que me odiabas.
Me dijo entre lágrimas pegada a mi pecho ardiente.
Y tomé su rostro con mis manos, mirando sus bellos ojos, secando esas lágrimas con mis pulgares.
—¿Cómo podría odiar a la mujer que amo?
Y esas palabras que parecía no esperar que salieran de mi boca, y hubiéramos huido, la hubiera tomado de la mano para salir corriendo de allí pero, esa explosión de llamas, instintivamente actué antes de tiempo protegiéndola con mi espalda.
El fuego de ese maldito, no sería más ardiente que el que rodeaba a mi alma.
La voz del padre de Irene, se escuchó tras nosotros.
—Vaya vaya, menos mal que llegué a tiempo, Kiven, destroza a esa estúpida niñata.
Y entre mis brazos la seguí protegiendo, sus golpes envueltos en llamas no acabarían conmigo, a pesar de todo el dolor que sentía, y, su voz gritando e implorando que se detuviera, que no me dañara más.
Las suaves manitas de Irene tomando mi rostro mientras que sus lágrimas caían sin descanso.
¿Por qué dabas tanto por mí?
¿Por qué querías liberarme?
No dejaba de preguntármelo, y aunque jamás supiera esa respuesta, no dejaría que ese ser despreciable tocara un solo cabello tuyo.
Pero, con una pequeña sonrisa entre tantas lágrimas, me dejaste, escapaste de mis brazos que te protegían, y ese Kiven, me empujó salvajemente al interior de mi cárcel nuevamente mientras que no dejaba de echar mi mirada una y otra vez atrás, viendo como su padre, la tomaba con fuerza, sosteniéndola, tomando una navaja rozando su cuello de manera amenazante, para que, simplemente, yo me dejara ser golpeado, castigado por rebelarme.
Para dejarme medio muerto y que ya no pudiera escapar.
Ambos, la marioneta del monstruo y yo, encerrados en esa cárcel.
No tenía ganas de luchar, solo le imploraba a cada golpe que recibía que no la dañara.
—¡Ajajajajaa maldita mierda!
¡Solo mega evoluciona, sé mío, sírveme por siempre!
Ella, se irá por siempre de mi hogar, no te preocupes, no la mataré si es lo que pensabas
Sólo, pensarás en el maldito día que decidiste escapar de mí, porque, estás destinado a ser mi arma de guerra.
Acabar con todos los que me despreciaron una vez.
¡¿Qué demonios te sucede que dudas tanto para darme esa mega evolución?!
Gritaba como un maniático.
—¡No eres nadie! ¡¿Por quién vas a luchar?! ¡Estás completamente solo! ¡¿Dónde quedó tu familia muerta?! ¡Todos los que lograron sobrevivir en tu pueblucho de Pokémon!
¡Nunca nadie vino a por ti!
—¡James!
Dijo mi nombre Irene mientras que sentía que no soportaba más el dolor por sus palabras.
Su voz, que llegó para salvar a mi corazón que estaba perdido y casi acabado.
—Tú, eres tan especial, mi James, ¡te amo tanto!
Y su padre la tiró al suelo bruscamente, pero, solo bastaron esas palabras para que yo reaccionara de una maldita vez.
El brillo que me rodeó, la energía que vibraba por cada parte de mi ser, sentí esa inservible mega piedra destruirse y, aquel despreciable demonio se detuvo antes de rajar a Irene tras sentir que su pulsera se hacía pedazos, y, aún envuelto en ese brillo, me lancé contra las malditas barreras que creyeron ser por siempre mi celda, ese Kiven se llevó un fogonazo inmenso que lo echó atrás mientras que todos los cristales se hacían miles de pedazos.
La luz desapareció y yo, ahora, era ese mega infernape, tan imponente, los ojos de mi Irene brillaban como nunca, como si mi fuego naciera también de su alma.
Tomando después a su padre, con tanto desprecio, dejándolo de un golpe sangrando, echando chorros de sangre por su boca.
—Me... ¿Me vas a matar?
—¿Eso te gustaría?
Yo, no soy el monstruo que esperabas que fuera.
Le respondí tomando a Irene en mis brazos.
—Mal-dito, si me dejas con vida, te buscaré, serás mi presa tarde o temprano.
Y mirándole como agonizaba de dolor en el suelo, lo sentí tan sumamente penoso. Había entendido que matarlo no era lo correcto.
—Por más que trataras de hacerme tuyo, sería completamente imposible, yo, solo soy de Irene, ya lo has comprobado.
Mi mega evolución, solo es posible si ella está en peligro, nunca se daría ni con la más potente mega piedra de la existencia.
Además, mientras esté vivo, sólo viviré para ella, si tan solo lograras acercarte, aunque sea mínimamente a Irene, juro, que ahí seré el monstruo que tanto buscabas que fuera, será el momento de terminar con tu patética vida.
Y me marché de una vez de ese lugar.
Irene tomó todo lo necesario en una pequeña maletita y huimos de allí para vivir libres, juntos, disfrutando de nuestro amor.
Siendo como una entrenadora y su Pokémon para muchos, pero, realmente, éramos los amantes más felices del mundo.
Al fin, pude vivir de la manera en la que quería, libre, conociendo el mundo exterior, descubriendo más de sus maravillas, descubriendo, que como Irene me había enseñado, había más humanos de buen corazón como ella.
Después de todo, las personas que habían creado esa maravillosa música que me hacía bailar, debían tener un buen corazón.
Llegamos a una pequeña ciudad muy lejana, una ciudad solo de Pokémon, y allí, me metí en un gimnasio, ayudaba a entrenar a todos los que venían, entrenar de una manera saludable, para nada lo que yo viví.
Menos mal, que pronto aceptaron a Irene, hice todo lo posible por que así fuera, pero, como vieron su linda alma enseguida, muy pronto se hizo con el corazón de todos, incluso enseñaba canto y escritura en casa a varios Pokémon pequeños que la visitaban, al llegar a casa sudado del entrenamiento, ella siempre estaba esperándome con unos ricos dulces y comida deliciosa.
Y otro dato más, me compró mucha ropa a la moda y al fin, me sentí menos apenado por ir siempre en calzoncillos, aunque, bueno, mejor no os cuento lo que pasaba algunas noches cuando ella y yo estábamos a solas en nuestra habitación.
En fin, esta es mi historia, espero os haya gustado mucho, para que vean, que la luz puede existir incluso en el lugar en el que menos esperabas.
El amor es la mayor luz que podría existir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario