lunes, 5 de septiembre de 2022

Mi sobredosis de azúcar 8 Noche loca en la discoteca

 Lentamente, Anyelik y Carl, bajaron hasta el suelo, pero aquella princesa, se llenó de un profundo agotamiento y tuvo que reposar apoyada en el pecho de aquel ángel.

Todos allí, se habían quedado tan impresionados, no solo los reyes, también los otros ángeles que había y por supuesto, los chicos.

Han fue hasta su hija y, ella, preocupada por si traía las intenciones de regañar a Carl, con sus grandes alas le rodeó para protegerle.

-Victoria...

-¡No! No te enfades con Carl, él me iba a llevar de vuelta, pero nos atacaron de pronto.

-Solo, quiero que hablemos tú y yo, padre e hija.

Y tendiéndole su mano con confianza, ella fue a tomarla, destapándose, guardando sus alas, y, justo antes de tomarla, se lo preguntó.

-¿No le harás nada a Carl verdad?

-Solo hablaremos, nada más.

Anyelik esbozo una pequeña sonrisa y así toma la mano de su padre, al poco vinieron un par de carruajes del reino y, durante todo el viaje, todos estuvieron en silencio.

Gabriel, no dejaba de mirar a Anyelik que se agarraba al brazo de su madre con cariño, tenía demasiados deseos de hablar de una vez con ella y, al llegar al palacio, allí, en el gran salón, Han, sentado en uno de los sofás, sacó todo al fin.

-He estado demasiado furioso, tanto, que hasta he hecho pagar a quienes no debían.

Pero, en mi mente solo estaba la preocupación por ti.

-Papá...

-Sabes bien, que si no estás en un lugar en donde sé que es seguro, me pongo de los nervios, pero...

Y ese rey se puso en pie, para ir a su pequeña hija, posando sus dos manos en sus hombros.

-Quizás tenga que confiar más en ti. Hoy, me quedé sin palabras, al igual que todos los que estaban presentes.

-Papá, yo, yo...

Y sin aguantarse más, le rodeó con sus bracitos.

-Solo quiero tener más libertad, así como Mark, por favor.

Le dijo al separarse de su pecho, mirándole a sus ojos, esperando que de una vez le diera el visto bueno.

-Me cuesta mucho pensar en eso, verte por la ciudad, lejos de mí, pero, dejaré que suceda, siempre y cuando, Zandro vaya contigo, o tu hermano y los demás si es posible.

Anyelik, ya no se aguantó la emoción dando un salto de alegría.

-¡Síííí! Mañana mismo quiero salir de compras con Zandro en la mañana, y en la noche, ya podré ir de marcha.

Y ahí Han, frunció un poco el ceño.

-¿Cómo que ir de marcha?

-Sí, con Mark a los lugares que él va, los chicos también irán conmigo para que así salgan un poco, estando todos juntos, nada pasará.

Aquel rey estuvo a punto de negarse, y, aún en su mente, no estaba seguro, pero, aceptó aquello, por lo menos que saliera una vez de prueba.

Por otro lado,Mark, estaba de los nervios, deseaba que a su hermana no se le ocurriera acompañarle cuando iba a visitar a Elizabeth, como su padre se enterara de ello, se armaría una gorda.

-Pues ahora, me iré a dar una duchita caliente juju, Carl, tú debes darte otra también, tu ropita quedó muy sucia.

Le decía con ilusión, pero Han, los detuvo.

-Quiero hablar con él un momento.

Anyelik entendió, y, al ver que su padre estaba calmado, no se preocupó demasiado y fue a su habitación.

Han, llevó entonces a Carl a la suya.

Allí, había una gran cama de matrimonio que usaba él solo desde que Aluna se distanció tanto.

Ambos, se sentaron en un lado de esa gran cama y Han, comenzó a hablar.

-Todavía no entiendo por qué estás aquí, ¿por qué a mi hija le importas tanto?

Ese día, cuando vi ese poder, jamás imaginé que ella pudiera poseerlo.

Dijo recordando cuando acabó contra la pared, y tras sus palabras, le miró fijamente.

-¿Quién eres para ella?

-Yo, no lo sé, pero, desde niño, saber controlar el fuego y, en él, Anyelik aparecer.

Han no cabía en sí de su asombro y le tuvo que pedir que le contara toda la historia y así, Carl le habló de todo, desde lo de ser adoptado, de su poder, del ataque a su tribu y, de los sentimientos que tenía por su hija.

-No entiendo nada de nada, todo parece rondar alrededor de Victoria, igualmente, no te echaré de palacio, tienes algo que hace que despierte ese poder que posee tan extraño, además, no pareces mala persona, solo, no vuelvas a llevártela. Por suerte, hoy todo salió bien, no sabemos la próxima.

Tras esa conversación, ese día terminó tranquilo.

Los chicos estaban en calma con el regreso de la princesa, Alejandro la pensaba demasiado, la razón del porqué estuvo con Carl y, ese poder para protegerle.

Al final, acabó por darle un golpe a la mesa en donde editaba una de sus canciones.

-¡Aaah! Puñetas, tengo ganas de morderla como castigo.

¿Será que estoy celoso?

Y apoyándose ahora en su brazo, tapando su rostro, lo pensó y más pensó.

-¿Por qué ahora hay tantos rivales? ¿Qué pasa con esta Anyelik? ¿Aparecerán más tipejos?

Y con esos pensamientos, regresó a lo que estaba haciendo sin poder concentrarse demasiado.

Zandro, como de costumbre, estaba leyendo en su habitación, metido en ese libro como si nada más importara, fue al escuchar la puerta que pudo levantar la mirada, tras esas gafitas que llevaba para leer, pensó que sería una señora de la limpieza, pero se equivocó, era esa pequeña princesa.

-¿Qué sucede?

Entonces, esta, como con timidez, se apoyo en la puerta y le preguntó aquello.

-Mañana por la mañana... ¿Vendrás conmigo de compras?

-Sí.

Dijo nada más, volviendo a su libro, aunque, no esperó que ella gritara un bien por todo lo alto, hasta dando un saltito.

-Oye oye ¿Qué estás leyendo? ¿Te gusta?

-Bueno, está entretenido.

Respondió con seriedad, sin levantar sus ojos de las páginas a pesar de que Anyelik le rondaba alrededor.

-Junm, pero eran los libros que estaban aquí abandonados, quizás no sean muy buenos.

Ah, ya sé.

Y al fin le echó una mirada, allí estaba ella con una sonrisilla traviesa.

-Espérame aquí que vuelvo en nada.

Y así fue, con un tanto de impaciencia enmascarada fijo en las páginas del libro, esperó a que regresara y, cuando lo hizo, le entregó ese cuaderno.

-¿Y esto?

-A veces escribo historias juju, espero que leas algo divertido y te rías.

Anyelik se lo dejó en la mesilla que había al lado del sofá en donde se sentaba y después se despidió.

-Ya me marcho Papi Zandro, no te sientas obligado a leerlo si no quieres jeje, pero, te lo regalo.

Ya, de nuevo, se encontraba en esa soledad, ella, se había marchado definitivamente así que, siguió con su libro, pero, sus pensamientos, iban todo el tiempo a la curiosidad de lo que había allí escrito, en ese cuaderno y, al final, tuvo que tomarlo.

Le pareció tierna la primera página en la que había un dibujo, se trataba de un chico vestido de chica muy avergonzado, alrededor, todo estaba lleno de dulces y, madre mía cuando lo empezó a leer, estaba por completo fuera de su estilo, muy diferente a las tramas de sus libros.

Ese género, para un público más juvenil, ya lo estaba catalogando en su mente, pero, esa historia, le hizo sonreír en más de una ocasión. Se preguntaba, como es que, una novela así, podía haberle atrapado. Esta, trataba sobre un chico que se vestía de mujer para así conseguir un trabajo en una cafetería,

Era solo una novata escribiendo, una novata que lo vivía y sentía magia en cada frase que leía.

Al final, se acabó toda la historia en un par de horas y, sintió, que no fue una pérdida de tiempo, incluso había reído, ahí, en la soledad de esa habitación, ni siquiera se había percatado de ella, era como, si hubiera estado acompañado por la misma Anyelik contándole esa historia.

Ya no le apetecía seguir con el libro de antes, solo ansiaba mirar las estrellas en la noche.

Ahora, ya tocaba dormir, Anyelik, ya se había puesto su camisoncito y estaba sobre su cama, hablando con el ser invisible.

-Aaaah, las cosas que pasaron con Carl, madre mía, ¿no estarás celoso?

Y el calor la rodeó toda.

-Jooo, no te pongas así, en verdad no sé qué me pasa, pero, esos chicos, me importan demasiado.

Y la puerta, de pronto se abrió, allí estaba Gabriel en pijama que, sin decir absolutamente nada, apagó la luz y fue a la cama para tomarla y ponerse sobre ella, yendo a sus labios para besarla apasionadamente con lo que, la pobre se quedó demasiado roja.

-¿Qué sucede? ¿Aún tienes vergüenza de mí?

-Gabriel, hoy, ¿dormirás conmigo?

-Por supuesto, estoy enfadado contigo, pasaste una noche entera con Carl en un lugar así.

La cara de Anyelik casi comienza a sacar humo recordando lo sucedido, tuvo que taparse con sus manos para que ese príncipe no la mirara más, iluminada por la gran luna, era imposible ocultar su rostro rojizo.

-No me digas, Anyelik, ¿te acostaste con Carl?

-¡Aaaah! ¡¿Qué dices?!

Oye Gabriel te pasaste, no soy así.

Le respondió de una manera adorable pero muy apenada.

-uff, ya me siento más tranquilo, Anyelik, tu primera vez, será conmigo.

Expresó con cierta seriedad, mirándola, aún apresándola, pero, esta vez, en vez de volverse a sonrojar, sonrió rodeándole con sus bracitos.

-Te prometo que así será.

Y Gabriel sacó sus seis alas para después retenerla entre sus brazos.

-Anyelik, siempre que tu cabeza no deje de llenarse de preocupaciones, me gustaría que vinieras a mí, aunque sea un par de veces.

-Gabriel...

-Solo quiero que confíes en mí, si me voy a casar contigo, debe haber confianza.

Claro que podemos tener nuestro espacio, pero, si hay un día en el que ya no puedes más, puedes desahogarte conmigo, gritarme incluso, o hasta insultarme.

Anyelik tuvo que separarse de él para mirarle con seriedad.

-No, yo no te insultaría, eso nunca.

Gabriel, entonces, sonrió y la volvió a tomar.

-Anda, tratemos de calmarnos, ¿qué te parece si comenzamos a hablar sobre nuestra primera noche?

Pienso que tras casarnos sería perfecto.

La pobre Anyelik sintió que ya se había derretido entre sus brazos, pero, pudo sentir felicidad.

Se encontraba tranquila y protegida en ellos, al igual que cuando estuvo entre los brazos de Carl, y en los de Alejandro.

Ahora estaba más confusa que nunca, pero pudo dormirse al rato.

Lala, curaba sus heridas poco a poco, a pesar de que todos en esa mansión, ahora eran sus sirvientes, su orgullo no le permitía que ellos se apiadaran de ella, tan falsamente y, en el espejo de esa habitación, al fin se dejó ver aquel ser. Parecía una sombra oscura, una criatura humanoide, con un extraño casco en la cabeza alargado y, sus ojos, no podía distinguirse nada más, aunque, esos ojos, eran de un tono grisáceo, era lo único que Lala sabía de Yeivh ya que, el resto era negro.

-Señor, necesito ayuda.

Pidió cuando al fin le tenía cara a cara, habiendo salido de ese espejo como si nada, como si hubiera cruzado un portal dimensional, y, este, con su oscura mano de afiladas garras, tomó su rostro con desprecio para empujarla contra el colchón, provocándole un gemido de dolor, arrancando su ropa que ya se encontraba muy destrozada.

-Señor, por favor, ¿qué hará conmigo?

-Lo sabes bien, ahora, no sirves para nada, aunque, antes de darte la última oportunidad, voy a disfrutar.

Expresó para pasar a abrir sus piernas sin miramiento.

-Mi cuerpo aún no se recupera, pero, quiero disfrutar.

Mi sierva realmente solo es un trozo de carne.

Aquel horrible monstruo no tuvo piedad con ella, como una bestia que odiaba a cualquier existencia, como si se sintiera con el derecho de usarlos a su antojo.

Siendo un animal lleno de un instinto básico que necesita el placer sexual para sentirse más fuerte y, tras acabar, con su garra, tomó esa gema del pecho de Lala arrancándola, dejando una herida mientras que ella le imploraba que no lo hiciera.

La gema se hizo pedazos en su puño y, ahora, yeivh dejó ver más claramente su cuerpo real al recuperar parte de su poder.

Tenía una larga melena de un azul casi blanco, un cuerpo grisáceo, aunque poseía un pantalón hecho de pelaje desde las caderas hasta sus pies de un gris más oscuro, casi negro, además, por detrás, le salía una larga cola, como si fuera una sucia rata.

En sus brazos tenía como unas alas y, el casco de su cabeza, era negro puro con unos adornos de un azul más oscuro que su cabello.

Era como de dos metros, con un físico bastante marcado, pero no demasiado ancho.

-La energía de ese ángel de fuego, aaah, fue de la mejor, ahora, recuperando el poder que te di, me siento algo más vivo, pero, aún no, necesito recuperar mucho más ajajaja, después de todo, vosotros solo me servís para un rato, no valéis nada para mí.

-¡Yeivh por favor! ¡No me dejes así!

Le imploró mientras que él regresaba al espejo, aunque, se detuvo antes de ocultarse en esa otra dimensión.

-Si matas a esa princesa, quizás todo vuelva a ser como siempre.

Y al fin se marchó.

Lala fue tras él toda dolorida por la agresión y sus heridas, pero, no pudo cruzar ese espejo.

Con mucho cansancio, tomo algo de ropa para vestirse lo más rápido que pudo, sabiendo lo que pasaría si se quedaba en el que, realmente, nunca sintió su hogar.

Pero, fue al abrir la puerta de su habitación, que allí ya estaban sus padres, las expresiones de sus rostros no eran para nada amigables y parecían estar llenos de odio y sin dudar más, fue hasta las ventanas en las cuales, hubo unas rejas en un pasado y, ahora, voló libre con sus alas lastimadas, ahí, en el frío de la noche.

-Anyelik, por tu culpa, de nuevo, todo regresó a lo que tanto me dañaba.

Te odio maldita princesa.

Ahora, sin esa gema de su pecho, el poder que había hipnotizado a todos en esa mansión se había esfumado.

Horas después, al fin amaneció y, Gabriel, que ya andaba despierto, vio a Carl, el cómo entraba en la habitación de Anyelik, cargado con un dulce de chocolate.

-Será posible, así que, por eso siempre te levantas temprano.

Tú y yo tenemos que hablar seriamente.

Y fue ahí cuando esa princesa despertó.

-Unm, mi primer desayuno.

Dijo incorporándose, pero enseguida le dio un mareo y ambos chicos se preocuparon demasiado sosteniéndola.

-No os preocupéis, es mi vientre que me pide comer de una vez.

Trató de tranquilizarlos, tomando el dulce y comiéndoselo muy alegre, aunque, al bajar de la cama, le dio otro mareo y Carl la sostuvo a tiempo.

-Anyelik, será mejor que sigas en la cama.

Dijo Gabriel más preocupado que antes.

-No, creo que, al estar descubriendo mi poder más y más, por eso ando tan débil, pero, es mi cuerpo el que se debilita, no es mi magia, al menos eso puedo sentir.

Y de nuevo, una de sus sonrisas.

-Chicos, vamos a desayunar, cuando me llene la pancita, ya veréis que mejoro enseguida.

En el gran comedor, ya estaban todos, sus padres, su hermano y los chicos, por unos momentos, vio a Alejandro y le mostró una gran sonrisa que le provocó algo de calma.

Hoy, el cocinero, había preparado un montón de bollos rellenos de crema, uno de los dulces que a Anyelik más le gustaban, acompañados, de un buen tazón de leche con cacao.

Sin dudarlo, se puso hasta arriba de comer y más comer, poco a poco, todos se iban acostumbrando a verla comer en grandes cantidades y, tras acabar, rápido, fue a ponerse ropa de abrigo.

Ya no nevaba, pero, aún quedaba nieve en la calle y hacía frío.

A los pocos minutos, ya se encontraba con Zandro en el carruaje camino a la calle comercial.

Este iba con una ligera seriedad, no hablaba nada, simplemente pensaba que eso ahora era su obligación.

Anyelik, aún sentía un pequeño toque de debilidad, pero, gracias a haber desayunado en exceso, tenía la suficiente vitalidad como para salir y divertirse y, al fin, llegaron a esa inmensa calle, había bastante gente a pesar de los ataques que hubo y, Anyelik, dio un pequeño saltito.

-¿Qué sucede princesa?

-Es que, me pone feliz ver que las calles están llenas de vida a pesar de todo, eso significa, que confían en nosotros por si algo sucede.

Bueno, quizás no tanto en mí ajajaja, pero, los chicos y tú, el otro día, estuvisteis geniales así como mamá.

Entonces, repentinamente, ella, tomó su mano, era bastante más grande que la suya y Zandro, se sentía relajado y, al mismo tiempo, curioso al estar con esa princesa.

Caminando tan tranquilos, buscando alguna tienda, cuando de pronto, un señor rubio, de cabello algo ondulado y largo, se los quedó mirando y no dudó en plantarse frente a ellos impidiéndoles el paso.

Zandro, enseguida, le tomó del cuello de su abrigo pensando que sería algún mal tipo.

-¡Tranquilo por favor! No vengo con malas intenciones.

-Zandro, suéltalo.

Le pidió Anyelik con cariño, este, así hizo y, aquel señor, sacó de un maletín que cargaba, un montón de papeles.

-¿Qué es esto?

Preguntó Zandro, a lo que el señor curioso tomó su mano para entregárselos.

-Hace un mes que al fin abrí el local de mis sueños, un club restaurante además de tener una estupenda discoteca, se llama, Nekópolis.

Me está yendo bastante bien, pero, aún quiero que lleguen más clientes.

-¡Nekópolis?

Seguía preguntando Zandro dudoso de todo.

-Es un local un tanto especial, hay que pagar para entrar, pero, he decidido regalar entradas a personas que me den buenas vibras para que vengan esta noche.

Es que, cuando os vi, pensé que sería bueno que vinierais, un padre y una hija con tanto estilo darán muy buena imagen.

-¿Padre e hija?

Y Anyelik trató de calmarle, aunque no parecía demasiado alterado.

-Iremos jeje, muchas gracias por las invitaciones pero ¿No son demasiadas?

-Cuantos más clientes, mejor, por eso, os di de más, porque quiero que traigáis a vuestros amigos y, ups.

Exclamó viendo su reloj.

-Ya debo marcharme, debo atender un asunto a la de ya.

¡Hasta lueeegoooo!

Se despidió con alegría, en verdad era un señor bastante pintoresco aunque, Zandro, se había quedado un tanto preocupado con esas entradas en la mano, fue Anyelik la que le sacó de esa mente ida.

-Papi juju.

-Princesa, no tiene gracia.

-Ajaajaja, no te enfades, es que das toda la imagen de ser un padre protector, ahora con más ganas te seguiré llamando Papi.

Entonces, ella, alzó sus manitas a su fino rostro, poniendo una carita de cachorrito adorable.

-Veeenga, no te enfades.

Y de nuevo, su sonrisa.

-A mí me hace ilusión llamarte Papi, anda, vamos a comprar algo de ropa, sin duda, quiero algo más... ¿Cómo decirlo? ¿Atrevido?

Zandro se quedó pensando en todo siendo llevado de la mano por Anyelik y, mientras tanto, en el consejo de los ángeles, Han, a esas horas de la mañana, se encontraba en mitad de una reunión.

Ese antiguo rey llamado Brons, escuchaba en silencio como todos debatían.

-La princesa ha logrado mostrar su poder, no imaginamos que pudiera guardar tanto pero, ese otro, no era normal.

Comentaba uno de los ángeles, este, iba vestido con una túnica blanca, algunos, los de más edad, iban con atuendos similares.

El de la nariz llamativa, siguió hablando.

-Es un poder que no es del sol ni de la luna, Han, quizás sí deberías mandarla al quinto reino para que analicen más todo eso.

Nadie esperó, que Han sacaría su lado firme, allí, entre ángeles a los que había que respetar.

En palacio, siempre era duro y serio, pero, frente al consejo y al antiguo rey, a veces se sentía más pequeño.

-Por ahora, no. Quiero que al menos sea mayor de edad.

Yo mismo analizaré el poder de mi hija.

Pero Brons al fin habló.

-Piénsalo bien, tu hija no es un ángel común, aparenta ser más débil que la mayoría de ángeles, incluso su apariencia, es un tanto vulnerable.

Han, sintió mucha rabia y ya sí que no se contuvo alzando al fin su voz.

-¡No hables así de Victoria! Aunque seas el líder del consejo, no eres su padre.

Brons, no pareció alterado y continuó hablando con calma.

-Han, ¿no te parece extraño todo lo que le ronda a tu hija?

Tan pequeña físicamente teniendo padres altos, prácticamente, nunca supo usar su poder, parecía no poseer grandes habilidades, peor que los ángeles comunes y, ahora, el mal quiere matarla y, de pronto, esa extraña magia que usó con ese ángel nativo.

Y, este, se acercó a él, aún, con esa actitud calmada, mostrando que era superior a él simplemente por no alterarse ni lo más mínimo con la situación ni con las provocaciones de Han al alzarle la voz.

-Solo lo decimos por su bien, ser entrenada por auténticos guerreros, seriamente y a fondo.

Quizás, ella tenga que ver con todo ese mal que se acerca.

Han, apartó su mirada y, muy fríamente, se alejó con la intención de marcharse, con su orgullo por encima de todas las cosas.

No debía dejar ver que no sabía ni cómo luchar contra las decisiones de esos ángeles y ese antiguo rey.

Tan frágil e incompetente.

-Ya me lo pensaré, por ahora, ella no se irá de su hogar.

Y al fin se fue de ese lugar, aunque, antes de regresar al palacio, se pasó por la gran biblioteca de la ciudad, esta era muy antigua, guardaba gran cantidad de libros con muchísimos siglos encima.

Quería encontrar algo que explicara el poder de su hija, aunque, sabía que no daría con respuestas así tan fácilmente.

Desde pequeño, le habían enseñado gran cantidad de cosas, sobre todo, cultura, política, religión y el cómo controlar el poder del sol que llevaba.

De niño, demostró grandes habilidades y supuso que por eso, y por ser parte de la familia del reino del sol, fue el elegido para ser rey, aunque, nunca nadie le contó sobre ese poder que sanaba al completo, esa magia rosada.

No era como el poder curativo de su esposa, el cual, era más débil y servía para heridas pequeñas y superficiales.

Además, no podía devolverle a alguien su energía como Anyelik hizo con Carl.

En esos momentos, viendo a su pequeña hija, sintió tanta calidez.

(continuará en la 2ª parte del capítulo 8)

—¡Papi Papi! ¡Mira juju!

Decía Anyelik tirando del brazo de Zandro para que viera un nuevo escaparate.

—Princesa, deja de llamarme Papi, me da vergüenza.

—Jooo, a mí me gusta llamarte así, voy a tener que llamarte Papi muchas veces hasta que te acostumbres.

Y ahí, este, se paró en seco, haciendo que ella se volteara para verle.

—Ya tienes a tu padre, yo, soy el guardián de la familia.

Anyelik, en vez de enfadarse, tomó sus dos manos con tanta confianza, mirándole a los ojos que cargaban demasiada dulzura.

El que ya no la tratara de usted, era todo un logro, pero, ahora quería ir mucho más allá.

—Papá es papá y, tú, eres mi pequeño Papi.

Zandro tuvo que apartar la mirada con cierta locura, más porque no entendía nada de lo que ella le estaba diciendo.

—Ains princesa, no entiendo qué tratas de decirme, soy más mayor que tu padre, ¿cómo voy a ser el pequeño papi?

Pero ella comenzó a reírse.

—Aajajaja, no lo sé, pero me da esa sensación y me gusta mucho decirte Papi así que, no dejaré de hacerlo aunque te enfades.

Venga juju, aquí venden ropa guay.

Nada pudo hacer ese ángel, la pequeña princesa, le llevó sí o sí a esa tienda, con una ilusión desmesurada y con emoción, se puso a ver los vestidos, aunque, por unos momentos, llevó su mano a su vientre tras sentir un dolor.

«Aah, creo que desayuné mucho»

Pensaba.

«Junm, el resto del día, comeré menos, si no, mi pancita no estará plana y el vestido que me compre no me quedará bonito»

«Pero... auch, mi pancita»

—¿Pasa algo?

Preguntó Zandro al verla un poco ida.

—No, no, solo pensaba si habría vestidos de mi talla, ya sabes, más pequeños.

Rebuscando y más rebuscando entre tantas prendas, al fin dio con uno negro, algo corto y además, se notaba ajustado.

—Papi ¿Crees que este me vaya a sentar bien?

Y se lo colocó frente a su pequeño cuerpo.

—Ese vestido es un tanto sugerente, a tu padre no le hará gracia que lo lleves puesto.

—Bah, chorradillas, seré bajita, pero ya no tengo doce años, en unos meses tendré los dieciocho.

Papá, debe entender eso, además...

Y le tomó del brazo con una sonrisilla traviesa.

—Tú vendrás conmigo juju, nada pasará, así que, buscaré más ropita para ti.

—¿Qué?

Y Anyelik no dejaba de reír.

—Oye princesa, tu padre me dio la ropa necesaria para el día a día, no necesito más.

—No, no, no.

Le respondía negando con su dedito.

—Papi solo tiene ropa aburrida y formal, yo nunca gasto de mi dinero, así que, te compraré ropa para salir y la vas a usar, si no, me enfadaré.

Y ahí infló sus mofletes.

Zandro ya no sabía qué hacer, no imaginó, que la hija de ese rey tan serio, tuviera tal personalidad, hasta un tanto infantil, pero lo cierto era, que no le molestaba.

Tantos años en el infierno, perdiendo su juventud, una vida fría, dura, sin emociones.

Los que debían cumplir condena en el infierno, iban a una zona en la que debían trabajar casi sin descanso, viviendo en feas condiciones con más ángeles u otro tipo de seres, que la verdad, no eran nada amigables.

Habitaciones frías en las que no había intimidad, durmiendo sobre el duro suelo con una manta y una almohada vieja.

Comida escasa, la necesaria para seguir viviendo.

Los locales de esa parte del infierno, no serían como ese club al que irían esa noche.

El alcohol no tenía buen sabor y abundaban las peleas de borrachos hartos de su existencia.

Los castigos eran duros si en el trabajo, no rendías lo suficiente, latigazos toda una noche, sin dormir, trabajando sin poder parar ni para descansar.

Ni siquiera pudo disfrutar con alguna mujer, esas ganas ni existían en un lugar así, por lo menos para algunos.

Estar ahora en ese palacio, con una habitación propia, llena de sus amados libros, yendo de compras junto a una pequeña tan alegre y positiva, en verdad lo necesitaba.

Al final, acabaron llenos de bolsas caminando por las calles, entrando en más tiendas, incluso en una de artículos muy divertidos, disfraces graciosos, gafas con narices gigantes, bigotes poblados.

Anyelik, en un probador, se vistió de hombre, incluso con un calzón sobre su ropa, y no faltaron las gafas grandes.

Zandro pudo reír al verla hacer un baile sin pudores delante de todos los clientes que había allí.

—Papi, tú también deberías disfrazarte de algo.

—No, no haré eso, ahí sí me niego.

Pero entonces, ella se percató de un montón de alas que había cerca y le tomó del brazo para llevarle.

Allí tenían de todo tipo y colores, y no solo alas de ángel, también de demonio, hadas y seres de ese mundo.

—Papi... ¿Cómo eran tus alas?

—Eso no importa.

—Pero Papi, sería lindo comprarte unas, debes extrañar las tuyas.

Zandro ya no se aguantó más y se agachó un poco para abrazarla por la espalda.

—Mis alas eran comunes, blancas, con las puntas rojizas.

Y las manitas de Anyelik se posaron en sus brazos con cariño.

—Papi, yo creo que eran hermosas, me gustaría, tener el poder de hacerte crecer otras.

—Ya me acostumbré a no sentir nada en mi espalda.

No hace falta que te preocupes por eso.

Y en su pecho, sintió un extraño calor, más intenso, sintiendo esas manitas tomando sus brazos con cariño, y con la dulce personalidad de esa princesa, sentía que tarde o temprano, sacaría su lado más blando.

Por otro lado, Carl, se encontraba meditando en la habitación, se había pasado la mañana practicando el idioma con los apuntes que tenía de cuando estudiaba con Anyelik.

Ahora trataba de sentir el aura espiritual del lugar, tratar de estar más calmado, pero, una fuerte aura le llenó todo y, enseguida, la puerta se abrió.

Allí estaba Gabriel, que se había pasado todo ese rato entrenando con su espada y perfeccionando su poder mágico junto a Mark.

Aquel joven príncipe, no dudó en acercarse con demasiada confianza a Carl, mirándole con mucha seriedad a los ojos, luego, se percató de que no llevaba camiseta ni nada puesto en la parte superior.

Estuvo a punto de hacerle esa pregunta, pero la puerta se abrió de tan de golpe, que aquel príncipe se asustó y todo.

Era Alejandro, que al verlos así tan juntos, no se calló lo que pensaba.

—Bastante que dormís juntos y ahora os andáis desnudando, ¿sois gays o qué?

Gabriel ahí sí que no se contuvo, yendo a aquel vampiro para tomarle de su jersey.

—Soy completamente hetero, ¿acaso lo dudas?

—Vaya.

Respondió apartando su mano de su ropa.

—Ya me estabas haciendo dudar, viendo cómo pierdes la paciencia de pronto por una pregunta así... ¿Algo ocultas?

—¡Qué vampiro más indeseable! ¿Para qué viniste a mi habitación?

—Tengo que hablar seriamente con el indio.

—Yo iba primero.

—Aaaah, ¿por eso le estabas seduciendo?

Gabriel, a punto estuvo de explotar, pero Carl, logró calmar a ambos poniéndose en medio.

Al final, ambos chicos le acorralaron, algo intimidantes, así, contra la pared, y fue Gabriel quien preguntó primero.

—A ver, ¿qué intenciones tienes con mi prometida?

A lo que Alejandro añadió.

—¿Quieres aprovecharte de ella y por eso te la llevaste?

—No, no es así, yo querer, quiero, que ella esté bien. Su padre, muy brusco.

—¿No le hiciste nada verdad?

Siguió preguntando Alejandro, ahí fue que Carl se puso rojo y quedó totalmente expuesto.

—¡No me jodas! ¡¿Lo hiciste?! 

Me cago en ti, indio aprovechado sin respeto.

—¡¿Qué demonios pasó?! No me esperé eso de ti Carl.

Carl, sentía que no podría guardar aquello por más tiempo, ambos chicos parecían querer echársele encima, y si no hablaba, quizás sería peor.

—No no, yo solo, Anyelik cayó al río, yo... yo desnudar y darle calor con mi cuerpo, no hacerle, eso. Quizás, ir más allá, pero no llegué a, ya sabéis.

Alejandro no se contuvo empujando a Carl contra la pared.

—¡¿Cómo que ir a más?! Define eso.

—Tocar su cuerpo, así entraría en calor antes.

Alejandro estaba a punto de arder en ira en esos momentos y Gabriel, hasta parecía haberse envuelto en un aura, como si fuera a pasar a otro nivel así.

—Carl... me has fallado, confié en ti.... tocaste a mi prometida, la viste desnuda, solo espero no haya más oculto.

—Carl besar y desnudarse también.

Un trueno pareció escucharse, un trueno creado por la energía oscura de Alejandro y, esta vez, Gabriel no le detuvo ya que, estaba igual o peor, mirando con desprecio al pobre Carl que pensaba que acabaría hecho trizas en esa habitación.

—Cómo te gusta presumir tu cuerpo marcado maldito, ¿te crees mucho verdad?

Vas a ver ahora mi torso, sin duda, oculto un cuerpo envidiable y no necesito andar presumiendo delante de Anyelik.

Alejandro se sacó el jersey, sobándose el torso y los abdominales frente a Carl, a lo que Gabriel, se sacó también su camisa.

—Mi cuerpo es bonito también, tengo unos pectorales en donde Anyelik se apoyó toda la noche.

Carl ya no tenía escapatoria, lo peor, es que también se estaban quitando los pantalones para presumirle otros atributos, fue ese momento, en el que Mark entró en la habitación, que pilló aquella escena, y, algo traumado, volvió a cerrar la puerta como si nada hubiera visto.

Gabriel, rápidamente, se vistió muy nervioso para salir afuera y así saber por qué había entrado a buscarle.

—Oye Mark, no pienses cosas raras, es solo que Carl últimamente, se está aprovechando mucho y está yendo muy lejos.

—No pienso cosas raras.

Y dejó escuchar una pequeña risa.

—Mi padre te está buscando, anda y ve a hablar con él, te espera en el salón.

Y enseguida, bajó hasta la planta baja, Han, que acababa de regresar de esa biblioteca, se encontraba mirando por la gran ventana, como un poco ido, pero, enseguida se dio la vuelta al escuchar a Gabriel.

—¿Qué sucede Han?

Este le invitó a sentarse en un sofá junto a él.

—Ya viste lo que sucedió con Victoria, estarás tan sorprendido como yo, todos lo estamos.

—¿Te refieres a ese brillo rosado?

Han asintió con su cabeza, mirando de nuevo a través de esa ventana, contándole todo lo sucedido hacía nada esa mañana.

—El consejo de los ángeles... todos están persistentes debido al poder de mi hija.

No quiero que la anden viendo como a un elemento de laboratorio o como un ser extraño.

—¿Qué?

Gabriel se sintió más que molesto al escuchar aquello, poniéndose en pie para acercarse más a ese rey y que así, le mirara a los ojos, dando un pequeño golpe con su puño en los cortinones.

—Esos malditos, aaarg, aunque sean los que mandan por encima de todo, no tienen ese derecho.

Y han posó su mano en el pecho de ese ángel.

—Cálmate.

Quiero, que siempre estés muy atento a Victoria, que siempre cuides de ella y, si alguien tiene que analizar ese extraño poder, que seas tú.

—Eso no lo dudes Han.

Pero, ese rey, regresó a perder su mirada en el paisaje que se veía afuera del palacio, queriendo ser sincero de una vez con alguien, aunque no fuera aún de la familia.

—Me casé muy joven, ni siquiera tuve tiempo de conocer eso del amor.

Que Victoria se tenga que casar, así, de pronto, no me hace gracia en el fondo, por eso, te traje aquí de invitado a vivir con nosotros, para que os podáis conocer mejor, para que paséis un tiempo juntos.

Los ojos de Han, al fin dejaron esa ventana, algo perdidos en esos cortinones y no muy seguro, le contó el resto a ese joven príncipe.

—Yo, me casé con Aluna sin saber casi apenas de su vida.

Aunque al principio todo parecía tranquilo, esos primeros años, cuando estuve a punto de perderla a ella y a Victoria, cambió tanto su manera de ser conmigo.

—¿No os llegasteis a enamorar?

Preguntó Gabriel con bastante confianza, viendo como ese rey exponía los secretos de su corazón.

—No.

Claro que había cariño, empezar a vivir con ella, tener nuestra primera noche porque nos exigían tener hijos, aunque nunca supe por qué ya que éramos muy jóvenes aún.

Sí fue difícil, pero, esos primeros años, eran tranquilos, no había discusiones.

Ahora, no sé qué sentir, son diecisiete años de frialdad.

Y Han, al fin pudo regresar a los ojos de Gabriel.

—Quiero que con vosotros sea diferente, además, Victoria parece que tiene interés en ti y eso me da calma y hasta felicidad.

De pronto, esa sonrisa tan difícil de ver, se mostró en el rostro de aquel rey.

—Mi hija, en verdad, parece algo así como un terrón de azúcar, a veces, con quienes son amables con ella, pero, puedo sentir que le agradas mucho.

—No te preocupes, voy a dar todo de mí para que ella pueda vivir feliz y sienta el amor.

No sé si en verdad ha comenzado a enamorarse de mí, pero, yo ya estoy loco por ella.

Han, parecía sentirse en calma escuchando eso y, mientras tanto, aún caminando por esas calles, Zandro y Anyelik seguían viendo los escaparates.

De pronto, un dulce aroma llegó a la naricita de aquella princesa y se quedó idiotizada viendo un bonito café, en el interior, se apreciaban muchos dulces en el mostrador.

«Aaaah, no debo abusar, me duele la pancita jooo»

«Pero, aún siento que hay espacio y hasta me dio hambre de nuevo»

Pensaba ella, pero Zandro, la sacó de sus pensamientos.

—¿Quieres tomar algo?

Pagaré yo con mi dinero.

—Papi, bueno, junm, ¿piensas que es malo ser tan glotona?

Preguntó un tanto avergonzada.

—No, mientras que seas feliz y no te hagas daño por comer de más.

—¡Bieeeeen! Entonces entremos juju.

Zandro se sorprendió de su manera efusiva de ser, así, de tan de pronto, era como una niña que se emocionaba al ver dulces.

Dentro de ese local, se estaba muy cálido y, Anyelik, se quitó su abrigo ya que le estaban dando hasta calores.

Muy sonriente y con mucha emoción encima, se pidió un tiramisú que vio muy apetitoso y también, un chocolate caliente, Zandro, solo quiso un café.

Mirar a esa pequeña beber tan contenta y comer con ese brillo en los ojos, nunca vio a nadie disfrutar así con la comida.

—Papi, deberías probar este tiramisú, creo que este tipo de tarta te define a la perfección.

Papi, si fuera un dulce, sería un tiramisú.

Zandro se sorprendió por sus palabras y sentía mucha curiosidad.

—Qué cosas dices ¿Es porque soy moreno de piel?

—No ajajaja.

Reía ella, lo cierto era que, al ser una tarta de café, con un poco de chocolate, el color sí era un tanto similar a la piel de Zandro, aunque, eso sí, su piel era de un moreno más bien frío.

—Es que, el café en los dulces, es algo que le da un toque maduro, hasta un tanto serio pero con un aire elegante, o con porte.

Decía ella mirando una pinchada de su tarta.

—Es un dulce como para adultos, más por el licor, pero con su toque dulce suave y rico.

Detrás de su primera impresión de ser serio, se esconde un tierno corazón con algo de chocolate sutil, pero, no se deja ver por cualquiera, y los que lo saben apreciar, verán qué delicioso es.

Zandro no sabía qué responder, nunca le habían comparado con un dulce, pero entonces, ella, extendió su manita con esa pinchada ahí, frente al rostro de ese ángel.

—Prueba, verás cómo te gusta.

Zandro avergonzado, apartó la mirada.

—No hagas eso princesa, es vergonzoso.

—Jooo venga, un poquito.

Insistía ella, pero él se negaba a que le diera la pinchada, así que, esta tomó el plato y le hizo de apartarse de la mesa un poco, para así, sentarse sin su permiso en sus muslos.

—Ahora sí, te pillé.

Y por más que Zandro trató de resistirse, ella logró que se rindiera, abriendo su boca allí, delante de varias personas, tan rojo que se estaba poniendo.

—¿Rico eh? Te daré más.

Le decía con una tierna sonrisa y ya no aguantó esa vergüenza, tomándola por su pequeña cintura con cuidado para apartarla de él.

Ahí fue, cuando ambos se dieron cuenta de algo aún más vergonzoso, y lo peor, era que los pantalones de Zandro eran grisáceos y toda esa mancha era más notoria.

Anyelik, rojísima y nerviosa, soltó la tarta, y llevó sus manitas tras ella como para taparse.

—Aaaah Papi, esto es demasiado, me muero, dis-disculpa, ya entiendo por qué me dolía la pancita.

—Aaah dios mío, ¿cómo es que no tienes cuidado con esas cosas? deberías estar más atenta a esos días del mes.

Los ojitos de esa pequeña comenzaron a llenarse de lágrimas y Zandro no pudo más.

—No me llores, anda, hay que ir a palacio lo antes posible, no podemos dejar que más gente nos vea todo manchados.

Y tras pagar, Anyelik se tapó con su abrigo y Zandro, tuvo que poner las bolsas por delante para que nadie viera esa mancha tan llamativa.

En el carruaje, ella no era capaz de verle a los ojos, se sentía muy apenada y Zandro, trataba de tomar calma por todo.

No quería tampoco ser brusco con esa princesa por algo así, pero lo cierto era, que también estaba controlándose del corte y, al llegar a palacio, fue a cambiarse los pantalones y la pobre Anyelik, a darse una buena ducha tras echar su ropa a lavar.

Esa hermosa mujer, se encontraba ahora frente a las grandes verjas.

Su abrigo de aspecto costoso, tapaba un poco su figura, pues a pesar del frío, no lo llevaba abrochado y podía verse su escote en ese vestido morado bien ajustado.

—Señorita, no podemos dejarle entrar.

Y Lucy molesta, trató de contenerse.

—Quiero ver a Alejandro ¿vayan a avisarle al menos no?

Soy su amiga y deberían dejarme pasar a verle.

—Bueno, espere un momento por favor.

Y el guardia, sacó una especie de walkie talkie para avisar a otro guardia que estaba en el interior y que así, buscara a Alejandro.

Fue al poco que él al fin apareció.

—Aaah, qué bueno que viniste a abrir a Sonia.

Reveló así su nombre falso.

—¿Vienes a verme a mí o a Anyelik?

—Vengo a veros a los dos ¿No puedo?

—Aah, anda, dejadla entrar, no hay problema con ella.

Los guardias dudaron por unos momentos, aunque uno de ellos, se había quedado algo idiota por ver a una mujer tan atractiva y escotada delante de sus narices, al estar casi siempre en ese puesto, no tenía la oportunidad de ver mujeres hermosas salvo a la reina.

Ya dentro del palacio, Lucy observaba todo el interior, los lujos y comodidades de este.

Los sirvientes pasar de allá para acá.

—Vaya, hasta mi mansión se queda algo pequeña aquí.

Por cierto, ya hice algo de limpieza ¿no vendrás?

Preguntaba esa sirena, y Alejandro le respondió con una actitud demasiado indiferente.

—Por ahora no tengo motivos para ello.

—Buah, qué frío eres.

Pero él no dijo nada más y la llevó hasta la habitación de Anyelik, abriendo la puerta sin tan siquiera llamar primero.

Se encontraron las bolsas de las compras en mitad de la cama aún sin colocar, y el sonido del secador del pelo se escuchaba de fondo.

—Oye ¿A dónde vas?

Le detuvo Lucy, ya que, Alejandro, tenía intenciones de marcharse de allí.

—Tengo cosas que hacer, quédate con Anyelik si tantas ganas tienes de verla.

Y aquella sirena refunfuñó hablando para ella misma mientras que él ya se marchaba.

—Ese Alejandro, es difícil, ni siquiera me miró mis grandes pechos y eso que hoy estoy más hermosa que de costumbre.

Ya podría haberlo hecho como ese guardia estúpido.

Se quedó mirando toda la habitación, la típica de una joven, peluches y cosas tiernas, todo bien colocado, limpio, muebles blancos, dibujos en un corcho demasiado dulces para su gusto, todo tan diferente a cómo lucía su mansión.

Anyelik, al fin terminó de secar su cabello y se sorprendió mucho al encontrársela sentada en su cama.

—Sonia ¿Cómo llegaste aquí?

—Vine a verte, no me he colado si eso es lo que piensas.

Y no esperó que ella la abrazara tan repentinamente.

—Oye oye, a veces eres un tanto empalagosa, por cierto ¿fuiste de compras?

—Así es, nos han regalado entradas para ir a un local marchoso así que, me compré un vestidito sexy juju.

—Oh vaya vaya, ¿me quieres copiar?

Dijo con ironía, aunque Anyelik no la pilló.

—¿Eh? No es eso.

Lucy se echó una carcajada.

—Qué tonta, no lo dije en serio, a ver, muéstrame ese vestido.

Anyelik emocionada, sacó el vestidito de la bolsa y se lo mostró.

—Era justo la talla más pequeña, tuve suerte de que quedara este.

Lucy, levantó un poco una de sus finas cejas.

—Junm, habrás comprado unos buenos tacones.

—Claro.

—¿Y maquillaje?

Ahí Anyelik, la miró con unos ojitos de pena.

—No pensé en eso, además, no tengo nada de maquillaje.

Lucy suspiró.

—Tu padre te ha criado como a una niña, pero oye, ¿cómo es que ahora te deja salir?

¿Qué pasó que no me enteré?

Esa princesa, le tuvo que contar todo lo ocurrido y Lucy, escuchó atenta para después, darle la enhorabuena.

También, le estuvo dando una buena clase de cómo arreglarse para verse más sensual, tanto el peinado, como el caminar con tacones tan altos.

Fue algo entretenido y curioso para Anyelik que no dejaba de escucharla como con admiración, Lucy, para ella, era toda una mujer, atractiva, femenina, incluso vivía sola sin tener que depender de sus padres, y por supuesto, sabía ser sensual, eso que Anyelik sentía que jamás podría ser.

—Eso sí, falta un buen labial rojo para tus labios, y rímel en tus pestañas para potenciar tu mirada, ya estás bonita de por sí, no necesitas nada más que eso.

¿Irás a comprarlo ahora?

—No hace falta jeje, mamá tiene maquillaje, creo que se lo cogeré prestado.

—Junm, siendo rebelde, en fin, yo ya me marcho, no me gusta andar saliendo de mi mansión porque me da el sol y mi piel podría oscurecerse un poco, la próxima vez, ven a verme tú a mí, y de paso, puedes venir con Alejandro, ya sabes, para conocer a más gente y al hombre que tanto te gusta.

—¿No vendrás al local esta noche?

Le dijo antes de que saliera de su cuarto.

—No me apetece, ya sabes que me gusta estar sola y no con la multitud, ese rollo de fiestas y clubes no me atraen.

Y sin decir más, se marchó de allí, después, Anyelik les estuvo entregando las entradas a los chicos, había para su hermano también pues justo, eran seis.

El resto del día se pasó volando y ya iba siendo hora de arreglarse para disfrutar de la noche, su padre estaba ya enterado y con muchas dudas, le había dado el permiso, pues iría con su hermano, Zandro y los demás y eso le daba cierta confianza.

Un tanto nerviosa, se dirigió a la habitación de su madre para así rebuscar en su maquillaje, estaba segura de que lo metía en uno de los cajones que había en un tocador, pero la puerta se abrió en nada y fue pillada.

—Ah mamá.

Exclamó cerrando con cuidado el cajoncito, pensando que no fue descubierta hurgando.

—¿Te preparas para salir?

—Bueno... sí.

Y la sonrisa de Aluna le tranquilizó.

—Mamá... yo, bueno, quería un poco de maquillaje, pero solo un poquito.

Su madre tomó ese cajoncito y Anyelik se apartó un poco.

—Anda, yo te lo daré.

Dijo sacando un labial rojo, era intenso, y combinaba con su oscuro cabello, después, tomó un pequeño tubito.

—¿Qué es eso?

—¿Estás durmiendo mal?

—No, duermo como siempre.

—Vaya, ¿por qué serán esas ojeras? Voy a taparlas un poco.

Anyelik, pensó que quizás le salieron por estar en sus días del mes y, por último, su madre le aplicó el rímel, si ya de por sí sus pestañas eran muy largas, ahora se lucían mucho más.

—Qué linda quedaste, anda, dame un abrazo.

Así hizo, y de nuevo, sintiendo que los pechos de su madre eran muy grandes a comparación, se preguntaba si el vestido que compró le quedaría bien.

—Estoy tan feliz de que al fin tu padre te haya dado más libertad.

Claro que me preocupa que algo malo te pueda pasar, pero, no se puede estar siempre con miedo encerrado.

Venga, ve a terminar de arreglarte.

Anyelik,  le dio las gracias a su madre por todo y se marchó de allí con emoción. Aluna, ya en soledad, se inundó de ese recuerdo, ese recuerdo junto a un hombre con orejas de lobo, juntos, conociéndose en una discoteca, sintiendo la pasión, pareció sentir tanta añoranza, pero, en cuestión de segundos, su expresión se tornó tan vacía.

—Ya está, ya me vestí.

Pensaba aquella princesa mirándose en el espejo.

Al llevar esos tacones, había crecido unos centímetros.

A veces se preguntaba si ya llegaba al metro cincuenta sin ellos porque llevaba bastante si medirse.

Su cuerpecito tan extraño, tenía buenas curvas en sus caderas pero era delgada y con una pequeña talla de pechos.

—Aaaah, es como si mi cuerpo se hubiera desarrollado mal.

Decía en lo alto lamentándose.

Sus piernas eran muy finas, aunque por sus caderas los muslos tenían más forma, eso sí, las pantorrillas parecían casi palos, o por lo menos eso pensaba ella.

—Junm, debo dejar de pensar en el cómo me veo.

¿Papi Zandro se habrá puesto el traje que le compré?

Voy a ello.

Y salió al pasillo cargando un abrigo negro así como peludo y lujoso, solo algunos sirvientes la vieron quedándose sorprendidos, hasta la elogiaron y ella se ponía rojísima agradeciéndoles.

Siempre se llevó bien con ellos, aunque fueran unas palabras al encontrarse por los pasillos y, al fin, allí estaba en ese cuarto, Zandro se quedó como idiotizado por escasos momentos, nunca vio a esa pequeña princesa con ropa que resaltara las formas de su cuerpo, de hecho, nadie allí pudo hacerlo ya que, Anyelik siempre iba con vestidos más adorables con un toque puro.

—Papi, te pusiste la ropa, pero... junm ¡No!

—¿Qué? ¿Qué sucede?

Rápido, tomó la bolsa en donde estaban algunas de las compras de esa mañana y de allí, sacó la pajarita con ese característico estilo victoriano y fue a colocársela en el cuello.

—Princesa, no, tranquila, ya me la pongo yo, ¿no ves que no alcanzas bien?

—Noooo, sí llego, hoy me puse taconcitos.

Realmente llegaba perfectamente a pesar de que él era muy alto, pero el pobre estaba avergonzado por aquello y así, en medio del forcejeo, Anyelik acabó por torcer un poco uno de sus pies a causa de la nueva altura, agarrándose a la chaqueta de Zandro para evitar caer, pero, al final, ambos acabaron en el suelo, y lo peor y más vergonzoso, era que, el rostro de aquel hombre, acabó en el pecho de esa princesa, provocándole a esta un tremendo grito que, por suerte, nadie más escuchó por lo que no vinieron los guardias ni nadie.

—Lo siento princesa, no fue a propósito ¿te hiciste daño?

Pero ella estaba de espaldas, en el suelo sentada muy avergonzada.

—Papi, qué... ¡Qué pena siento ahora!

Tu carita tuvo que caer en la planicie de Anyelik.

—¿Planicie?

—¡Buaaaa! Seguro ahora pensarás que soy una princesa penosa, en el infierno, hasta las condenadas y demonios deben tener pechitos como mamá.

Al punto estaba de ponerse a llorar, pero Zandro fue a ella, poniéndose a su altura.

—No llores anda, además, yo viví mi condena con hombres nada más, y las demonio que vi, no iban muy destapadas... espera, ¿por qué te preocupa tanto eso?

Y ambos se pusieron nerviosos, Anyelik tuvo que mirar hacia otro lado.

—Noooo, es que, siempre que algún chico nota mis mino pechitos me pongo muy nerviosa.

Ya... ya tengo diecisiete años, me faltan unos meses para los dieciocho y mira cómo me veo.

Zandro entonces, apartó su flequillo dándole un tierno beso cosa que ella no esperó.

—Papi...

—Es para que ya no sigas pensando en eso. El tamaño no importa tanto, anda, hoy te ves muy linda así vestida.

Le decía sintiendo ese toque de nerviosismo, no sabía por qué se sentía así, pero, ella llevó su mano a su cuello.

—¿Puedo colocarte la pajarita ahora?

—Puedes hacerlo.

Y más tranquilos, al fin salieron de esa habitación, se encontraba algo ansiosa pensando en que los chicos la verían así vestida y allí, allí estaban ellos, en la entrada, esperándola.

Cada uno vestido para salir, hasta Carl se había puesto ropa prestada de Gabriel, aunque los pantalones le quedaban bastante ceñidos y se le marcaban sus fuertes muslos.

No sabría por cual decidirse y, Alejandro, mostrando un poco su pecho, aunque más elegante que de costumbre, eso dejó a Anyelik algo atontada.

Las caras de los chicos sí que no tenían precio.

Hasta parecía que se habían sonrojado un poco, pero, Han tuvo que intervenir.

—Victoria ¿Cómo es que te pusiste esa ropa?

No te puedo dejar salir así, ese vestido es muy pequeño.

—¡¿Quééé?! ¡Nooo papá! Solo voy a disfrutar de la música y además, los chicos están conmigo, hasta Mark está.

—Papá.

Intervino él.

—No pasará nada, ya no tiene doce años, creo que es normal vestir así para ir a locales de este tipo, además, según vi, es algo elegante, allí no va cualquiera así que, no te preocupes.

Han se resignó al final, nadie supo ni cómo.

—Bueno, está bien, pero nada de alcohol, ¿me escuchaste Victoria?

—No beberé alcohol, a mí solo me gustan los jugos de frutas.

Y Gabriel de pronto, la tomó para pegarla a él, cosa que a Alejandro le erizó todo el cuerpo.

—Yo estaré en todo momento para asegurarme de que no beberá nada raro.

Han al fin se tranquilizó, todos pensaron, en la gran confianza que parecía desprender aquel príncipe al tomar así a la princesa frente a su padre que no parecía molesto por ello y al fin, fueron libres, montados en el carruaje más grande, Anyelik, sentada entre Carl y Gabriel, y Alejandro, en frente, mirándola conteniéndose de todas las maneras.

Tenía muchas ganas de morder su cuello, pero no podía hacer eso en un lugar así, frente a todos.

No dejaba de mirar ese regalo que le hizo, estaba tapando la marca de sus colmillos que aún perduraba en ella.

El viaje fue algo silencioso y, al final, al cabo de unos 20 minutos, acabaron llegando a ese local.

—Nekópolis.

Dijo aquel vampiro nada más llegar, aquel lugar, tenía una fachada grisácea y moderna, elegante, un guardia en la entrada les checaba, comprobando que sus ropas eran las adecuadas, y, ya, en el interior, todo estaba iluminado tenuemente, con varias plantas decorando esa planta en donde bastante gente se encontraba bebiendo en una barra al fondo, el resto, comiendo comida con un delicioso aspecto, las mesas eran de cristal, con sillas blancas que combinaban muy bien.

Aquel señor que se encontraron en la tarde, se les presentó en una especie de mostrador que había, enseguida reconoció a Zandro y a Anyelik mostrándoles una sonrisa, pidiéndoles después su entrada a todos.

Ahora, este iba vestido con un traje morado súper elegante y con una cola en la parte trasera del esmoquin.

Sus zapatos eran dorados con un aspecto realmente caro, hasta parecían estar hechos de oro.

—Señor, ¿es un mago?

Preguntó Anyelik, y este, sacó un ramo de rosas secas.

—Lo soy.

—Pero uno de los malos.

Añadió Alejandro, aquel señor comenzó a reír.

—Ajajaja, mi magia no es la mejor, pero mientras que pueda sorprender a una sola persona me basta ¿No jovencita?

Y Anyelik salió de su asombro.

—Así es jeje, yo ni una hojita sabría sacar ajajaja.

—Bueno bueno.

Metía prisa aquel vampiro.

—¿Nos da mesa para cenar?

Gabriel se molestó por la falta de educación de Alejandro, mirándole con una cara de desprecio que este ignoró.

—Claro que sí.

Y aquel señor, con una actitud muy amistosa, dio una vuelta tal cual fuera un bailarín para después, llevarles a una de las mesas.

El lugar parecía un tanto exótico por la cantidad de plantas que había, la gente parecía disfrutar de la comida, el ambiente era confortable.

El señor les pidió esperar unos momentitos a una de las camareras y después se marchó.

Justo al lado, muy cerca, había otra mesa en la que se encontraba un joven albino, pero de cabello bastante más corto, no como Mark, que para hoy, se había recogido su larga melena con el moño que Elizabeth le regaló, lo curioso era, que el cabello de Mark, tenía reflejos muy sutiles amoratados, al contrario que los de ese chico, que su albino era más cálido.

Junto a este, que parecía el anfitrión en esa cena, había otro tipo albino, pero más adulto, ambos, estaban acompañados por tres chicas, aunque los cabellos de estas ya eran de otros tonos y parecían estar disfrutando con su compañía, ignorando un poco al acompañante.

Las tres jóvenes tenían aspecto de modelos, o quizás solo eran chicas algo pudientes con una bonita apariencia como plus, las cuales, no dejaban de reír y adorar al joven, pues, lo cierto era, que se veía realmente apuesto, con un cuerpo muy trabajado además de ir vestido con mucho estilo, un toque a la moda pero juvenil, para nada Victoriano como la mayoría usaban.

Fue por unos momentos, que Anyelik le vio a los ojos y este, no pudo evitar verla también, echándole una rápida ojeada a su figura.

Estaban justo sentados de una manera, en el que él podía mirarla claramente sin problemas, y cuando trajeron la comida, ver comer más y más a esa pequeña chica, le resulto realmente curioso.

—Oooh chicos, esta comida es fabulosa, es como muy diferente a la de palacio.

Decía ella emocionada, comiendo sin parar, con ese brillo de ojos característico suyo que aparecía cuando tenía comida deliciosa delante.

—Ah por dios, espero entre todos traigamos dinero suficiente para cubrir los gastos del estómago de esta glotona.

Decía Alejandro.

Gabriel y Mark, no dudaron en mostrar la tarjeta de crédito a relucir

—Mierda, cómo olvidar que estáis aquí.

—Así es vampirillo, tú tienes que mantenerte con el sueldo que el rey te proporciona por trabajar y, veo que llevas varios días de holgazán.

El comentario de Gabriel, hizo que Alejandro se pusiera en pie molesto.

—Principillo pijotero, desde que el del parche llegó, es por eso que tengo menos trabajo.

—Por supuesto, Zandro es confiable a simple vista.

Alejandro fue a tomarle de su ropa, pero Anyelik le pidió detenerse.

—Alejandro, cuando salga de nuevo, tú serás mi guardián ¿vale?

Ya hace días, que me apetece que hablemos más.

Alejandro se quedó sin saber qué responder y Gabriel también sintiendo esos celos, pues, bien sabía de los sentimientos de ella por ese demonio.

—Anda, vamos a comer más, esta comida es una delicia juju.

Y con cariño, ella les ofrecía de su platillo sin ningún apuro y Carl, de hecho, le ofreció a probar de su lasaña de verduras y setas, pues, la pobre se quedó viendo con muchas ganas.

—Ah Carl, lo tuyo también me encanta.

—Ven, prueba de lo mío también Anyelik.

Añadió Gabriel y esta, corrió a ello, era un pescado en una salsa deliciosa.

—Waaaa, qué rico está, después me pediré esto como segundo plato.

Alejandro entonces carraspeó.

—Lo mío está mucho mejor.

Y sin dudarlo, aquella princesa probó de esa hamburguesa que parecía hecha por un chef muy experimentado, tenía un aspecto cuidado, con una buena cantidad de patatas y emocionada por su sabor, acabó llevando sus manitas a su rostro con ilusión.

—Cómo me gusta, qué feliz soy cuando puedo comer cosas ricas.

Es por eso, que terminó por comer también de los platillos de su hermano y de Zandro, y luego, se pidió más comida.

Ese joven, ya no podía apartar sus ojos de aquella ángel curiosa, su apariencia, su largo cabello ondulado, suelto, tan natural.

Su piel más blanca que la suya, con varios lunares, tan delicada.

Ya ni siquiera era capaz de prestarle atención a esas chicas que parecían adorarle.

—Ayy, necesito ir al baño, estos juguillos de fruta bajaron con chulería.

—Es que te bebiste tres en nada de tiempo.

—Claro Gabrielín, tengo que probar lo más que pueda ajaja.

Este se quedó un tanto emocionado al ser llamado así, tan cariñosamente, pero trató de ocultar la sonrisilla que se le quería escapar, y tras que Anyelik le preguntara a un camarero por el baño, esta se puso en pie, los chicos quisieron acompañarla, pero ellas les pidió que no lo hicieran.

—Anda juju, estaré en el baño de chicas, nada me pasará.

Y tomó su bolsito, a parte de tener que cambiarse, tanto beber le provocó muchas ganas de hacer pis.

Al llegar, se dio cuenta de que el baño era mixto, pero no pensó demasiado ya que no se aguantaba más y entró en un retrete libre.

No dejaba de pensar en lo feliz que se sentía, a pesar de todos los ataques de esos días, hoy todo parecía estar tranquilo, la gente salía a la calle sin miedo y los locales se llenaban.

Al salir, se fue a lavar las manos tarareando una cancioncilla algo bajito como para que su voz se apreciara, secándose las manos después sin saber, que ese chico albino, había estado parado, apoyado en la entrada, esperándola, para ponerse frente a ella, arrinconándola contra la pared, acariciando su mejilla, viendo que apenas llevaba maquillaje y, sus ojos amatistas, parecían haberle embrujado.

Continuará...

—¿Qué hace una chica rodeada de tantos hombres? Eso llamó mi atención.

¿No te gustaría bajar la comida bailando conmigo?

—¿Quién eres?

Preguntó Anyelik al sentirse un tanto acorralada por ese joven.

—Yo soy James, el dios del pecado, y, me has dejado atrapado.

Esta noche no quiero pasarla con nadie más que no seas tú.

Le decía con su voz entre grave y algo profunda, muy seductora por el acento que tenía y, todo el tiempo, sin apartar sus ojos color ámbar de ella.

—Eres, un chico malo ¡Noooo!

Y le propinó un rodillazo como buenamente pudo entre las piernas, dejándole dolorido y escapando de él a los brazos de Gabriel, que había ido al baño preocupado por ella.

—Gabriel, ese chico dijo que es el dios del pecado.

—Maldito sea ¿ves por qué no podía dejarte ir sola?

Hay que tener cuidado con los hombres lagarto.

Y ese chico llamado James, al final se compuso, acercándose a ambos.

—¿Cómo que hombres lagarto?

Respondió sacando sus alas y poniéndose frente él, era un poco más bajo que Gabriel, pero no mucho, quizás tres centímetros menos, y la sorpresa, fue ver, que esas alas que relucía, estaban hechas de huesos.

—Soy un shinigami muy poderoso, simplemente quería conocer más a esta chica, no iba a hacerle nada si es lo que piensas.

—¿Qué pasa? ¿Te cansaste de esas mujeres con las que viniste acompañado?

Ya me di cuenta el cómo le echabas el ojo a Anyelik en todo momento.

Imponía Gabriel más serio que nunca, pero James, en vez de echarse atrás, le echó una mirada a esa princesa, de arriba abajo, sonriendo con cierta chulería.

—Solo me estaba preguntando qué edad tendría, no parece ser mayor de trece o catorce.

Anyelik, ya no se aguantó más, inflando sus mofletes como nunca, yendo a él, alzando sus ojitos a los suyos.

—¡Tengo diecisiete!, si lo que pasa es que te parezco ridícula por mi apariencia, me importa un pimiento.

James, entonces, volvió a ponerla contra la pared.

—No es eso, es que, eres completamente diferente al resto de chicas con las que estoy, por eso me gustaste.

El puñetazo que se llevó por parte de Gabriel, le dejó contra el lavabo, asustando a unos clientes que pasaban al baño y este, con una fría expresión, se limpió la mejilla, que por suerte, no le había hecho sangrar.

—Vuelve a acercarte a mi prometida que no quedará nada de ti para el mañana.

Y tras sus palabras, tomó a Anyelik para volver a la mesa y terminar la cena.

James, molesto como nunca, les vio alejarse, ahora, lejos de echarse atrás en su propósito, estaba aún más interesado en esa princesa.

«Nunca me había rechazado ninguna chica, ella es completamente el tipo de mujer que quiero»

Después, volvió a su mesa, las chicas que le acompañaban se habían puesto aún más cariñosas, pero él ya no dejaba de ver a Anyelik.

Gabriel le miraba a cada momento con un odio inmenso, y en cualquier momento, podría levantarse a golpearle de nuevo, James, también le estaba mirando ahora, como desafiándole, pero esa princesa, se puso en pie tras acabarse el último postre.

—Chicos, ¿qué os parece subir a bailar un rato? Creo que así bajaremos la comida.

—Me parece perfecto.

Añadió Gabriel, y todos fueron a la segunda planta en donde estaba la discoteca y otra barra más para beber y más beber.

James, sin duda, se puso en pie también y su compañero le detuvo.

—Oye tío ¿Ya te vas?

—Quédate para ti las chicas, yo encontré otra mejor y me voy arriba.

Y este, se quedó extrañado, mientras que las chicas desilusionadas le pedían a James que no se fuera.

En esa planta, la gente bailaba con una música tan diferente a la que siempre se escuchaba en todos lados.

La música más dance, estaba permitida y era normal escucharla en lugares así, aunque, fuera de clubes y discotecas, ahí sí que era raro escucharla, a no ser que fueras a una tienda de moda o maquillaje.

Las chicas bailaban sensuales con un vaso de alcohol en la mano mientras que, algunos hombres bien vestidos, trataban de seducirlas.

Estas, al ver a James, sentían la necesidad de tener algo con ese joven, aunque fuera una noche.

En verdad, era demasiado apuesto, si Gabriel era de una belleza elegante, James era atractivo y seductor, y hasta sexy.

En su camisa blanca remangada, se le marcaba todo, más aún en sus pantalones oscuros ajustados.

Era sin duda más musculoso que los chicos, pero no del tipo armario, su cuerpo era hermoso, como creado por un dios, con una mirada penetrante, ligeramente con travesura, rasgos marcados, pero para nada rudos ni duros.

Era como si alguien hubiera creado al hombre con el físico perfecto que rebosaba un aura de sensualidad.

Anyelik bailaba imbuida por la música mientras que aquel shinigami la observaba.

Después, se puso más animada bailando junto a Carl, los dos se estaban divirtiendo mucho y, Alejandro, ahora estaba tras ella, rodeando su pequeña cintura.

—Espero que no nos dé por hacer twerking, y ahora, mi Anyelik...

Le dijo al oído, pero ella, tuvo que hacerle esa pregunta.

—¿eso qué es?

—Un baile para simios, mejor que no lo sepas.

Y Anyelik se dio la vuelta para que le hablara de ese baile con algo de insistencia.

—Jooo, ahora me da curiosidad Alejandro ajaja.

Y ambos reían, Gabriel, estaba muy atento al ambiente, a pesar de ponerse celoso al ver a Alejandro tan pegado a su prometida.

Carl, parecía que no tenía vergüenza, sintiéndose muy animado bailando con esa música, un poco a su manera y Mark y Zandro, bebían un poco sentados cerca.

—Hacía años que no probaba el alcohol, no lo recordaba así, creo que, hasta puedo disfrutarlo.

Decía este último, recordando, que a pesar de que había tabernas de mala muerte en el infierno en donde estuvo preso, el alcohol sabía tan mal, que prefería no beberlo.

—Imagino que estar tanto tiempo en ese lugar, hace que con la libertad, todo se pueda valorar, hasta las cosas que antes no te llamaban la atención.

—Sí, así es, no sé ni cómo es que acabé en una discoteca, debería estar leyendo en mi cuarto.

—Disfruta ahora que puedes, mi amigo Lucas, me tiene harto con estos sitios, pero, tú, llevas demasiado tiempo sin ver la luz, creo que debes agradecerle a mi hermana, siempre acaba liando alguna.

Y unas mujeres elegantes y de aspecto aún juvenil, se acercaron a ambos, Zandro, no sabía cómo lidiar con estas cosas y se puso bien nervioso.

—Ah, qué hombre tan apuesto, así rudo, con un parche y encima, madurito, ¿quieres que nos divirtamos en la noche?

Zandro, se puso más que serio, acababa de salir del infierno, pero, aún no le apetecían esas cosas, además, todo le hacía sentir incómodo, ser llamado madurito, y recalcar el hecho de usar un parche.

—Señorita, yo, es que, no voy a poder aceptar, discúlpeme.

—Qué hombre más serio jooo, al menos es educado, Lisa, anda, busquemos a otros hombres con ganas de marcha.

Le dijo aquella mujer a su amiga, que también había sido rechazada por Mark.

—¿Nunca tuviste a una mujer con la que solo con ella harías de todo?

Yo, creo que me enamoré, pero es un secreto.

Y Mark sonrió poniendo su dedo índice en sus labios, pensando en Elizabeth, ya quería verla de nuevo.

Zandro, recordó el haber estado con una mujer en su juventud, antes de caer en el infierno, pero, nunca, sintió a su corazón arder, ni ese amor de verdad.

De pronto, un montón de gente comenzó a montar un corrillo y, Anyelik, acompañada de los chicos, fueron a ver qué sucedía.

Allí estaba James bailando, haciendo piruetas increíbles, incluso parecía un bailarín profesional, muy diferente a los bailes de Carl más propios de tribu, pero vistosos también.

El baile de aquel shinigami, era totalmente increíble, parecido al break dance, algo urbano y acompañado de saltos y de esas piruetas.

Anyelik, se había quedado atontadísima, pues siempre, admiró a las personas que sabían bailar y, poco a poco, él se fue acercando a ella, hasta que el escenario era solo para ambos.

Aunque, ella no bailaba ya que no se le daba bien, no dejaba de verle, el cómo saltaba a su alrededor.

Gabriel quería ir allí y alejarla de una vez, pero, ese joven, ahora no parecía querer hacerle nada, más bien, parecía tratar de demostrarle el cómo bailaba, hasta que, se detuvo, acercándose de una manera tan invasiva a ella, tan cerca de su rostro.

Gabriel hubiera ido ya, si no fuera porque las luces se apagaron de golpe, provocando que todos se alarmaran allí, pero, James, retuvo a Anyelik entre sus fuertes brazos para protegerla.

—Tranquila, nada pasará, esas luces volverán.

—¿Cómo?

Y así fue, en nada volvieron y James, allí tenía sus ojos, fijos en en alguien que nadie más podía ver.

Gabriel estaba en camino así como los chicos, pero, una mano invisible, desabrochó sus pantalones bajándolos delante de todos, mostrándoles sus calzoncillos azules y, tras eso, sintió una poderosa nalgada.

—¡¿Qué demonios está pasando?!

Exclamaba subiéndose los pantalones completamente avergonzado.

—¡Oye tú shinigami! ¡¿Lo hiciste con algún tipo de poder?!

Le gruñía Gabriel, mostrándole un lado suyo más brusco que ninguno de los chicos esperó.

—¡Qué dices! ¡Ni que tuviera poderes mentales!

Más molesto estoy de que esa fantasma se fijara antes en ti que en mí.

—¿Cómo? ¿Fantasma?

Se preguntaba aquel príncipe más confuso aún, pero ahora, la nalgada, fue para Alejandro.

—¡Mierda! ¡¿Qué está pasando?! ¡Musculitos! ¡¿Quién se está dedicando a tocar culos aquí?!

¡Mi culo es sagrado y nadie lo puede manosear!

—Es una mujer bonita con cara de pervertida, vestida con ropas elegantes, pero no de mi tipo.

Les comentaba James, y ahora, le tocó a Zandro el ser azotado, y con gusto, esa mujer fantasma le agarró bien con fuerza, y las luces del lugar parpadearon una y otra vez, y con eso, trasero tras trasero era azotado, Carl también tuvo que sufrirlo y Mark, James, serio, tapaba sus nalgas, bien sabía, que al poder ver a la fantasma, no le tocaría, pero todos los hombres atractivos del lugar, estaban siendo manoseados.

A algunos les abría la camisa de golpe, rompiendo los botones, a otros, bajada de pantalones.

Una chica hasta abofeteó a su novio por dejar que la fantasma tocara sus partes prohibidas.

—Aaaah cariño, te juro que yo no se lo pedí, no te enfades por favor.

Total, que se armó un jaleo impresionante y ya, nadie sabía qué hacer, entre las luces que parpadeaban, los manoseos, y el frío que invadió esa planta.

James, se encendió en fuego, así como hacía Carl, y Anyelik, se sorprendió demasiado, provocando que este la abrazara con más fuerza ya que empezaba a tener frío.

Fue ahí, cuando el dueño del local al fin apareció, pidiéndole a esa fantasma en lo alto que todo se detuviera.

—¡Melisa! ¡Basta ya! ¡Si no paras! ¡No te perdonaré nunca!

Las luces al fin dejaron de encenderse y apagarse, ahora estaban completamente a oscuras, solo se podía ver gracias a James y a Carl que también se había encendido en fuego.

—Melisa, si pudiera, decirte que lo siento.

Expresó aquel hombre bajando la mirada, fue James, el que dijo aquello.

—Ella está molesta porque tras morir, abriste este local, cree que no te importó su pérdida.

El señor alzó la cabeza, que había estado gacha pensando que no lograría calmar a ese espíritu que parecía conocer.

—Puedes... ¿Hablar con ella?

—Mejor aún, vas a escucharla tú mismo.

Y aquel shinigami, se acercó a la fantasma, besando su mejilla, ese era un poder de los de su especie.

—Tienes pocos minutos hasta que mi poder deje de hacer efecto.

Y enseguida, ella, presente al fin, mirando con cierta impotencia y dolor a ese hombre, sacó todos sus sentimientos.

—¡Lewian! ¡Idiota! ¡Al fin me puedes ver!

Gritó, al punto de romper en llanto, pero, fue él quien lo hizo.

—¿Por qué lloras?

¡Yo debería hacerlo!

Íbamos... a escapar juntos, y ahora... ¡Te veo aquí tan feliz! ¡Siempre rodeado de clientes bonitas más jóvenes que yo!

Y Melisa, se agachó en el suelo, echando al fin esas lágrimas, tapando su rostro en sus rodillas.

—¿No lo recuerdas? Mi padre no aceptaba nuestro amor, así que, me llevarías muy lejos, muy lejos tú y yo.

Zandro, recordó el pasado tras escuchar a esa mujer fantasma, momentos que llegaban como un deja vu.

—Si no fuera por esa enfermedad que acabó conmigo... ¿De verdad me habrías llevado lejos?

—Sí.

Dijo al fin Lewian, dejando de llorar, acercándose a ella, que aún seguía agachada, queriendo levantar su mirada, pero sin tener la confianza aún para hacerlo.

—Yo, lo único que se me ocurrió tras tu muerte, fue hacerme con mucho dinero, aunque ya no estuvieras, pero, tu padre vería, que yo, iba a ser grande, y que, te habría llenado de lujos.

Siempre, viéndome como tan poca cosa para ti, por ser de una familia humilde, no entendía, que el amor va más allá.

—Lewian...

Y ella, alzó por fin sus ojos llorosos y Lewian, se agachó para ponerse a su altura.

—Si tu padre, me viera ahora ¿Crees que me aceptaría?

Aunque...

Y miró a un lado con mucho dolor.

—Ya es demasiado tarde.

—¡No! ¡No es demasiado tarde!

Al fin intervino Anyelik, ambos la miraron.

—De alguna manera, creo que, con la reencarnación, todos nos volvemos a encontrar, podréis volver a estar juntos, ya veréis.

Lewian, con una triste sonrisa, cerró sus ojos por unos momentos.

—Pero, tengo muchos años a mis espaldas, si ella volviera a nacer ¿Me encontraría antes de que pase más el tiempo?

Soy un elfo, vivo la mitad que un ángel, ya sería un maduro feo, feo, aunque con dinero.

—Lewian, tonto.

Y Melisa fue a su rostro, tomándolo con sus frías manos.

—Aunque seas un abuelo, o un maduro canoso, te seguiría amando. Si al menos, la reencarnación nos diera esa oportunidad.

James al fin habló.

—Puedo darte una pequeña ayudita ya que, eso es parte de mi poder.

—¿De verdad puedes?

Preguntaba un tanto ansiosa yendo a él y James, posó su mano en su frente, provocando un pequeño brillo que salía de su mano.

—Cuando vuelvas a nacer, le recordarás tarde o temprano, ahora... ¿Podrías ir al reino de las almas de una vez? Quiero seguir disfrutando de la noche.

Melisa sonrió y al fin, tras darle un lindo beso a Lewian en sus labios, se desvaneció y todo regresó a la normalidad.

Parecía que la fiesta podría continuar, pero, unas ventanas se hicieron pedazos y allí, apareció Lala.

Continuará...

 

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