En aquella habitación que parecía haberse inundado de pasión, Elizabeth, rodeaba a aquel príncipe que besaba su boca, aún, sintiendo esas dudas, ni tan siquiera se había quitado la ropa y tuvo que detenerse para al fin hacerlo, dándose media vuelta, nervioso, muy nervioso, tanto, que al ir a sacarse los pantalones, a punto estuvo de caerse y, Elizabeth, no pudo evitar reírse, pidiéndole que se detuviera.
—¿Qué
sucede?
—Ains,
realmente no te veo preparado para esto, ¿eres virgen verdad?
Mark
se puso colorado, apartando su rostro para que ella no le viera.
—Me
sigues pareciendo adorable, pero, no estás listo muchachote.
—No,
quiero hacerlo.
Replicó,
al fin mirándola a los ojos, pero, ella, le hizo de callar con uno de sus
deditos sobre sus labios.
—Quiero
que lo hagamos cuando de verdad sientas que es el momento, no te precipites.
Y
le echó una mirada a su ropa interior.
—Además
que, parece que no tienes nada que envidiarle a los tipos con los que me
acuesto cada día.
Mark,
acabó por taparse demasiado avergonzado y, después, ella, se puso su lencería
para sentarse a su lado.
—Ya
que has pagado, hablemos un ratito, me gustaría saber más cosas de esas que has
estudiado.
—Tu
familia... ¿Dónde está?
Acabó
preguntando él, y, el rostro de Elizabeth, se tornó algo melancólico.
Pensó,
que no le respondería, pero, en nada, ella posó una de sus manos sobre la suya.
—Mis
padres, ya no están aquí, la casa de veraneo que teníamos, ardió una noche y,
ellos no pudieron salir con vida.
En
aquel momento, aquella joven, jamás esperaría ese pequeño abrazo que Mark le
regaló.
—Oye,
para ser el futuro rey, eres bastante blando.
—Disculpa,
es que, no lo pude evitar, debiste pasarlo horrible.
—Bueno,
sí, yo... solo tenía, dieciséis años, pero en fin, es una carga que llevo a la
que me acostumbré.
Y
Elizabeth, regresó a sus labios para darle otro beso.
—Elizabeth...
—Voy
a tener que enseñarte muchas cosas, anda, vístete.
Mark
obedeció y, después, se sentó junto a ella, apoyados en la cabecera de la cama
y ahí, tomó el valor para hacerle aquella pregunta.
—¿Sabes
qué es el amor?
—¿El
amor?
Ella
le miró un tanto extrañada, pero le dio esa respuesta.
—Hay,
diferentes tipos de amor y, yo, solo he conocido uno.
Mark
se puso un tanto nervioso y no se guardó aquella pregunta con curiosidad.
—Él...
¿No te correspondió?
Elizabeth
se echó una pequeña risilla.
—Nunca
me he enamorado de ningún hombre, hablo del amor hacia mis padres.
—Entiendo,
disculpa.
—No
pasa nada, y tú, ¿conoces al amor?
Aquel
príncipe, se quedó mirando el techo por unos momentos.
—Supongo
que por mis padres y hermana, aunque, me pregunto si ellos saben de ese amor,
ese que quiero conocer, ese del que mi hermana habla tanto.
Y
ahí, se tumbó de lado, para poder mirar a esa ángel hermosa.
—Me
gustaría conocerte fuera de este lugar.
Elizabeth,
al fin sonrió de una manera cálida.
—La
semana que viene, me dan unos días libres por la navidad, iré a ver el discurso
del rey ese veinticinco. ¿Tu estarás?
—Sí,
esta vez, yo tendré que dar un pequeño discurso también, ya sabes, mi padre
quiere que me vaya preparando para el futuro.
—Pues
ahí te veré muchachote.
Terminó
diciendo con ciertos ánimos y al final, fueron dos horas las que se pasaron
hablando, así, hasta que Mark se quedó dormido y, Elizabeth, no dejaba de
verle, aunque ya era un hombre adulto, tenía esa inocencia y parecía un pequeño
adorable.
Recordó
los besos que se dieron antes y pudo volver a sonreír, él aún era torpe para
besar.
Y
pasaron unos pocos días, de haber hecho un frío soportable, ahora, en menos de
una semana, ese frío, se había hecho aún más intenso.
Mark,
no regresó al local con la intención de ver a Elizabeth ese día veinticinco y,
Anyelik, sentía tanto la ausencia de Alejandro.
Podía
sentirse feliz cuando estaba con Carl y Gabriel, pero, extrañamente, sin
Alejandro, aún había algo que faltaba en ella.
En
las mañanas, siempre estaba sin energía y no sabía por qué, aunque, tras
desayunar los dulces que Carl le llevaba a la cama, ya lograba recuperarse.
Este,
seguía aprendiendo y más aprendiendo en las clases de las tardes, además, le
hacía bailes tras acabar para darle ánimos.
Cuando
estaba con Carl, sentía mucha alegría, era como estar con un pequeño al que
quería cuidar, y, eso, que él tenía la misma edad que Gabriel según les había
dicho y, este último, aún siendo un hombre adulto como Carl, las ganas que
Anyelik tenía de cuidarle, también estaban ahí.
A
pesar de amar a Alejandro, el pensar que tendría que casarse con Gabriel, no le
molestaba en lo absoluto, se preguntaba, si es que también estaba enamorada de
él, y, hasta de Carl, pero, ese era su gran secreto, sería muy raro para todos
allí, el que supieran que tenía sentimientos por más de un chico.
—Ser
invisible, ¿tú crees que está mal esto?
Desde
que comencé a sentirte, y, desde que conocí a Alejandro, no me había pasado
esto, ¿soy un bicho raro?
Y
ocultó su carita tras sus brazos, apoyándose en sus piernas.
—Nunca
me he enamorado de nadie, ni de sirvientes guapos, ni de ningún chico lindo que
haya visto por ahí.
¿Por
qué de estos chicos sí?
Y
esas lagrimitas, resbalaron al fin por su rostro.
—Siento
mucha necesidad de Alejandro, ya está aquí la navidad y, no está a mi lado.
Le
hice un dibujo, pero, no sé si le gustará.
Aquel
calorcito la envolvió, Anyelik, sabía que el ser invisible no quería verla
triste y destapó su carita, secando sus lágrimas con la manga del jersey.
—Ser
invisible, no te hice ningún dibujo porque no sé cómo eres, pero, también
quiero hacerte un regalo.
Entonces,
llevó su dedito a su boquita.
—Puedes
darme un beso jeje, no sé si te gustará como regalo, pero, es que no se me
ocurre otra cosa ajaja.
Sus
labios, esbozaron un beso, esperando que él sí la besara y, un calor aún más
intenso la envolvió de nuevo y, en sus labios, lo pudo sentir más todavía,
escuchando, a alguien decir su nombre.
—Anyelik...
Con
esa voz que sonaba como en reverberación, algo profunda, bonita.
Se
quedó con esa sorpresa en el cuerpo y, una pequeña alegría al saber que, todo
era muy real y sí había alguien con ella, pero, justo en ese momento, llamaron
a la puerta y, después, su madre entró.
—Mamá
¿qué sucede?
Ella,
se acercó con esa actitud calmada característica, sentándose en la cama, a su
lado.
—Convencí
a tu padre para que salgamos a hacer unas compras navideñas.
—¿De
verdad le has convencido?
—Sí,
aunque iremos acompañadas de guardias.
Hija...
Y
Aluna tomó una de las manitas de Anyelik.
—No
puedes seguir así de triste todo el tiempo, hasta el bruto de tu padre se ha
dado cuenta.
Anyelik
apartó la mirada.
—Papá
es tonto, desde lo del templo, no me ha hablado, qué más dará lo que hice si
nadie sabía que esa chica era yo.
Aquella
reina, tuvo que darle un gran abrazo y Anyelik, se sintió algo mejor.
—Ya
sabes cómo es él, tan frío, pero en el fondo, le preocupas y, como hoy debe dar
la charla con tu hermano, no estará con nosotras y podremos comprar más
tranquilas, además, Carl y Gabriel también nos van a acompañar.
Anyelik
sonrió para al fin levantarse de la cama.
—Voy
a ponerme ropa de abrigo mamá, en nada estoy.
Aluna
sonrió también y después, se marchó de la habitación.
Ella,
sabía que su tristeza no era tan solo por lo de aquel día, aquella reina, ya
conocía los sentimientos de su hija por ese príncipe vampiro.
Al
ratito, ya estaba lista, para hoy, se había puesto un bonito vestido blanco,
con leotardos grises y un abrigo rojo, la gorrita de su cabello, era gris
también.
Abajo,
los chicos, ya la estaban esperando, Gabriel, iba muy guapo vestido, dejando un
poco de lado el estilo victoriano, usando ropa algo elegante, pero más casual,
con una gabardina grisácea, un jersey de cuello alto de color negro, como sus
botas, y los vaqueros, eran azules y ajustados.
Carl,
iba más sencillo, también con unos vaqueros, un jersey gris y un abrigo marrón
menos largo.
Gabriel,
nada más tenerla al lado, la tomó de la mano y ella, fue a sus ojos, la pobre,
siempre tenía que alzar la mirada a esos chicos por su estatura.
—Qué
bonita te ves hoy, me haces sonreír por verte tan animada.
—Gabriel.
Pero,
Carl, la tomó de la otra mano.
—Carl
tiene un regalo para ti.
—Entonces,
me lo darás esta noche jeje, ya estoy deseando saber qué es.
—Es
algo, para que Anyelik poder sentir feliz, quiero verte, con una sonrisa
siempre.
Anyelik,
podía sonreír tan puramente, Carl, cada vez hablaba mejor, y, a pesar de haber
estado decaída, nunca había dejado de darle clases, incluso, con ayuda de
Gabriel, le explicaron sobre aquella tradición del año llamada navidad.
En
este mundo, justo el día veinticinco, era el último del año y se celebraba
aquella fiesta para contar un año más en ese mundo.
Aún,
no se sabía el origen real de aquella celebración, la gran mayoría decía, que
era el comienzo del crudo invierno, por lo tanto, un año había pasado, otros,
que algún rey ángel del pasado, decidió colocar ese día como especial.
Y
aunque no se hubiera confirmado nada, los habitantes de ese mundo, lo
celebraban todos por igual, salvo algunas tribus como la de Carl, y pueblos
pequeños con otras tradiciones, que, aún sabiendo que se cambiaba a un nuevo
año, lo celebraban de otras maneras, y no era llamado día de navidad.
—Oye,
yo también tengo un regalo para ti.
—Yo,
bueno, Gabriel, a todos, os hice algo jeje.
Expresó
algo rojita.
—Pero,
quisiera compraros cositas también.
Y
con emoción en el cuerpo, recordó los dibujos que les hizo como regalo.
Un
carruaje, les esperaba tras las verjas de la entrada y todos montaron en él.
Aquel
carruaje, era algo más grande, de tonos azulados y blancos, tenía un asiento en
la parte frontal donde se sentaba el cochero y, había más asientos tras él para
los guardias y, detrás, se encontraba la zona de pasajeros, en donde iban los
reyes, en este caso, Aluna, pues Han, ya se había marchado hacía casi una hora
en otro carruaje junto a Mark.
Esta
parte, siempre estaba cubierta y tenía espacio para ocho pasajeros.
Anyelik,
estaba sentada junto a su madre y, enfrente, estaban los chicos.
Era
de las pocas veces que salía de palacio, a diferencia de su hermano, que, al
ser tan fuerte, le daban más libertad, más desde que cumplió los dieciocho
años.
Parecía
que el frío hoy, sería más intenso que los días pasados, el cielo estaba
bastante grisáceo, aunque, eso no le quitaba los ánimos a aquella princesa que,
no dejaba de asomarse por la ventanilla emocionada, Saber, que al fin saldría
del palacio, era sin duda lo mejor.
Los
deseos de abrir sus alas y volar por el frío cielo, la inundaban en todo
momento.
Ver
la ciudad tan llena de vida, gente comprando, luces adornando todas las calles,
todos, esperando la cena que tendrían en sus hogares, reuniéndose así las
familias aunque fuera, una vez al año y, Anyelik, enseguida se agarró a Carl
sin que él se lo esperase.
No
dejaba de pensar, que él, ahora, no tenía a nadie de su familia y deseaba
hacerle sentir calidez.
—¿Pasa
algo Anyelik?
—Ahora,
yo seré tu mamá Carl, aunque soy algo pequeña para ello, pero, Anyelik te
cuidará.
Y,
al instante, se puso colorado, siendo descubierto por Gabriel que enseguida
tuvo que intervenir.
—Oye,
¿cómo que su madre? ¿En qué momento lo tuvimos.
La
pobre acabó también colorada, pero le dio aquella respuesta que le salió de
dentro.
—Tú,
tú también eres mi bebé ajaja.
—¿Cómo?
Eso no será posible.
Le
respondió agachándose un poco para acariciar su cabecita y así, verla a los
ojos desde la misma altura.
—¿Cómo
podría estar enamorado de mi mamá?
De
estar roja, pasó a sentir sus orejas echar humo y tuvo que esconder su carita
en el pecho de Carl.
Gabriel,
comenzó a reírse y, Aluna, parecía tranquila viéndolos así.
—Venga
anda, veamos ya las tiendas.
Dijo
Anyelik tratando de calmarse, y, enseguida, volvió a su extrovertida forma de
ser, tirando del brazo de ambos, viendo y más viendo tiendas de todo tipo.
En
algunas de ellas, en la entrada, servían dulces para que probaran los que
pasaran por allí por si se animaban a comprar.
Carl,
se sentía mal porque no tenía dinero para comprarle ningún dulce a Anyelik, en
cambio, Gabriel,sí, y aquella princesa, se hinchó a comer como nunca.
Aquel
ángel, quería verla por siempre sonreír, era esa la razón, por la que se
levantaba temprano para buscar al cocinero y, preparar juntos algún dulce para
que ella tomara nada más despertar, la gran mayoría, siempre eran de chocolate
y, ahora, en ese local, no dejaba de verla mientras se comía aquel coulant, con
ese brillo de ojos tan maravilloso, la miraba como poseído y, Anyelik, se acabó
dando cuenta, extendiendo su bracito para ofrecerle un pedazo.
—Carl,
¿quieres? Veo que te gusta mucho el chocolate.
—Yo,
soy el ángel de chocolate para Anyelik.
—Carl,
es el ángel de los dulces.
—Oye
Anyelik.
Intervino
Gabriel algo celoso.
—¿No
era tu bebé también? Dame otro pedazo a mí.
Y
ella así hizo, llevando su manita hasta la boca de Gabriel, pero, este, en vez
de comerse esa pinchada, tomó el tenedor para besar su mano.
Con
sus ojos, mirándola con decisión. Anyelik, no pudo más, bajando su carita para
así ocultarla.
¿Cuántas
veces se iba a sonrojar por esos chicos? Y, su madre, encima estaba presente y,
Gabriel, no se cortaba ni lo más mínimo frente a ella que con una sonrisa,
comía de su pastel viendo a los tres.
A
veces, algunas personas se los quedaban mirando, más al estar acompañados por
guardias, y, aunque Aluna llevaba una túnica con capucha, varios la podía
reconocer, igual a Gabriel que no se había ocultado, igualmente, eran
respetuosos y no se acercaban para sacarlos fotos ni nada.
Mientras
tanto, el rey terminaba su discurso, había gran cantidad de gente en la gran
plaza de la ciudad, esta era la más grande de Milenium, con locales a los
alrededores, todos de comida, cafés, restaurantes, pastelerías, muchas luces de
colores adornaban todo el lugar, además, los edificios que allí habían eran
preciosos y algo antiguos, pues, esa plaza se encontraba en la parte más
cercana a la moderna, pero, aún en el otro lado.
Mark,
ahora se encontraba frente a aquel micrófono, subido como a un escenario,
bastante nervioso ya que no acostumbraba a aparecer en público, siempre era su
padre el que lo hacía.
Miró
a todos fugazmente, buscándola entre tanta multitud, pudo ver a Lucas junto a
Max, había quedado con ellos como cada año para esas fechas y, ya desesperado,
sintiendo que no podría seguir callado por más tiempo, pues estaban esperando a
que abriera la boca, fue, que allí la vio, mirándole entre la gente, con eso,
tuvo el valor de al fin dar ese discurso, ese discurso que practicó por días,
en el cual, les contaba, que como futuro rey, les cuidaría, y, también, expresó
sus deseos para que todos tuvieran unas felices fiestas.
Cuando
al fin acabó, sintiendo que de una vez tendría calma, todos aplaudieron y este,
con cierta emoción, se despidió de ellos para ir con su padre, que, sin duda,
le felicitó.
Bajaron
de ese escenario acompañados de varios guardias, para quedarse junto al gran
árbol de la plaza, un bello árbol de gran tamaño, con un tronco retorcido,
lleno de ramas de las que colgaban frutos rojos y brillantes y, ahora, este, se
encontraba todo decorado con luces de todos los colores.
—Bueno,
regresemos a palacio.
Le
dijo Han montando en el carruaje, pero, Mark, no lo hizo.
—¿Pasa
algo?
—He
quedado con Lucas para tomar algo, él ahora está esperándome.
Han
se quedó callado por unos pequeños momentos, pero, pareció estar en calma.
—Está
bien, puedes ir con él, supongo que no habrá ningún problema ya que eres fuerte
y hoy parece que todo está tranquilo.
Mark,
no esperó ver a su padre esbozar una pequeña expresión amable, hasta creyó
verle sonreír, aunque ligeramente.
—Creo
que antes de volver a palacio, haré algunas compras, nos vemos luego.
Y
se despidió de su hijo, con lo que este, sintió que ya era libre.
Fue
completamente emocionado a por Elizabeth, pero, Lucas y Max, llegaron antes a
él.
—Ey
principito, hoy parecías otro ahí subido.
Decía
ese ángel con chulería, acomodándose su costosa chaqueta, pero, Mark, le apartó
como si nada.
—Disculpadme,
quiero ver a alguien por un momento.
Les
dijo dejándolos atrás, yendo a ella, que le esperaba sentada en un banco, junto
a una enorme fuente y, sin decir nada, algo nervioso, se sentó a su lado y
ambos se miraron.
Aquel
príncipe, se sintió un tanto atontando al ser la primera vez que veía su rostro
sin ese cargado maquillaje que usaba en el local, además, de ir vestida de una
maldita vez.
Su
rostro tenía algunas pecas y parecía algo más juvenil así.
—Ya
estás aquí muchachote.
—Pensé
que no vendrías a verme.
Expresó
tras tomar sus frías manos.
—Yo
lo que prometo, lo cumplo.
Y
ahí le mostró una sonrisa que le volvió a atontar.
—Parecías
todo un hombre, un auténtico rey ahí arriba.
Tan
diferente a ese chico inocente que viene a verme en las noches.
Mark,
no sabía qué responder y Elizabeth, tras meter su mano en el bolsillo del
abrigo blanco que llevaba, sacó un pequeño regalo envuelto en papel rojo.
—¿Qué
es?
—Ábrelo,
es para ti, solo es un regalo de navidad.
Con
ilusión, comenzó a desenvolver aquello, como un pequeño niño emocionado, hasta
parecía ponerse nervioso al no querer romper ese papel y, cuando logró abrirlo,
allí vio un coletero para el cabello, decorado con unas gemas negras muy
bonitas.
—¿Y
esto?
—Es
para que te recojas tu melena, así no te tirarán del pelo tan fácilmente,
además, no se te enredará tanto.
Mark,
ni lo dudó, recogiendo todo su cabello allí mismo, pero, Elizabeth, notó que se
había puesto un tanto serio.
—¿No
te gustó?
—No
es eso, es solo que, yo, no te compré nada y me siento mal.
Y
se puso en pie, tomando de nuevo sus manos.
—Vamos,
quiero comprarte algo, y ya sé el qué.
Elizabeth,
no dejaba de verle con una emoción contenida, pero, fue ahí que Lucas les
interrumpió, llevando una de sus manos al hombro de Mark.
—Junm
¿Al final seguiste viéndola?
—Sí.
—Ah,
si es que eres de lo que no hay.
A
lo que Max añadió.
—Jeje,
sí es linda, aunque me gusta más cuando va en lencería, esta es de las que aún
no me he comido.
Ninguno
esperó la reacción de Mark, que le tomó del cuello de la camisa muy cabreado y,
Lucas, tuvo que intervenir para separarle, más, porque alguien podría verle y,
al ser el príncipe, se armaría una buena.
—Oye
oye, tranquilo capitán.
Decía
Max colocándose su camisa un tanto sorprendido.
—¡No
vuelvas a hablar así de ella!
Le
amenazaba ese príncipe con el dedo, pero, este, en vez de temerle, seguía con
sus comentarios.
—Por
ser tu favorita, no me la tiraré, así que, tranquilo.
—¡¿Sigues
con esas?!
—Mark,
tranquilo, si, ya me voy de todos modos.
Terminó
diciendo Elizabeth, sintiéndose muy incómoda por los comentarios de Max, pero,
Mark la detuvo.
—No
te vayas, sí o sí, quiero comprarte algo, solo ignora a ese y disfrutemos de la
mañana.
Parecía
casi suplicarle que se quedara y, ella, con una pequeña sonrisa, quizás no muy
segura, decidió quedarse al fin.
Lucas
les observaba tan serio y Max, como si nada, seguía a lo suyo, mirándose ahora,
en un pequeño espejo que sacó de su bolsillo.
—Él
sabe de ti, él sabe de mí...
(minuto 1:48 es la canción que Anyelik está cantado)
Cantaba
Anyelik llena de alegría por la calle, caminando un poco más adelante, dejando
atrás a su madre y a los chicos y, en sus manos, llevaba un par de bolsas
llenas de regalos para todos que, con la emoción, no podía dejar de cantar y
más cantar canciones navideñas, así, hasta pararse en seco en la entrada de ese
gran centro comercial.
Allí,
había un montón de niños observando y esperando para sentarse junto a un señor
vestido de rojo, con una gran barba postiza totalmente blanca que, les iba
entregando golosinas tras que los pequeños le contaran sus deseos por navidad.
—¡Ah,
mamá! ¡Mira! ¡El señor Papá Claus! ¡Es la primera vez que lo veo! ¡Quiero
hablar con el síííí!
Expresó
aquella princesa por todo lo alto, tal cual si fuera una niña también.
—Pero
Anyelik.
—¡Joooo,
por fa!
Y
Aluna, no esperó que Gabriel tomara la mano de su hija con intenciones de
llevarla allí.
—Déjala
anda, después de tanto tiempo ahí metida, es bueno que conozca al señor Claus.
—¡Sííííí!
Dijo
por todo lo alto con mucha felicidad, Aluna terminó por echarse una pequeña
risilla, el ver a su pequeña hija tan llena de luz, después de haber estado
tantos días decaída, hacía que se sintiera tranquila y en paz.
Anyelik,
ansiosa, esperaba su turno, ya le faltaba tan poco, solo quedaba un chavalín,
que miraba curioso la cara de aquel señor disfrazado todo de rojo, tenía parte
de su cabello, tapando su ojo izquierdo y se le veía bastante delgado.
—Señor
papá Claus, ¿Por qué se tapa la mitad de su cara?
Ese
hombre, pareció ponerse nervioso ante aquella pregunta ya que titubeó sin darle
una respuesta y, el chiquillo, insistió en ver su rostro bajo su cabello y,
cuando lo consiguió, pareció coger tal susto, que se levantó para correr hacia
su madre.
—¡Mamá!
¡Papá Claus parece un monstruo! ¡Tiene algo raro y me da miedo!
Su
madre, tuvo que abrazarle fuerte al verlo tan asustado y trató de calmarle.
—Venga
mi niño, vámonos ya, te compraré un dulce para que lo olvides.
Aquel
hombre disfrazado de anciano, parecía sentirse sumamente decaído, como si
sintiera en él algún tipo de trauma, tapando esa parte de su rostro con su
mano, con la intención de marcharse de allí lo antes posible, dejando su
trabajo y con ello, la paga que pudieran darle, y, lo hubiera hecho, si no
fuera, porque Anyelik, se sentó de la nada en sus muslos.
Aquel
hombre pelirrojo, pudo ver sus ojos amatistas con su único ojo al descubierto,
de un verde intenso, como una joya preciosa y, nada más caer en esa bella
mirada, fue como si el mundo se hubiera detenido en esos momentos y, Aluna, al
reconocer a ese hombre, dejó caer la bolsa que cargaba de la impresión.
La
manita de Anyelik, se dirigió al rostro de aquel hombre, apartando su cabello,
descubriendo aquella cicatriz que atravesaba su ojo, por el cual, ya no podría
ver nada.
Aquella
princesa, se sintió sumamente triste por aquello, tocando con sus dedos esa
cicatriz.
El
rostro de aquel hombre, era muy apuesto, pero, se le notaba algo cansado, con
ojeras bastante marcadas, además de delgado y, rondaría los cuarenta años si
fuera un humano y, su piel, era de un tono moreno frío.
—¿Papi
Claus se siente triste?
No
te sientas mal por esa cicatriz, para mí, te ves lindo.
La
sonrisa de esa joven, le estaba dejando completamente descolocado, por supuesto
que la reconocía, esa mirada, tan similar a la de aquella reina.
—Qué...
¿Qué te gustaría por navidad?
Pudo
al fin preguntarle y, Anyelik, como si nada pasara, le respondió con su alegría
de costumbre.
—Quiero
muchos dulces, y comida rica juju, comer y más comer, y estar con quienes me
importan por siempre.
Aunque...
también me gustaría ver a Alejandro para darle mi regalo y, también que Carl
aprenda bien el idioma.
La
bella sonrisa de Anyelik y su dulce mirada, casi le hacen perder la cordura y,
tuvo que tomarla de su pequeña cintura para bajarla de sus muslos y, así,
levantarse y alejarse de ella, dejando a todos los niños allí, preguntándose,
qué le pasó a papá Claus.
Aluna,
ni siquiera lo dudó, yendo tras él para detenerle y, cuando ese hombre pudo
verle a la cara, dijo su nombre.
—Aluna,
¡no me mires!
—Zandro,
no, no tienes que esconderte de mí.
Le
pidió, pues no dejaba de ocultar su rostro tratando de que esa reina no le
viera más.
—Me
avergüenzo de verme así ante mi reina, incluso he envejecido y tú sigues bella
y joven.
Anyelik,
trataba de escuchar con curiosidad, con cuidado de no llamar demasiado la
atención, aunque su madre, le dijo algo a ese hombre en un tono más bajo por lo
que, no pudo entender qué fue.
—Al
fin pudiste salir del infierno, me siento tan sumamente culpable.
Mírate,
estás muy delgado, Zandro, ¿cómo estás viviendo ahora?
Zandro,
acabó por echarse al suelo tomando su vientre y, Aluna, se preocupó al percibir
que este, sentía algún tipo de dolor.
—No
es nada, es solo, que llevo muchísimas horas sin comer.
—¡Dios
mío! Anda, trata de ponerte en pie, vamos a algún restaurante.
—No
mi reina, no te preocupes.
—Zandro.
Terminó
diciendo su nombre más seria que nunca y, decidida, le hizo de mirarle a los
ojos.
—En
un pasado, hiciste eso por mí, por nosotros, caíste en esa condena, es lo menos
que puedo hacer.
Y
con una sonrisa amable, acarició su cabello.
—Anda,
ponte en pie y vayamos a comer algo.
Mientras
tanto, Mark, con satisfacción, miraba la gran cantidad de libros de aquella
librería, rebuscando entre ellos, alguno que le resultara especial.
Elizabeth,
le observaba en silencio y Lucas, seguía atento a todo.
Al
final, aquel príncipe, tomó un libro bastante grueso y, tras pagar por él, se
lo entregó a aquella joven.
—¿No
miras qué libro es?
Le
preguntó nada más salir de esa tienda.
Elizabeth,
entonces, sacó ese libro de la bolsa, un poco nerviosa, y demasiado emocionada.
—Cuentos
de las montañas ¿y esto?
—Si
no te gusta, lo puedo cambiar, es que, no sé qué tipo de libros te podrían
gustar.
—No,
este está bien.
Pero
Lucas, los acabó interrumpiendo, yendo a ella, con una actitud brusca que
parecía nacer siempre que Elizabeth estaba presente.
—¿No
te olvidas de algo?
—¿Y
de qué debería acordarme?
—¿Cómo?
La ropa que te presté, aún no me la has devuelto.
—Cierto,
lo olvidé por completo, te la devolveré lo antes que pueda.
Lucas
se alejó un poco, mostrando una actitud bastante seca.
—Déjalo,
ya no la necesito, cuenta como regalo navideño ¿No?
Ahí,
Elizabeth, pareció molestarse demasiado, frunciendo su ceño y con unas
increíbles ganas de darle un golpetón con la pesada bolsa.
—¡Oye!
¡¿Para qué querría yo un regalo de tu parte?!
—Cómo
veo que aceptaste el de Mark, supuse que eras fácil de complacer.
Y
ahí ya no se contuvo más, dándole un fuerte tirón de su cabello negro, lo que
le provocó un quejido.
—¡Eh,
te has pasado!
—Eso
es para que aprendas a no juzgarme sin saber ni una mísera parte de mí o de mi
vida.
Al
final Max intervino, cosa que ninguno esperó.
—Calma,
calma todos, anda, vayamos a beber un rato y pasarla en grande.
Y
con eso, logró convencerlos para que dejaran de discutir.
Muy
cerca, había un bar repleto de gente que pasaban una agradable mañana bebiendo
y charlando.
Los
cuatro, se fueron a una mesa del fondo y, en nada, los atendió un camarero.
Cada
uno se pidió su bebida y, ninguno esperó, que Elizabeth pediría un vodka rojo.
Lucas
esbozó una sonrisa con cierto desprecio, pero menudas las caras de todos, al
verla beberse todo su vaso de golpe, como si nada.
—¿Estás
bien?
Preguntó
Mark sorprendido por verla beber algo tan fuerte, sin tan siquiera poner una mala
cara.
—Lo
estoy, solo necesitaba llenar un poco mi alma.
Nadie
esperó, que Lucas llamaría al camarero que pasaba cerca, para pedirle un pisco.
—Yo
también tengo ganas de beber ¿Qué pasa?
Y,
al tener esa bebida en sus manos, igual, se la bebió de un trago tan
panchamente.
—¿Acaso
quieres competir?
Preguntó
Elizabeth levantando una de sus cejas.
—¿Eso
crees? ¡Jah! No podrás conmigo.
—Muy
bien, marchando una ronda de tequilas.
—Que
gane el mejor.
Max,
parecía emocionado, y hasta les animó a ello como un niño pequeño, mientras
que, Mark, les pedía que se controlaran porque no dejaban de beber y más beber,
vaso tras vaso, se miraban a los ojos retándose y tratando de intimidar al
otro, pero, al final, totalmente borrachos, acabaron empatados, tan idos, que
ni en pie podían tenerse.
—No
creas que, hip, que te has salido con la tuya hip, la próxima vez, ganaré.
Le
amenazaba Elizabeth con el dedo y, este, a duras penas, logró darle una
respuesta.
—El
que ganará, seré yo, jah, ya lo verás.
—Vamos
a tener que llevarlos a casa principete, yo me llevaré a Lucas porque así tan
borracho, no hay diversión.
Comentaba
Max, tratando de que este no cayera al suelo.
—Me
temo que sí aarg ¿Por qué tuvieron que beber tanto?
Y
por unos momentos, se quedó mirando la carita de Elizabeth, que, estaba apoyada
en su hombro, como si se fuera a dormir.
Max
ya se había marchado con Lucas tras pagar la mitad de la cuenta y Mark, trató
de que ella se espabilara un poco para así, lograr subirla a su espalda y tras
pagar el resto, logró al fin salir de allí, cargando a esa joven que, por
suerte, no era nada pesada.
—Elizabeth,
dime donde vives, necesitas descansar un poco.
Le
preguntaba, sintiendo, que aún borracha, no se lo diría, pero, se equivocó, y,
en nada, le dijo el nombre de aquella calle
Sentirla
tras él, rodeándole con sus brazos, amarrándose a duras penas por su estado,
parecía sentir tanta calidez.
—Aaaaah
Mark, tu espalda está dura hip, no es un buen colchón.
Y
este pudo esbozar una sonrisa.
Al
ratito, se dio cuenta que ya se había quedado dormida, no quería despertarla,
así que, utilizó la función de mapa de su teléfono, para así poder llegar a esa
calle sin tener que despertarla y, al llegar frente a esa mansión, se quedó un
tanto de piedra ya que, se veía que era un lugar muy lujoso y, después de haber
caminado por más de media hora, pensó que no era la calle correcta, así que,
tuvo que sacarla de sus sueños.
—Elizabeth
¿Es aquí donde vives?
Y
algo desorientada, se bajó de su espalda, sacando de su bolsillo las llaves
que, en efecto, eran de aquella mansión.
Mark,
estaba sin palabras, pero más sin palabras se quedó, cuando, ella, antes de
cruzar esa puerta y marcharse, le agarró del cuello de su abrigo, para
acercarle y, así, poniéndose de puntillas, logró darle un beso en la boca
—Hasta
otra muchachote, hip.
Tras
eso, cerró en sus narices, dejándole algo atontado, sin entender absolutamente
nada, pero, igualmente, ya era hora de regresar al palacio, no sin antes,
echarle otra ojeada al lugar.
Una
mansión de tres pisos, en una buena calle de clase alta.
Toda
llena de mansiones, no demasiado grandes, pero sí lujosas, con bellos jardines
algunas, otras, tras un muro, se dejaban ver apenas.
¿Por
qué ella vivía allí teniendo ese trabajo.
Y
en ese restaurante, Zandro comía y comía con muchas ansias mientras que,
Anyelik y los demás, le observaban con curiosidad, sentados en la misma mesa.
Aluna
le miraba con tristeza y, aquella princesa, se preguntaba quien era él.
—Zandro,
¿tienes un buen lugar donde alojarte?
Y
este, soltó el tenedor tras haber acabado el último plato.
—Estoy
en un cuarto de alquiler.
Desde
que se acabó mi condena, no he tenido a donde regresar.
Aluna
tomó sus manos con mucha confianza, ese hombre llamado Zandro, no pudo ni alzar
su mirada.
—Vente
a palacio, siempre fuiste buen cocinero y muy poderoso también, puedes trabajar
allí tanto en la cocina, como de guardia.
—No,
no hace falta.
Respondió
con su gruesa voz.
—Pero
Zandro, nadie en palacio sabe del pasado, después de todo, vivías en el reino
de la luna, ni siquiera Han sabe nuestra historia.
Zandro
al fin alzó sus ojos.
—Al
final, todo acabó así ¿Y, él?
—Eso
no importa ahora.
Respondió
esa reina, desviando su mirada, como dolida por algún recuerdo, pero, enseguida
volvió a sus ojos, o, más bien, ese ojo que dejaba ver.
—Ven
por favor.
Pero,
ese hombre, aún vestido de Papá Claus, se puso en pie con la intención de
marcharse de una vez.
—Ya
me marcho, creo que buscaré otro trabajo mejor.
Ah,
mira que siempre me agradaron los niños, pero, simplemente, les doy miedo.
Aluna
quiso detenerle, pero unos gritos que provenían de afuera, hicieron que todos
se pusieran en pie bastante preocupados.
Al
mirar por las ventanas, pudieron ver unos cuantos reon en la calle, tomando a
la gente, obtenían toda su energía, como si la absorbieran por su piel, con el
simple hecho de que alguien se acercara, enseguida los dejaban en el suelo
completamente debilitados.
Era
como si, estando entre la multitud, la energía de todos fuera más fácil de
tomar.
Carl,
nada más ver aquello, se llenó de esos horribles recuerdos, su tribu, aquella
horrible masacre y, envuelto en llamas, se lanzó a luchar contra esas criaturas
casi perdiendo el control de su mente, deseando acabar con todos esos reon por
encima de todas las cosas.
—¡Anyelik,
no salgas de aquí! ¡Nosotros vamos a luchar!
Le
dijo Gabriel sacando su espada.
Aluna,
fue a luchar también, pero los guardias se lo impidieron.
—Mi
reina, debemos protegerla.
—Tonterías,
para eso precisamente soy la reina, para luchar y defender a los demás y a mi pueblo.
Y
Zandro, en vez de marcharse, se puso junto a ella, sacándose el gorro de
navidad, y la barba.
—Entonces,
lucharé junto a ti, sigues siendo mi reina y yo, tu fiel caballero.
Así
fue, que esos cuatro ángeles, al fin se lanzaron a luchar.
Carl,
con su espada de fuego, igual que un guerrero, esa gran espada, parecía pesada,
pero, sin problemas, la sostenía en sus manos.
Gabriel,
con esa otra espada luminosa, más fina y algo más alargada, tan elegante y,
Aluna, tenía una especie de lanza angelical muy bella, con gemas lilas
decorándola, esta era blanca y plateada, con una hoja tan afilada, que
desgarraba a esas criaturas del mal.
Y
por último, ese hombre de larga melena rojiza, parecía de alguna manera engañar
a los enemigos con ilusiones, o quien sabe y, sacando su arma mágica, que
parecía algún tipo de pistola de percusión antigua, dorada, y con una madera de
un tono vibrante, muy elegante, como de alguna época steampunk que, lanzaba,
balas de plata con las cuales, reventaba las cabezas de los reon.
Han,
corría hacia el lugar lo más rápido que podía, al estar cerca de esas calles,
había escuchado el escándalo y se acabó encontrando aquella escena. Los cuatro
ángeles luchando y acabando con esas criaturas y sin dudar ni un poco, se unió
a ellos con su gran poder, dejando ver su gran espada dorada, decorada con tres
gemas blancas, acabando con su ayuda, con todo el mal de una vez.
Toda
la gente salió de sus escondites para regalarles un montón de aplausos a sus
salvadores y, después, entre todos, trataron de atender a los que fueron
atacados, por suerte, nadie perdió la vida, pero, más de treinta ciudadanos,
habían quedado sin energías y, unas ambulancias, llegaron en nada para
llevarlos al hospital más cercano.
Eran
de los pocos vehículos a motor que había en ese mundo, estas ambulancias, eran
muy elegantes, con un símbolo azulado a un lado y el resto, dorado, además,
tenía un diseño curioso al tener un par de ruedas delanteras más grandes que
las seis de atrás.
Han,
se acercó a Zandro, que terminó por sacarse ese traje rojo muerto del calor por
haber estado peleando.
Quería
quitarse todo el sudor de su rostro con esa tela, debajo, llevaba ropas muy
viejas, aunque estaban limpias.
—Me
he quedado sin palabras al ver tu maestría en el combate ¿Puedo saber tu
nombre?
—Mi
nombre es Zandro, se escribe con zeta mi rey.
Le
aclaró amablemente, pues su nombre se pronunciaba como Sandro, por lo que
muchos no sabían que usaba una zeta en vez de ese.
—¿Zandro?
No te conozco, pero me gustaría pedirte que fueras nuestro caballero.
Por
unos momentos, Zandro se quedó en silencio, no estaba para nada seguro, en
verdad, hubiera sido capaz de negarse, pero, aquella princesa, corrió a él,
agarrándose a su brazo.
—Gracias,
muchas gracias por haber ayudado hoy a todos.
Me
gustaría, que te quedaras.
Todos,
parecían tan seguros luchando a tu lado.
Y
de nuevo, tuvo que quedarse atrapado en los ojos de aquella joven que, le
miraba con tanta ternura, recordando, rato atrás, que ella, era la única que no
le había mirado con malos ojos a causa de esa cicatriz.
La
mayoría pensaban que era un bandido, o mala gente que se metía en peleas, pocos
se paraban a preguntar qué le sucedió.
—Está
bien, trabajaré para el reino.
Terminó
diciendo.
Gabriel,
pudo escuchar cómo Aluna soltaba un "bien" en un tono muy bajito y,
Carl, esta vez, había podido controlarse en la batalla y ahora estaba muy
tranquilo.
Así
pues, todos decidieron regresar a palacio, no sin antes, llamar a Mark para ver
i estaba bien.
En
el mundo de Anoriath, había una tecnología superior, pero, los móviles, se
usaban más para llamadas, fotos, ver alguna cosilla en internet y cosas así, no
eran muy diferentes de los móviles humanos, aunque eran algo más delgados, como
si su carcasa fuera de un cristal medio lila medio azulado, casi irrompible y
se podía ver su mecanismo.
La
televisión no existía, aunque sí el internet, por eso había ordenadores, con
diseños similares a los móviles, así, de ese cristal hermoso, que,
curiosamente, eran muy livianos.
Las
noticias siempre se mostraban o en periódicos, o por el mismo internet, había
un buen balance entre los medios digitales y los que estaban impresos, por
ejemplo, los libros solo se producían así, no era común ver un libro digital
tipo eBook.
Ya
en el palacio, Han, acompañó a Zandro hasta una habitación que estaba algo
descuidada, aunque se sentía acogedora y hasta tenía su propio baño.
Anyelik,
iba por detrás todo el tiempo, cargaba mucha emoción al ver que ese hombre se
quedaría allí, ya estaba pensando en que sería un nuevo amigo.
Se
preguntaba qué relación tenía con su madre, ya que, parecía tratarla con mucho
respeto, pero, también, se sentía como una amistad ya que no le hablaba de
usted aún siendo su reina.
—Disculpa
el estado de la habitación, tenemos algunas más libres, pero están iguales o
peores que esta al estar siempre cerradas.
Zandro
la miró de arriba abajo y soltó su pequeña maleta sobre la cama polvorienta,
tuvieron que pasar por el cuarto de alquiler antes de ir a palacio, para que
pudiera decirle al casero que ya no se quedaría y así, recogió todas sus cosas,
que la gran mayoría, eran prendas muy viejas y estropeadas y unos pocos libros
ya con sus páginas amarillentas.
—Me
gusta, además tiene baño, y muchos libros.
No
se preocupe más, me basta con tener un techo y trabajo.
—Perfecto,
llamaré a las señoras de la limpieza para que limpien un poco, también les
pediré que te den ropa nueva, esa que llevas se ve toda rota y vieja.
—Gracias,
de verdad, creo que me daré un baño lo antes posible.
—Entonces,
hazlo en el baño que hay en esta misma planta hasta que limpien el de tu
cuarto, ven, te acompañaré.
Anyelik
se sentía feliz cuando veía a su padre ser así de atento con otros, detrás de
su frialdad, en el fondo valoraba a las personas, aunque no fueran de la
familia.
Aunque
a veces sí era demasiado frío con algunos guardias si no cumplían bien su
trabajo.
Hacía
unos veintiséis años que se había convertido en el rey del primer cielo, el
anterior rey, pasó a ser el líder del consejo de los ángeles, pues, ya estaba
muy mayor y, su único hijo, se fue hacía mucho sin que nadie supiera ni donde
ni nada más y, su madre, ya estaba muy mayor también como para tener otro hijo.
Han,
desde bien pequeño, había sido educado para ocupar ese lugar.
En
el reino del sol y en el reino la luna, unos reinos muy cercanos que estaban en
lo alto, no existía la monarquía, solo ángeles que poseían el poder del sol o
de la luna.
De
esos dos reinos, siempre salían los reyes del primer cielo al ser la raza de
ángeles con mayor poder, los habitantes de esos reinos, solían tener orejas
alargadas, aunque no todos.
Anyelik,
se preguntaba cómo fue la infancia de su padre, si siempre fue tan frío.
Mientras
tanto, Zandro, ya se encontraba dándose una buena ducha y, Anyelik, le esperaba
en la entrada de los baños con muchas ganas de saber mucho más de él, así,
hasta que una sirvienta llegó con la ropa limpia para este.
—Déjame
entregárselo yo juju.
Dijo
ella con ilusión, tomando ese traje, que era del típico estilo victoriano que
todos usaban allí.
—Está
bien princesa, cómo desee.
Y,
Anyelik, se metió en los baños masculino, con lo que Zandro, al salir de la
ducha, se la encontró allí, esperándole, menos mal que llevaba la toalla puesta
alrededor de las caderas.
—Princesa
¿qué hace aquí?
—Háblame
de tú jeje, ahora, seamos amigos.
Toma,
te dejo tu ropa aquí.
Por
unos momentos, ella se quedó mirando su figura mientras que él se sentaba en
los bancos que había sin darle ninguna respuesta.
Tenía
un cuerpo bastante delgado, seguramente de no alimentarse bien, aunque eso sí,
se apreciaba musculatura.
De
todos los chicos, era el más alto, debía medir, más de un metro noventa y dos.
Y,
al momento de apartar su largo cabello rojo intenso, fue ahí, que Anyelik
descubrió aquellas dos cicatrices en su espalda, en el lugar, en donde estarían
sus alas.
Cuando
a un ángel se las cortaban o arrancaban, quedaban cicatrices, a pesar de que
salían como del alma pues, después de todo, se volvían tangibles, y eso que
atravesaban la ropa, todo era difícil de comprender.
Anyelik,
no pudo contenerse, posando sus manitas en su espalda, preguntando aquello.
—Ya...
¿No tienes alas?
—No
las tengo.
Respondió
con esa profunda y gruesa voz, de todos los chicos, era el segundo con la voz
más profunda, detrás de Alejandro.
—¿Qué
te paso?
—Las
cortaron antes de lanzarme al infierno.
—¿Al
infierno? ¿Por qué?
Pero
aquel ángel, se puso en pie, un tanto intimidante, pero, enseguida, tomó calma.
—Princesa,
este no es el lugar en donde debería estar, así que, sal de aquí, debo vestirme
ahora.
—Discúlpame,
enseguida me marcho.
Rápido,
salió de los baños y, Zandro, se quedó envuelto en recuerdos.
Ese
pasado, cuando era joven, el fiel mayordomo y guardián de la actual reina, un
gran amigo para ella.
Pero,
los recuerdos de esa espada sacada del fuego, arrancando sus alas y, después,
dirigiéndose a uno de sus ojos, todos esos recuerdos, le llenaron más y más.
Se
quedó por más de una hora medio desnudo, con todo eso en su mente, una y otra
vez, esos pesados años en el infierno, en él, el tiempo pasaba diferente si
caías en la zona de los condenados.
Pasaban
muchos más años de los que habían transcurrido afuera, por eso, Zandro había
envejecido más que su reina, que, seguía joven, como recién salida de su
adolescencia, y él, un cuarentón que hasta tenía algunas arruguitas.
Al
final, logró vestirse, la ropa era de su talla y bastante elegante, se dirigió
a su nueva habitación que ya había sido limpiada y, rebuscó en las viejas
estanterías, había muchos libros y se sintió en paz.
«Extrañaba
tanto leer libros nuevos, estar entre los libros»
Pero
en nada se abrió la puerta, allí estaba esa princesa.
—Princesa...
¿Qué hace aquí?
Pensé
que estaría asustada al tratar con alguien salido del infierno.
Pero,
ella, extendió su bracito con su característica sonrisa y, con su pequeña mano,
apartó su cabello.
—¿Cómo
podría tener miedo de alguien como tú?
Y
regresó a sonreírle.
—Luchaste
por ayudar a todos hoy, obvio que tu alma es linda y luminosa.
Además,
te dije que me trates de tú, no me gusta que me hablen con tanta cortesía.
Y
después, rebuscó en el bolsillo de su vestido y, de allí, sacó un parche azul
oscuro, con lunares de un azul más claro, este era muy bonito, y se notaba
hecho a mano.
—Perdón
si no es un regalo genial, no encontré una mejor tela por mi habitación jeje,
lo hice ahora para ti.
¿Me
dejas ponértelo?
Y
le hizo de sentarse en la cama, para poder llegar a su rostro.
—Auu,
qué lindo, te ves tan misterioso con ese parche, ahora, ya no tienes porqué
taparte con el cabello.
¿Puedo
llamarte Papi?
—¿Papi?
Anyelik
se echó una pequeña risa.
—Jeje,
no te creas que lo digo por tu disfraz de antes, es que, en verdad, das la
vibra de ser alguien muy protector, como un padre.
Zandro
se puso en pie para ir a espejo que había junto al armario, quería verse
reflejado con ese parche en el ojo, sintiendo, que quería llenarse de lágrimas,
terminando por abrazar a la pequeña Anyelik que se había puesto a su lado.
—Gracias,
muchas gracias, eres una niña muy dulce, me alegra tanto saber que mi reina
tuvo a una hija tan buena cómo tú.
—Papi
Zandro, no llores más, vamos, tienes que sonreír para esta noche, cenarás con
nosotros ¿Verdad?
Le
he dicho a papá que si podías y él respondió que es una buena idea.
—Lo
haré.
—Genial
jeje, pues, ya me marcho, nos veremos esta noche.
Y
al fin regresó a su cuarto, con toda la emoción en su corazón.
Zandro,
siguió viéndose en el espejo, con el recuerdo de la sonrisa de esa princesa
clavado en su mente.
Y,
en ese tenebroso mundo, un montón de alas plagadas de ojos, ocultaban la figura
de ese ser oscuro.
—Ah,
hoy pude tomar algo de energía, pero, necesito más, debo recuperar toda mi
fuerza para salir de esta dimensión y tomar el control de Anoriath.
El
cielo estaba oscuro, y, la nieve, comenzaba a caer, Anyelik, la observaba desde
su balcón, volviendo a su melancolía.
—Alejandro
¿volverás a mí?
Y
suspiró.
«Ya
falta poco para la cena de navidad, debería arreglarme»
Dentro
de esa bañera, sus lágrimas no cesaban de caer, acariciaba su cuello, ese lugar
en donde clavó sus colmillos la otra vez.
Ahí
seguían las marcas, todos esos días, las había ocultado con una cinta blanca
hasta que pudieran cicatrizar, pero, lo cierto era, que quería ser mordida por
Alejandro una y otra vez.
Al
salir, envolvió su delicado cuerpo en una toalla y secó su largo cabello,
estuvo como media hora por la longitud de éste y por ser abundante.
Ese
vampiro dominaba sus pensamientos, le imaginaba llegando a la cena, lo
maravilloso que sería aquello.
«Ya
está mi cabello»
«¿Qué
debería ponerme hoy?»
Y
salió del baño, encontrándose al mismísimo Alejandro allí, en mitad de su
habitación, que nada más verla, tuvo que ir a sus labios.
Ambos,
besándose sin control.
—Mi
princesa, no sabes las ganas que tenía de regresar a tus labios.
—Alejandro...
Pero
no dijo nada más, deslizándose a su cuello, dándole un ligero mordisco, aunque,
esta vez, bebiendo muy poco de su sangre.
—Ya,
ya está, no quiero dejarte débil, recuerda que hoy es una noche especial.
—Alejandro,
no te vayas.
Le
imploró delicadamente, con su manita en su cuello.
Alejandro,
sacó un pañuelo de su bolsillo para limpiar su herida.
—Anyelik,
tarde o temprano regresaré, solo quiero que todo se calme, no quiero que mi
padre ande rondando todavía cerca del reino, si me ve, seguro me manda de
regreso y no me da la gana.
—¿Por
qué? ¿Es también severo como el mío?
—Bueno,
más o menos, eso no importa ahora, toma.
Y
de la nada, sacó de su otro bolsillo, una especie de liga o collar de color
rojo, era demasiado bonito y hasta elegante.
—Si
voy a regresar continuamente para comerte, tendrás que ocultar la marca de mis
colmillos.
Sé
que es un regalo algo simple, pero, no soy bueno con estas cosas.
Y
esperando que ella se decepcionara, no fue así, su rostro, reflejaba tanta
felicidad.
—A
mí, me has hecho feliz esta noche, no solo por tu regalo, también porque al fin
pude verte.
—Anyelik...
—Espera
un momento.
Le
pidió ella antes de que se marchara sin aviso y fue a por el dibujo que le
había hecho.
Estaba
dentro de una funda para que no se estropeara.
Alejandro
se quedó viéndolo, algo serio, pero también feliz, en ese dibujo, ambos estaban
abrazados, rodeados de corazones.
—Típico
dibujo de una chiquilla enamorada adolescente.
—¿Qué?
Alejandro,
entonces, alborotó su cabello.
—Pero
no sabes cómo me gusta, de verdad.
Y
Sacando su teléfono, puso una canción de música electrónica, con un piano como
melodía.
—Quiero
bailar contigo, muy pegado a ti, sentir la calidez de tu cuerpo tan luminoso.
Esa
música que les acompañaba, ella pudo reconocerla, estaba segura de que él la
compuso y, con sus delgados brazos, le rodeó mientras que bailaban muy pegados,
hasta que, la toalla se desprendió de su cuerpo y Alejandro tuvo que alejarse
de ella de una vez.
—¡A-Alejandro!
Dijo
su nombre tapándose a duras penas.
—Si
no me marcho ahora, podría volverme un chico malo.
Y
por ese balcón, escapó volando entre los copos de nieve y, aún con el frío,
ella salió desnuda para verle alejarse, deseando ir tras él, aunque sabía que
los guardias se lo impedirían, aunque, Alejandro, al poder salir y entrar del
reino, no tenía problemas para ello.
Al
final, cuando su figura se perdió en la distancia, regresó a su cuarto para
poder vestirse, no sin antes, cortar la sangre, colocando ese adorno para el
cuello, el cual, tenía un lacito en un lado, algo fino, y largo.
Decidió,
que esta vez, usaría un bello vestido blanco, con brillos plateados, este
llegaba hasta los pies y los tapaba, y, en su cabello, colocó unos bellos
adornos blancos también, como emulando plantas mágicas.
En
el gran salón, ya se encontraban todos esperándola, sus abuelos por ambas
partes a los que pocas veces había visto, también estaban los padres de Gabriel
y Carl y Zandro también cenarían con ellos.
A
pesar de que la mesa estaba repleta de deliciosa comida, la cena parecía
realmente aburrida para Anyelik, aunque, todos estaban en calma, hablando de
temas referidos al reino, a veces, de esos ataques, a esa princesa, no le
gustaban nada esas conversaciones para un día tan especial, además, Carl y
Zandro, se veían especialmente serios.
No
sabía, si era, por no sentirse en confianza con tantos desconocidos, o, por
feos recuerdos que llenaran sus mentes.
Tuvo
que levantarse, dejando a medias la cena, poniéndose frente a todos, junto a la
gran ventana que había.
—Victoria,
¿qué haces?
Preguntó
su padre.
—Bueno,
quería cantaros a todos una canción ya que es navidad, creo que lo mejor en
estas fiestas, es hablar de cosas alegres y divertirse, por favor, dejadme
cantar una canción.
Han,
quiso negarse, pero la abuela materna de Anyelik, intervino.
Esta
era albina, muy parecida a su madre, aunque con un aspecto más maduro, como de
unos treinta años humanos.
—Creo
que es una buena idea, ya faltaba un poco de música para disfrutar de esta
cena.
(Hasta
el minuto 1:47 es la canción que Anyelik está cantado)
Y
con esa canción, al principio se extrañaron un poco por su manera de cantar, no
era como se solía hacer en ese mundo, pero, no parecieron molestarse.
Al
terminar, todos aplaudieron, los chicos se habían quedado relajados con su voz,
incluso Zandro, que cerró sus ojos, bueno, el único que dejaba ver.
—Qué
bueno que os gustó mi canción, ahora vamos a tratar de hablar de cosas más
animadas juju.
La
positividad de aquella princesa, estaba contagiando a todos allí, y, mientras
traían más y más comida deliciosa, se emocionaba cogiendo de esto y lo otro, su
padre tenía que calmarla a veces por lo glotona que era y, Gabriel, reía al
verla inflar sus mofletes.
Los
padres de aquel príncipe, podían ver la sonrisa de su hijo que se sentía tan
pura y, al momento del postre, nadie imaginaría, que Anyelik, pudiera comer
tantos dulces.
—Ah,
los dulces son creados por una divinidad, eso seguro.
Gabriel
reía y más reía, no podía parar con los comentarios de Anyelik alabando los
dulces.
—Uff,
qué llena estoy, creo que en estos momentos, lo mejor para bajar la panzota es
echar un buen baile.
Terminó
diciendo ella, poniéndose de nuevo en pie, sacando su móvil para poner esa
canción de tambores que Carl tocó hacía unos días y, las caras de todos allí al
ver su baile, eran dignas de ser retratadas, la pobre, trataba de imitar los
pasos de baile que Carl hacía en las tardes, pero le salían de una manera un
tanto chistosa y Han estaba demasiado avergonzado, ya no sabía, si pedirle que
dejara de hacer eso, o, esconderse bajo la mesa.
Fue
Gabriel, el que se puso en pie para, que, tras acabar la grabación, poner con
su teléfono música de la que a él le gustaba, así, estilo trance, cosa que
también nadie esperó.
Tomando
a su prometida por la cintura y sosteniendo una de sus manos con la suya.
Bailando
tan pegados, mirándose a los ojos.
De
nuevo, las mejillas de Anyelik se encendieron, pudo recordar, el baile con
Alejandro, lo mucho que le gustó, pero, este baile con Gabriel, también le
estaba gustando demasiado, ya no podría elegir cual era su favorito.
Y
cuando se acercó a su oído, casi se derrite en sus brazos.
—No
sabes la felicidad que me has dado esta noche, quiero que mi prometida esté así
de feliz siempre.
Esa
noche, sin duda fue tan mágica, y, después, llegó el momento de dar los regalos.
Carl,
le había hecho una pulsera tobillera con conchitas de mar, Gabriel, una caja de
colores de la mejor marca y, Anyelik, les entregó un dibujo a cada uno en
donde ellos estaban dibujados junto a ella, muy felices y sonrientes.
Su
padre le regaló ropa, pues sabía que ella amaba vestir siempre linda, su madre,
para estas ocasiones, le regalaba carpetitas bonitas y cosas por el estilo,
para guardar sus dibujos, o para decorarlos.
Sin
duda, fue una bonita noche de navidad, en donde, a pesar de los problemas,
todos pudieron sonreír y disfrutar.
Continuará...
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