Alejandro, miraba con odio a aquel demonio que, parecía corresponder esa mirada con cierto desprecio.
—Me ha costado tanto
encontrarte...
¿Quién imaginaría que
estarías en el mismísimo primer cielo?
¿Buscando parte de tus
raíces?
Ninguno allí entendió nada,
pero, Alejandro, dejó ver su oscura espada, sacando sus alas frente a él, que,
tras su espalda, mostró las suyas, unas grandes alas de demonio, como si fueran
las de un dragón, por lo que no tenían plumas.
—Eres mi único hijo, hijo del
rey del infierno, ¿te me estás rebelando?
Anyelik ya sí que no esperó
algo así, ni tampoco ninguno de los que estaban allí.
«Alejandro, ¡es un príncipe
del infierno! »
—Cómo me gustaría destrozarte
en estos momentos.
Aquello lo dijo en un tono
bajo, como conteniéndose, pero, Han, al fin se interpuso.
—Las peleas familiares mejor
afuera, estáis irrumpiendo en la tranquilidad de mi palacio y quiero comer en
paz.
—Ese rey infernal, le miró
con desdén, con esos ojos amarillos llenos de algún tipo de rabia, su esclerótica
era completamente negra, pero, Alejandro, antes de que su padre pudiera decir
algo más, escapó por la gran ventana del salón, volando en lo alto.
—¡¿A dónde crees que vas?!
—¡Lejos de ti! ¡Para siempre!
Y se alejó a gran velocidad,
escapando de ese demonio que daba el aspecto de ser sumamente poderoso.
—Yoel...
Dijo Han, recibiendo de nuevo
una fría mirada.
—No entiendo por qué mi hijo
vino a este lugar, pero, creo que no tengo nada más que hacer aquí.
Ese rey oscuro, guardó sus
enormes alas y se marchó del gran comedor como si nada hubiera pasado.
Anyelik, desesperada, fue
hasta esa ventana, pero, su padre la detuvo.
—Siéntate a terminar de
comer.
—Pero papá ¿no te importa que
Alejandro se haya marchado?
—No es asunto nuestro, si
quiere regresar, que lo haga.
En aquella habitación, Lala
se encontraba sobre su cama, vestida con un pequeño camisón rosa, dejando ver
todo su cuerpo lleno de moretones.
—Maldito Yeivh, ¡¿Cómo se
atrevió a tratarme así?!
Encima que le sirvo...
¡Aaarg! ¡Si no estuvieran
siempre esos chicos tan guapos cerca de esa princesita!
Tocó de pronto la gema de su
pecho.
—Con ella puedo detectar si
está cerca, pero, no sé si está acompañada, ¡vaya mierda!
Si esa Lucy se me adelanta,
perderé todo.
Y mientras tanto, consejo del
cielo, se encontraba ahora reunido.
El rey y la reina estaban
allí, aunque Aluna casi nunca era llamada.
También estaban los reyes de
los demás cielos, había ángeles ancianos y de aspecto maduro, estos eran los
encargados de ese consejo.
Los ángeles podían vivir miles
de años, pero, acababan envejeciendo y muriendo como todo ser vivo.
—El mal se acerca, cada vez,
más y más.
La paz que tuvimos por
milenios, se desvanecerá.
Dijo un ángel con un físico
fuerte, y muy alto, pero, con su barba y cabello completamente blancos y con
arrugas en su rostro.
Su aureola brillaba como el
oro.
A lo que, otro ángel, muy
flaco, y con una nariz aguileña, añadió refiriéndose a Han.
—Tu hija, parece que todo
ronda a su alrededor.
—¿Victoria? No lo creo.
Han estaba bastante mosqueado
y se notaba, no quería que nada malo le sucediera a su pequeña hija.
El ángel de la nariz siguió
hablando.
—Ya van varios ataques.
Se reportó, que hace poco,
hubo otro en la calle Fransuas y, ella, y el príncipe Gabriel, estaban allí.
Han, no supo que responder ya
que, nadie le había dicho de ese percance.
—Hemos determinado, que ella
deberá casarse con el príncipe guerrero, Lunio, del quinto cielo.
—¡Pero ya acordamos que
Gabriel sería el futuro esposo de mi hija!
Expresó alzando su voz, pero,
ese ángel fuerte y anciano, al fin se levantó de su trono con una actitud
intimidante.
—Si no logra usar su poder en
poco tiempo, el matrimonio con Gabriel será anulado y deberá unirse a Lunio.
Los reyes del quinto reino,
siempre fueron unos grandes guerreros por generaciones.
Un ángel, de cabello castaño
oscuro y ojos casi blancos, no dejaba de ver fijamente a Han y acabó yendo a él
antes de que pudiera marcharse.
—Enris...
—¿Necesitas mi ayuda con tu
hija?
—No, bastante hiciste
tratando de enseñarle todo sobre magia.
Enris entonces, le vio más de
cerca, fijo en sus ojos.
Aquel ángel, aparentaba unos
treinta y ocho años si fuera humano.
—Ella, después de todo, no
sacó el poder de su padre.
Recuerdo cuando eras un
chiquillo, siempre me dejabas atónito en el entrenamiento.
Y tras hablarle de esos
recuerdos, le mostró una sonrisa.
—Incluso sabías cuando me
ocultaba bajo mi poder de transfiguración, esos pocos lo logran.
Han, no quiso responder,
recordó cuando su hija le dejó contra la pared sin problemas, aún no se lo
había dicho a nadie y sentía, que por ahora, debía guardarlo para él y todos
los que lo presenciaron aquel día.
Aluna tampoco dijo nada.
Anyelik no dejaba de buscar a
Alejandro por todos los alrededores del palacio, no estaba ni en los jardines,
ni en el interior.
Acabó regresando a su
habitación, allí estaban sus cosas, ni tan siquiera se las había llevado.
Su ropa, su guitarra
eléctrica y su ordenador.
Se sentó frente al escritorio
y, ahí, al tocar el cursor, se dio cuenta de que estaba encendido.
En la pantalla había un
programa abierto, era algo así como un editor de audio ya que había una pista
en él.
Al comenzar a reproducirla,
se maravilló, era música de un estilo electrónico, bastante acelerada y mágica,
tan diferente a la música que acostumbraban a escuchar en ese mundo.
Esta solía ser operística, no
eran muchos los que apreciaban otro tipo de música ya que eran tachados de
raros o rebeldes.
Y cuando la parte vocal
comenzó a sonar, eso sí que no lo esperó.
Allí, estaba cantando ella
misma, como si la hubiera estado grabando a escondidas, de las veces que
cantaba en el jardín en soledad.
Las lágrimas se escaparon de
sus bellos ojos, era la primera persona que valoraba su manera de cantar, fuera
de la ópera que debía usar cada mes y, hoy, hoy era ese mal día.
Justo lo recordó en ese
momento.
Su padre, al ver que no era
buena ni estudiando, ni con la magia, decidió que fuera la voz principal del
coro del gran templo de la ciudad.
Para ello, siempre iba con
una túnica blanca y con una capucha.
Pocos sabían, que esa bella
voz era la de la princesa.
En aquel mundo, se veneraba
al dios creador, cada mes, toda la población de Milenium, iba al gigantesco
templo para orar y rogarle que hubiera paz por siempre.
Le veneraban, como si fuera
necesario regalarle el oído a ese dios.
Al menos eso pensaba Anyelik.
Detestaba con toda su alma
ese día del mes.
Ver a todos, como esclavos
temerosos, idolatrar a ese supuesto dios creador.
Muchas veces, había discutido
con su padre por esa razón, hasta su hermano le rezaba.
Cuando llegaba el momento de
cantar, su voz deseaba detenerse para hacerlo como ella siempre deseaba.
Romper con los esquemas de la
población, lo que consideraban correcto, lo que era normal.
«Alejandro, tú siempre has
valorado mi voz»
«Ojalá supiera en donde estás
ahora»
Y regresó a su habitación
para prepararse, tomando esa túnica que le quedaba grande a causa de su
estatura y por eso, siempre la llevaba arrastrando.
Al montar en ese carruaje
llevado por pegasos, pudo ver que Carl y Gabriel, estaban allí, junto a sus
padres y hermano.
Todos muy serios, salvo Carl,
que parecía estar tranquilo.
Anyelik, imaginó que Gabriel
le habría explicado sobre el lugar al que iban.
Los coches eran raros de ver
en ese mundo, todos iban caminando, o, hasta volando. Los reinos usaban
carruajes de pegasos para viajar protegidos y llegar a los lugares más
rápidamente.
Ambos chicos miraban a
Anyelik.
En la mente de Gabriel, todo
daba muchas vueltas, verla con esa túnica, no imaginó que ella fuera la voz
principal del coro.
Siempre se lo había
preguntado porque le parecía hermosa.
Él y sus padres, debían ir
también cada mes, su reino, estaba en la otra punta de la ciudad, era la única,
en todo Anoriath, con dos reinos debido a su gran tamaño, teniendo, más de
treinta y nueve millones de habitantes en ella.
El palacio del primer cielo,
estaba en una zona más antigua y cerca de un gran bosque al que Anyelik siempre
escapaba de más pequeña, también estaba el mar.
El segundo cielo, estaba en
la parte más moderna y el templo, se encontraba más o menos en medio de ambas
zonas, más en la antigua que en la moderna, como si dividiera la ciudad en dos.
Al llegar, Anyelik le echó
una ojeada, era un edificio alto, con unas columnas de ángeles y mármol dorado,
medio amarillento.
Era muy grande, con una
inmensa puerta que tenía decorados del sol y la luna.
En el interior, había muchas
salas a las cuales, jamás pudo entrar, allí sólo tenían acceso los ángeles del
consejo.
Aquella princesa, entró por
una puerta trasera, un lugar por donde nadie podría verla, dirigiéndose así al
lugar en donde cantaría.
La última vez que estuvo
allí, Alejandro no los acompañó, aunque eso era algo obvio, él, después de
todo, era un demonio, no tendría por qué venerar a ese dios.
Se preguntaba, si en el
infierno también veneraban a dioses, nunca había sido capaz de hablarle de esos
temas, quería saber que tenía en su mente.
En el lugar en donde estaba
el coro, había un inmenso grabado de un ángel de seis alas en la pared.
En ese momento, recordó a
Gabriel.
No le había dado demasiadas
vueltas al porqué tener seis alas, pero, rebuscando en su memoria, llegaron sus
días de estudio, estudios sobre la jerarquía de los ángeles supremos, ángeles
que nunca se habían visto.
«Serafín, ¿Gabriel es uno?
Pero... ¿por qué?»
«Dios, no necesita súbditos,
no necesita alabanzas, al menos, un dios de verdad»
«Gabriel ¿Qué eres
realmente?»
Entonces, su mente, se llenó
de los recuerdos de esa noche, cuando él sacó todas sus alas, sintió un calor
muy intenso, un calor confortable, no era el calor del fuego como el que Carl
producía, tampoco como el del ser invisible que era muy similar al fuego
también.
«Carl, ¿habrá alguna
información de un ángel de fuego»
—Te encontré, ya pronto vamos
a empezar.
Y fue sacada de sus
pensamientos, por una de las chicas del coro que tampoco sabía su identidad.
Había infinidad de ángeles
allí, hasta otro tipo de seres que convivían en armonía, como hadas, elfos,
ninfas y seres de la naturaleza, aunque la gran mayoría eran ángeles.
El coro cantaba en un sutil
tono, todos llevaban unos micrófonos pequeños enganchados a sus orejas, para
que sus voces se escucharan en la distancia, ella era la única con uno en sus
manos.
Un sacerdote de alas
amarillas, alababa a ese dios y todos se arrodillaban suplicando por la paz
eterna.
—¡Oh gran Dios de la luz!
¡Eres nuestro Dios todo poderoso y nosotros te serviremos al ser parte de tu
carne y alma!
—¡Señor, te adoramos!
—¡Gran Dios que nos la vida!
¡No hay nadie como tú! ¡Eres nuestro amado Dios! ¡Tan magnífico y poderoso!
¡Danos la paz eterna, te lo imploramos!
—¡Señor, te adoramos!
Y como poseídos, alzaban sus
manos en lo alto, Carl, no entendía nada, porque, jamás, había alabado a nadie
en su tribu.
Gabriel debía hacer aquello
porque sus padres estaban delante, pero, lo cierto era, que se sentía incómodo
y su voz sonaba en un tono más bajo.
Fueron tantas las plegarias,
las súplicas y, Anyelik, no soportaba más su disgusto.
Cada vez, sentía con más
intensidad, que no pertenecía a ese mundo y, al fin, acercándose el micro un
poco a sus labios, comenzó su canto.
Tuvo que detenerse porque no
podía empatizar, su mente se contradecía en todo momento.
No podía cantarle a un dios
en el que no confiaba
Todos allí se habían quedado
atónitos con esa canción, con esa rebeldía por parte de ese ángel que, había
interpretado una canción que no era para nada aceptada, tanto por su estilo,
como por su letra, de lo poco que Anyelik logró aprender en otro idioma.
Gabriel estaba impresionado
al ver que ella fue capaz de hacer algo así.
Han, ahora, ardía en furia y
quería subir a por su hija, Aluna trató de calmarle y los ángeles con bajo
rango del consejo que había allí, también parecían muy molestos.
—¡Sois tan estúpidos alabando
a un dios!
¡Dios no necesita de
alabanzas! ¡Solo estáis rezando a un ser del mal, de puro ego!
Y tras sus palabras, salió
corriendo para bajar por las escaleras traseras y huir de ese lugar.
El carruaje seguía allí, y
soltó a uno de los pegasos para montar en él y escapar lo antes posible.
—Vamos pegaso, vuela lo más
rápido que puedas.
Y él obedeció, como si
cabalgara en el aire a una increíble velocidad, así, hasta llegar a ese bosque,
deseando ver a Alejandro allí.
Pero, por más que buscó y
buscó, no encontró a nadie y comenzó a llorar con toda su alma.
—No entiendo, qué pinto en
este mundo.
Siento que, no encajo, ni mi
forma de cantar, ni mis gustos, ni mis pensamientos.
¡¿Acaso soy la única con
cabeza pensante?!
—Podría ser.
Y al levantar la cabeza y
darse media vuelta, allí vio a esa mujer, esa mujer de cabello negro, piel de
un tono pálido y ojos muy oscuros, vestida toda de negro, con un elegante
vestido y, tras ella, un portal hecho de ramas de árbol y hojas, se había
dejado ver.
—¿Quién eres?
—Soy la dama de la mansión
del bosque y te escuché llorar.
¿Quieres venir?
Y le extendió su mano.
Anyelik, no dudó en tomarla
para adentrarse por ese portal con ella, encontrándose con esa enorme mansión
tras caminar por un par de minutos.
Se veía algo deteriorada, con
un jardín que parecía rodearla, tan dejado, que las plantas habían crecido por
todos lados y, las frutas de los árboles, estaban esparcidas por el suelo.
La temperatura era bastante
agradable en ese lugar, parecía que el clima era más templado, pues, afuera, ya
era casi invierno.
—Este es mi hogar, llevo
viviendo aquí por tanto tiempo en soledad...
—¿Por qué?
—Eso no importa ahora.
Solo quiero algo de compañía,
¿te gustaría quedarte?
—Bueno...
Anyelik, no sabía qué
responder. Ahora mismo, su padre la estaría buscando furioso, por lo que, no
podía volver a palacio.
—Sí, me quedaré un poco de
tiempo aquí.
Por cierto, ¿cuál es tu
nombre?
Yo soy Anyelik.
Y aquella mujer, le respondió
con una sonrisa.
—Llámame Sonia.
Y para sus adentros,
recordando que Lucy era su verdadero nombre, pero, no quiso decirlo por alguna
razón que solo ella conocía.
Para abrir la mansión, usó
una llave que colgaba entre sus grandes pechos, Anyelik se quedó maravillada,
era un lugar hermoso, pero abandonado.
—Uaaah, qué genial, se siente
un lugar tan acogedor, aunque, se nota como abandonado.
—Bueno, simplemente, soy algo
perezosa para limpiar.
—Entonces, puedo ayudarte a
hacerlo.
Aquella mujer no esperó su
reacción, pero, rápido, cambió de tema.
—Parece que estabas muy
triste hace nada, voy a prepararte un jugo de frutas energético, creo que así
te podrás animar.
Espérame aquí.
Lucy se marchó, pero,
Anyelik, no podía estarse quieta, todo era muy llamativo allí, y, a pesar de
vivir en un mundo lleno de magia, nunca había cruzado por un portal ni nada por
el estilo.
En el centro de la sala,
había como una entrada que llevaba a sabe dios donde, sobre ella, un reloj muy
antiguo se encontraba colgado, a los lados, dos escaleras que iban al segundo
piso.
En el techo, una gran lámpara
antigua que dudó si aún funcionaría.
Todo estaba hecho de madera y
había bastante polvo y telarañas.
Aquella princesa, no pudo con
esa curiosidad que la invadía, necesitaba ver mucho más y, cruzando esa
entrada, caminó por ese pasillo, llegando hasta otro más con algunas puertas y,
justo al fondo, al lado izquierdo, vio que había una salida a la parte trasera
de la mansión que, nada más salir, se encontró con ese estanque del cual,
emergió la mismísima Lucy transformada en esa sirena de cola negra como su
cabello y piel más grisácea, que al haber sido descubierta por Anyelik, pareció
enfurecerse.
—¡Te dije que te quedaras
esperándome!
Expresó alzando su voz, pero
no demasiado como parecer amenazante.
—Lo-lo siento, solo tenía
curiosidad, eres... ¿una sirena? Hacía tanto que no veía una.
Lucy trató de calmarse, debía
aparentar que eso no le preocupaba, quería que le tuviera confianza.
—Lo soy, pero, me gusta
caminar con dos piernas, no me gustar ser una sirena porque si no, estaría
anclada siempre al agua.
Y Anyelik, con total
seguridad, fue hasta ella para ayudarla a salir de ese estanque el cual, se
encontraba cubierto de hojas de árboles.
Con una de sus sonrisas,
extendió su manita y esta, algo dudosa, la tomó con la suya en la cual, tenía
unas membranas entre sus dedos, así como en sus orejas, que pasaron, de ser
alargadas como las de los ángeles, a tener ese aspecto de un ser acuático
—No le diré a nadie de ti
jeje, yo igual odio ser una princesa así que, te entiendo.
Aquella sirena, trató de no
mostrar ninguna reacción ante sus palabras, como si no se sorprendiera pues, ya
sabía quien era ella y así, se sentó en la orilla, sacando toda su cola del
agua, la cual, estaba decorada con unas perlas muy bonitas y algunas joyas
oscuras, y, en nada, regresaron sus dos piernas y sus orejas y manos perdieron
sus membranas.
Ahora, estaba completamente
desnuda y, sin ningún pudor, se puso en pie y tomó una cesta con frutos que
había sacado del fondo del estanque.
—¿Por qué me miras así?
Preguntó al ver que Anyelik
la miraba como atontada.
—Es que, tus pechos, junmm,
son grandes y lindos, me gustaría poder estar desnuda sin vergüenza como tú.
—Bueno, estoy acostumbrada a
ir desnuda o con poca ropa por mi mansión, me gusta sentirme libre así.
Anda, vamos ya a la cocina.
Y tomó su vestido tapándose
la desnudez para después llevar a Anyelik a la enorme cocina que había al lado
derecho de ese pasillo.
—Estos son unos frutos que
crecen bajo el agua en un árbol que hay allí.
Son mis favoritos por su
sabor y por la energía que me proporcionan.
Anyelik, se quedó en esa
silla sin decir nada, pensando en cuán profundo sería ese estanque, si se
llegaba a caer, seguro se ahogaba ya que nunca aprendió a nadar.
Lucy, exprimía aquellos
frutos de un rojo azulado, sacando muchísimo jugo, llenando un vaso bastante
grande.
Este jugo era de un tono
morado y Anyelik ni lo dudó, aceptando esa bebida de una completamente
desconocida, fascinándose con su sabor dulce y adictivo.
—¡Aaaaah! Qué rico, sabe a
golosinas.
—¿Te gusta eh?
—¿No bebes tú también?
—Ya me harté un poco, siempre
acabo bebiendo los mismos jugos y eso que en mi jardín hay mucha variedad de
frutas.
Creo que luego tomaré
lanranjas.
Decía tan tranquila, sin
esperar que Anyelik llevaría su manita a uno de los brazaletes que llevaba en
sus brazos, en cada uno, llevaba dos, uno en la muñeca, y, el otro, más arriba.
Lucy, le apartó la mano de
una manera brusca.
—¡No los toques!
—Disculpa... ¿Qué son?
Lucy trató de tomar calma de
nuevo para sonar amigable.
—Son los que me dan el poder
de abrir el portal a mi mansión, gracias a las gemas que tienen incrustadas,
obtengo toda la energía.
—Oh, eso suena muy guay,
ojalá yo pudiera crear portales también, podría escapar del palacio cuando me
diera la gana.
Le comentaba con total
libertad para darle otro sorbo a su jugo.
—Y dime, ¿qué te hizo llorar?
Te pude escuchar desde el
otro lado del portal.
Anyelik, regresó a su
tristeza casi instantáneamente, pero, pudo liberarse.
—Es que, todos, al otro lado,
parecen ser como tontos, tan manipulables, tan iguales.
Siempre siguiendo órdenes,
hasta en una manera de ser y vestir y, lo peor, adorando a un dios que nunca
hace nada por ellos.
—¡¿Dios?! Aaaarg, lo odio,
por eso soy algo oscura, no sólo por mi apariencia.
—¿Tú también piensas que
adorarle es estúpido?
Lucy, dio un golpe con su
puño en esa mesa de un blanco sucio.
—Ni te imaginas, parece que
todos tienen el cerebro lavado, por eso me quedé oculta en esta mansión, no
quiero tratar con el resto.
Anyelik sonrió, pero,
después, cambió su expresión por esa tan melancólica.
—Aunque, debe ser tan triste
estar siempre tan sola.
—Bah, no importa, puedo
caminar desnuda por mi dimensión y me alimento de frutas muy saludables, solo
mira mi belleza, y eso que soy muy vieja, ya tengo más de dos mil años, hasta
perdí la cuenta.
Lucy, dijo aquello mientras que
dejaba ondear su cabello de una pasada con su brazo.
—¿Sabes qué pienso?
Dijo de pronto Anyelik con
mucha emoción.
—Que deberías conocer a mis
amigos, son tres chicos muy majos y parecen diferentes al resto.
—Junm, suena interesante la
idea, quizás más adelante.
Anyelik parecía contenta por
estar hablando y más hablando con esa sirena, esa sirena, que le ocultaba un
oscuro secreto.
Mientras tanto, todos estaban
buscando a esa princesa desesperados.
El rey estaba furioso y
preocupado al mismo tiempo.
Ella, no estaba ni en
palacio, ni oculta en los jardines.
Incluso Mark, los había
llevado al bosque, revelando que allí era donde ella se iba siempre en sus
escapadas, pero, solo pudieron encontrar al pegaso.
—Cuando
encuentre a Victoria, no sé cómo voy a contenerme.
—Han,
cálmate, ahora no es el momento de enfurecerse.
Pero
en lugar de calmarse, le gritó a su esposa de malas maneras, allí, delante de
su hijo, y de Carl, y de Gabriel también.
—¡Todo
esto es tu culpa! ¡Por haber sido tan liberal siempre y tan blanda con ella!
No
sé por qué tuve que casarme contigo...
Aluna
no se contuvo, propinándole una horrible bofetada en su mejilla.
—¡Eso
fue algo que me pregunté por tanto tiempo! Pero... en vez de pensar en tu hija,
en si ella está bien, solo te preocupas en las apariencias.
—Aluna...
—No
me vuelvas a alzar la voz, y, haz el favor de seguir buscando, yo también soy
una ángel muy poderosa, y, puedo perder el control en cualquier momento.
Mark,
se estaba conteniendo demasiado, no soportaba esa situación, los recuerdos de
su pasado, llegaban de vez en cuando, cuando sus padres no discutían, cuando
parecían apreciarse.
Lo
peor, era pensar que a su hermana le hubiera pasado algo, incluso pudiendo
haber sido atrapada por un reon y, ellos, discutiendo.
Lucy,
en su mansión, con su poder oscuro, podía escuchar que alguien estaba cerca de
esa otra dimensión en el bosque.
Alguna
discusión lo más seguro, aunque no escuchaba las palabras claramente y, por
eso, cortó esa conversación que estaba teniendo con Anyelik sobre comida y más
cosas que a ella le gustaban, Alejandro no faltó en ella.
—¿Qué
sucede?
—Estaba
pensando, cuando me hablaste de tu padre, quizás, él, ahora, esté muy
preocupado por ti.
—¿Tú
crees? Yo creo que estará furioso más que nada.
Lucy
se levantó, tomando de la muñeca a esa princesa.
—Ven,
anda, deberías volver.
—No,
no quiero, además, si me voy, estarás muy sola.
Por
unos momentos, Lucy se quedó en blanco pero pudo reaccionar enseguida.
—Ya
estoy acostumbrada a eso, además, siempre que quieras, puedes venir a verme.
—¿Cómo?
Esta
no respondió y la llevó a la planta superior, era una habitación más sucia que
el resto, con el mismo estilo victoriano que toda la mansión y, abriendo un
cajón, sacó un colgante azul oscuro, como las gemas de sus brazaletes.
—¿Y
esto?
—Tenía
un colgante con el mismo poder que estos brazaletes, con él, cuando vengas a
este bosque, podrás venir a verme.
Ahora,
márchate, me apetece estar sola ahora mismo.
—Pero,
mi padre...
—Si
no te enfrentas con él ahora, lo tendrás que hacer más adelante.
—Ya
pero...
—Oye,
si no me dejas ahora tranquila, me enfadaré y te quitaré el colgante.
Quisiera
que vuelvas otro día y que así bebas más de mis jugos.
Anyelik
pareció comprender y, tras despedirse, se marchó de allí mientras que, Lucy, la
observaba desde esa ventana, seria, muy seria.
Regresó
al bosque de siempre y, allí, se encontró con Carl y Gabriel que, por suerte,
estaban de espaldas llamándola una y otra vez.
—Aquí
estoy.
Dijo
un tanto nerviosa y, nada más verla, ambos chicos corrieron a ella.
—¿Dónde
demonios te metiste? Todos te están buscando.
Le
dijo Gabriel tomándola de los hombros desesperado, pero con cuidado para no
asustarla.
Anyelik
miró al suelo.
—Estaba
por aquí, oculta en un árbol frondoso.
Y
ese ángel, no se aguantó el darle un gran abrazo.
—Si
supieras la preocupación que tenía encima, si algo le pasara a mi pequeña
prometida, no sé qué haría.
—Gabriel...
Pero,
entonces, tras separarse de su cuerpo, Carl la tomó en sus brazos.
—Anyelik,
ahora está aquí.
Y
ella le sonrió.
—Sí
Carl, ya regresé.
Fue
al fin que apareció su padre, serio, más que nunca, tanto, que al ver su cara,
Carl tuvo que bajar a Anyelik enseguida.
—¿Ya
has aparecido? Volvamos a palacio.
Y
no dijo nada más, así, de una manera severa, pero, sin alzar su voz, sin
regañarla y, en el carruaje, estuvo en silencio todo el tiempo. Anyelik podía
sentir la tensión en el ambiente y, su madre, tomaba su manita en todo momento,
así, hasta llegar.
Se
pusieron a cenar como si nada hubiera pasado, Han, tan callado, con un frío
semblante y, eso, mataba por dentro a Anyelik.
Al
terminar esa cena, se marchó lo antes posible del gran comedor para ir a su
habitación.
Su
tristeza era inmensa y, además, Alejandro no había regresado. Deseaba sacar sus
alas y volar en la fría noche.
Podría
escapar por el baño masculino, pero, lo cierto era, que no sentía fuerzas para
ello.
Fue
Carl, el que acabó entrando en su habitación, en la cual, ella estaba tirada
sobre la cama, mirando al techo como perdida en sus pensamientos, aunque, pudo
sentir su presencia.
—Carl,
estás aquí...
Y
se incorporó.
—Discúlpame,
hoy no hemos tenido clases, soy una profesora irresponsable.
Carl
se acercó a su cama, agachándose para tomar sus manitas.
—Anyelik,
estar muy triste.
—Mucho,
todo es tan raro, no entiendo nada de este mundo.
—Yo
tampoco entiendo.
Carl,
llevó uno de sus dedos bajo el ojito de Anyelik pues, ya se le estaban
escapando unas lágrimas.
—No
entender, por qué todos parecer máquinas alzando sus manos para dios.
A
Anyelik se le escapó una pequeña carcajada.
—Carl,
ahí le diste, parecen máquinas, no piensan por ellos mismos.
Tú...
¿Crees en dios?
Carl
la miró a los ojos decidido.
—Sí,
dios existe, dios, ser una luz de amor, pero, dios no necesita a máquinas.
Dios,
solo querer bondad entre todos, no necesita, aaaaah, señor, te adoramos.
Carl
se puso a imitar a los creyentes en el templo cuando alzaron sus brazos una y
otra vez y, a Anyelik, le dio más risa aún con lo que este no se aguantó y se
puso a bailar.
Aquella
princesa se quedó hipnotizada con su forma de moverse, parecía algún baile
exótico, no cómo los bailes que hacían en ese reino.
—¿Te
gusta mi danza? Yo solo bailar cuando nadie ve.
—Carl,
me gustó mucho, y mejor hubiera sido con algo de música.
¿Cómo
era la de vuestra tribu?
Este
miró por toda la habitación y se decidió por tomar dos carpetas grandes.
Después,
se sentó en el suelo y las tocó dando palmadas en ellas como si fueran unos
tambores, haciendo una melodía algo marchosa.
—¿Te
gusta?
—Me
encanta, es algo movido y alegre, esa música es mucho mejor que la que escuchan
aquí.
Aaah,
ya sé, voy a buscar algunos botes vacíos en la cocina, espérame.
Carl
obedeció y se quedó esperando mientras miraba toda su habitación y, a los pocos
minutos, vino cargada con dos botes algo grandes.
—Ahora
podrás tocar más fácilmente juju.
Yo
también quiero bailar mientras.
Y
colocó su teléfono a grabar audio antes de ponerse a bailar.
Carl,
comenzó a tocar esos botes y Anyelik, trató de danzar, obvio, muy diferente a como
él lo hacía, acabando por perder el equilibrio al rato, cayendo al suelo, con
lo que ese ángel se detuvo para ir a ella.
—¿Duele?
—No
te preocupes jeje, no me hice daño ¡Ajajajaa! Soy torpe para bailar así.
—Déjame
enseñar, yo también soy maestro, maestro de baile.
Anyelik
le dedicó una sonrisa y tomó su teléfono para detener la grabación y así,
reproducirla en bucle.
Fue
realmente divertido ver a ambos bailar, Carl, sabía muy bien llevar el ritmo,
pero, Anyelik, era algo torpe con los pies e iban a su rollo.
—¡Aajajajaa!
Carl, sin duda, la peor alumna que podrías tener soy yo.
—No,
no lo eres.
—Deja,
te mostraré mi súper baile.
Y
Carl sí que no imaginaría lo que esa princesa haría y sin ningún pudor, su
manera de bailotear de esa forma tan divertida, casi como una monita algo
hiperactiva, cosa que le hizo reír en lo alto.
Pero
en el momento en el que se subió al escritorio para hacer más tonterías, la
puerta de la habitación se abrió y, del susto, perdió el equilibrio cayendo de
nuevo al suelo, aunque, de una manera, en la que su vestido se le subió,
dejando ver toda su ropa interior, con lo que Carl y Gabriel, que acababa de
entrar, se pusieron algo rojos y, el grito que se le escapó a Anyelik, se
escuchó por todo el lugar.
La
pobre, se tapó enseguida, poniéndose de espaldas a ellos, agachada, con su cara
pegada al escritorio.
Gabriel,
tuvo que agacharse también para acariciar su cabecita.
—Anyelik,
tranquila, vimos muy poco ¿Verdad Carl?
—En
mi tribu, mujeres ir con pequeños vestidos, no te preocupes.
—Vamos,
que se me vieron todas las braguitas ¡Aaaayyyy! ¡Qué vegüenza!
—¿Braguitas?
¿Qué es?
Preguntaba
Carl y sin dudarlo, Gabriel le respondió.
—La
ropa interior femenina, esa prenda blanca con un lacito que Anyelik llevaba
y...
—¡¡Aaaaaaaaaaah!!
Total,
que pudieron calmarla ni supieron cómo, pero, la carita de esa princesa, estuvo
roja por largo rato y, peor aún, cuando Gabriel le propuso aquello.
—He
pensado, que para que te sientas mejor, en fin, Anyelik. Lo mejor será que
duermas con nosotros en mi habitación.
—¡¿Qué?!
—No
es bueno que estés sola después de lo que hoy ocurrió, ¿qué piensas?
—Bu-bueno,
está bien... Ya... ¿Vamos a dormir?
—Podemos
quedarnos hablando una hora o así ya que no es tan tarde, así, de paso, le
enseñamos más cosas a Carl.
—Junm,
está bien, voy, voy a lavar mis dientes y a ponerme mi camisón, vosotros
esperadme allí jeje.
Al
ratito, ella ya estaba lista, esta vez, Gabriel le había obligado a Carl a
ponerse algo de ropa para dormir, él, también llevaba un pijama y, después,
Anyelik, un tanto avergonzada, fue a esa enorme cama para colocarse entre ambos
ángeles.
Gabriel,
apagó la luz, cosa que la puso más nerviosa aún, pero, ese príncipe comenzó a
hablarle.
—Antes
me dejaste sin palabras, no tenía ni idea de que la voz principal del coro era
tuya.
—Mi
padre no quería que nadie lo supiera, solo lo saben algunos ángeles, pero,
nadie más, supongo, que ahora cambiarán a la vocalista del templo.
Anyelik
suspiró.
—Me
quité un peso de encima.
Pero,
mi padre me obligará a ir para hacer esas chorradas que hacen todos.
Gabriel...
Entonces
llevó sus ojitos a él en mitad de la noche.
—¿Tú
también eres una máquina obediente?
Este
miró al techo y al poco, le respondió.
—Finjo
que lo soy porque no tengo ganas de discutir con nadie, pero, que sepas que
estoy contigo.
Y
llevó su dedo al mofletito de Anyelik.
—Por
cierto, que nadie se entere que me gusta la música trance, ni mis padres lo
saben.
—Waaaa,
Gabriel.
Expresó
emocionada incorporándose para mirarle desde arriba.
—Eso
mola mucho, esa música es genial, así como la que compone Alejandro.
Al
escuchar eso, este frunció el ceño incorporándose también.
—¿Qué
ese vampiro compone música? Ha de ser bien oscura.
—No,
en verdad era bonita, así electrónica, movida y mágica. Hasta usó mi voz en una
de sus canciones.
—Maldito
vampirillo, encima ocultándonos que es alguien tan importante.
Anyelik,
volvió a llenarse de tristes pensamientos, pero, dejó ver una pequeña sonrisa.
—Pienso
que, nosotros cuatro somos diferentes, Carl, Alejandro, tú y yo.
También,
porque amamos la música y no nos dejamos llevar por esta sociedad.
Siento
que, los que aprecian la música, son almas libres y llenas de lindos
sentimientos.
Gabriel,
alborotó un poquito su cabello y, ella, le miró fijamente con esa dulce carita
que tenía.
—Quizás,
el conocernos todos, fue obra de alguien bueno, de un verdadero dios y no ese
al que todos rezan.
Comentaba
ese príncipe con una ligera sonrisa en su rostro.
—Me
pregunto si conoceremos a más como nosotros más adelante.
Y
tras sus palabras, regresó a tumbarse.
Pero Anyelik, pudo recordar la historia de Carl, esa de los dibujos, así que,
al fin le preguntó más del tema, del porqué sabía su nombre y, este le contó
absolutamente todo, aunque, Gabriel ya había escuchado hacía poco parte de lo
sucedido, se quedó en silencio para que Carl pudiera sacar todo, también les
dijo, que cuando ella aparecía en el fuego, en su mente fue que se escuchaba su
nombre.
Estuvo
por más de una hora, contándoles muchas cosas sobre las costumbres de su tribu,
el cómo era la vida allí, su niñez, momentos felices y, a pesar de sentir
dolor, junto a Anyelik y Gabriel, se sentía mucho mejor, sobre todo con esa
princesa.
Mark,
se encontraba caminando en la noche, al ser mayor de edad, podía ir sin nadie,
aunque, a pesar de que su padre le dejaba salir, si sabía que iría solo, podría
enfadarse de la peor de las maneras, más, con los ataques que había habido esos
días contra Anyelik.
Pero,
ya no lo aguantaba más, recordando a sus padres discutir de esa fea manera en
la tarde, dándole vueltas en la cabeza a las palabras de su hermana.
El
amor ¿Existía?
Por
eso, entró de nuevo en ese local, vestido como la otra noche, con mucho dinero
encima, tomando a Elizabeth nada más verla bailar, para que, cuando ella le
viera a los ojos, decirle aquello.
—Quiero
acostarme contigo.
Continuará.
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