Aún no había amanecido, pero, Anyelik, ya se encontraba en pie, vistiéndose con ropa de abrigo.
Esta vez, quería ir a ver a esa
sirena sí o sí para así, entregarle su regalo de navidad.
De nuevo, el cansancio recorría su
cuerpo, pero, de todos modos, pudo volar sin problemas, escapando por el hueco
del baño masculino. Allí encima, siempre había una nube por donde ocultarse y
volar muy alto sin que nadie la viera.
Esta era bastante extraña pues,
nunca desaparecía y, a pesar de que la habían investigado, no vieron nada raro
en ella.
El frío era intenso, incluso había
nevado, ver ese bosque todo blanco, fue algo bonito, era la primera vez que lo
veía así, con tanta nieve y ya, habiendo llegado a esa zona en la que había un
gran tronco partido, sacó ese colgante para abrir el portal hacia la mansión de
Lucy.
Con ilusión, caminó hasta llegar a
la puerta y, al ver que estaba cerrada, llamó al viejo timbre que había,
esperando muy ansiosa.
Fue a los pocos minutos, que ella al
fin le abrió, parecía recién levantada, con el cabello, no muy bien peinado y,
con un camisón rojo demasiado provocativo por la transparencia de su tela.
—¿Se puede saber qué haces aquí tan
temprano?
Dijo con un tono ligeramente
molesto.
—Disculpa, era la única hora para
poder escaparme y verte lo antes posible, toma.
Y ahí le entregó aquel dibujo que le
había hecho como regalo.
En él, estaban ellas dos juntas,
bebiendo jugos, después, del bolsillo de su abrigo, sacó un lacito rojo.
—Esto te lo compré también, es para
tu cabello y que así destaque al tenerlo tan negro.
—Vaya, gracias.
Anyelik pudo sonreír, pero,
enseguida, volvió a sentir esa debilidad, casi al punto de tener que agacharse,
llevando su manita a su rostro.
—¿Te sucede algo?
Preguntó al fin Lucy, sosteniéndola
un poco por si perdía el equilibrio.
—Es solo, que me siento cansada.
—Ains, venga a desayunar, te
prepararé uno de esos jugos energizantes.
En la cocina, Lucy la dejó esperando
mientras que iba a por esos misteriosos frutos para así hacer el jugo.
Y cuando al fin lo bebió un ratito
después, pareció mejorar y ya se puso en pie animada.
—¡ah Sonia! Son tan deliciosos y en
verdad, me siento mucho mejor, venga.
Expresó, para tomarla así, tan
repentinamente de la mano, con total confianza.
—¿A dónde vamos?
—Quiero que limpiemos un poquito tu
mansión jeje.
Vayamos primero a tu habitación.
—Espera, ¿tan temprano?
—Cuanto antes mejor.
Total, que al final, Lucy, no pudo
negarse a ello, incluso tuvo que recogerse el cabello con el lazo rojo que
Anyelik le había regalado, y, así, se pusieron a limpiar. La cantidad de polvo
que había, les hizo estornudar en más de una ocasión.
—Ahora podrás estar mucho más cómoda
juju, con la habitación limpia, hasta estarás de mejor humor.
—Ah, será posible, si lo sé, no te
abro la puerta.
—No seas gruñona, una se siente
hasta renovada cuando ve su cuarto limpio.
Y tras sus palabras, se puso a
cantar con total libertad y, después, le habló y más habló de sus cosas y Lucy,
no tenía más remedio que escucharla.
Y, al final, al cabo de una hora y
media más o menos, acabaron con la habitación y, agotadas, se tumbaron en la
cama que, ahora, tenía una colcha limpia.
—Oye Sonia.
Logró preguntarle al fin.
—¿Más limpiar?
—No, no es eso, es solo que... ¿por
qué vives sola? ¿Nunca tuviste amigos aquí?
Por unos momentos, la mente de
aquella sirena se inundó de recuerdos, todos tan fugaces y mezclados entre
ellos.
Ese hombre por el que sonreía,
bailando con sus pies humanos, esa mansión llena de vida, sirvientes, comida
deliciosa y, esa mujer, esa mujer de cabello rubio. No pudo evitar llevar sus
manos a su rostro, sintiendo de los peores sentimientos y, Anyelik, preocupada,
fue a ella.
—¡¿Qué te sucede?!
—No, no es nada, solo que, siempre
estuve sola y, me causa rabia en el fondo.
Pudo responderle y, cuando al fin
destapó sus ojos, mirando entre sus dedos, pudo ver a Anyelik que le sonreía.
—¿Qué pasa?
—Ahora, yo, seré tu amiga y, ya, no
estarás sola.
Lucy se incorporó, mostrándose un
tanto indiferente a pesar de la calidez de Anyelik.
—Será mejor que regreses, si no te
ven allí se preocuparán.
—Pero... joooo, si ya no íbamos a
limpiar más por hoy.
—No es por eso, venga, quiero
echarme a dormir otro rato, me hiciste levantarme muy temprano y eso no me
gusta.
—Bueno, está bien...
Y así, sin decir más, la acompañó
hasta esa la zona del bosque y, sintiendo que había alguien tras su dimensión,
Lucy, usando el poder de los brazaletes, pudo lograr que el portal fuera
invisible para el resto y, tras eso, empujó a Anyelik afuera, quedándose como
hipnotizada, viendo a ese chico de pelo negro y ojos azules, observando cómo
Anyelik se lanzaba emocionada a él.
—¡Alejandro Alejandro! ¿Qué haces
aquí? Tenía tantas ganas de verte.
Decía entre sus brazos.
—Eso es lo que yo tendría que preguntarte
princesita traviesa.
Y Alejandro acarició su rostro,
apartando unos cabellos.
—Menos mal que estás bien, estaba
tan preocupado.
Esta mañana fui a buscarte para
verte dormir, ya no podía más.
Le comentaba poniendo sus brazos
tras su cabeza haciéndose un poco el duro, más porque ella no apartaba sus
ojitos de los suyos.
—Pero, ya te vale, no estabas en tu
habitación.
Anyelik, no se contuvo, restregando
su cabecita en su pecho con mucho cariño para volver a mirar sus ojos después,
a Alejandro casi le da algo pero se contuvo.
—Entonces... ¿Viniste a buscarme?
Juju.
—¡Oye! ¡No sonrías así princesita
rebelde!, casi me meten a los calabozos por encontrarme merodeando en tu
habitación.
—¿Cómo?
Aquella princesa al fin se separó de
su pecho con cierta preocupación.
—Ains, al no verte salí por tu
balcón, y justo un guardia pasó por allí y me vio.
Tuve que explicarle que era mi
manera de ir a verte con excusas y, en fin, que al no encontrarte dentro se
armó la gorda.
La pobre Anyelik se agachó al suelo,
cerrando sus ojitos con fuerza.
—Aayyyy, Alejandro, ¿papá lo sabe?
Y de nuevo, alzó su rostro.
—Todos lo saben y te están buscando,
anda, volvamos ya a palacio, no quiero que se preocupen más.
Y fue tan sumamente horrible, a
pesar de explicarle a su padre, que le gustaba jugar entre los árboles, este,
no se contuvo, propinándole esa fuerte bofetada delante de todos, de su madre,
de su hermano, y de los chicos.
—Han, cálmate de una vez.
Trató de contenerle su esposa
mientras que, Anyelik, incrédula, sostenía su mejilla dolorida, era la primera
vez que le ponía la mano encima.
—¡¿Te parece normal lo que hiciste?!
Estoy tan decepcionado Victoria.
Después de los ataques que hubo...
¡Y aun así te arriesgaste yéndote sola!
—Papá, yo solo...
—¡¡Basta!! Desde ahora no saldrás
nunca más de este palacio y ahora, ¡vete a tu cuarto a pensar en lo que
hiciste!
Los ojos de aquella princesa se
llenaron de tantas lágrimas, que no podía ver absolutamente nada mientras que
corría por esos pasillos y, cuando llegó a su cuarto, pudo romper en llanto
tanto como deseaba.
—Han, me parece excesiva tu decisión
¿No salir nunca?
—Aluna... no me lleves la contraria
¡A caso no viste lo que pasó hace nada!
Si no fuera por tu poder y el de
ellos, todo podría haber acabado muy mal, no sabemos en qué momento atacarán de
nuevo.
Y esa reina, ya no supo qué
responder, entendía a su esposo, pero, tampoco le parecía correcto encerrar a
su hija así.
En su habitación, tirada en la cama,
se sentía tan destrozada, que no era capaz ni de hablarle al ser invisible, a
pesar de sentir su calidez cargada de preocupación.
En esos momentos, solo quería estar
sola, por eso, había cerrado el balcón con seguro y la puerta también.
Alejandro trató de entrar, pero al
ver que no podía, y que ella no respondió, entendió que no era el momento y se
quedó sentado afuera, aún con el frío, como si así la cuidara.
Gabriel hizo lo mismo, sentado
momentos tras la puerta, para, antes de marcharse, decirle aquello.
—Esperaré a que decidas que ya puedo
pasar, no te preocupes, llora lo que necesites.
Tras eso, fue al jardín para
practicar un poco su habilidad con la espada, más serio que nunca, eso se le
notaba en la mirada.
Zandro le observaba desde su
ventana, ya que, le había puesto tanto empeño, que se le podía escuchar incluso
medio gritar cada vez que blandía su espada.
Después, regresó al sofá que había
para seguir leyendo su libro.
—Esa princesa, ¿qué tendrá?
Ese ambiente entre los chicos hace
un rato... es extraño.
Y en sus recuerdos, apareció su
dulce sonrisa aquel día de navidad, esa sonrisa que le hizo llevar su mano al
parche que tapaba su ojo izquierdo, ese parche que ella le había regalado.
Las horas pasaron y nadie fue capaz
de sacarla de su habitación, ni siquiera para ir a comer.
Aluna trató de convencerla, incluso
Alejandro un tanto picado por la preocupación, nadie lo consiguió.
Y para no verle ni a él, tapó el
balcón con las grandes cortinas y este se acabó por marchar casi congelado.
Todos, sentados en la gran mesa del
comedor, se encontraban en silencio, sintiendo la tensión en el aire.
—¿Victoria no vendrá?
Preguntó su padre.
—No parece sentirse bien para comer.
Pero la respuesta de su esposa, en
vez de calmarle, le puso más molesto.
—¡Esa niña siempre actuando como le
da gana!
Pues si gracias a su orgullo quiere
morirse de hambre, me parece perfecto.
Los chicos se contuvieron todo lo
que pudieron, en verdad, hacer enfadar aún más a ese rey, no era la mejor
opción en esos momentos.
Era como una coraza andante en la
cual nadie podía penetrar.
Fue Carl, el que al fin no se
aguantó más, se había contenido demasiado al no saber hablar perfectamente aún,
no sabía qué decirle a Anyelik para animarla, por eso, se puso en pie, tomando
un plato más amplio, juntando toda la comida en él y, con un poco de temor pero
decidido, le dijo aquello a Han.
—Llevarle su comida arriba, así
puede que Anyelik comer.
—Haz lo que quieras...
Carl se sintió aliviado al ver que
no se lo negó, a pesar de su tono ciertamente severo, mostrando incluso
hartitud por la situación.
Así pues, subió hasta su cuarto,
llamando a la puerta primero y, al ver que no había respuesta, trató de
convencerla para que le abriera diciéndole que le subió la comida, tampoco
logró nada, hasta que, se le ocurrió aquella idea y, yendo a su cuarto, enseguida
le escribió una nota que después pasó por debajo de su puerta.
Ella, se encontraba aún en su cama,
ya no lloraba, pero sentía demasiado desánimo, aunque, pudo percatarse de ese
papel que apareció en el suelo y, al fin, se puso en pie para tomarlo y leer lo
que Carl le había escrito.
—Carl no quiere ver a Anyelik
llorar, por favor, comer, abrirme puerta.
Odiar no ser libre, en mi tribu
vivir en libertad, no es justo para Anyelik siempre en su habitación.
Si hay peligro afuera, Carl luchar
por ella.
Quiero, huir juntos, unos días,
hasta que padre poder entender.
Carl protegerte y él ver que podrás
salir no problema.
Y al fin, al fin se abrió esa
puerta, nada más ver a Carl que la esperaba impaciente, no pudo evitar
abrazarle con todas sus ganas, en verdad necesitaba la calidez de alguien y,
este, la tomó en sus brazos.
—Ahora, Anyelik comer.
—Pero, ¿y lo de tu carta?
—Eso después.
Carl, se sentía tan feliz viendo a
esa princesa comer con tanta emoción y, ahora, con un pequeño brillo en sus
ojos y, al acabarse todo, tomó sus pequeñas manitas.
—Ver a Anyelik sonreír por siempre y
ahora, debo ir ya.
—No Carl, no me dejes.
—Carl regresar en unas horas, ir a
construir nuestro refugio, tranquila.
Y no esperó, el besito que él le
regaló en su mejilla, con tanto cariño, para marcharse de allí, llevándose el
plato vacío para bajar como si nada fuera a pasar y, después, salir como
siempre hacía.
Los guardias le dejaban ir y venir a
sus anchas ya que no era el príncipe y solo estaba siendo mantenido por la
princesa según comentaban.
En el frío de la tarde, voló y más
voló hasta llegar a las afueras de la ciudad, ese era un lugar con mucha
vegetación, aunque los árboles no eran tan frondosos como los del bosque al que
Anyelik se escapaba.
Ahora todo estaba nevado y también
había un río de aguas muy, muy frías, pero se podía beber de él.
Recogiendo varias ramas gruesas del
suelo y un tronco también, comenzó a formar como una pequeña cabañita
parecida a una tienda de campaña.
No necesitó ni tan siquiera cuerdas,
montaba hábilmente las ramas entrecruzadas en la parte superior, con unos
pequeños pero fuertes amarres hechos con algunas ramitas finas de plantas,
flexibles pero resistentes, fibras sobre todo.
En su tribu, había aprendido tantas
cosas, incluso se hacía su propia ropa y, todas sus casitas, eran hechas a mano
con elementos de la naturaleza.
Fue hasta unos árboles y posó su
mano en sus ramas, como si hablara con ellas, después, sacó su fuego y las
calentó, derritiendo la nieve, tomando varias de esas ramas que estaban llenas
de sus hojas perennes y, dándole las gracias en lo alto por poder tomarlas.
Después, recubrió toda esa pequeña
construcción con tantas ramas y hojas y más vegetación, que casi se confundía
con un arbusto grande si no te fijabas bien y eras un experto.
No se olvidó poner partes de troncos
algo finos bajo toda esa vegetación para así aislar de la nieve y, ya, no podía
aguantarlo más, quería llevarse ya a su Anyelik con él.
En el frío aire, no quiso aumentar
la temperatura de su cuerpo para dárselo todo a ella cuando estuviera entre sus
brazos y, nada más llegar, aquella princesa le esperaba tan ansiosa, que se
lanzó a sus brazos nada más verle entrar en su habitación.
—Carl, tu cuerpo está frío.
Le dijo tomando sus manos que eran
algo grandes.
—Carl estar bien, mi calor es tuyo,
ahora, buscar arroparnos y para cocinar.
Y Anyelik, enseguida, tomó la gruesa
colcha y la manta de que tenía en su cama.
—¿Esto sirve?
—Sí, vestir ahora abrigada, iré a
cocina y en unos minutos, Carl aquí.
Le respondió tomando todo, después,
yendo a la cocina, escogiendo una cacerola mediana y alguna cosa que otra para,
tras envolver todo en la colcha, salir del palacio envuelto en fuego.
Tuvo que decirles a los guardias,
que había visto un animal herido, un animal que veneraban en su tribu y ahora,
él debía cobijarle del frío.
Por suerte, no sospecharon nada al
verle con esa colcha asomar.
—Ese tipo es muy raro ¿Venerar a un
animal? Deberían venerar a Dios.
—Déjale, después de todo es un
salvaje.
Aquel ángel de alas marrones, voló
muy cerca, dejando todo donde nadie lo viera y, al fin, regresó a por su
princesa.
—El animal estar algo mal, necesitar
urgente medicina ¿Puedo ir?
Dijo de nuevo a los guardias.
—Haz lo que quieras mientras que no
molestes a los reyes.
Le respondió uno de ellos, a penas
se los diferenciaba porque sus armaduras tapaban casi todo su cuerpo y rostro.
Y, al fin, al fin podía tomarla y
llevársela de allí.
Entre sus fuertes brazos, envuelto
en fuego, saliendo como si nada.
Como en todo momento, les había
hablado a los guardianes con todas esas llamas saliendo de él, ya no les
parecía extraño, simplemente pensaban que así se calentaba por las bajas
temperaturas.
Tomó la colcha del hueco de un árbol
y envolvió a Anyelik en ella que, ahora, sostenía la cacerola y un baso que
había dentro y así, tranquilos, fueron hasta ese lugar.
A pesar de estar algo lejos, ella
estaba calmada, reposando en sus brazos.
Y cuando llegaron, se sorprendió
como nunca al ver ese refugio pues, de verdad creyó que era parte de la
vegetación.
Dentro, había espacio para dos, eso
sí, estando tumbados o sentados, de pie ya no se podía.
Ahí podrían comer a gusto, incluso
Carl, colocó la manta sobre el suelo y, después, ambos se tumbaron envueltos en
la colcha.
—¿Anyelik frío?
—No te preocupes, me bien estando
así pegada a ti.
Pero, el sonido de sus tripitas
crujir les interrumpió.
—Ay, disculpa jeje, llevo muchas
horas sin comer, espera, ¿a dónde veas?
Carl, sacó la cacerola,
mostrándosela a Anyelik con una sonrisa.
—Hacer la cena, espera.
—Pero Carl.
Le detuvo tirando de su jersey.
—No trajimos nada.
Entonces él, le mostró una sonrisa
aún mayor.
—En la naturaleza tenemos todo,
antes ver plantas bajo la nieve muy deliciosas.
Bayas también de temporada en árboles,
y, un río está aquí.
Y Carl se dispuso a marcharse, pero
Anyelik quiso ir tras él con mucha curiosidad. Allí, le vio derritiendo nieve,
para, tras hablar en un idioma que desconocía, tomar las plantas.
—¿Qué dijiste? ¿Le hablaste a esas
plantas?
—Sí, puedo hablar con ellas y pedir
por favor servir de alimento.
—Jooo, estoy más que sorprendida,
qué poder tan increíble.
Carl, entonces, tomó una de sus
manitas llevándola hasta otras plantas.
—Si les hablas con amor, ellas
entender.
—Genial, entonces les cantaré una
canción para agradecerles por todo.
Y sin dudarlo lo hizo y Carl, ya no
podía dejar de verla, nunca había conocido a nadie tan dulce.
En sus recuerdos, estaba su abuelo,
que a veces venía a regañarle en las noches porque no dejaba de mirarla en el
fuego y debía ir ya a dormir.
Nunca imaginó, que algún día podría
conocerla, ni tampoco que tendría esa personalidad.
Al ratito, este tomó algunas ramas y
las encendió en fuego, del río, tomó el agua para cocerlas, Anyelik, observaba
todo curiosa y, después, con mundo gusto, se comió toda su parte.
Carl, se sorprendía mucho al verla
comer así y no pudo evitar preguntarle aquello.
—¿Te gustan de verdad? Solo tener
verduras sin nada más, poco sabor.
—Eso no importa, tú las hiciste juju
y, entiendo, que aquí no tenemos nada más para condimentar la comida así que,
no te preocupes.
La sonrisa de esa princesa era tan
bonita y, aparecía tantas veces, que Carl, podía sentir algo más de calma y
culpa al mismo tiempo.
No tenía un hogar propio, un trabajo
en ese mundo, tan diferente al suyo en su tribu, no tenía nada que ofrecerle,
pero, ella, seguía sonriéndole, una y otra vez, a pesar de estar en esa
situación, como unos fugitivos.
¿Cuánto dudaría aquello?
La puerta del cuarto de Anyelik no
dejaba de sonar, aunque, calmadamente.
—Anyelik, sé que sigues mal, yo solo
quiero verte ¿me dejarás entrar?
Terminó preguntando Gabriel, pero,
no hubo respuesta y, tratando de abrir, pensando que el cerrojo seguiría
echado, pudo descubrir, que dentro, ella ya no estaba.
Se dejó caer de rodillas, allí, en la entrada de su cuarto, sintiendo que
estaba llegando a un límite.
—Te fuiste, y, ni siquiera, ni siquiera contaste conmigo.
Mark, quería convencer de una vez a su hermana para que bajara a cenar y se
encontró a Gabriel aún en el suelo, como fuera de sí y muy perdido en su mente.
—Gabriel ¿Qué está pasando?
Al fin elevó sus ojos para ver a ese príncipe albino.
—¿Dónde está mi hermana?
Preguntó echando una ojeada al interior de la habitación.
—Se fue...
—Ah, demonios, lo hizo de nuevo, padre arderá como nunca, anda, tenemos que
buscarla.
Sin muchas fuerzas, se puso en pie, pero, ninguno esperó ver al mismo Han
acercándose, tenía pensado confrontar a su hija y, al descubrir que había
vuelto a irse, ese impulso escapó de él, golpeando con su puño el marco de la
puerta, tan fuerte, que hasta se lastimó, ni siquiera abrió su boca para gritar
su nombre a pesar de la furia que creció en él.
Se marchó de allí, regresando al comedor en donde su esposa y los demás,
esperaban para cenar todos juntos.
Pudo percatarse que Alejandro sí estaba, pero, él, precisamente él, no.
—Ese ángel nativo o lo que sea ¡¿Dónde está?!
Aluna pudo ver la sangre caer desde su mano y se puso en pie asustada.
—¿Dónde está Anyelik?
Pero Han no le respondió dirigiéndose a Zandro.
—Ahora eres el guardián principal de la familia, me ayudarás a buscarla y,
después, destrozarás a ese traidor.
Gabriel tuvo que intervenir tomando el brazo de Zandro.
—No creo que Carl se la haya llevado con malas intenciones, el tiempo que
he pasado hablando con él, me ha demostrado que es alguien de confianza.
Han, dejó ver una de sus más frías miradas.
—Quizás elegirte como el prometido de mi hija no fue una buena idea, ¡ayuda
a buscarla y no hables más!
Y aquel príncipe, sintió su alma estremecerse, sintiéndose, tan poca cosa.
La noche era tan fría y, unas horas después, Anyelik dormía entre los
brazos de Carl, tan plácidamente.
Este, sentía que vivía en un sueño que tarde o temprano acabaría.
Solo deseaba hacerla feliz, ser útil en su vida tan complicada.
Ahora que la tenía a su lado, poder entender más su amor, amarla también
por sus vivencias del día a día, y no solo por esa cálida sensación que le
produjo el mirarla y más mirarla por años, quería adentrarse en su mundo y
conocerla.
—El amor ¿qué es el amor?
Y, esa mano se extendía hasta llegar a su pecho, posándola allí, una mano,
masculina, con dedos alargados y finos.
Era la primera vez que sentía su tacto sobre ella.
—No es frío, ni cálido, pero... no puedo ver más.
¿Quién eres?
—Esta vez, serás mía. Siempre, siempre, debiste serlo.
—Por-por favor.
Su pecho, ahora dolía tanto, esa mano, que parecía querer arrancarle el
corazón.
El frío que se dejó ver, se hizo tan sumamente congelante, como si se
hubiera adentrado en esa pesadilla.
—¡No! ¡Noooo!
Su voz gritando con terror se esfumó despertando junto al pecho de Carl,
que se encontraba lleno de temor al ver como agonizaba en sueños.
—¡Anyelik! Anyelik despertar al fin.
Y su rostro con lágrimas que desconocía, se quedó muy pegado al jersey de
Carl.
—Ese desgarrador sentimiento, como si todo se hubiera perdido, como si la
esperanza se alejara cada vez más.
Carl, no te vayas, no te vayas, protégeme, tengo frío.
Aquel ángel no entendió bien esas palabras, quería saber qué hubo en esa pesadilla
para que ahora esa princesa estuviera tan asustada.
—El frío ha aumentado, afuera, sentir más nieve.
Carl aumentará su fuego, todo de él para Anyelik.
—Carl, solo un poco, solo necesito un poco, no te agotes, te necesito pleno
y fuerte.
Y sus bellos ojos como piedras preciosas le vieron y acarició su rostro.
—No tienes que dar tanto por mí, quiero verte bien ¿Vale?
Con un poco de calor me basta.
Esa noche, terminó siendo tranquila para aquellos dos ángeles.
Los sueños de Anyelik ya no fueron oscuros y, Carl, se durmió tras sentir
que ella ya estaba en calma.
Pero, en palacio, todo era un caos.
Han, casi se había transformado en una bestia.
Los dos guardias que dejaron entrar y salir tantas veces a Carl, ahora se
encontraban algo heridos y exhaustos en el suelo.
Aluna y Mark, fueron los que trataban de calmarle y, al final, Zandro se
detuvo en mitad de la ira y esos guardias que pedían clemencia.
Jamás, nunca jamás, ese rey, había herido a nadie.
—No servirá de nada seguir descargando con ellos, lo que ha sucedido, no se
puede cambiar.
Dijo mirando a su rey sin ningún temor.
—No pierda el tiempo y busquemos ya a su hija.
—Sí... tienes razón, venga, ¡nadie va a dormir esta maldita noche hasta dar
con Victoria!
Y fueron horas y horas buscando.
En la ciudad, varios guardias, los reyes, junto a Zandro y, Gabriel y Mark,
por la parte nueva de Milenium.
Las calles parecían tranquilas, desde lo pasado la otra tarde, no eran
tantos los que salían y menos a esas horas, ahora, solo encontraron vagabundos,
jóvenes rebeldes en locales, algunas peleas de borrachos.
Harto de todo, Gabriel golpeó una de las paredes de un callejón.
—¿Dónde la llevaste Carl?
Cuando te vea, te vas a enterar.
Mark, tuvo que tomarle de uno de sus hombros.
—Si Anyelik fue con él, estoy seguro de que ahora está bien.
—¡¿No te preocupa nada?! Siento que es tan inocente.
Mark suspiró, Gabriel, poco a poco perdía su compostura, o eso parecía, era
raro verle alzar la voz con furia.
—Claro que me preocupa, y sé mejor que nadie lo inocente que es, pero,
dime, ¿estás molesto por algo verdad?
—¿A qué te refieres?
Preguntó dejando ver una mirada muy diferente a esa que siempre tenía, con
sus característicos ojos calmados que ahora parecían llenarse de malos
sentimientos.
—A que ella confiara todo su dolor en alguien que ni siquiera es su
prometido.
Y al fin, al fin fue que Gabriel arrebató toda esa calma que siempre
mostraba al resto, echándola lejos, tomando del abrigo a Mark tan ido, como si
quisiera golpearle aunque, jamás lo llegaría a hacer.
—Me he enamorado de tu hermana en tan poco tiempo y esto, cada vez va a
más.
Sus palabras parecieron querer desvanecerse, soltando ese abrigo para
reposar en cuclillas, como si se sintiera vencido, sin tan siquiera haber
luchado.
—Tú también viste algo en mi hermana, algo, que en tu mundo parecía no
existir.
Gabriel le miró, Mark, ahora se había agachado para ponerse a su altura.
—Pareciera que es algo más para ti que una hermana hablando así de ella.
Mark, sonrió, apartando un poco la nieve de su cabello albino.
—Ella es como si no perteneciera al mundo en el que yo vivo, pero, eso no
quiere decir que no la vea como lo que es, mi hermana de sangre.
Es solo que, con Anyelik, me doy cuenta de cosas que antes eran tan
indiferentes para mí.
Gabriel terminó sentándose en el frío suelo, apoyado en esa pared algo
desgastada.
—Oye, te resfriarás así, vas a destrozar ese costoso pantalón.
Pero Gabriel no levantó su rostro.
—Entiendo...
Y Mark, se sentó a su lado, colocando bien su abrigo marrón para no sentir
tanto el suelo nevado, esperando que él se sincerara de una vez.
—Desde pequeño, solo he tratado de vivir comúnmente como lo que soy, un
príncipe.
Nunca le cuestioné nada a mis padres, aunque no me agradara, aunque me
pareciera absurdo.
Solo quería vivir mi vida tranquilamente, sin discusiones, sin problemas,
sin ir más allá, a donde tanto me gustaría adentrarme.
Y la sonrisa de Anyelik le vino a la mente y, esa noche, cuando fue la
primera en descubrir que poseía seis alas en su espalda.
Pudo sonreír también, haciendo que Mark se preguntara más cosas aún.
—¿Qué dirían mis padres si supieran cómo soy realmente? Mis auténticos
valores...
¿Me seguirían amando?
¿Qué pensarían al saber que odio ser un príncipe?
Que detesto esa vida y, que en la soledad de mi cuarto, me pongo música
trance y sueño con otros mundos.
Las seis alas de Gabriel, al fin se dejaron ver frente a Mark, mientras
que, ahora, sonreía al cielo sin colores que no dejaba de nevar.
Mark, había tenido que apartarse porque esas alas eran bastante grandes,
pero, no parecía asustado.
Ese ángel, se veía sumamente hermoso y, hasta él como hombre, lo podía
reconocer.
Su cuerpo desprendía una especie de calor que no comprendía y derretía cada
copo que caía cerca.
—Gabriel...
—¿Me guardarás el secreto? El secreto de que soy un ángel raro.
Mark sonrió dándole confianza.
—Lo haré.
Entonces, guardó esas alas y ese calor se desvaneció.
—Anda, sigamos buscándola, ese maldito de Carl... me hace sentir celos.
Y los dos chicos siguieron corriendo por esa fría ciudad.
Mientras tanto, en ese bosque blanco, Alejandro no paraba de gritar su
nombre con desesperación.
—Ah, esta Anyelik, verás cuando la encuentre ¿Por qué tuvo que llevarse al
indio ese?
Lucy no dejaba de verle tras su portal invisible, como si hubiera sido
atrapada por él, su mano rozaba la entrada con ansias de tocarle y hacerle suyo
hasta que, terminó por desvanecer ese hechizo, mostrando frente a aquel vampiro
su lugar secreto.
Nada más ver a esa mujer hermosa que le miraba inmóvil y hechizada, por
unos momentos, se quedó como pasmado, aunque, sin pensarlo, impulsivamente, con
una velocidad desconcertante y con sus alas negras a la luz, dejando caer su
linterna, se lanzó a ella tomando su cuello bruscamente.
—¡¿Dónde la tienes?! Habla de una vez ¡¿Tienes la culpa verdad?!
Y sus ojos oscuros, se llenaron de un mar que casi se desborda por todo su
rostro.
Alejandro, pudo volver en sí liberándola, y, ella, le echó un poco atrás de
un pequeño empujón.
—Qué descortés, encima que te dejé ver mi pequeño rincón secreto.
—¿Quién eres? ¿Conoces a Anyelik?
—La conozco, ella ha venido a verme en alguna ocasión pero, si te preguntas
si está aquí, pierdes el tiempo.
Le respondió poniéndose en pie, sacudiendo su elegante y ajustado vestido.
—Esa princesa, solo necesita un amigo y yo, me ofrecí a ello.
Siguió contándole mientras que Alejandro, iluminaba bien su figura con esa
linterna, pero, con desconfianza, la tomó del brazo con lo que aquella sirena
sintió su corazón alborotarse.
—Aún no me has dicho quien eres.
—Soy la dama de la mansión del bosque, en un pasado, este lugar me
pertenecía, pero, decidí aislarme y, con mi poder, creé esta dimensión solo
para mí.
—¿Aislarte?
—Y eso qué más da, ¿buscabas a la princesa no?
No sé a donde fue, por desgracia, no vive conmigo o cerca como para saber
todo de ella.
Alejandro seguía sin entender nada, pero, decidió seguirla hasta esa
mansión, nunca imaginó, que hubiera un lugar así oculto en ese bosque en donde
por años estuvo merodeando.
Al entrar, tapó un poco su rostro con la manga de su abrigo.
—¿Qué sucede?
—Esto está demasiado sucio, ¿en serio Anyelik ha venido a este lugar?
—Si no me crees, es tu decisión, pero, a ella pareció gustarle mi hogar,
después de todo, estar siempre en ese perfecto palacio, debe ser agobiante y
nuevos aires le vinieron bien.
Alejandro ya no quiso escuchar más, dándose la vuelta para marcharse de
allí.
—¡Oye! ¿A dónde vas?
—No me gustan los lugares tan sucios, parece mentira, que una mujer que va
vestida tan elegante y dicta ser una dama del lugar, viva en estas condiciones.
Lucy molesta, le agarró con fuerza de uno de sus brazos.
—No te vayas aún, es solo que, ¿para qué matarme limpiando si nunca tengo
visitas?
Alejandro apartó su mano molesto.
—No entiendo, si de verdad consideras amiga a Anyelik, si fuera así, al
menos tendrías el lugar más presentable.
—Yo, es que... ¡Oye! ¡¿Por qué me cuestionas?!
Es mi casa después de todo ¿Para eso te dejo visitarla?
—No necesitabas haberlo hecho, uno, no me gustan los lugares sucios y, dos,
no tengo tampoco tiempo.
Lucy, estuvo a punto de tomarle de nuevo tras corres tras él, pero, no lo
hizo y, cuando este estaba algo alejado, al fin sacó esas palabras.
—¡Anyelik! ¡Quería que conociera a sus amigos! Pero... ¡No pensé que fueran
así de estúpidos!
Alejandro, se detuvo antes de llegar hasta la salida de aquella dimensión,
girando un poco su rostro, pero, sin llegar a mirarla.
—No entiendo bien qué relación tenéis pero, ya debo marcharme, si es que no
sabes nada de ella, no tengo porqué estar aquí.
Ah, si te importa Anyelik como amiga, limpia un poco aunque sea.
Y se marchó cruzando ese portal y Lucy, ya no pudo hacer más que dejarle
irse, regresando a su mansión tras verle perderse en la oscuridad y ya, en esa
solitaria habitación, golpeó con furia sus puños contra la cama, una vez tras
otra hasta quedar sin energías.
Hacía tantos años, a través de su portal, ese joven vampiro, deambulaba tan
cerca y, ella, ella no podía dejarse ver, tan hermoso e inalcanzable y, ahora,
que al fin le tuvo tan cerca, sintió que no sirvió para nada.
—Debo... debo ¿Ser más bella de lo que ya soy?
Esos ojos, azules como el mar en el que siempre quise nadar... Alejandro...
Recordó el nombre de ese hombre que Anyelik le había mencionado a menudo,
cuando estuvieron limpiando.
—Así que, te llamabas Alejandro...
Quisiera, que vieras mi belleza...
Y en esa ciudad, Han había sido tomado por la ira, completamente ido por la
desesperación, la poca gente con la que se encontraban, quedaban temblando,
rápido, alejándose tras preguntarles por Victoria casi como esquizofrénico,
olvidando sus valores como rey y, Aluna, ya no lo resistió, tomándole del
cuello de su abrigo ante la mirada de Zandro.
—Han, debes detenerte, pensar con claridad, no pareces el mismo rey de
siempre.
Pero en respuesta, tomó sus manos apartándolas con desprecio.
Zandro, se contuvo, apretando sus puños en silencio.
—¡Es por la educación que le diste! ¡Si tú ya eres una blanda, ella es
mucho peor!
¡¿Cómo demonios se marchó con ese ángel del que no sabemos prácticamente
nada?!
¿En qué momento me rendí? Soy... su padre...
Aluna contuvo sus deseos de llorar, de decirle de todo sobre su rencor
oculto, mirando al suelo, como, si guardarse el dolor, fuera una obligación,
pero, con esas lágrimas retenidas, miró sus fríos ojos.
—Si dejaste que ese ángel viviera aquí, ¡es porque por una maldita vez,
confiaste en tu hija!
Hablas siempre de confianza, desconfiando de todos y no te ves en el
espejo.
Sacó de una vez, desviando la mirada, sin el valor suficiente.
Zandro, decidió que debía poner remedio, a pesar de no comprender el tipo
de relación que había entre ambos, queriendo mostrarle su apoyo a su reina, con
sus manos en sus delgados hombros y, ella, posando su fina mano en una de las
suyas, cosa que Han no esperó pues, desconocía que ellos dos, alguna vez fueron
conocidos.
—No sé aún qué está sucediendo con la princesa, pero, con estas
discusiones, no la encontraremos nunca.
Cuando por fin la tenga cara a cara, por favor, hable con ella, hable
también con ese ángel y, si es enemigo, lucharé por usted y por el bien de la
princesa.
Han se quedó sin respuestas, aceptando aún con su orgullo, que su nuevo
guardián tenía toda la razón.
Sentía en todo momento, que estaba fallando como rey del primer cielo,
pero, esos pensamientos, los guardaba profundamente para él.
En ese frío amanecer, Anyelik despertó sintiendo una increíble debilidad,
Carl, no estaba adentro y, preocupada, salió a mirar afuera, calmando su
corazón al verle allí, preparando el desayuno.
Había mucha más nieve que al día anterior pero, él, con su poder, había
derretido la de alrededor.
—¿Ya despierta? Espera, pronto desayunar.
—Junm, Carl, creo que... jeje, no me aguanto.
Y con preocupación fue a ella.
—¿Qué te sucede?
Pero ella le dedicó una sonrisa.
—Solo necesito ir al baño, así que, iré sola, no te preocupes.
Carl, un poco nervioso y colorado, se apartó para terminar de cocinar esas
verduras y apagar el fuego.
Débilmente, Anyelik se levantó, no quería que él se diera cuenta de sus
mareos para no preocuparle.
Su cabeza no dejaba de írsele constantemente, pero, aun así, logró llegar a
unos arbustos, justo al lado del gran río.
—Aaaah, qué pereza da bajarse la ropita con ese frío.
Pensaba temblando debido a las bajas temperaturas, temiendo que se le
congelara todo con algo de vergüenza y, cuando terminó, se quedó ensimismada,
fija en el río que, al día anterior, ya tenía bastantes trozos de hielo
flotando.
(Música de ambiente durante la lectura que me hace sentir maravillas en las
próximas escenas)
Su vista estaba bastante nublada y, sin darse cuenta, caminó y caminó por
el fino hielo, pensando que era un camino de cristales y, cuando al fin se dio
cuenta de que eso era hielo, agachándose, tocándolo con sus manitas, se asustó
al verse allí en mitad, poniéndose en pie enseguida, aunque, a causa de ese
mareo repentino, acabó por perder el equilibrio, resbalando de una fea manera.
El hielo se hizo pedazos y se hundió en sus frías aguas.
«¡Aaaah! No ¡No! ¡No puedo salir! » «No ¡No puedo!»
Y sus fuerzas culminaron, sus ojos borrosos, viendo la tenue luz que se
colaba por ese agujero, el frío ya no era el dueño del momento, simplemente, no
podía tomar ese aire y se hundía más y más hasta que, sutilmente, lo escuchó,
y, sus brazos la tomaron sacándola a la superficie, y, con el impulso de sus
alas, se elevaron en el aire tan congelante.
Con tanta velocidad que surcó esos cielos hasta llegar al refugio,
entrando, implorándole que le respondiera.
—Ca-Carl. No, sien-siento mi-mi cuerpo.
Sus labios azulados apenas podían balbucear, su manita, queriendo alzarse a
su rostro sin lograrlo.
Y, ahí, él, lo hizo, y, ni siquiera pudo oponer resistencia por la
debilidad.
Ambos, completamente desnudos, quedarse con esas ropas mojadas y frías sería
la muerte para su Anyelik, tapándola con la colcha, sosteniéndola entre sus
brazos y encendiéndose en fuego.
—Debo, subir tu temperatura.
—Ca-Carl, no, no me dejes, no me dejes.
Y por más que trataba de que ella pudiera calentarse, ni siquiera era suficiente,
darle simplemente su fuego, él, quería tener mucha más energía, mucho más poder
a pesar de estar ardiendo.
—Perdóname mi Anyelik, Carl, no debió liberarte, no puedo cuidar como
deseo.
—Ca-Carl, no, s-sí puedes, no me dejes, más, más calor mi bebé.
Esa decisión que cruzó su mente, ni siquiera trató de evitarla, si con
ella, su Anyelik podría salvarse, sintiendo aún más calor, aunque fuera
indebido o una falta de respeto.
Sus labios, al fin sobre los suyos mientras que, una de sus manos, lo
hacía, besándola con tantas ansias, por todos los años que esperó para
conocerla, si podía demostrarle que de cualquier manera, él siempre la
protegería, si con esa falta de respeto, su cuerpo ardía y volvía a sonreír
como hacía rato...
Esos labios casi lujuriosos, su cuerpo se había envuelto en un aura dorada
tan cálida.
Y, al fin, sus dos piernas reaccionaron, juntándose un poco, como si su
delicada piel, fuese un regalo, ¿estaba bien desear tanto aquello que ni
siquiera había pedido? y, que ahora, iba a atesorar.
Ese momento mágico que realmente salvaría su vida.
Su manita en su rostro y, después, rodeando su cuello y, él, no se
detendría, no hasta que ella se lo pidiera y, cuando por unos momentos dejó sus
bonitos labios, ahora más rojizos y saludables, comprobó que, en ella, había
regresado esa sonrisa.
—Carl.
Su voz diciendo su nombre, tuvo que detenerse para apresarla, y,
sintiéndose ahora completamente avergonzado y con su cara más roja que nunca.
Quizás, aún era demasiado pronto para ser amantes y, comportarse como un
adulto con ella aún deseándolo.
Se sentía tranquilo por no haber dado ese paso, solo, tan solo un poquito,
pero, ella, ahora estaba a salvo.
A la media hora, logró dejarla libre incorporándose.
Anyelik, pudo ver todas las pecas que había en su espalda fuerte y, este,
al darse cuenta que le estaba viendo sumamente ruborizada, se tapó enseguida
como pudo.
—Discúlpame, An-Anyelik, ahora, cómo mirarte.
—Carl, junm, yo, estoy más avergonzada.
Pero sus ojos se cruzaron de nuevo, tan tímidos, tan sonrojadas sus
mejillas y, echándole un rápida ojeada a su cuerpo marcado, pegó un gritito
tapándose con la colcha hasta la cabeza.
—Ir, a secar la ropa, comer después.
Y tras tomar esa ropa aún húmeda, ahí, de espaldas, ardiendo más que nunca,
usando su poder para que se secara lo antes posible.
Anyelik, oculta bajo esa colcha, tocaba sus labios, los besos de ese ángel,
cada uno de los chicos los habían besado, cada uno, besaba diferente, pero, los
tres, fueron maravillosos, incluso, ese cuarto del ser invisible.
Después, recordó lo que Carl le hizo mientras la besaba para que sintiera
aún más calor en su cuerpo.
No podía más con su corazón latiendo a mil y, cuando él fue a tomar la
colcha para que sacara sus cabecita, se le escapó otro grito más.
—¡¡Aaaaaah!! ¡Pervertido besador!
—Carl, yo, lo siento, Carl no volver a hacer eso, yo preocupado porque no
subía tu temperatura.
No odiarme por favor.
Entonces, ella, dejó ver sus ojitos tímidos.
—No te odiaría jamás, yo, bueno, te agradezco lo que hiciste, Carl,
gracias.
—Ejenm, ropa ya estar, iré a calentar desayuno, Anyelik vestirse.
Pero, en el momento en el que se la entregó, se olvidó por completo de que
él también estaba desnudo.
La pobre Anyelik lo vio todo y este, trató de vestirse a la velocidad de la
luz, que por poco, rompe el refugio tratando de ponerse los pantalones y,
aquella princesa, con un derrame nasal a punto de escapar por su naricita.
—¡Carl! ¡Carl! ¡Todo, ahí! No... ¡No sabía que los chicos ocultaban...!
¡¡Ocultaban!!
—¡Aaah! ¡No Anyelik! ¡Los chicos tener y tú tener pues...!
—¡¡Nooooo!! ¡Ya sabía eso! Es que... es que... era... eraaaaa...
¡¡Era grande!!
Del cuerpo de Carl salieron llamas y ya, no quiso estar ahí adentro,
saliendo a medio vestir con todo el frío para calmarse de una vez.
No imaginó nunca que Anyelik dijera algo así y estaba tan avergonzado.
Detrás de su personalidad inocente y un tanto aniñada, después de todo, no
era una niña y, el verle desnudo, le hizo descubrir algo más de ella que
desconocía.
Se preguntaba si habría visto antes a otros chicos sin ropa para saber esas
cosas sobre el tamaño.
Él mismo era consciente de que era un hombre de buen ver y, también, cuando
estaba en su tribu y se bañaba con los demás con total libertad, los
comentarios con confianza entre amigos no faltaban.
De todos los de su edad, él, fue el que se desarrolló antes y su voz
también era más grave y varoril, además de ser un hombre bastante alto y con un
cuerpo marcado por genética, si hiciera más ejercicio, estaría mucho más
cuadrado.
Que Anyelik se hubiera fijado también en eso, le mataba del apuro.
Al poquito, abrió la puertecilla aún con el calor en el cuerpo, ella,
estaba también nerviosa al ver sus ojos, pero, se pusieron a comer como si
nada.
—Carl.
Rompió al fin el hielo casi por terminarse todas esas verduras.
—Discúlpame por lo que dije, no quiero que pienses que soy una chica
depravada que mira ahí a los chicos.
Te juro que no ando haciendo esas cosas Carl, es solo que, jeje, me
sorprendí.
¿No piensas mal de mí?
Carl, entonces, soltó la cuchara en la cacerola de la que ambos comían.
—No lo pienso. Yo, ejenm, en mi tribu, las mujeres llevar, como se dice,
ver más piel, a veces, ver a mi madre sin ropa de niño, era curioso.
Anyelik dejó escapar otro pequeño gritito.
—¿Qué te pasa?
—Carl, viste muchas chicas lindas de buen cuerpo desde pequeño y, ¡Y!
¡Ahora te habrás llevado una decepción porque...!
¡¡Aaaaah!!
Carl ya no se aguantó más, tomándola para ponerla junto a su pecho.
—¿Escuchar mi corazón? Desde hace rato, no parar.
Carl, estar así, porque Anyelik es muy linda para sus ojos.
Anyelik perfecta y hermosa, Anyelik hacer a mi corazón "pom, pom"
Y, al fin, regresó a sonreír.
—¿Qué sucede?
—Carl...
Y se separó de su pecho para tomar su rostro con sus manitas.
—No te enfades, pero me pareces tan lindo, a veces te salen frases casi
perfectas, otras, jeje, ya casi puedes hablar fluido y, lo curioso, es que,
siempre entiendes a la perfección todo lo que te digo.
El rostro de Carl, se sonrojó tanto tanto, pero, esta vez, se pudo controlar
y, así, terminaron con el desayuno.
Le gustaría tanto decirle, que usaba su poder para meditar y ver el astral,
para tratar de entender lo más posible su idioma, pero, no sabía cómo
explicarle aquello, quería conseguir dominar el idioma, buscaba la manera de
que, de tanto ir y venir a ese mundo aparte, controlara el leguaje de los
corazones.
—Carl, quisiera enseñarte tanto hoy, podemos practicar frases si quieres.
Le dijo mientras él recogía todo, pero, este, con una sonrisa, la detuvo
pues, parecía muy emocionada yendo tras de él.
—Volvamos.
—¿Cómo?
—Siempre en este refugio, es como estar en habitación encerrada.
Anyelik, volver, yo hablar con tu padre ¿Te enfadas?
Y ella, en vez de negarse a ello, también sonrió, pero, justo ahí, algo turbio
se sintió en el ambiente.
—¡Anyelik! Quieta, no salir.
—¿Qué sucede Carl?
—No salir, siento al mal, protegerte siempre.
Y dejándola allí oculta, alzó sus ojos al cielo, viendo muy cerca, tres
aves oscuras, igual a los reon, pero, esta vez, como seres alados y, Lala, iba
sobre uno de ellos.
Sin dudarlo, se alejó del refugio sacando su espada de fuego, alzándose en
el aire con sus alas.
Dentro del refugio, Anyelik, pudo escuchar esos horripilantes graznidos y,
Lala, con el poder de la gema de su pecho la cual, la estaba guiando, sonrió
con ganas viendo allí a Carl en lo alto.
—Vaya, el desvergonzado sin respeto, esperaba encontrarme con ese otro
principito guapetón.
No es que no seas guapo también, es solo que, tus modales no me gustan.
—¡Fuera de aquí!
Le replicó con seriedad y tratando de intimidarla.
—Sigues siendo un grosero como el otro demonio, bah, ¿qué sucede?
¿No te gustan las mujeres preciosas como yo?
Pero, él, no le dio la respuesta que quería y, sin pensarlo, se lanzó con
su espada contra ella que, por poco no la esquiva, sacando sus alas púrpuras.
—¡Dime! ¡¿Por qué atacar a Anyelik?!
—Juju, como pareces ser un poco tonto te lo diré.
Y ondeando su larga melena azulada con mucha chulería, le contó aquello.
—Por mi señor, él no quiere a esa princesucha de por medio, el señor Yeivh
vendrá cuando recupere su energía, tomará el mundo y, esa princesa ¡Debe morir!
—¡¿Por qué?! ¡¿Anyelik qué tener que ver?!
—¡Aaay qué preguntón! ¡No sé tanto! Solo que, mi señor la detesta, yo solo
cumplo sus órdenes juju.
Carl, en vez de seguir peleando, quiso sacarle más información con sus
preguntas.
—¿Para qué servir al mal?, no entiendo.
—Eso no lo entendería alguien tan tonto como tú.
Y al fin se lanzó contra él, tan repentinamente, creyendo que pudo esquivar
ese rayo azul tan cercano, pero, las tres aves le golpearon cada una por un
lado en esos momentos en los cuales estaba algo perdido por la preocupación,
pensando en Anyelik.
El grito que ella pudo escuchar desde el refugio, atemorizó toda su alma.
El cielo, ahora, cargado de la oscura energía de los reon alados, comenzaba
a llover empapando a Carl que ya se encontraba algo lastimado y, aun así, no se
detuvo y, de nuevo, en ese refugio, Anyelik, tapando su boca con sus manitas
para evitar gritar, escuchando a Carl gemir por la crudeza de esa pelea.
«Carl, Carl» «No» «No quiero que te dañen por mí»
«No, no quiero ser una princesa inútil»
«Papá jamás me dejará libre si no me hago fuerte pero, Carl, es mucho más
importante ahora»
Y de su cuello, tomó ese colgante liberando su poder.
—Por favor, poder de la luna, debes salir, debo proteger a Carl. Por favor.
Imploraba todo el tiempo, tratando y tratando, recordando el entrenamiento
junto a Gabriel.
Las palabras de ese príncipe tan lindo.
—Anyelik, concéntrate, siente el poder en tu interior, si lo sientes con
ese deseo de tu corazón, si lo encuentras, oblígale a salir porque, él, está
ahí y lo sabes.
Mientras tanto, todos se dirigían al lugar, el poder oscuro era tan fuerte,
que se sentía a km.
Algunos guerreros enviados por el consejo de los ángeles se dirigían allí,
así como los reyes del primer cielo y los demás chicos.
—¡Aajajaajaja! ¡Sigue luchando! ¡Venga! ¡¿Puedes contra cuatro?!
¡Ajajaajaja!
Reía Lala mientras que, con esos reon, cada vez que podían, absorbían la
energía de Carl.
La sonrisa de Anyelik, regresó tan intensamente en su mente, logrando de un
ágil movimiento, cortarle el cuello a uno y, después, montando sobre otro,
hacer lo mismo, aunque, quedando bastante desgastado.
—A... ¿A dónde ir mi energía? Reon muertos.
—Aunque ellos mueran, sus cuerpos están conectados con mi señor y,
automáticamente, le llega la energía.
Venga, ¿preparado para morir guapetón?
Esa lucha, aún no había acabado, mientras que Lala estaba tan solo un poco
agotada, Carl, ya había quedado demasiado tocado, le habían robado tanta
energía y, aún, quedaba una de esas aves.
—Por favor, poder, sé que estás ahí, ¡sal! ¡Debes salir!
Carl... hoy me protegió y, yo, debo hacer lo mismo.
Carl ¡Carl!
Todos habían llegado, tan solo a unos metros de la pelea, Carl, con su
cuerpo en llamas, dispuesto a acabar con esa mujer y, el reon, aún destrozando
su cuerpo, ambos, preparados para el golpe final, nadie llegaría a tiempo.
—Casi, me hundo en ese agua tan congelada, ahora, me alzaré al cielo como
tú hiciste.
Las enormes alas de Anyelik reventaron el refugio, siendo estas de un mayor
tamaño que las que tenía normalmente y, con ese báculo de la luna, lanzó el
brillo azul más poderoso, un brillo, que de alguna manera, desintegró al reon
sin ningún problema y, Lala, ni siquiera pudo escapar como las demás ocasiones
cayendo envuelta en sangre y, allí, frente a ese rey, esa pequeña princesa,
antes de que se estampara contra el suelo, la tomó en sus delgados
brazos, aún, brillando en un resplandor rosado.
—Por favor, no mueras.
Lala estaba tan incrédula, siendo sostenida como si nada por una joven que
parecía tan frágil.
Esa sensación tan cálida que quiso negar al fin, escapando de sus brazos
con la gema de su pecho.
—¡No! ¡No te vayas!
—An...Anyelik.
Y sin pensar más, se elevó en lo alto para rodear a Carl con esas bellas
alas anacaradas, sosteniéndole justo antes de que cayera agotado y herido y,
con esa aura rosada, envolviendo más y más a Carl, sanando así cada una de sus
heridas, dejando a todos sin palabras.
Continuará...
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