lunes, 5 de septiembre de 2022

Mi sobredosis de azúcar 5 la rebeldía de una princesa contra dios

 Alejandro, miraba con odio a aquel demonio que, parecía corresponder esa mirada con cierto desprecio.

—Me ha costado tanto encontrarte...

¿Quién imaginaría que estarías en el mismísimo primer cielo?

¿Buscando parte de tus raíces?

Ninguno allí entendió nada, pero, Alejandro, dejó ver su oscura espada, sacando sus alas frente a él, que, tras su espalda, mostró las suyas, unas grandes alas de demonio, como si fueran las de un dragón, por lo que no tenían plumas.

—Eres mi único hijo, hijo del rey del infierno, ¿te me estás rebelando?

Anyelik ya sí que no esperó algo así, ni tampoco ninguno de los que estaban allí.

«Alejandro, ¡es un príncipe del infierno! »

—Cómo me gustaría destrozarte en estos momentos.

Aquello lo dijo en un tono bajo, como conteniéndose, pero, Han, al fin se interpuso.

—Las peleas familiares mejor afuera, estáis irrumpiendo en la tranquilidad de mi palacio y quiero comer en paz.

—Ese rey infernal, le miró con desdén, con esos ojos amarillos llenos de algún tipo de rabia, su esclerótica era completamente negra, pero, Alejandro, antes de que su padre pudiera decir algo más, escapó por la gran ventana del salón, volando en lo alto.

—¡¿A dónde crees que vas?!

—¡Lejos de ti! ¡Para siempre!

Y se alejó a gran velocidad, escapando de ese demonio que daba el aspecto de ser sumamente poderoso.

—Yoel...

Dijo Han, recibiendo de nuevo una fría mirada.

—No entiendo por qué mi hijo vino a este lugar, pero, creo que no tengo nada más que hacer aquí.

Ese rey oscuro, guardó sus enormes alas y se marchó del gran comedor como si nada hubiera pasado.

Anyelik, desesperada, fue hasta esa ventana, pero, su padre la detuvo.

—Siéntate a terminar de comer.

—Pero papá ¿no te importa que Alejandro se haya marchado?

—No es asunto nuestro, si quiere regresar, que lo haga.

En aquella habitación, Lala se encontraba sobre su cama, vestida con un pequeño camisón rosa, dejando ver todo su cuerpo lleno de moretones.

—Maldito Yeivh, ¡¿Cómo se atrevió a tratarme así?!

Encima que le sirvo...

¡Aaarg! ¡Si no estuvieran siempre esos chicos tan guapos cerca de esa princesita!

Tocó de pronto la gema de su pecho.

—Con ella puedo detectar si está cerca, pero, no sé si está acompañada, ¡vaya mierda!

Si esa Lucy se me adelanta, perderé todo.

Y mientras tanto, consejo del cielo, se encontraba ahora reunido.

El rey y la reina estaban allí, aunque Aluna casi nunca era llamada.

También estaban los reyes de los demás cielos, había ángeles ancianos y de aspecto maduro, estos eran los encargados de ese consejo.

Los ángeles podían vivir miles de años, pero, acababan envejeciendo y muriendo como todo ser vivo.

—El mal se acerca, cada vez, más y más.

La paz que tuvimos por milenios, se desvanecerá.

Dijo un ángel con un físico fuerte, y muy alto, pero, con su barba y cabello completamente blancos y con arrugas en su rostro.

Su aureola brillaba como el oro.

A lo que, otro ángel, muy flaco, y con una nariz aguileña, añadió refiriéndose a Han.

—Tu hija, parece que todo ronda a su alrededor.

—¿Victoria? No lo creo.

Han estaba bastante mosqueado y se notaba, no quería que nada malo le sucediera a su pequeña hija.

El ángel de la nariz siguió hablando.

—Ya van varios ataques.

Se reportó, que hace poco, hubo otro en la calle Fransuas y, ella, y el príncipe Gabriel, estaban allí.

Han, no supo que responder ya que, nadie le había dicho de ese percance.

—Hemos determinado, que ella deberá casarse con el príncipe guerrero, Lunio, del quinto cielo.

—¡Pero ya acordamos que Gabriel sería el futuro esposo de mi hija!

Expresó alzando su voz, pero, ese ángel fuerte y anciano, al fin se levantó de su trono con una actitud intimidante.

—Si no logra usar su poder en poco tiempo, el matrimonio con Gabriel será anulado y deberá unirse a Lunio.

Los reyes del quinto reino, siempre fueron unos grandes guerreros por generaciones.

Un ángel, de cabello castaño oscuro y ojos casi blancos, no dejaba de ver fijamente a Han y acabó yendo a él antes de que pudiera marcharse.

—Enris...

—¿Necesitas mi ayuda con tu hija?

—No, bastante hiciste tratando de enseñarle todo sobre magia.

Enris entonces, le vio más de cerca, fijo en sus ojos.

Aquel ángel, aparentaba unos treinta y ocho años si fuera humano.

—Ella, después de todo, no sacó el poder de su padre.

Recuerdo cuando eras un chiquillo, siempre me dejabas atónito en el entrenamiento.

Y tras hablarle de esos recuerdos, le mostró una sonrisa.

—Incluso sabías cuando me ocultaba bajo mi poder de transfiguración, esos pocos lo logran.

Han, no quiso responder, recordó cuando su hija le dejó contra la pared sin problemas, aún no se lo había dicho a nadie y sentía, que por ahora, debía guardarlo para él y todos los que lo presenciaron aquel día.

Aluna tampoco dijo nada.

Anyelik no dejaba de buscar a Alejandro por todos los alrededores del palacio, no estaba ni en los jardines, ni en el interior.

Acabó regresando a su habitación, allí estaban sus cosas, ni tan siquiera se las había llevado.

Su ropa, su guitarra eléctrica y su ordenador.

Se sentó frente al escritorio y, ahí, al tocar el cursor, se dio cuenta de que estaba encendido.

En la pantalla había un programa abierto, era algo así como un editor de audio ya que había una pista en él.

Al comenzar a reproducirla, se maravilló, era música de un estilo electrónico, bastante acelerada y mágica, tan diferente a la música que acostumbraban a escuchar en ese mundo.

Esta solía ser operística, no eran muchos los que apreciaban otro tipo de música ya que eran tachados de raros o rebeldes.

Y cuando la parte vocal comenzó a sonar, eso sí que no lo esperó.

Allí, estaba cantando ella misma, como si la hubiera estado grabando a escondidas, de las veces que cantaba en el jardín en soledad.

Las lágrimas se escaparon de sus bellos ojos, era la primera persona que valoraba su manera de cantar, fuera de la ópera que debía usar cada mes y, hoy, hoy era ese mal día.

Justo lo recordó en ese momento.

Su padre, al ver que no era buena ni estudiando, ni con la magia, decidió que fuera la voz principal del coro del gran templo de la ciudad.

Para ello, siempre iba con una túnica blanca y con una capucha.

Pocos sabían, que esa bella voz era la de la princesa.

En aquel mundo, se veneraba al dios creador, cada mes, toda la población de Milenium, iba al gigantesco templo para orar y rogarle que hubiera paz por siempre.

Le veneraban, como si fuera necesario regalarle el oído a ese dios.

Al menos eso pensaba Anyelik.

Detestaba con toda su alma ese día del mes.

Ver a todos, como esclavos temerosos, idolatrar a ese supuesto dios creador.

Muchas veces, había discutido con su padre por esa razón, hasta su hermano le rezaba.

Cuando llegaba el momento de cantar, su voz deseaba detenerse para hacerlo como ella siempre deseaba.

Romper con los esquemas de la población, lo que consideraban correcto, lo que era normal.

«Alejandro, tú siempre has valorado mi voz»

«Ojalá supiera en donde estás ahora»

Y regresó a su habitación para prepararse, tomando esa túnica que le quedaba grande a causa de su estatura y por eso, siempre la llevaba arrastrando.

Al montar en ese carruaje llevado por pegasos, pudo ver que Carl y Gabriel, estaban allí, junto a sus padres y hermano.

Todos muy serios, salvo Carl, que parecía estar tranquilo.

Anyelik, imaginó que Gabriel le habría explicado sobre el lugar al que iban.

Los coches eran raros de ver en ese mundo, todos iban caminando, o, hasta volando. Los reinos usaban carruajes de pegasos para viajar protegidos y llegar a los lugares más rápidamente.

Ambos chicos miraban a Anyelik.

En la mente de Gabriel, todo daba muchas vueltas, verla con esa túnica, no imaginó que ella fuera la voz principal del coro.

Siempre se lo había preguntado porque le parecía hermosa.

Él y sus padres, debían ir también cada mes, su reino, estaba en la otra punta de la ciudad, era la única, en todo Anoriath, con dos reinos debido a su gran tamaño, teniendo, más de treinta y nueve millones de habitantes en ella.

El palacio del primer cielo, estaba en una zona más antigua y cerca de un gran bosque al que Anyelik siempre escapaba de más pequeña, también estaba el mar.

El segundo cielo, estaba en la parte más moderna y el templo, se encontraba más o menos en medio de ambas zonas, más en la antigua que en la moderna, como si dividiera la ciudad en dos.

Al llegar, Anyelik le echó una ojeada, era un edificio alto, con unas columnas de ángeles y mármol dorado, medio amarillento.

Era muy grande, con una inmensa puerta que tenía decorados del sol y la luna.

En el interior, había muchas salas a las cuales, jamás pudo entrar, allí sólo tenían acceso los ángeles del consejo.

Aquella princesa, entró por una puerta trasera, un lugar por donde nadie podría verla, dirigiéndose así al lugar en donde cantaría.

La última vez que estuvo allí, Alejandro no los acompañó, aunque eso era algo obvio, él, después de todo, era un demonio, no tendría por qué venerar a ese dios.

Se preguntaba, si en el infierno también veneraban a dioses, nunca había sido capaz de hablarle de esos temas, quería saber que tenía en su mente.

En el lugar en donde estaba el coro, había un inmenso grabado de un ángel de seis alas en la pared.

En ese momento, recordó a Gabriel.

No le había dado demasiadas vueltas al porqué tener seis alas, pero, rebuscando en su memoria, llegaron sus días de estudio, estudios sobre la jerarquía de los ángeles supremos, ángeles que nunca se habían visto.

«Serafín, ¿Gabriel es uno? Pero... ¿por qué?»

«Dios, no necesita súbditos, no necesita alabanzas, al menos, un dios de verdad»

«Gabriel ¿Qué eres realmente?»

Entonces, su mente, se llenó de los recuerdos de esa noche, cuando él sacó todas sus alas, sintió un calor muy intenso, un calor confortable, no era el calor del fuego como el que Carl producía, tampoco como el del ser invisible que era muy similar al fuego también.

«Carl, ¿habrá alguna información de un ángel de fuego»

—Te encontré, ya pronto vamos a empezar.

Y fue sacada de sus pensamientos, por una de las chicas del coro que tampoco sabía su identidad.

Había infinidad de ángeles allí, hasta otro tipo de seres que convivían en armonía, como hadas, elfos, ninfas y seres de la naturaleza, aunque la gran mayoría eran ángeles.

El coro cantaba en un sutil tono, todos llevaban unos micrófonos pequeños enganchados a sus orejas, para que sus voces se escucharan en la distancia, ella era la única con uno en sus manos.

Un sacerdote de alas amarillas, alababa a ese dios y todos se arrodillaban suplicando por la paz eterna.

—¡Oh gran Dios de la luz! ¡Eres nuestro Dios todo poderoso y nosotros te serviremos al ser parte de tu carne y alma!

—¡Señor, te adoramos!

—¡Gran Dios que nos la vida! ¡No hay nadie como tú! ¡Eres nuestro amado Dios! ¡Tan magnífico y poderoso! ¡Danos la paz eterna, te lo imploramos!

—¡Señor, te adoramos!

Y como poseídos, alzaban sus manos en lo alto, Carl, no entendía nada, porque, jamás, había alabado a nadie en su tribu.

Gabriel debía hacer aquello porque sus padres estaban delante, pero, lo cierto era, que se sentía incómodo y su voz sonaba en un tono más bajo.

Fueron tantas las plegarias, las súplicas y, Anyelik, no soportaba más su disgusto.

Cada vez, sentía con más intensidad, que no pertenecía a ese mundo y, al fin, acercándose el micro un poco a sus labios, comenzó su canto.

Tuvo que detenerse porque no podía empatizar, su mente se contradecía en todo momento.

No podía cantarle a un dios en el que no confiaba

Todos allí se habían quedado atónitos con esa canción, con esa rebeldía por parte de ese ángel que, había interpretado una canción que no era para nada aceptada, tanto por su estilo, como por su letra, de lo poco que Anyelik logró aprender en otro idioma.

Gabriel estaba impresionado al ver que ella fue capaz de hacer algo así.

Han, ahora, ardía en furia y quería subir a por su hija, Aluna trató de calmarle y los ángeles con bajo rango del consejo que había allí, también parecían muy molestos.

—¡Sois tan estúpidos alabando a un dios!

¡Dios no necesita de alabanzas! ¡Solo estáis rezando a un ser del mal, de puro ego!

Y tras sus palabras, salió corriendo para bajar por las escaleras traseras y huir de ese lugar.

El carruaje seguía allí, y soltó a uno de los pegasos para montar en él y escapar lo antes posible.

—Vamos pegaso, vuela lo más rápido que puedas.

Y él obedeció, como si cabalgara en el aire a una increíble velocidad, así, hasta llegar a ese bosque, deseando ver a Alejandro allí.

Pero, por más que buscó y buscó, no encontró a nadie y comenzó a llorar con toda su alma.

—No entiendo, qué pinto en este mundo.

Siento que, no encajo, ni mi forma de cantar, ni mis gustos, ni mis pensamientos.

¡¿Acaso soy la única con cabeza pensante?!

—Podría ser.

Y al levantar la cabeza y darse media vuelta, allí vio a esa mujer, esa mujer de cabello negro, piel de un tono pálido y ojos muy oscuros, vestida toda de negro, con un elegante vestido y, tras ella, un portal hecho de ramas de árbol y hojas, se había dejado ver.

—¿Quién eres?

—Soy la dama de la mansión del bosque y te escuché llorar.

¿Quieres venir?

Y le extendió su mano.

Anyelik, no dudó en tomarla para adentrarse por ese portal con ella, encontrándose con esa enorme mansión tras caminar por un par de minutos.

Se veía algo deteriorada, con un jardín que parecía rodearla, tan dejado, que las plantas habían crecido por todos lados y, las frutas de los árboles, estaban esparcidas por el suelo.

La temperatura era bastante agradable en ese lugar, parecía que el clima era más templado, pues, afuera, ya era casi invierno.

—Este es mi hogar, llevo viviendo aquí por tanto tiempo en soledad...

—¿Por qué?

—Eso no importa ahora.

Solo quiero algo de compañía, ¿te gustaría quedarte?

—Bueno...

Anyelik, no sabía qué responder. Ahora mismo, su padre la estaría buscando furioso, por lo que, no podía volver a palacio.

—Sí, me quedaré un poco de tiempo aquí.

Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

Yo soy Anyelik.

Y aquella mujer, le respondió con una sonrisa.

—Llámame Sonia.

Y para sus adentros, recordando que Lucy era su verdadero nombre, pero, no quiso decirlo por alguna razón que solo ella conocía.

Para abrir la mansión, usó una llave que colgaba entre sus grandes pechos, Anyelik se quedó maravillada, era un lugar hermoso, pero abandonado.

—Uaaah, qué genial, se siente un lugar tan acogedor, aunque, se nota como abandonado.

—Bueno, simplemente, soy algo perezosa para limpiar.

—Entonces, puedo ayudarte a hacerlo.

Aquella mujer no esperó su reacción, pero, rápido, cambió de tema.

—Parece que estabas muy triste hace nada, voy a prepararte un jugo de frutas energético, creo que así te podrás animar.

Espérame aquí.

Lucy se marchó, pero, Anyelik, no podía estarse quieta, todo era muy llamativo allí, y, a pesar de vivir en un mundo lleno de magia, nunca había cruzado por un portal ni nada por el estilo.

En el centro de la sala, había como una entrada que llevaba a sabe dios donde, sobre ella, un reloj muy antiguo se encontraba colgado, a los lados, dos escaleras que iban al segundo piso.

En el techo, una gran lámpara antigua que dudó si aún funcionaría.

Todo estaba hecho de madera y había bastante polvo y telarañas.

Aquella princesa, no pudo con esa curiosidad que la invadía, necesitaba ver mucho más y, cruzando esa entrada, caminó por ese pasillo, llegando hasta otro más con algunas puertas y, justo al fondo, al lado izquierdo, vio que había una salida a la parte trasera de la mansión que, nada más salir, se encontró con ese estanque del cual, emergió la mismísima Lucy transformada en esa sirena de cola negra como su cabello y piel más grisácea, que al haber sido descubierta por Anyelik, pareció enfurecerse.

—¡Te dije que te quedaras esperándome!

Expresó alzando su voz, pero no demasiado como parecer amenazante.

—Lo-lo siento, solo tenía curiosidad, eres... ¿una sirena? Hacía tanto que no veía una.

Lucy trató de calmarse, debía aparentar que eso no le preocupaba, quería que le tuviera confianza.

—Lo soy, pero, me gusta caminar con dos piernas, no me gustar ser una sirena porque si no, estaría anclada siempre al agua.

Y Anyelik, con total seguridad, fue hasta ella para ayudarla a salir de ese estanque el cual, se encontraba cubierto de hojas de árboles.

Con una de sus sonrisas, extendió su manita y esta, algo dudosa, la tomó con la suya en la cual, tenía unas membranas entre sus dedos, así como en sus orejas, que pasaron, de ser alargadas como las de los ángeles, a tener ese aspecto de un ser acuático

—No le diré a nadie de ti jeje, yo igual odio ser una princesa así que, te entiendo.

Aquella sirena, trató de no mostrar ninguna reacción ante sus palabras, como si no se sorprendiera pues, ya sabía quien era ella y así, se sentó en la orilla, sacando toda su cola del agua, la cual, estaba decorada con unas perlas muy bonitas y algunas joyas oscuras, y, en nada, regresaron sus dos piernas y sus orejas y manos perdieron sus membranas.

Ahora, estaba completamente desnuda y, sin ningún pudor, se puso en pie y tomó una cesta con frutos que había sacado del fondo del estanque.

—¿Por qué me miras así?

Preguntó al ver que Anyelik la miraba como atontada.

—Es que, tus pechos, junmm, son grandes y lindos, me gustaría poder estar desnuda sin vergüenza como tú.

—Bueno, estoy acostumbrada a ir desnuda o con poca ropa por mi mansión, me gusta sentirme libre así.

Anda, vamos ya a la cocina.

Y tomó su vestido tapándose la desnudez para después llevar a Anyelik a la enorme cocina que había al lado derecho de ese pasillo.

—Estos son unos frutos que crecen bajo el agua en un árbol que hay allí.

Son mis favoritos por su sabor y por la energía que me proporcionan.

Anyelik, se quedó en esa silla sin decir nada, pensando en cuán profundo sería ese estanque, si se llegaba a caer, seguro se ahogaba ya que nunca aprendió a nadar.

Lucy, exprimía aquellos frutos de un rojo azulado, sacando muchísimo jugo, llenando un vaso bastante grande.

Este jugo era de un tono morado y Anyelik ni lo dudó, aceptando esa bebida de una completamente desconocida, fascinándose con su sabor dulce y adictivo.

—¡Aaaaah! Qué rico, sabe a golosinas.

—¿Te gusta eh?

—¿No bebes tú también?

—Ya me harté un poco, siempre acabo bebiendo los mismos jugos y eso que en mi jardín hay mucha variedad de frutas.

Creo que luego tomaré lanranjas.

Decía tan tranquila, sin esperar que Anyelik llevaría su manita a uno de los brazaletes que llevaba en sus brazos, en cada uno, llevaba dos, uno en la muñeca, y, el otro, más arriba.

Lucy, le apartó la mano de una manera brusca.

—¡No los toques!

—Disculpa... ¿Qué son?

Lucy trató de tomar calma de nuevo para sonar amigable.

—Son los que me dan el poder de abrir el portal a mi mansión, gracias a las gemas que tienen incrustadas, obtengo toda la energía.

—Oh, eso suena muy guay, ojalá yo pudiera crear portales también, podría escapar del palacio cuando me diera la gana.

Le comentaba con total libertad para darle otro sorbo a su jugo.

—Y dime, ¿qué te hizo llorar?

Te pude escuchar desde el otro lado del portal.

Anyelik, regresó a su tristeza casi instantáneamente, pero, pudo liberarse.

—Es que, todos, al otro lado, parecen ser como tontos, tan manipulables, tan iguales.

Siempre siguiendo órdenes, hasta en una manera de ser y vestir y, lo peor, adorando a un dios que nunca hace nada por ellos.

—¡¿Dios?! Aaaarg, lo odio, por eso soy algo oscura, no sólo por mi apariencia.

—¿Tú también piensas que adorarle es estúpido?

Lucy, dio un golpe con su puño en esa mesa de un blanco sucio.

—Ni te imaginas, parece que todos tienen el cerebro lavado, por eso me quedé oculta en esta mansión, no quiero tratar con el resto.

Anyelik sonrió, pero, después, cambió su expresión por esa tan melancólica.

—Aunque, debe ser tan triste estar siempre tan sola.

—Bah, no importa, puedo caminar desnuda por mi dimensión y me alimento de frutas muy saludables, solo mira mi belleza, y eso que soy muy vieja, ya tengo más de dos mil años, hasta perdí la cuenta.

Lucy, dijo aquello mientras que dejaba ondear su cabello de una pasada con su brazo.

—¿Sabes qué pienso?

Dijo de pronto Anyelik con mucha emoción.

—Que deberías conocer a mis amigos, son tres chicos muy majos y parecen diferentes al resto.

—Junm, suena interesante la idea, quizás más adelante.

Anyelik parecía contenta por estar hablando y más hablando con esa sirena, esa sirena, que le ocultaba un oscuro secreto.

Mientras tanto, todos estaban buscando a esa princesa desesperados.

El rey estaba furioso y preocupado al mismo tiempo.

Ella, no estaba ni en palacio, ni oculta en los jardines.

Incluso Mark, los había llevado al bosque, revelando que allí era donde ella se iba siempre en sus escapadas, pero, solo pudieron encontrar al pegaso.

—Cuando encuentre a Victoria, no sé cómo voy a contenerme.

—Han, cálmate, ahora no es el momento de enfurecerse.

Pero en lugar de calmarse, le gritó a su esposa de malas maneras, allí, delante de su hijo, y de Carl, y de Gabriel también.

—¡Todo esto es tu culpa! ¡Por haber sido tan liberal siempre y tan blanda con ella!

No sé por qué tuve que casarme contigo...

Aluna no se contuvo, propinándole una horrible bofetada en su mejilla.

—¡Eso fue algo que me pregunté por tanto tiempo! Pero... en vez de pensar en tu hija, en si ella está bien, solo te preocupas en las apariencias.

—Aluna...

—No me vuelvas a alzar la voz, y, haz el favor de seguir buscando, yo también soy una ángel muy poderosa, y, puedo perder el control en cualquier momento.

Mark, se estaba conteniendo demasiado, no soportaba esa situación, los recuerdos de su pasado, llegaban de vez en cuando, cuando sus padres no discutían, cuando parecían apreciarse.

Lo peor, era pensar que a su hermana le hubiera pasado algo, incluso pudiendo haber sido atrapada por un reon y, ellos, discutiendo.

Lucy, en su mansión, con su poder oscuro, podía escuchar que alguien estaba cerca de esa otra dimensión en el bosque.

Alguna discusión lo más seguro, aunque no escuchaba las palabras claramente y, por eso, cortó esa conversación que estaba teniendo con Anyelik sobre comida y más cosas que a ella le gustaban, Alejandro no faltó en ella.

—¿Qué sucede?

—Estaba pensando, cuando me hablaste de tu padre, quizás, él, ahora, esté muy preocupado por ti.

—¿Tú crees? Yo creo que estará furioso más que nada.

Lucy se levantó, tomando de la muñeca a esa princesa.

—Ven, anda, deberías volver.

—No, no quiero, además, si me voy, estarás muy sola.

Por unos momentos, Lucy se quedó en blanco pero pudo reaccionar enseguida.

—Ya estoy acostumbrada a eso, además, siempre que quieras, puedes venir a verme.

—¿Cómo?

Esta no respondió y la llevó a la planta superior, era una habitación más sucia que el resto, con el mismo estilo victoriano que toda la mansión y, abriendo un cajón, sacó un colgante azul oscuro, como las gemas de sus brazaletes.

—¿Y esto?

—Tenía un colgante con el mismo poder que estos brazaletes, con él, cuando vengas a este bosque, podrás venir a verme.

Ahora, márchate, me apetece estar sola ahora mismo.

—Pero, mi padre...

—Si no te enfrentas con él ahora, lo tendrás que hacer más adelante.

—Ya pero...

—Oye, si no me dejas ahora tranquila, me enfadaré y te quitaré el colgante.

Quisiera que vuelvas otro día y que así bebas más de mis jugos.

Anyelik pareció comprender y, tras despedirse, se marchó de allí mientras que, Lucy, la observaba desde esa ventana, seria, muy seria.

Regresó al bosque de siempre y, allí, se encontró con Carl y Gabriel que, por suerte, estaban de espaldas llamándola una y otra vez.

—Aquí estoy.

Dijo un tanto nerviosa y, nada más verla, ambos chicos corrieron a ella.

—¿Dónde demonios te metiste? Todos te están buscando.

Le dijo Gabriel tomándola de los hombros desesperado, pero con cuidado para no asustarla.

Anyelik miró al suelo.

—Estaba por aquí, oculta en un árbol frondoso.

Y ese ángel, no se aguantó el darle un gran abrazo.

—Si supieras la preocupación que tenía encima, si algo le pasara a mi pequeña prometida, no sé qué haría.

—Gabriel...

Pero, entonces, tras separarse de su cuerpo, Carl la tomó en sus brazos.

—Anyelik, ahora está aquí.

Y ella le sonrió.

—Sí Carl, ya regresé.

Fue al fin que apareció su padre, serio, más que nunca, tanto, que al ver su cara, Carl tuvo que bajar a Anyelik enseguida.

—¿Ya has aparecido? Volvamos a palacio.

Y no dijo nada más, así, de una manera severa, pero, sin alzar su voz, sin regañarla y, en el carruaje, estuvo en silencio todo el tiempo. Anyelik podía sentir la tensión en el ambiente y, su madre, tomaba su manita en todo momento, así, hasta llegar.

Se pusieron a cenar como si nada hubiera pasado, Han, tan callado, con un frío semblante y, eso, mataba por dentro a Anyelik.

Al terminar esa cena, se marchó lo antes posible del gran comedor para ir a su habitación.

Su tristeza era inmensa y, además, Alejandro no había regresado. Deseaba sacar sus alas y volar en la fría noche.

Podría escapar por el baño masculino, pero, lo cierto era, que no sentía fuerzas para ello.

Fue Carl, el que acabó entrando en su habitación, en la cual, ella estaba tirada sobre la cama, mirando al techo como perdida en sus pensamientos, aunque, pudo sentir su presencia.

—Carl, estás aquí...

Y se incorporó.

—Discúlpame, hoy no hemos tenido clases, soy una profesora irresponsable.

Carl se acercó a su cama, agachándose para tomar sus manitas.

—Anyelik, estar muy triste.

—Mucho, todo es tan raro, no entiendo nada de este mundo.

—Yo tampoco entiendo.

Carl, llevó uno de sus dedos bajo el ojito de Anyelik pues, ya se le estaban escapando unas lágrimas.

—No entender, por qué todos parecer máquinas alzando sus manos para dios.

A Anyelik se le escapó una pequeña carcajada.

—Carl, ahí le diste, parecen máquinas, no piensan por ellos mismos.

Tú... ¿Crees en dios?

Carl la miró a los ojos decidido.

—Sí, dios existe, dios, ser una luz de amor, pero, dios no necesita a máquinas.

Dios, solo querer bondad entre todos, no necesita, aaaaah, señor, te adoramos.

Carl se puso a imitar a los creyentes en el templo cuando alzaron sus brazos una y otra vez y, a Anyelik, le dio más risa aún con lo que este no se aguantó y se puso a bailar.

Aquella princesa se quedó hipnotizada con su forma de moverse, parecía algún baile exótico, no cómo los bailes que hacían en ese reino.

—¿Te gusta mi danza? Yo solo bailar cuando nadie ve.

—Carl, me gustó mucho, y mejor hubiera sido con algo de música.

¿Cómo era la de vuestra tribu?

Este miró por toda la habitación y se decidió por tomar dos carpetas grandes.

Después, se sentó en el suelo y las tocó dando palmadas en ellas como si fueran unos tambores, haciendo una melodía algo marchosa.

—¿Te gusta?

—Me encanta, es algo movido y alegre, esa música es mucho mejor que la que escuchan aquí.

Aaah, ya sé, voy a buscar algunos botes vacíos en la cocina, espérame.

Carl obedeció y se quedó esperando mientras miraba toda su habitación y, a los pocos minutos, vino cargada con dos botes algo grandes.

—Ahora podrás tocar más fácilmente juju.

Yo también quiero bailar mientras.

Y colocó su teléfono a grabar audio antes de ponerse a bailar.

Carl, comenzó a tocar esos botes y Anyelik, trató de danzar, obvio, muy diferente a como él lo hacía, acabando por perder el equilibrio al rato, cayendo al suelo, con lo que ese ángel se detuvo para ir a ella.

—¿Duele?

—No te preocupes jeje, no me hice daño ¡Ajajajaa! Soy torpe para bailar así.

—Déjame enseñar, yo también soy maestro, maestro de baile.

Anyelik le dedicó una sonrisa y tomó su teléfono para detener la grabación y así, reproducirla en bucle.

Fue realmente divertido ver a ambos bailar, Carl, sabía muy bien llevar el ritmo, pero, Anyelik, era algo torpe con los pies e iban a su rollo.

—¡Aajajajaa! Carl, sin duda, la peor alumna que podrías tener soy yo.

—No, no lo eres.

—Deja, te mostraré mi súper baile.

Y Carl sí que no imaginaría lo que esa princesa haría y sin ningún pudor, su manera de bailotear de esa forma tan divertida, casi como una monita algo hiperactiva, cosa que le hizo reír en lo alto.

Pero en el momento en el que se subió al escritorio para hacer más tonterías, la puerta de la habitación se abrió y, del susto, perdió el equilibrio cayendo de nuevo al suelo, aunque, de una manera, en la que su vestido se le subió, dejando ver toda su ropa interior, con lo que Carl y Gabriel, que acababa de entrar, se pusieron algo rojos y, el grito que se le escapó a Anyelik, se escuchó por todo el lugar.

La pobre, se tapó enseguida, poniéndose de espaldas a ellos, agachada, con su cara pegada al escritorio.

Gabriel, tuvo que agacharse también para acariciar su cabecita.

—Anyelik, tranquila, vimos muy poco ¿Verdad Carl?

—En mi tribu, mujeres ir con pequeños vestidos, no te preocupes.

—Vamos, que se me vieron todas las braguitas ¡Aaaayyyy! ¡Qué vegüenza!

—¿Braguitas? ¿Qué es?

Preguntaba Carl y sin dudarlo, Gabriel le respondió.

—La ropa interior femenina, esa prenda blanca con un lacito que Anyelik llevaba y...

—¡¡Aaaaaaaaaaah!!

Total, que pudieron calmarla ni supieron cómo, pero, la carita de esa princesa, estuvo roja por largo rato y, peor aún, cuando Gabriel le propuso aquello.

—He pensado, que para que te sientas mejor, en fin, Anyelik. Lo mejor será que duermas con nosotros en mi habitación.

—¡¿Qué?!

—No es bueno que estés sola después de lo que hoy ocurrió, ¿qué piensas?

—Bu-bueno, está bien... Ya... ¿Vamos a dormir?

—Podemos quedarnos hablando una hora o así ya que no es tan tarde, así, de paso, le enseñamos más cosas a Carl.

—Junm, está bien, voy, voy a lavar mis dientes y a ponerme mi camisón, vosotros esperadme allí jeje.

Al ratito, ella ya estaba lista, esta vez, Gabriel le había obligado a Carl a ponerse algo de ropa para dormir, él, también llevaba un pijama y, después, Anyelik, un tanto avergonzada, fue a esa enorme cama para colocarse entre ambos ángeles.

Gabriel, apagó la luz, cosa que la puso más nerviosa aún, pero, ese príncipe comenzó a hablarle.

—Antes me dejaste sin palabras, no tenía ni idea de que la voz principal del coro era tuya.

—Mi padre no quería que nadie lo supiera, solo lo saben algunos ángeles, pero, nadie más, supongo, que ahora cambiarán a la vocalista del templo.

Anyelik suspiró.

—Me quité un peso de encima.

Pero, mi padre me obligará a ir para hacer esas chorradas que hacen todos.

Gabriel...

Entonces llevó sus ojitos a él en mitad de la noche.

—¿Tú también eres una máquina obediente?

Este miró al techo y al poco, le respondió.

—Finjo que lo soy porque no tengo ganas de discutir con nadie, pero, que sepas que estoy contigo.

Y llevó su dedo al mofletito de Anyelik.

—Por cierto, que nadie se entere que me gusta la música trance, ni mis padres lo saben.

—Waaaa, Gabriel.

Expresó emocionada incorporándose para mirarle desde arriba.

—Eso mola mucho, esa música es genial, así como la que compone Alejandro.

Al escuchar eso, este frunció el ceño incorporándose también.

—¿Qué ese vampiro compone música? Ha de ser bien oscura.

—No, en verdad era bonita, así electrónica, movida y mágica. Hasta usó mi voz en una de sus canciones.

—Maldito vampirillo, encima ocultándonos que es alguien tan importante.

Anyelik, volvió a llenarse de tristes pensamientos, pero, dejó ver una pequeña sonrisa.

—Pienso que, nosotros cuatro somos diferentes, Carl, Alejandro, tú y yo.

También, porque amamos la música y no nos dejamos llevar por esta sociedad.

Siento que, los que aprecian la música, son almas libres y llenas de lindos sentimientos.

Gabriel, alborotó un poquito su cabello y, ella, le miró fijamente con esa dulce carita que tenía.

—Quizás, el conocernos todos, fue obra de alguien bueno, de un verdadero dios y no ese al que todos rezan.

Comentaba ese príncipe con una ligera sonrisa en su rostro.

—Me pregunto si conoceremos a más como nosotros más adelante.

Y tras sus palabras, regresó a tumbarse.
Pero Anyelik, pudo recordar la historia de Carl, esa de los dibujos, así que, al fin le preguntó más del tema, del porqué sabía su nombre y, este le contó absolutamente todo, aunque, Gabriel ya había escuchado hacía poco parte de lo sucedido, se quedó en silencio para que Carl pudiera sacar todo, también les dijo, que cuando ella aparecía en el fuego, en su mente fue que se escuchaba su nombre.

Estuvo por más de una hora, contándoles muchas cosas sobre las costumbres de su tribu, el cómo era la vida allí, su niñez, momentos felices y, a pesar de sentir dolor, junto a Anyelik y Gabriel, se sentía mucho mejor, sobre todo con esa princesa.

Mark, se encontraba caminando en la noche, al ser mayor de edad, podía ir sin nadie, aunque, a pesar de que su padre le dejaba salir, si sabía que iría solo, podría enfadarse de la peor de las maneras, más, con los ataques que había habido esos días contra Anyelik.

Pero, ya no lo aguantaba más, recordando a sus padres discutir de esa fea manera en la tarde, dándole vueltas en la cabeza a las palabras de su hermana.

El amor ¿Existía?

Por eso, entró de nuevo en ese local, vestido como la otra noche, con mucho dinero encima, tomando a Elizabeth nada más verla bailar, para que, cuando ella le viera a los ojos, decirle aquello.

—Quiero acostarme contigo.

Continuará.

 

 

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