lunes, 5 de septiembre de 2022

Mi sobredosis de azúcar 6 una feliz navidad

 En aquella habitación que parecía haberse inundado de pasión, Elizabeth, rodeaba a aquel príncipe que besaba su boca, aún, sintiendo esas dudas, ni tan siquiera se había quitado la ropa y tuvo que detenerse para al fin hacerlo, dándose media vuelta, nervioso, muy nervioso, tanto, que al ir a sacarse los pantalones, a punto estuvo de caerse y, Elizabeth, no pudo evitar reírse, pidiéndole que se detuviera.

—¿Qué sucede?

—Ains, realmente no te veo preparado para esto, ¿eres virgen verdad?

Mark se puso colorado, apartando su rostro para que ella no le viera.

—Me sigues pareciendo adorable, pero, no estás listo muchachote.

—No, quiero hacerlo.

Replicó, al fin mirándola a los ojos, pero, ella, le hizo de callar con uno de sus deditos sobre sus labios.

—Quiero que lo hagamos cuando de verdad sientas que es el momento, no te precipites.

Y le echó una mirada a su ropa interior.

—Además que, parece que no tienes nada que envidiarle a los tipos con los que me acuesto cada día.

Mark, acabó por taparse demasiado avergonzado y, después, ella, se puso su lencería para sentarse a su lado.

—Ya que has pagado, hablemos un ratito, me gustaría saber más cosas de esas que has estudiado.

—Tu familia... ¿Dónde está?

Acabó preguntando él, y, el rostro de Elizabeth, se tornó algo melancólico.

Pensó, que no le respondería, pero, en nada, ella posó una de sus manos sobre la suya.

—Mis padres, ya no están aquí, la casa de veraneo que teníamos, ardió una noche y, ellos no pudieron salir con vida.

En aquel momento, aquella joven, jamás esperaría ese pequeño abrazo que Mark le regaló.

—Oye, para ser el futuro rey, eres bastante blando.

—Disculpa, es que, no lo pude evitar, debiste pasarlo horrible.

—Bueno, sí, yo... solo tenía, dieciséis años, pero en fin, es una carga que llevo a la que me acostumbré.

Y Elizabeth, regresó a sus labios para darle otro beso.

—Elizabeth...

—Voy a tener que enseñarte muchas cosas, anda, vístete.

Mark obedeció y, después, se sentó junto a ella, apoyados en la cabecera de la cama y ahí, tomó el valor para hacerle aquella pregunta.

—¿Sabes qué es el amor?

—¿El amor?

Ella le miró un tanto extrañada, pero le dio esa respuesta.

—Hay, diferentes tipos de amor y, yo, solo he conocido uno.

Mark se puso un tanto nervioso y no se guardó aquella pregunta con curiosidad.

—Él... ¿No te correspondió?

Elizabeth se echó una pequeña risilla.

—Nunca me he enamorado de ningún hombre, hablo del amor hacia mis padres.

—Entiendo, disculpa.

—No pasa nada, y tú, ¿conoces al amor?

Aquel príncipe, se quedó mirando el techo por unos momentos.

—Supongo que por mis padres y hermana, aunque, me pregunto si ellos saben de ese amor, ese que quiero conocer, ese del que mi hermana habla tanto.

Y ahí, se tumbó de lado, para poder mirar a esa ángel hermosa.

—Me gustaría conocerte fuera de este lugar.

Elizabeth, al fin sonrió de una manera cálida.

—La semana que viene, me dan unos días libres por la navidad, iré a ver el discurso del rey ese veinticinco. ¿Tu estarás?

—Sí, esta vez, yo tendré que dar un pequeño discurso también, ya sabes, mi padre quiere que me vaya preparando para el futuro.

—Pues ahí te veré muchachote.

Terminó diciendo con ciertos ánimos y al final, fueron dos horas las que se pasaron hablando, así, hasta que Mark se quedó dormido y, Elizabeth, no dejaba de verle, aunque ya era un hombre adulto, tenía esa inocencia y parecía un pequeño adorable.

Recordó los besos que se dieron antes y pudo volver a sonreír, él aún era torpe para besar.

Y pasaron unos pocos días, de haber hecho un frío soportable, ahora, en menos de una semana, ese frío, se había hecho aún más intenso.

Mark, no regresó al local con la intención de ver a Elizabeth ese día veinticinco y, Anyelik, sentía tanto la ausencia de Alejandro.

Podía sentirse feliz cuando estaba con Carl y Gabriel, pero, extrañamente, sin Alejandro, aún había algo que faltaba en ella.

En las mañanas, siempre estaba sin energía y no sabía por qué, aunque, tras desayunar los dulces que Carl le llevaba a la cama, ya lograba recuperarse.

Este, seguía aprendiendo y más aprendiendo en las clases de las tardes, además, le hacía bailes tras acabar para darle ánimos.

Cuando estaba con Carl, sentía mucha alegría, era como estar con un pequeño al que quería cuidar, y, eso, que él tenía la misma edad que Gabriel según les había dicho y, este último, aún siendo un hombre adulto como Carl, las ganas que Anyelik tenía de cuidarle, también estaban ahí.

A pesar de amar a Alejandro, el pensar que tendría que casarse con Gabriel, no le molestaba en lo absoluto, se preguntaba, si es que también estaba enamorada de él, y, hasta de Carl, pero, ese era su gran secreto, sería muy raro para todos allí, el que supieran que tenía sentimientos por más de un chico.

—Ser invisible, ¿tú crees que está mal esto?

Desde que comencé a sentirte, y, desde que conocí a Alejandro, no me había pasado esto, ¿soy un bicho raro?

Y ocultó su carita tras sus brazos, apoyándose en sus piernas.

—Nunca me he enamorado de nadie, ni de sirvientes guapos, ni de ningún chico lindo que haya visto por ahí.

¿Por qué de estos chicos sí?

Y esas lagrimitas, resbalaron al fin por su rostro.

—Siento mucha necesidad de Alejandro, ya está aquí la navidad y, no está a mi lado.

Le hice un dibujo, pero, no sé si le gustará.

Aquel calorcito la envolvió, Anyelik, sabía que el ser invisible no quería verla triste y destapó su carita, secando sus lágrimas con la manga del jersey.

—Ser invisible, no te hice ningún dibujo porque no sé cómo eres, pero, también quiero hacerte un regalo.

Entonces, llevó su dedito a su boquita.

—Puedes darme un beso jeje, no sé si te gustará como regalo, pero, es que no se me ocurre otra cosa ajaja.

Sus labios, esbozaron un beso, esperando que él sí la besara y, un calor aún más intenso la envolvió de nuevo y, en sus labios, lo pudo sentir más todavía, escuchando, a alguien decir su nombre.

—Anyelik...

Con esa voz que sonaba como en reverberación, algo profunda, bonita.

Se quedó con esa sorpresa en el cuerpo y, una pequeña alegría al saber que, todo era muy real y sí había alguien con ella, pero, justo en ese momento, llamaron a la puerta y, después, su madre entró.

—Mamá ¿qué sucede?

Ella, se acercó con esa actitud calmada característica, sentándose en la cama, a su lado.

—Convencí a tu padre para que salgamos a hacer unas compras navideñas.

—¿De verdad le has convencido?

—Sí, aunque iremos acompañadas de guardias.

Hija...

Y Aluna tomó una de las manitas de Anyelik.

—No puedes seguir así de triste todo el tiempo, hasta el bruto de tu padre se ha dado cuenta.

Anyelik apartó la mirada.

—Papá es tonto, desde lo del templo, no me ha hablado, qué más dará lo que hice si nadie sabía que esa chica era yo.

Aquella reina, tuvo que darle un gran abrazo y Anyelik, se sintió algo mejor.

—Ya sabes cómo es él, tan frío, pero en el fondo, le preocupas y, como hoy debe dar la charla con tu hermano, no estará con nosotras y podremos comprar más tranquilas, además, Carl y Gabriel también nos van a acompañar.

Anyelik sonrió para al fin levantarse de la cama.

—Voy a ponerme ropa de abrigo mamá, en nada estoy.

Aluna sonrió también y después, se marchó de la habitación.

Ella, sabía que su tristeza no era tan solo por lo de aquel día, aquella reina, ya conocía los sentimientos de su hija por ese príncipe vampiro.

Al ratito, ya estaba lista, para hoy, se había puesto un bonito vestido blanco, con leotardos grises y un abrigo rojo, la gorrita de su cabello, era gris también.

Abajo, los chicos, ya la estaban esperando, Gabriel, iba muy guapo vestido, dejando un poco de lado el estilo victoriano, usando ropa algo elegante, pero más casual, con una gabardina grisácea, un jersey de cuello alto de color negro, como sus botas, y los vaqueros, eran azules y ajustados.

Carl, iba más sencillo, también con unos vaqueros, un jersey gris y un abrigo marrón menos largo.

Gabriel, nada más tenerla al lado, la tomó de la mano y ella, fue a sus ojos, la pobre, siempre tenía que alzar la mirada a esos chicos por su estatura.

—Qué bonita te ves hoy, me haces sonreír por verte tan animada.

—Gabriel.

Pero, Carl, la tomó de la otra mano.

—Carl tiene un regalo para ti.

—Entonces, me lo darás esta noche jeje, ya estoy deseando saber qué es.

—Es algo, para que Anyelik poder sentir feliz, quiero verte, con una sonrisa siempre.

Anyelik, podía sonreír tan puramente, Carl, cada vez hablaba mejor, y, a pesar de haber estado decaída, nunca había dejado de darle clases, incluso, con ayuda de Gabriel, le explicaron sobre aquella tradición del año llamada navidad.

En este mundo, justo el día veinticinco, era el último del año y se celebraba aquella fiesta para contar un año más en ese mundo.

Aún, no se sabía el origen real de aquella celebración, la gran mayoría decía, que era el comienzo del crudo invierno, por lo tanto, un año había pasado, otros, que algún rey ángel del pasado, decidió colocar ese día como especial.

Y aunque no se hubiera confirmado nada, los habitantes de ese mundo, lo celebraban todos por igual, salvo algunas tribus como la de Carl, y pueblos pequeños con otras tradiciones, que, aún sabiendo que se cambiaba a un nuevo año, lo celebraban de otras maneras, y no era llamado día de navidad.

—Oye, yo también tengo un regalo para ti.

—Yo, bueno, Gabriel, a todos, os hice algo jeje.

Expresó algo rojita.

—Pero, quisiera compraros cositas también.

Y con emoción en el cuerpo, recordó los dibujos que les hizo como regalo.

Un carruaje, les esperaba tras las verjas de la entrada y todos montaron en él.

Aquel carruaje, era algo más grande, de tonos azulados y blancos, tenía un asiento en la parte frontal donde se sentaba el cochero y, había más asientos tras él para los guardias y, detrás, se encontraba la zona de pasajeros, en donde iban los reyes, en este caso, Aluna, pues Han, ya se había marchado hacía casi una hora en otro carruaje junto a Mark.

Esta parte, siempre estaba cubierta y tenía espacio para ocho pasajeros.

Anyelik, estaba sentada junto a su madre y, enfrente, estaban los chicos.

Era de las pocas veces que salía de palacio, a diferencia de su hermano, que, al ser tan fuerte, le daban más libertad, más desde que cumplió los dieciocho años.

Parecía que el frío hoy, sería más intenso que los días pasados, el cielo estaba bastante grisáceo, aunque, eso no le quitaba los ánimos a aquella princesa que, no dejaba de asomarse por la ventanilla emocionada, Saber, que al fin saldría del palacio, era sin duda lo mejor.

Los deseos de abrir sus alas y volar por el frío cielo, la inundaban en todo momento.

Ver la ciudad tan llena de vida, gente comprando, luces adornando todas las calles, todos, esperando la cena que tendrían en sus hogares, reuniéndose así las familias aunque fuera, una vez al año y, Anyelik, enseguida se agarró a Carl sin que él se lo esperase.

No dejaba de pensar, que él, ahora, no tenía a nadie de su familia y deseaba hacerle sentir calidez.

—¿Pasa algo Anyelik?

—Ahora, yo seré tu mamá Carl, aunque soy algo pequeña para ello, pero, Anyelik te cuidará.

Y, al instante, se puso colorado, siendo descubierto por Gabriel que enseguida tuvo que intervenir.

—Oye, ¿cómo que su madre? ¿En qué momento lo tuvimos.

La pobre acabó también colorada, pero le dio aquella respuesta que le salió de dentro.

—Tú, tú también eres mi bebé ajaja.

—¿Cómo? Eso no será posible.

Le respondió agachándose un poco para acariciar su cabecita y así, verla a los ojos desde la misma altura.

—¿Cómo podría estar enamorado de mi mamá?

De estar roja, pasó a sentir sus orejas echar humo y tuvo que esconder su carita en el pecho de Carl.

Gabriel, comenzó a reírse y, Aluna, parecía tranquila viéndolos así.

—Venga anda, veamos ya las tiendas.

Dijo Anyelik tratando de calmarse, y, enseguida, volvió a su extrovertida forma de ser, tirando del brazo de ambos, viendo y más viendo tiendas de todo tipo.

En algunas de ellas, en la entrada, servían dulces para que probaran los que pasaran por allí por si se animaban a comprar.

Carl, se sentía mal porque no tenía dinero para comprarle ningún dulce a Anyelik, en cambio, Gabriel,sí, y aquella princesa, se hinchó a comer como nunca.

Aquel ángel, quería verla por siempre sonreír, era esa la razón, por la que se levantaba temprano para buscar al cocinero y, preparar juntos algún dulce para que ella tomara nada más despertar, la gran mayoría, siempre eran de chocolate y, ahora, en ese local, no dejaba de verla mientras se comía aquel coulant, con ese brillo de ojos tan maravilloso, la miraba como poseído y, Anyelik, se acabó dando cuenta, extendiendo su bracito para ofrecerle un pedazo.

—Carl, ¿quieres? Veo que te gusta mucho el chocolate.

—Yo, soy el ángel de chocolate para Anyelik.

—Carl, es el ángel de los dulces.

—Oye Anyelik.

Intervino Gabriel algo celoso.

—¿No era tu bebé también? Dame otro pedazo a mí.

Y ella así hizo, llevando su manita hasta la boca de Gabriel, pero, este, en vez de comerse esa pinchada, tomó el tenedor para besar su mano.

Con sus ojos, mirándola con decisión. Anyelik, no pudo más, bajando su carita para así ocultarla.

¿Cuántas veces se iba a sonrojar por esos chicos? Y, su madre, encima estaba presente y, Gabriel, no se cortaba ni lo más mínimo frente a ella que con una sonrisa, comía de su pastel viendo a los tres.

A veces, algunas personas se los quedaban mirando, más al estar acompañados por guardias, y, aunque Aluna llevaba una túnica con capucha, varios la podía reconocer, igual a Gabriel que no se había ocultado, igualmente, eran respetuosos y no se acercaban para sacarlos fotos ni nada.

Mientras tanto, el rey terminaba su discurso, había gran cantidad de gente en la gran plaza de la ciudad, esta era la más grande de Milenium, con locales a los alrededores, todos de comida, cafés, restaurantes, pastelerías, muchas luces de colores adornaban todo el lugar, además, los edificios que allí habían eran preciosos y algo antiguos, pues, esa plaza se encontraba en la parte más cercana a la moderna, pero, aún en el otro lado.

Mark, ahora se encontraba frente a aquel micrófono, subido como a un escenario, bastante nervioso ya que no acostumbraba a aparecer en público, siempre era su padre el que lo hacía.

Miró a todos fugazmente, buscándola entre tanta multitud, pudo ver a Lucas junto a Max, había quedado con ellos como cada año para esas fechas y, ya desesperado, sintiendo que no podría seguir callado por más tiempo, pues estaban esperando a que abriera la boca, fue, que allí la vio, mirándole entre la gente, con eso, tuvo el valor de al fin dar ese discurso, ese discurso que practicó por días, en el cual, les contaba, que como futuro rey, les cuidaría, y, también, expresó sus deseos para que todos tuvieran unas felices fiestas.

Cuando al fin acabó, sintiendo que de una vez tendría calma, todos aplaudieron y este, con cierta emoción, se despidió de ellos para ir con su padre, que, sin duda, le felicitó.

Bajaron de ese escenario acompañados de varios guardias, para quedarse junto al gran árbol de la plaza, un bello árbol de gran tamaño, con un tronco retorcido, lleno de ramas de las que colgaban frutos rojos y brillantes y, ahora, este, se encontraba todo decorado con luces de todos los colores.

—Bueno, regresemos a palacio.

Le dijo Han montando en el carruaje, pero, Mark, no lo hizo.

—¿Pasa algo?

—He quedado con Lucas para tomar algo, él ahora está esperándome.

Han se quedó callado por unos pequeños momentos, pero, pareció estar en calma.

—Está bien, puedes ir con él, supongo que no habrá ningún problema ya que eres fuerte y hoy parece que todo está tranquilo.

Mark, no esperó ver a su padre esbozar una pequeña expresión amable, hasta creyó verle sonreír, aunque ligeramente.

—Creo que antes de volver a palacio, haré algunas compras, nos vemos luego.

Y se despidió de su hijo, con lo que este, sintió que ya era libre.

Fue completamente emocionado a por Elizabeth, pero, Lucas y Max, llegaron antes a él.

—Ey principito, hoy parecías otro ahí subido.

Decía ese ángel con chulería, acomodándose su costosa chaqueta, pero, Mark, le apartó como si nada.

—Disculpadme, quiero ver a alguien por un momento.

Les dijo dejándolos atrás, yendo a ella, que le esperaba sentada en un banco, junto a una enorme fuente y, sin decir nada, algo nervioso, se sentó a su lado y ambos se miraron.

Aquel príncipe, se sintió un tanto atontando al ser la primera vez que veía su rostro sin ese cargado maquillaje que usaba en el local, además, de ir vestida de una maldita vez.

Su rostro tenía algunas pecas y parecía algo más juvenil así.

—Ya estás aquí muchachote.

—Pensé que no vendrías a verme.

Expresó tras tomar sus frías manos.

—Yo lo que prometo, lo cumplo.

Y ahí le mostró una sonrisa que le volvió a atontar.

—Parecías todo un hombre, un auténtico rey ahí arriba.

Tan diferente a ese chico inocente que viene a verme en las noches.

Mark, no sabía qué responder y Elizabeth, tras meter su mano en el bolsillo del abrigo blanco que llevaba, sacó un pequeño regalo envuelto en papel rojo.

—¿Qué es?

—Ábrelo, es para ti,  solo es un regalo de navidad.

Con ilusión, comenzó a desenvolver aquello, como un pequeño niño emocionado, hasta parecía ponerse nervioso al no querer romper ese papel y, cuando logró abrirlo, allí vio un coletero para el cabello, decorado con unas gemas negras muy bonitas.

—¿Y esto?

—Es para que te recojas tu melena, así no te tirarán del pelo tan fácilmente, además, no se te enredará tanto.

Mark, ni lo dudó, recogiendo todo su cabello allí mismo, pero, Elizabeth, notó que se había puesto un tanto serio.

—¿No te gustó?

—No es eso, es solo que, yo, no te compré nada y me siento mal.

Y se puso en pie, tomando de nuevo sus manos.

—Vamos, quiero comprarte algo, y ya sé el qué.

Elizabeth, no dejaba de verle con una emoción contenida, pero, fue ahí que Lucas les interrumpió, llevando una de sus manos al hombro de Mark.

—Junm ¿Al final seguiste viéndola?

—Sí.

—Ah, si es que eres de lo que no hay.

A lo que Max añadió.

—Jeje, sí es linda, aunque me gusta más cuando va en lencería, esta es de las que aún no me he comido.

Ninguno esperó la reacción de Mark, que le tomó del cuello de la camisa muy cabreado y, Lucas, tuvo que intervenir para separarle, más, porque alguien podría verle y, al ser el príncipe, se armaría una buena.

—Oye oye, tranquilo capitán.

Decía Max colocándose su camisa un tanto sorprendido.

—¡No vuelvas a hablar así de ella!

Le amenazaba ese príncipe con el dedo, pero, este, en vez de temerle, seguía con sus comentarios.

—Por ser tu favorita, no me la tiraré, así que, tranquilo.

—¡¿Sigues con esas?!

—Mark, tranquilo, si, ya me voy de todos modos.

Terminó diciendo Elizabeth, sintiéndose muy incómoda por los comentarios de Max, pero, Mark la detuvo.

—No te vayas, sí o sí, quiero comprarte algo, solo ignora a ese y disfrutemos de la mañana.

Parecía casi suplicarle que se quedara y, ella, con una pequeña sonrisa, quizás no muy segura, decidió quedarse al fin.

Lucas les observaba tan serio y Max, como si nada, seguía a lo suyo, mirándose ahora, en un pequeño espejo que sacó de su bolsillo.

—Él sabe de ti, él sabe de mí...
(minuto 1:48 es la canción que Anyelik está cantado)

Cantaba Anyelik llena de alegría por la calle, caminando un poco más adelante, dejando atrás a su madre y a los chicos y, en sus manos, llevaba un par de bolsas llenas de regalos para todos que, con la emoción, no podía dejar de cantar y más cantar canciones navideñas, así, hasta pararse en seco en la entrada de ese gran centro comercial.

Allí, había un montón de niños observando y esperando para sentarse junto a un señor vestido de rojo, con una gran barba postiza totalmente blanca que, les iba entregando golosinas tras que los pequeños le contaran sus deseos por navidad.

—¡Ah, mamá! ¡Mira! ¡El señor Papá Claus! ¡Es la primera vez que lo veo! ¡Quiero hablar con el síííí!

Expresó aquella princesa por todo lo alto, tal cual si fuera una niña también.

—Pero Anyelik.

—¡Joooo, por fa!

Y Aluna, no esperó que Gabriel tomara la mano de su hija con intenciones de llevarla allí.

—Déjala anda, después de tanto tiempo ahí metida, es bueno que conozca al señor Claus.

—¡Sííííí!

Dijo por todo lo alto con mucha felicidad, Aluna terminó por echarse una pequeña risilla, el ver a su pequeña hija tan llena de luz, después de haber estado tantos días decaída, hacía que se sintiera tranquila y en paz.

Anyelik, ansiosa, esperaba su turno, ya le faltaba tan poco, solo quedaba un chavalín, que miraba curioso la cara de aquel señor disfrazado todo de rojo, tenía parte de su cabello, tapando su ojo izquierdo y se le veía bastante delgado.

—Señor papá Claus, ¿Por qué se tapa la mitad de su cara?

Ese hombre, pareció ponerse nervioso ante aquella pregunta ya que titubeó sin darle una respuesta y, el chiquillo, insistió en ver su rostro bajo su cabello y, cuando lo consiguió, pareció coger tal susto, que se levantó para correr hacia su madre.

—¡Mamá! ¡Papá Claus parece un monstruo! ¡Tiene algo raro y me da miedo!

Su madre, tuvo que abrazarle fuerte al verlo tan asustado y trató de calmarle.

—Venga mi niño, vámonos ya, te compraré un dulce para que lo olvides.

Aquel hombre disfrazado de anciano, parecía sentirse sumamente decaído, como si sintiera en él algún tipo de trauma, tapando esa parte de su rostro con su mano, con la intención de marcharse de allí lo antes posible, dejando su trabajo y con ello, la paga que pudieran darle, y, lo hubiera hecho, si no fuera, porque Anyelik, se sentó de la nada en sus muslos.

Aquel hombre pelirrojo, pudo ver sus ojos amatistas con su único ojo al descubierto, de un verde intenso, como una joya preciosa y, nada más caer en esa bella mirada, fue como si el mundo se hubiera detenido en esos momentos y, Aluna, al reconocer a ese hombre, dejó caer la bolsa que cargaba de la impresión.

La manita de Anyelik, se dirigió al rostro de aquel hombre, apartando su cabello, descubriendo aquella cicatriz que atravesaba su ojo, por el cual, ya no podría ver nada.

Aquella princesa, se sintió sumamente triste por aquello, tocando con sus dedos esa cicatriz.

El rostro de aquel hombre, era muy apuesto, pero, se le notaba algo cansado, con ojeras bastante marcadas, además de delgado y, rondaría los cuarenta años si fuera un humano y, su piel, era de un tono moreno frío.

—¿Papi Claus se siente triste?

No te sientas mal por esa cicatriz, para mí, te ves lindo.

La sonrisa de esa joven, le estaba dejando completamente descolocado, por supuesto que la reconocía, esa mirada, tan similar a la de aquella reina.

—Qué... ¿Qué te gustaría por navidad?

Pudo al fin preguntarle y, Anyelik, como si nada pasara, le respondió con su alegría de costumbre.

—Quiero muchos dulces, y comida rica juju, comer y más comer, y estar con quienes me importan por siempre.

Aunque... también me gustaría ver a Alejandro para darle mi regalo y, también que Carl aprenda bien el idioma.

La bella sonrisa de Anyelik y su dulce mirada, casi le hacen perder la cordura y, tuvo que tomarla de su pequeña cintura para bajarla de sus muslos y, así, levantarse y alejarse de ella, dejando a todos los niños allí, preguntándose, qué le pasó a papá Claus.

Aluna, ni siquiera lo dudó, yendo tras él para detenerle y, cuando ese hombre pudo verle a la cara, dijo su nombre.

—Aluna, ¡no me mires!

—Zandro, no, no tienes que esconderte de mí.

Le pidió, pues no dejaba de ocultar su rostro tratando de que esa reina no le viera más.

—Me avergüenzo de verme así ante mi reina, incluso he envejecido y tú sigues bella y joven.

Anyelik, trataba de escuchar con curiosidad, con cuidado de no llamar demasiado la atención, aunque su madre, le dijo algo a ese hombre en un tono más bajo por lo que, no pudo entender qué fue.

—Al fin pudiste salir del infierno, me siento tan sumamente culpable.

Mírate, estás muy delgado, Zandro, ¿cómo estás viviendo ahora?

Zandro, acabó por echarse al suelo tomando su vientre y, Aluna, se preocupó al percibir que este, sentía algún tipo de dolor.

—No es nada, es solo, que llevo muchísimas horas sin comer.

—¡Dios mío! Anda, trata de ponerte en pie, vamos a algún restaurante.

—No mi reina, no te preocupes.

—Zandro.

Terminó diciendo su nombre más seria que nunca y, decidida, le hizo de mirarle a los ojos.

—En un pasado, hiciste eso por mí, por nosotros, caíste en esa condena, es lo menos que puedo hacer.

Y con una sonrisa amable, acarició su cabello.

—Anda, ponte en pie y vayamos a comer algo.

Mientras tanto, Mark, con satisfacción, miraba la gran cantidad de libros de aquella librería, rebuscando entre ellos, alguno que le resultara especial.

Elizabeth, le observaba en silencio y Lucas, seguía atento a todo.

Al final, aquel príncipe, tomó un libro bastante grueso y, tras pagar por él, se lo entregó a aquella joven.

—¿No miras qué libro es?

Le preguntó nada más salir de esa tienda.

Elizabeth, entonces, sacó ese libro de la bolsa, un poco nerviosa, y demasiado emocionada.

—Cuentos de las montañas ¿y esto?

—Si no te gusta, lo puedo cambiar, es que, no sé qué tipo de libros te podrían gustar.

—No, este está bien.

Pero Lucas, los acabó interrumpiendo, yendo a ella, con una actitud brusca que parecía nacer siempre que Elizabeth estaba presente.

—¿No te olvidas de algo?

—¿Y de qué debería acordarme?

—¿Cómo? La ropa que te presté, aún no me la has devuelto.

—Cierto, lo olvidé por completo, te la devolveré lo antes que pueda.

Lucas se alejó un poco, mostrando una actitud bastante seca.

—Déjalo, ya no la necesito, cuenta como regalo navideño ¿No?

Ahí, Elizabeth, pareció molestarse demasiado, frunciendo su ceño y con unas increíbles ganas de darle un golpetón con la pesada bolsa.

—¡Oye! ¡¿Para qué querría yo un regalo de tu parte?!

—Cómo veo que aceptaste el de Mark, supuse que eras fácil de complacer.

Y ahí ya no se contuvo más, dándole un fuerte tirón de su cabello negro, lo que le provocó un quejido.

—¡Eh, te has pasado!

—Eso es para que aprendas a no juzgarme sin saber ni una mísera parte de mí o de mi vida.

Al final Max intervino, cosa que ninguno esperó.

—Calma, calma todos, anda, vayamos a beber un rato y pasarla en grande.

Y con eso, logró convencerlos para que dejaran de discutir.

Muy cerca, había un bar repleto de gente que pasaban una agradable mañana bebiendo y charlando.

Los cuatro, se fueron a una mesa del fondo y, en nada, los atendió un camarero.

Cada uno se pidió su bebida y, ninguno esperó, que Elizabeth pediría un vodka rojo.

Lucas esbozó una sonrisa con cierto desprecio, pero menudas las caras de todos, al verla beberse todo su vaso de golpe, como si nada.

—¿Estás bien?

Preguntó Mark sorprendido por verla beber algo tan fuerte, sin tan siquiera poner una mala cara.

—Lo estoy, solo necesitaba llenar un poco mi alma.

Nadie esperó, que Lucas llamaría al camarero que pasaba cerca, para pedirle un pisco.

—Yo también tengo ganas de beber ¿Qué pasa?

Y, al tener esa bebida en sus manos, igual, se la bebió de un trago tan panchamente.

—¿Acaso quieres competir?

Preguntó Elizabeth levantando una de sus cejas.

—¿Eso crees? ¡Jah! No podrás conmigo.

—Muy bien, marchando una ronda de tequilas.

—Que gane el mejor.

Max, parecía emocionado, y hasta les animó a ello como un niño pequeño, mientras que, Mark, les pedía que se controlaran porque no dejaban de beber y más beber, vaso tras vaso, se miraban a los ojos retándose y tratando de intimidar al otro, pero, al final, totalmente borrachos, acabaron empatados, tan idos, que ni en pie podían tenerse.

—No creas que, hip, que te has salido con la tuya hip, la próxima vez, ganaré.

Le amenazaba Elizabeth con el dedo y, este, a duras penas, logró darle una respuesta.

—El que ganará, seré yo, jah, ya lo verás.

—Vamos a tener que llevarlos a casa principete, yo me llevaré a Lucas porque así tan borracho, no hay diversión.

Comentaba Max, tratando de que este no cayera al suelo.

—Me temo que sí aarg ¿Por qué tuvieron que beber tanto?

Y por unos momentos, se quedó mirando la carita de Elizabeth, que, estaba apoyada en su hombro, como si se fuera a dormir.

Max ya se había marchado con Lucas tras pagar la mitad de la cuenta y Mark, trató de que ella se espabilara un poco para así, lograr subirla a su espalda y tras pagar el resto, logró al fin salir de allí, cargando a esa joven que, por suerte, no era nada pesada.

—Elizabeth, dime donde vives, necesitas descansar un poco.

Le preguntaba, sintiendo, que aún borracha, no se lo diría, pero, se equivocó, y, en nada, le dijo el nombre de aquella calle

Sentirla tras él, rodeándole con sus brazos, amarrándose a duras penas por su estado, parecía sentir tanta calidez.

—Aaaaah Mark, tu espalda está dura hip, no es un buen colchón.

Y este pudo esbozar una sonrisa.

Al ratito, se dio cuenta que ya se había quedado dormida, no quería despertarla, así que, utilizó la función de mapa de su teléfono, para así poder llegar a esa calle sin tener que despertarla y, al llegar frente a esa mansión, se quedó un tanto de piedra ya que, se veía que era un lugar muy lujoso y, después de haber caminado por más de media hora, pensó que no era la calle correcta, así que, tuvo que sacarla de sus sueños.

—Elizabeth ¿Es aquí donde vives?

Y algo desorientada, se bajó de su espalda, sacando de su bolsillo las llaves que, en efecto, eran de aquella mansión.

Mark, estaba sin palabras, pero más sin palabras se quedó, cuando, ella, antes de cruzar esa puerta y marcharse, le agarró del cuello de su abrigo, para acercarle y, así, poniéndose de puntillas, logró darle un beso en la boca

—Hasta otra muchachote, hip.

Tras eso, cerró en sus narices, dejándole algo atontado, sin entender absolutamente nada, pero, igualmente, ya era hora de regresar al palacio, no sin antes, echarle otra ojeada al lugar.

Una mansión de tres pisos, en una buena calle de clase alta.

Toda llena de mansiones, no demasiado grandes, pero sí lujosas, con bellos jardines algunas, otras, tras un muro, se dejaban ver apenas.

¿Por qué ella vivía allí teniendo ese trabajo.

Y en ese restaurante, Zandro comía y comía con muchas ansias mientras que, Anyelik y los demás, le observaban con curiosidad, sentados en la misma mesa.

Aluna le miraba con tristeza y, aquella princesa, se preguntaba quien era él.

—Zandro, ¿tienes un buen lugar donde alojarte?

Y este, soltó el tenedor tras haber acabado el último plato.

—Estoy en un cuarto de alquiler.

Desde que se acabó mi condena, no he tenido a donde regresar.

Aluna tomó sus manos con mucha confianza, ese hombre llamado Zandro, no pudo ni alzar su mirada.

—Vente a palacio, siempre fuiste buen cocinero y muy poderoso también, puedes trabajar allí tanto en la cocina, como de guardia.

—No, no hace falta.

Respondió con su gruesa voz.

—Pero Zandro, nadie en palacio sabe del pasado, después de todo, vivías en el reino de la luna, ni siquiera Han sabe nuestra historia.

Zandro al fin alzó sus ojos.

—Al final, todo acabó así ¿Y, él?

—Eso no importa ahora.

Respondió esa reina, desviando su mirada, como dolida por algún recuerdo, pero, enseguida volvió a sus ojos, o, más bien, ese ojo que dejaba ver.

—Ven por favor.

Pero, ese hombre, aún vestido de Papá Claus, se puso en pie con la intención de marcharse de una vez.

—Ya me marcho, creo que buscaré otro trabajo mejor.

Ah, mira que siempre me agradaron los niños, pero, simplemente, les doy miedo.

Aluna quiso detenerle, pero unos gritos que provenían de afuera, hicieron que todos se pusieran en pie bastante preocupados.

Al mirar por las ventanas, pudieron ver unos cuantos reon en la calle, tomando a la gente, obtenían toda su energía, como si la absorbieran por su piel, con el simple hecho de que alguien se acercara, enseguida los dejaban en el suelo completamente debilitados.

Era como si, estando entre la multitud, la energía de todos fuera más fácil de tomar.

Carl, nada más ver aquello, se llenó de esos horribles recuerdos, su tribu, aquella horrible masacre y, envuelto en llamas, se lanzó a luchar contra esas criaturas casi perdiendo el control de su mente, deseando acabar con todos esos reon por encima de todas las cosas.

—¡Anyelik, no salgas de aquí! ¡Nosotros vamos a luchar!

Le dijo Gabriel sacando su espada.

Aluna, fue a luchar también, pero los guardias se lo impidieron.

—Mi reina, debemos protegerla.

—Tonterías, para eso precisamente soy la reina, para luchar y defender a los demás y a mi pueblo.

Y Zandro, en vez de marcharse, se puso junto a ella, sacándose el gorro de navidad, y la barba.

—Entonces, lucharé junto a ti, sigues siendo mi reina y yo, tu fiel caballero.

Así fue, que esos cuatro ángeles, al fin se lanzaron a luchar.

Carl, con su espada de fuego, igual que un guerrero, esa gran espada, parecía pesada, pero, sin problemas, la sostenía en sus manos.

Gabriel, con esa otra espada luminosa, más fina y algo más alargada, tan elegante y, Aluna, tenía una especie de lanza angelical muy bella, con gemas lilas decorándola, esta era blanca y plateada, con una hoja tan afilada, que desgarraba a esas criaturas del mal.

Y por último, ese hombre de larga melena rojiza, parecía de alguna manera engañar a los enemigos con ilusiones, o quien sabe y, sacando su arma mágica, que parecía algún tipo de pistola de percusión antigua, dorada, y con una madera de un tono vibrante, muy elegante, como de alguna época steampunk que, lanzaba, balas de plata con las cuales, reventaba las cabezas de los reon.

Han, corría hacia el lugar lo más rápido que podía, al estar cerca de esas calles, había escuchado el escándalo y se acabó encontrando aquella escena. Los cuatro ángeles luchando y acabando con esas criaturas y sin dudar ni un poco, se unió a ellos con su gran poder, dejando ver su gran espada dorada, decorada con tres gemas blancas, acabando con su ayuda, con todo el mal de una vez.

Toda la gente salió de sus escondites para regalarles un montón de aplausos a sus salvadores y, después, entre todos, trataron de atender a los que fueron atacados, por suerte, nadie perdió la vida, pero, más de treinta ciudadanos, habían quedado sin energías y, unas ambulancias, llegaron en nada para llevarlos al hospital más cercano.

Eran de los pocos vehículos a motor que había en ese mundo, estas ambulancias, eran muy elegantes, con un símbolo azulado a un lado y el resto, dorado, además, tenía un diseño curioso al tener un par de ruedas delanteras más grandes que las seis de atrás.

Han, se acercó a Zandro, que terminó por sacarse ese traje rojo muerto del calor por haber estado peleando.

Quería quitarse todo el sudor de su rostro con esa tela, debajo, llevaba ropas muy viejas, aunque estaban limpias.

—Me he quedado sin palabras al ver tu maestría en el combate ¿Puedo saber tu nombre?

—Mi nombre es Zandro, se escribe con zeta mi rey.

Le aclaró amablemente, pues su nombre se pronunciaba como Sandro, por lo que muchos no sabían que usaba una zeta en vez de ese.

—¿Zandro? No te conozco, pero me gustaría pedirte que fueras nuestro caballero.

Por unos momentos, Zandro se quedó en silencio, no estaba para nada seguro, en verdad, hubiera sido capaz de negarse, pero, aquella princesa, corrió a él, agarrándose a su brazo.

—Gracias, muchas gracias por haber ayudado hoy a todos.

Me gustaría, que te quedaras.

Todos, parecían tan seguros luchando a tu lado.

Y de nuevo, tuvo que quedarse atrapado en los ojos de aquella joven que, le miraba con tanta ternura, recordando, rato atrás, que ella, era la única que no le había mirado con malos ojos a causa de esa cicatriz.

La mayoría pensaban que era un bandido, o mala gente que se metía en peleas, pocos se paraban a preguntar qué le sucedió.

—Está bien, trabajaré para el reino.

Terminó diciendo.

Gabriel, pudo escuchar cómo Aluna soltaba un "bien" en un tono muy bajito y, Carl, esta vez, había podido controlarse en la batalla y ahora estaba muy tranquilo.

Así pues, todos decidieron regresar a palacio, no sin antes, llamar a Mark para ver i estaba bien.

En el mundo de Anoriath, había una tecnología superior, pero, los móviles, se usaban más para llamadas, fotos, ver alguna cosilla en internet y cosas así, no eran muy diferentes de los móviles humanos, aunque eran algo más delgados, como si su carcasa fuera de un cristal medio lila medio azulado, casi irrompible y se podía ver su mecanismo.

La televisión no existía, aunque sí el internet, por eso había ordenadores, con diseños similares a los móviles, así, de ese cristal hermoso, que, curiosamente, eran muy livianos.

Las noticias siempre se mostraban o en periódicos, o por el mismo internet, había un buen balance entre los medios digitales y los que estaban impresos, por ejemplo, los libros solo se producían así, no era común ver un libro digital tipo eBook.

Ya en el palacio, Han, acompañó a Zandro hasta una habitación que estaba algo descuidada, aunque se sentía acogedora y hasta tenía su propio baño.

Anyelik, iba por detrás todo el tiempo, cargaba mucha emoción al ver que ese hombre se quedaría allí, ya estaba pensando en que sería un nuevo amigo.

Se preguntaba qué relación tenía con su madre, ya que, parecía tratarla con mucho respeto, pero, también, se sentía como una amistad ya que no le hablaba de usted aún siendo su reina.

—Disculpa el estado de la habitación, tenemos algunas más libres, pero están iguales o peores que esta al estar siempre cerradas.

Zandro la miró de arriba abajo y soltó su pequeña maleta sobre la cama polvorienta, tuvieron que pasar por el cuarto de alquiler antes de ir a palacio, para que pudiera decirle al casero que ya no se quedaría y así, recogió todas sus cosas, que la gran mayoría, eran prendas muy viejas y estropeadas y unos pocos libros ya con sus páginas amarillentas.

—Me gusta, además tiene baño, y muchos libros.

No se preocupe más, me basta con tener un techo y trabajo.

—Perfecto, llamaré a las señoras de la limpieza para que limpien un poco, también les pediré que te den ropa nueva, esa que llevas se ve toda rota y vieja.

—Gracias, de verdad, creo que me daré un baño lo antes posible.

—Entonces, hazlo en el baño que hay en esta misma planta hasta que limpien el de tu cuarto, ven, te acompañaré.

Anyelik se sentía feliz cuando veía a su padre ser así de atento con otros, detrás de su frialdad, en el fondo valoraba a las personas, aunque no fueran de la familia.

Aunque a veces sí era demasiado frío con algunos guardias si no cumplían bien su trabajo.

Hacía unos veintiséis años que se había convertido en el rey del primer cielo, el anterior rey, pasó a ser el líder del consejo de los ángeles, pues, ya estaba muy mayor y, su único hijo, se fue hacía mucho sin que nadie supiera ni donde ni nada más y, su madre, ya estaba muy mayor también como para tener otro hijo.

Han, desde bien pequeño, había sido educado para ocupar ese lugar.

En el reino del sol y en el reino la luna, unos reinos muy cercanos que estaban en lo alto, no existía la monarquía, solo ángeles que poseían el poder del sol o de la luna.

De esos dos reinos, siempre salían los reyes del primer cielo al ser la raza de ángeles con mayor poder, los habitantes de esos reinos, solían tener orejas alargadas, aunque no todos.

Anyelik, se preguntaba cómo fue la infancia de su padre, si siempre fue tan frío.

Mientras tanto, Zandro, ya se encontraba dándose una buena ducha y, Anyelik, le esperaba en la entrada de los baños con muchas ganas de saber mucho más de él, así, hasta que una sirvienta llegó con la ropa limpia para este.

—Déjame entregárselo yo juju.

Dijo ella con ilusión, tomando ese traje, que era del típico estilo victoriano que todos usaban allí.

—Está bien princesa, cómo desee.

Y, Anyelik, se metió en los baños masculino, con lo que Zandro, al salir de la ducha, se la encontró allí, esperándole, menos mal que llevaba la toalla puesta alrededor de las caderas.

—Princesa ¿qué hace aquí?

—Háblame de tú jeje, ahora, seamos amigos.

Toma, te dejo tu ropa aquí.

Por unos momentos, ella se quedó mirando su figura mientras que él se sentaba en los bancos que había sin darle ninguna respuesta.

Tenía un cuerpo bastante delgado, seguramente de no alimentarse bien, aunque eso sí, se apreciaba musculatura.

De todos los chicos, era el más alto, debía medir, más de un metro noventa y dos.

Y, al momento de apartar su largo cabello rojo intenso, fue ahí, que Anyelik descubrió aquellas dos cicatrices en su espalda, en el lugar, en donde estarían sus alas.

Cuando a un ángel se las cortaban o arrancaban, quedaban cicatrices, a pesar de que salían como del alma pues, después de todo, se volvían tangibles, y eso que atravesaban la ropa, todo era difícil de comprender.

Anyelik, no pudo contenerse, posando sus manitas en su espalda, preguntando aquello.

—Ya... ¿No tienes alas?

—No las tengo.

Respondió con esa profunda y gruesa voz, de todos los chicos, era el segundo con la voz más profunda, detrás de Alejandro.

—¿Qué te paso?

—Las cortaron antes de lanzarme al infierno.

—¿Al infierno? ¿Por qué?

Pero aquel ángel, se puso en pie, un tanto intimidante, pero, enseguida, tomó calma.

—Princesa, este no es el lugar en donde debería estar, así que, sal de aquí, debo vestirme ahora.

—Discúlpame, enseguida me marcho.

Rápido, salió de los baños y, Zandro, se quedó envuelto en recuerdos.

Ese pasado, cuando era joven, el fiel mayordomo y guardián de la actual reina, un gran amigo para ella.

Pero, los recuerdos de esa espada sacada del fuego, arrancando sus alas y, después, dirigiéndose a uno de sus ojos, todos esos recuerdos, le llenaron más y más.

Se quedó por más de una hora medio desnudo, con todo eso en su mente, una y otra vez, esos pesados años en el infierno, en él, el tiempo pasaba diferente si caías en la zona de los condenados.

Pasaban muchos más años de los que habían transcurrido afuera, por eso, Zandro había envejecido más que su reina, que, seguía joven, como recién salida de su adolescencia, y él, un cuarentón que hasta tenía algunas arruguitas.

Al final, logró vestirse, la ropa era de su talla y bastante elegante, se dirigió a su nueva habitación que ya había sido limpiada y, rebuscó en las viejas estanterías, había muchos libros y se sintió en paz.

«Extrañaba tanto leer libros nuevos, estar entre los libros»

Pero en nada se abrió la puerta, allí estaba esa princesa.

—Princesa... ¿Qué hace aquí?

Pensé que estaría asustada al tratar con alguien salido del infierno.

Pero, ella, extendió su bracito con su característica sonrisa y, con su pequeña mano, apartó su cabello.

—¿Cómo podría tener miedo de alguien como tú?

Y regresó a sonreírle.

—Luchaste por ayudar a todos hoy, obvio que tu alma es linda y luminosa.

Además, te dije que me trates de tú, no me gusta que me hablen con tanta cortesía.

Y después, rebuscó en el bolsillo de su vestido y, de allí, sacó un parche azul oscuro, con lunares de un azul más claro, este era muy bonito, y se notaba hecho a mano.

—Perdón si no es un regalo genial, no encontré una mejor tela por mi habitación jeje, lo hice ahora para ti.

¿Me dejas ponértelo?

Y le hizo de sentarse en la cama, para poder llegar a su rostro.

—Auu, qué lindo, te ves tan misterioso con ese parche, ahora, ya no tienes porqué taparte con el cabello.

¿Puedo llamarte Papi?

—¿Papi?

Anyelik se echó una pequeña risa.

—Jeje, no te creas que lo digo por tu disfraz de antes, es que, en verdad, das la vibra de ser alguien muy protector, como un padre.

Zandro se puso en pie para ir a espejo que había junto al armario, quería verse reflejado con ese parche en el ojo, sintiendo, que quería llenarse de lágrimas, terminando por abrazar a la pequeña Anyelik que se había puesto a su lado.

—Gracias, muchas gracias, eres una niña muy dulce, me alegra tanto saber que mi reina tuvo a una hija tan buena cómo tú.

—Papi Zandro, no llores más, vamos, tienes que sonreír para esta noche, cenarás con nosotros ¿Verdad?

Le he dicho a papá que si podías y él respondió que es una buena idea.

—Lo haré.

—Genial jeje, pues, ya me marcho, nos veremos esta noche.

Y al fin regresó a su cuarto, con toda la emoción en su corazón.

Zandro, siguió viéndose en el espejo, con el recuerdo de la sonrisa de esa princesa clavado en su mente.

Y, en ese tenebroso mundo, un montón de alas plagadas de ojos, ocultaban la figura de ese ser oscuro.

—Ah, hoy pude tomar algo de energía, pero, necesito más, debo recuperar toda mi fuerza para salir de esta dimensión y tomar el control de Anoriath.

El cielo estaba oscuro, y, la nieve, comenzaba a caer, Anyelik, la observaba desde su balcón, volviendo a su melancolía.

—Alejandro ¿volverás a mí?

Y suspiró.

«Ya falta poco para la cena de navidad, debería arreglarme»

Dentro de esa bañera, sus lágrimas no cesaban de caer, acariciaba su cuello, ese lugar en donde clavó sus colmillos la otra vez.

Ahí seguían las marcas, todos esos días, las había ocultado con una cinta blanca hasta que pudieran cicatrizar, pero, lo cierto era, que quería ser mordida por Alejandro una y otra vez.

Al salir, envolvió su delicado cuerpo en una toalla y secó su largo cabello, estuvo como media hora por la longitud de éste y por ser abundante.

Ese vampiro dominaba sus pensamientos, le imaginaba llegando a la cena, lo maravilloso que sería aquello.

«Ya está mi cabello»

«¿Qué debería ponerme hoy?»

Y salió del baño, encontrándose al mismísimo Alejandro allí, en mitad de su habitación, que nada más verla, tuvo que ir a sus labios.

Ambos, besándose sin control.

—Mi princesa, no sabes las ganas que tenía de regresar a tus labios.

—Alejandro...

Pero no dijo nada más, deslizándose a su cuello, dándole un ligero mordisco, aunque, esta vez, bebiendo muy poco de su sangre.

—Ya, ya está, no quiero dejarte débil, recuerda que hoy es una noche especial.

—Alejandro, no te vayas.

Le imploró delicadamente, con su manita en su cuello.

Alejandro, sacó un pañuelo de su bolsillo para limpiar su herida.

—Anyelik, tarde o temprano regresaré, solo quiero que todo se calme, no quiero que mi padre ande rondando todavía cerca del reino, si me ve, seguro me manda de regreso y no me da la gana.

—¿Por qué? ¿Es también severo como el mío?

—Bueno, más o menos, eso no importa ahora, toma.

Y de la nada, sacó de su otro bolsillo, una especie de liga o collar de color rojo, era demasiado bonito y hasta elegante.

—Si voy a regresar continuamente para comerte, tendrás que ocultar la marca de mis colmillos.

Sé que es un regalo algo simple, pero, no soy bueno con estas cosas.

Y esperando que ella se decepcionara, no fue así, su rostro, reflejaba tanta felicidad.

—A mí, me has hecho feliz esta noche, no solo por tu regalo, también porque al fin pude verte.

—Anyelik...

—Espera un momento.

Le pidió ella antes de que se marchara sin aviso y fue a por el dibujo que le había hecho.

Estaba dentro de una funda para que no se estropeara.

Alejandro se quedó viéndolo, algo serio, pero también feliz, en ese dibujo, ambos estaban abrazados, rodeados de corazones.

—Típico dibujo de una chiquilla enamorada adolescente.

—¿Qué?

Alejandro, entonces, alborotó su cabello.

—Pero no sabes cómo me gusta, de verdad.

Y Sacando su teléfono, puso una canción de música electrónica, con un piano como melodía.

—Quiero bailar contigo, muy pegado a ti, sentir la calidez de tu cuerpo tan luminoso.

Esa música que les acompañaba, ella pudo reconocerla, estaba segura de que él la compuso y, con sus delgados brazos, le rodeó mientras que bailaban muy pegados, hasta que, la toalla se desprendió de su cuerpo y Alejandro tuvo que alejarse de ella de una vez.

—¡A-Alejandro!

Dijo su nombre tapándose a duras penas.

—Si no me marcho ahora, podría volverme un chico malo.

Y por ese balcón, escapó volando entre los copos de nieve y, aún con el frío, ella salió desnuda para verle alejarse, deseando ir tras él, aunque sabía que los guardias se lo impedirían, aunque, Alejandro, al poder salir y entrar del reino, no tenía problemas para ello.

Al final, cuando su figura se perdió en la distancia, regresó a su cuarto para poder vestirse, no sin antes, cortar la sangre, colocando ese adorno para el cuello, el cual, tenía un lacito en un lado, algo fino, y largo.

Decidió, que esta vez, usaría un bello vestido blanco, con brillos plateados, este llegaba hasta los pies y los tapaba, y, en su cabello, colocó unos bellos adornos blancos también, como emulando plantas mágicas.

En el gran salón, ya se encontraban todos esperándola, sus abuelos por ambas partes a los que pocas veces había visto, también estaban los padres de Gabriel y Carl y Zandro también cenarían con ellos.

A pesar de que la mesa estaba repleta de deliciosa comida, la cena parecía realmente aburrida para Anyelik, aunque, todos estaban en calma, hablando de temas referidos al reino, a veces, de esos ataques, a esa princesa, no le gustaban nada esas conversaciones para un día tan especial, además, Carl y Zandro, se veían especialmente serios.

No sabía, si era, por no sentirse en confianza con tantos desconocidos, o, por feos recuerdos que llenaran sus mentes.

Tuvo que levantarse, dejando a medias la cena, poniéndose frente a todos, junto a la gran ventana que había.

—Victoria, ¿qué haces?

Preguntó su padre.

—Bueno, quería cantaros a todos una canción ya que es navidad, creo que lo mejor en estas fiestas, es hablar de cosas alegres y divertirse, por favor, dejadme cantar una canción.

Han, quiso negarse, pero la abuela materna de Anyelik, intervino.

Esta era albina, muy parecida a su madre, aunque con un aspecto más maduro, como de unos treinta años humanos.

—Creo que es una buena idea, ya faltaba un poco de música para disfrutar de esta cena.

(Hasta el minuto 1:47 es la canción que Anyelik está cantado)

Y con esa canción, al principio se extrañaron un poco por su manera de cantar, no era como se solía hacer en ese mundo, pero, no parecieron molestarse.

Al terminar, todos aplaudieron, los chicos se habían quedado relajados con su voz, incluso Zandro, que cerró sus ojos, bueno, el único que dejaba ver.

—Qué bueno que os gustó mi canción, ahora vamos a tratar de hablar de cosas más animadas juju.

La positividad de aquella princesa, estaba contagiando a todos allí, y, mientras traían más y más comida deliciosa, se emocionaba cogiendo de esto y lo otro, su padre tenía que calmarla a veces por lo glotona que era y, Gabriel, reía al verla inflar sus mofletes.

Los padres de aquel príncipe, podían ver la sonrisa de su hijo que se sentía tan pura y, al momento del postre, nadie imaginaría, que Anyelik, pudiera comer tantos dulces.

—Ah, los dulces son creados por una divinidad, eso seguro.

Gabriel reía y más reía, no podía parar con los comentarios de Anyelik alabando los dulces.

—Uff, qué llena estoy, creo que en estos momentos, lo mejor para bajar la panzota es echar un buen baile.

Terminó diciendo ella, poniéndose de nuevo en pie, sacando su móvil para poner esa canción de tambores que Carl tocó hacía unos días y, las caras de todos allí al ver su baile, eran dignas de ser retratadas, la pobre, trataba de imitar los pasos de baile que Carl hacía en las tardes, pero le salían de una manera un tanto chistosa y Han estaba demasiado avergonzado, ya no sabía, si pedirle que dejara de hacer eso, o, esconderse bajo la mesa.

Fue Gabriel, el que se puso en pie para, que, tras acabar la grabación, poner con su teléfono música de la que a él le gustaba, así, estilo trance, cosa que también nadie esperó.

Tomando a su prometida por la cintura y sosteniendo una de sus manos con la suya.

Bailando tan pegados, mirándose a los ojos.

De nuevo, las mejillas de Anyelik se encendieron, pudo recordar, el baile con Alejandro, lo mucho que le gustó, pero, este baile con Gabriel, también le estaba gustando demasiado, ya no podría elegir cual era su favorito.

Y cuando se acercó a su oído, casi se derrite en sus brazos.

—No sabes la felicidad que me has dado esta noche, quiero que mi prometida esté así de feliz siempre.

Esa noche, sin duda fue tan mágica, y, después, llegó el momento de dar los regalos.

Carl, le había hecho una pulsera tobillera con conchitas de mar, Gabriel, una caja de colores de la mejor marca y, Anyelik, les entregó un  dibujo a cada uno en donde ellos estaban dibujados junto a ella, muy felices y sonrientes.

Su padre le regaló ropa, pues sabía que ella amaba vestir siempre linda, su madre, para estas ocasiones, le regalaba carpetitas bonitas y cosas por el estilo, para guardar sus dibujos, o para decorarlos.

Sin duda, fue una bonita noche de navidad, en donde, a pesar de los problemas, todos pudieron sonreír y disfrutar.

Continuará...

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

De corazón a corazón, pokecuento gardevoir

 De corazón a corazón. Una sensación palpitante en todo mi cuerpo, esto ya lo había sentido varias veces, cada día, tiempo después de que co...