lunes, 5 de septiembre de 2022

Mi sobredosis de azúcar 4 Los sentimientos de un demonio

 Gabriel, no apartaba sus ojos de Anyelik, en verdad, ella creía que iría a más, los nervios estaban dominando todo su cuerpo y su carita estaba tan roja, que parecía que hasta sus mejillas podrían salir ardiendo.

Pero, Gabriel, tras apartar su flequillo y acariciar su frente, le dio un tierno beso en los labios, un beso pequeño y lindo.

—Soy tu prometido, pero, voy a esperar, mi pequeña princesa está temblando y no quiero ser un chico malo.

Y una sonrisa amable apareció en su rostro.

—Anda, vamos a dormir.

Dijo al fin, tumbándose a su lado, sin tan siquiera ponerse algo de ropa, así de atrevido, bien pegado a ella, que seguía bocarriba con los nervios recorriendo su cuerpo.

—¿Me bajarás algún día?

Mark, se detuvo en mitad de la calle, y, pidiéndole disculpas a esa joven, al fin la dejó en el suelo.

Por suerte, a esas horas de la madrugada, no había casi nadie por esas calles, pues, si alguien los encontraba, se espantaría al ver a una joven andando en lencería por ahí y para colmo, con unos taconazos de vértigo.

—Discúlpame, de verdad, te llevaré a tu casa, dime dónde es.

—No importa, puedo ir solita, ya soy mayorcita por si no te diste cuenta, no necesito tu ayuda.

Mark, no sabía qué hacer, aquella hermosa joven, caminó alejándose, y, Lucas, le pidió que no hiciera nada, pero, a causa de esos tremendos tacones, casi cae al suelo y, dolorida, se agachó para quitárselos y lanzarlos a un lado y así caminar descalza.

Mark, ya no lo pensó más regresando a por ella, tomándola de nuevo en sus brazos.

—¿Qué demonios?

Si querías acostarte conmigo, lo hubieras hecho en el local.

Se quejó de nuevo.

—Yo no quiero eso, no te confundas.

Pero, no me sentiría bien si caminas así, déjame llevarte a tu casa al menos.

Aquella joven pareció ponerse nerviosa con aquella proposición, y, dijo algo que ninguno esperó.

—Llévame a la tuya mejor, la verdad es que me duelen los pies y ya quiero descansar.

A Mark casi le da algo, ¿llevarla a palacio? Si se enteraba su padre la armaría gorda, además, todavía tenía miedo de que le hubiera reconocido alguien en ese local, no eran muchas las veces que se le había visto en público, pues a su padre no le gustaba la exposición de sus hijos, al contrario que Gabriel, que todos sabían que era el príncipe del segundo cielo.

—Lucas, vamos a la tuya.

—¡¿Qué?! Podría irse volando a su casa ¿no?

Expresó molesto.

—Vamos, a tu padre no le va a molestar, después de todo, sabe que de vez en cuando te vas con mujeres.

Aquel ángel suspiró.

—Aaaah, está bien... lo que tengo que hacer por ti, siempre metiéndote en líos.

Y veinte minutos después, fue que al fin llegaron, a esas horas, el padre de Lucas estaría durmiendo, así que, no tendrían problemas.

Este vivía en un barrio, no de los mejores, aunque tampoco era marginal.

La casa era vieja, pero se notaba que estaba cuidada.

Fueron a la habitación de Lucas, allí tenía un violín sobre la cama que enseguida apartó y Mark, sentó allí a la joven que había mantenido en brazos todo el camino.

Sus largos tirabuzones rubios caían sobre sus piernas, en verdad era muy hermosa, con unos pechos tirando a grandes, aunque no tanto como los de la mayoría de mujeres de ese local.

Aquel ángel, bastante molesto, sacó algo de ropa suya y se la echó encima.

—Vístete ¿o te vas a quedar medio en bolas todo el tiempo?

Y la joven lo hizo sin decir una sola palabra, y cuando terminó de vestirse, a Lucas le hizo gracia verla con esa ropa de hombre que le quedaba algo amplia.

—¿Qué sucede?

—Nada, solo que es raro ver a una mujer como tú, vestida de esa manera.

La joven puso una expresión bien molesta, para levantarse y mirarle bien de cerca.

—¿Una mujer como yo?

Ja, dudo mucho que tuvieras el dinero para poder acostarte conmigo viendo el lugar en el que vives.

Lucas pareció molestarse demasiado ante esas palabras, tomándola del brazo con fuerza, suerte que Mark le detuvo en nada haciendo que la soltara.

—Cálmate eh.

—Joder, no sé cómo acabé en esta situación.

Mark, eres el príncipe, y el futuro rey, pero a veces eres demasiado blando como para ello.

Mark quiso tapar su boca para que no siguiera hablando, pero aquella joven ya había descubierto quien era.

—¿Príncipe? Vaya, ya decía yo que tu cabello albino me sonaba de algo.

—Por favor, no le digas a nadie sobre mí.

Le pedía tomándola de las manos con suma preocupación.

—No tendría porqué decir nada, a mí que seas el príncipe me importa poco.

Mark, pareció aliviado.

—Gracias de verdad, y, bueno, yo, debo regresar a palacio ¿podría verte de nuevo? Esto...

—Me llamo Elizabeth, y, si quieres verme, deberás pagar, no trabajo gratis.

Y ese príncipe por poco se sonroja.

—No me refería a eso, es solo que...

Lucas al fin, tuvo que intervenir.

—Mark, ya es tarde, será mejor que regreses.

Le decía empujándole para sacarle de la habitación, pero, en ese momento, la puerta fue abierta y, allí, apareció el padre de aquel joven el cual, se quedó algo atontado mirando la escena.

—Papá.

—Junmm, Mark, no sabía que también te gustaban estos rollos.

Dijo al ver a Elizabeth, allí, con un hombro de la camisa cayendo, dejando ver un toque muy sensual.

—¿Un trío?

—¡Papá! ¡No es lo que piensas! ¡Deja de decir chorradas!

Es una chica que me traje y se dio la casualidad de que Mark vino a verme.

Entonces, aquel señor de barba frondosa castaña, mostró una sonrisilla bonachona.

—Ya entiendo, ya me parecía raro ver a Mark haciendo cosas de ese tipo.

Y tras dar un gran bostezo, sin decir más, regresó a dormir como si nada hubiera pasado.

Ambos chicos pudieron calmarse, pero Lucas acabó echando a su amigo de la casa, quedándose a solas con Elizabeth.

—Anda y quédate a dormir en mi cama, yo dormiré en el sofá del salón.

Le dijo un tanto seco, pero ella no le dio ninguna respuesta.

Se quedó pensativa por largo rato, allí, sentada en esa vieja cama, mientras miraba como si no viera nada todo lo que allí había.

Parecía sentirse melancólica, y, al rato, se marchó de allí en mitad de la oscuridad, como un gato silencioso.

Horribles pesadillas invadieron la noche de aquella princesa.

Unas garras que querían ir a su corazón, siempre, casi logrando arrebatárselo.

—¿Qué es el amor?

Y despertó de golpe, sudando, Gabriel estaba allí muy preocupado, aún no había amanecido y, agotada, cayó a sus brazos.

—¿Qué sucede Anyelik?

—Gabriel, ¿te desperté?

—Sí, en sueños te movías tan agitada, incluso le implorabas a alguien que no te tocara una y otra vez.

¿Qué hay en esos sueños?

Anyelik, fue a los ojos de Gabriel, que la miraban como si quisiera protegerla de cualquier mal en esos momentos.

Después, bajó su mirada para descansar de nuevo en su pecho.

—Esas manos, siempre quieren tomar mi corazón.

Como si alguien deseara poseerme de una horrible manera.

Y, casi al despertar, ¿qué es el amor? 

La misma pregunta cada noche.

Y entre los brazos de ese ángel, se sintió protegida, más, al momento en el que le mostró esas alas.

—Gabriel, no sabía que tenías seis alas.

Expresó tan sorprendida, viéndolas con admiración.

—Eres la única que lo sabe.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Simplemente, siempre las escondo, sería raro para el resto que las vieran.

—¿Raro?

Gabriel la separó un poco más para que ella pudiera ver sus ojos de nuevo.

—Soy el príncipe del segundo cielo, no puedo mostrar anormalidades al resto.

Solo, aparentar que soy un ángel poderoso, pero normal.

Y su mano, se dirigió al rostro de Anyelik para acariciarlo.

—Me gustas tanto, tú, muestras tus rarezas sin miedo y no te avergüenzas por ello.

Pero ahí ocultó su sonrisa.

—Quizás soy algo cobarde porque quiero una vida tranquila.

Pero, estando contigo, todo es mejor, porque eres todo lo contrario a lo que esperé.

Gabriel, se acabó tumbando boca arriba, y, con sus brazos, le pidió tumbarse sobre su pecho.

—Ven, duerme entre mis brazos, dejaré mis alas afuera para que te sientas más tranquila.

Y así, pudieron dormir de nuevo, y, al amanecer, Gabriel se la quedó viendo con sus ojitos cerrados, ahora, en calma, acariciando su suave rostro dormido, levantándose después para vestirse y marcharse de allí, no sin antes, decir aquello en alto.

—Te pude sentir toda la noche.

¿Tú también la quieres proteger?

Y echó una mirada atrás.

Nada se dejó ver, pero sintió el aumento de temperatura.

—Qué cobarde eres, más te vale cuidarla mejor de esas pesadillas.

Y pasada una hora, por la naricita de Anyelik, un rico olor comenzó a llegar y enseguida despertó.

Allí al lado, se encontró al mismísimo Carl, con un plato en sus manos en el que había un pastelillo de chocolate con un delicioso aspecto.

—Carl, ¿qué haces aquí?

—Chocolate, Anyelik.

—¿Para mí?

Y llevó su manita a su pecho para que pudiera entender.

Carl, asintió con su cabeza.

—¡Gracias!

Aaaah, qué hambre tenía, estaba soñando con un mar de chocolate ajaja y ya entiendo el porqué.

—¿Mar?

Y rápido, ella se levantó para buscar en la estantería un libro de cuentos con ilustraciones.

Cuando encontró una de ellas entre las páginas, se la mostró.

Allí había un bello dibujo de un mar en el atardecer.

—Mar, esto es el mar.

Le dijo, y Carl sonrió y Anyelik también.

Después, se comió el pastel con muchas ganas.

Y una semana pasó volando, una semana en la que todo estuvo tranquilo.

Mark, actuó como si nada hubiera pasado aquella noche, tuvo la suerte de que nadie supo que era el príncipe, lo bueno de no salir apenas.

Gabriel, estuvo tratando de enseñar a Anyelik a usar su poder con ese báculo, poquito a poco, lograba conducir su energía a este para que pudiera funcionar, aunque, a menudo se descontrolaba y acababa lanzando rayos de luz por todas partes en ese jardín.

Luego, el jardinero, debía ocuparse de arreglar las plantas, todas las mañanas lo mismo.

Y tras el entrenamiento, llegaba la tarde, y, Anyelik, se transformaba en una profesora para Carl, este aprendía y más aprendía a pasos agigantados y todos estaban muy sorprendidos,

Además, siempre estaba sonriendo, como si todo lo malo que vivió, pudiera permanecer oculto, lo mejor, era ver a esa princesa, vestida con ropa formal, como si de verdad fuera una maestra.

El armario de aquella princesa era inmenso, tenía ropa de todo tipo que había coleccionado por años, y, al no crecer apenas durante toda su adolescencia, toda le valía aún.

A Carl le picaba mucho la curiosidad por saber qué nuevos trajes usaría al día siguiente.

Ese domingo, él ya se encontraba en su habitación, sosteniendo su cuaderno y, Anyelik, pudo sonreír al verle ya preparado para estudiar.

—Vaya, qué buen alumno, incluso en domingo quiere ir a clases.

Pero, se escuchó la voz de Alejandro que se encontraba en el balcón, haciendo que Anyelik se medio asustara ya que no esperó que estuviera ahí.

—Sin duda, mucho más inteligente que la maestra, todavía estoy sorprendido que en siete días sepa tanto cuando quien le enseña es tan torpe.

Anyelik, molesta, fue a él con sus mofletes más inflados que de costumbre.

—¡Borde! ¡Tonto! ¡Siempre te estás metiendo conmigo!

Alejandro, entonces, le echó una mirada de arriba abajo.

—Deberías vestirte como una profesora sexy, me animaría a ir a tus clases aunque fueran aburridas.

—¡Guarro! ¡Depravado! ¡Te pasas mucho!

Aquel vampiro, no pudo evitar partirse de la risa, mostrando todos sus colmillos, Carl le estaba mirando con mucha seriedad, medio entendiendo la situación.

—Tranquila, no tienes atributos que resaltar, no me pondría ni lo más mínimo si te vistieras así.

Anyelik, ya no pudo más, dándole un fuerte empujón, haciéndole caer de la barandilla, menos mal que sacó a tiempo sus alas mosqueado.

—¡Anyelik! ¡Te has pasado! ¡¿Por qué lo hiciste?!

—¡Para que te calles la boca Alejandro! Cada día eres más molesto, ¡no sé para qué me salvaste ese día si luego no te caigo bien!

¡Siempre me estás molestando con tus comentarios pedorros! ¡¡Eres un tonto!!

Y con lágrimas en sus ojos, tomó repentinamente la mano de Carl para salir de allí e ir a los jardines.

Tras unos arbustos, se puso a llorar con todas sus ganas, no pudo ni controlarse, aunque Carl la estuviera viendo.

Aquel ángel, no pudo evitar rodearla con sus brazos cosa que ella no esperó.

—No me llores.

—Carl...

Y le miró calmándose un poco, llevando su manita a su mejilla.

—Ojalá Alejandro fuera tan lindo como tú, incluso, sigues estudiando después de las clases.

Carl...

Sus lágrimas regresaron y tuvo que tapar su rostro en su pecho.

—¡Él sólo sabe decir cosas hirientes! ¡Recalcar mis fallos!, ni tú ni Gabriel sois así.

¡No entiendo por qué es tan malo conmigo!

Decía con el mayor de los dolores, liberándose al fin.

—Anyelik, ¿gustar de Alejandro?

—Carl...

Y se amarró fuerte a su camiseta.

—Me gusta ¡Me gusta mucho y no sé por qué!

Carl, no esperó descubrir aquello.

—¿Cómo me puede gustar un chico que es malo conmigo? ¿Tan tonta soy?

Aquel ángel, no se resistió, sacando sus alas marrones para envolverla, y, después, tomarla en sus brazos.

—Carl, ¿a dónde vamos?

—Carl querer llevarte a un sitio que encontrar cerca.

—Pero, si no voy con Gabriel o mi hermano, no podremos salir.

El fuego de su alma encendió todo su cuerpo, un fuego que no quemaba y, así, se alzó en el cielo, sobrepasando los límites del palacio, siendo vistos por un par de guardias que siempre cuidaban los alrededores.

Al ver nada más que una bola de fuego, no se dieron cuenta de que Anyelik estaba en sus brazos, y, cuando uno de ellos le detuvo, este dejó ver tan solo su rostro.

—Carl querer salir un rato.

—Ah, el forastero, está bien, pero, no entiendo para qué ir dando el cante así envuelto en llamas, qué susto me llevé.

—Carl querer ser como el sol.

—Vale, vale, anda y vete, qué tipo más raro.

Así fue que pudieron alejarse de allí, y, cuando ya no había peligro, este desvaneció ese fuego y pudo ver a Anyelik pegada a su pecho muy tranquila.

Volando, acabaron llegando a la playa, y, sobre la arena, la soltó con cuidado sentándola, y, después, tomó sus pequeños pies para sacarle los zapatos.

—El mar.

—Sí, es muy lindo, hacía demasiado que no venía a este lugar y eso que no está tan lejos.

Ajajaja, cuando haga mejor tiempo, me gustaría bañarme.

Carl, comenzó a rebuscar en el bolsillo de sus pantalones y de allí sacó algo.

Después, tomó la muñeca de Anyelik y le colocó aquella pulsera de conchitas y caracolas de mar.

—¿Y esto?, ¿lo hiciste tú?

—Sí.

—Es hermosa Carl, la hiciste, ¿para mí?

Este asintió con la cabeza.

Anyelik pudo sonreír y acarició su rostro con cariño.

Carl, ya no pudo aguantarse al ver su bella sonrisa tan cálida y, acabó por acercarse a sus labios con intención de darle un beso.

Y, lo hubiera hecho, si no fuera por una ola más grande que el resto que los acabó empapando.

Anyelik, se había quedado un tanto confundida por aquello, pero, ahora, se encontraban empapados y, lo peor, era que llevaba un vestido blanco y se le estaba transparentando toda su figura y la ropa interior, provocándole un grito de la vergüenza que sentía, tapándose como podía, pero, Carl, volvió a tomarla para alejarla de la orilla y taparla con su cuerpo, reteniéndola entre sus brazos, aumentando la temperatura con ese fuego mágico.

Así, estuvieron por unos pocos minutos, en silencio, hasta que él pudo romper el hielo.

—Anyelik, ¿tener frío?

—Anyelik, ya no tiene frío jeje.

Pero, junmm.

—¿Qué es?

—¡Aaaah! ¡Me viste casi desnuda!

Sabes, ¿por qué voy poco a la playa en verano?

Porque, estoy plana.

¡¡Aaaaaaah!! ¡Qué vergüenza!

—¿Plana?, no entiendo.

Anyelik, se separó sonrojada y, llevó sus dos manitas a sus pechos como si los tapara.

—Son muy pequeñitos y, ya tengo diecisiete años, mi cuerpo, es pequeño y delgado.

Todos se burlarían de mí, se reirían.

Tuvo entonces, que mirar a la arena nerviosa.

—¿No piensas que me veo mal?

—Me gusta.

La pobre le miró ahora roja, roja, Carl, estaba serio y, la acabó tomando por su pequeña cinturita para tumbarla allí.

Acariciando su figura, deslizando su mano, desde su rostro, para pasar por sus bracitos, llegando a sus caderas.

—Ca-Carl...

—A Carl gustar Anyelik, quiero besarte.

—¡Aaaaah!

Y se tapó su boquita mientras que, su corazón daba un vuelco en su pecho.

—Carl, no, no puedes besarme, eso, no está bien, yo, yo ya tengo prometido.

Entonces, Carl, se puso más serio aún.

—Anyelik quiere a Alejandro, él, malo con ella, pero, querer sus besos ¿no?

—Bu-bueno.

—Gabriel con Anyelik, Anyelik con Alejandro, Carl, amar a Anyelik también.

Acabó revelando con una carita realmente triste y, después, la dejó libre, sentándose al lado, rodeándose las piernas con sus brazos, mirando al mar.

—Carl, ¿estás enfadado?

Preguntó posando su mano en su espalda.

—No, nunca poder enfadarme con Anyelik.

Carl no ser la gran cosa, estudiaré más, ser un mejor hombre.

Carl querer ser un alguien bueno para Anyelik.

Entonces, se puso en pie, ayudando a esa princesa a incorporarse, llevándola de la mano a la orilla para mojar sus pies.

El tiempo, ya era frío, pero, eso no les detuvo, al final, se pusieron a jugar con el agua, salpicándose por un buen rato hasta que terminaron agotados tirados sobre la arena.

—Deberíamos volver jeje, quizás se estén preguntando en dónde estoy.

Acabó diciendo, mirándole con una sonrisa tierna.

Cuando se pusieron los zapatos, Carl regresó a tomarla en brazos para encenderse en fuego y así regresar al palacio.

El resto del día, fue tranquilo, pero, Anyelik, echó en falta a Alejandro, pues, no se dejó ver en ningún momento, ni siquiera para la hora de comer, ni para la de cenar.

A la hora de dormir, Carl, como cada noche, se quedaba nada más que con los calzoncillos y ahí, se tumbó en esa amplia cama en la que dormía junto a Gabriel.

Esta vez, este último, se estaba mirando en el espejo que allí había, quería asegurarse de que sí se veía atractivo sin camiseta.

Tenía un bonito cuerpo cuidado, era algo delgado, pero, también marcado, pensaba, si para Anyelik era un hombre guapo y, después, fue hasta Carl, mirándole calmado, pero con ese punto serio.

—Gabriel, ¿qué sucede?

Le preguntó incorporándose.

—Veo que has aprendido demasiado pronto el idioma de aquí.

Ahora, ¿me dirás por qué buscabas a mi prometida?

Carl, se tornó melancólico, apoyándose en una de sus rodillas, recordando todo lo sucedido días atrás.

—Yo, poder controlar fuego en mi tribu, de manera, en mí.

—Querrás decir natural.

—Sí.

Carl se quedó en silencio por escasos segundos, pero, siguió contándole aún con todo el dolor por esos recuerdos tan horribles.

—Mi abuelo, enseñarme mucho desde niño.

cada vez que crear fuego, Anyelik aparecer en él.

Abuelo decirme de ir con ella, yo, ¡yo no ser de allí!

Y ya, no pudo más, echándose a llorar mientras tapaba su rostro con sus brazos, apoyado en sus piernas.

—Yo, no nacer allí, todos piel oscura sin alas, pero, ser mi familia.

Gabriel, entendió en esos momentos que Carl, pudo ser adoptado de alguna manera por esa tribu.

—¿Recuerdas algo de tu origen?

—¿Origen?

—Sí, el dónde naciste.

—No, desde bebé estar ahí y ser el único de piel clara con alas.

Abuelo decirme que el fuego le dijo de mí.

Gabriel siguió preguntando con más curiosidad que antes.

—A ver si me entero, te abandonaron, y, tu abuelo con el fuego, ¿supo en dónde te encontrabas?

—Sí, abuelo antes de irse, decir, ir con Anyelik.

Gabriel se quedó con más dudas aún, ¿por qué ese ángel sabía dominar el fuego?

Más bien, ¿era un poder que nacía de su interior naturalmente?

Aunque no quiso seguir con las preguntas ya que sentía que Carl estaba bastante decaído y no quería hacerle sentir peor.

Por otro lado, él, no dejaba de pensar en Anyelik, el cómo estaba enamorado de ella desde pequeño, desde que apareció en su fuego por primera vez.

Se la pasaba creando llamas solo para ver su rostro en todo momento y, ahora, que la tenía tan cerca, su amor se había incrementado, no solo por su belleza, también por su tierna manera de tratarle, y, cuando le protegió sin tan siquiera conocerle, ¿por qué lo habría hecho?

No dejaba de preguntárselo.

Tenía unas inmensas ganas de besar su boca y, con ese deseo se durmió.

Anyelik, estaba en la cama dándole vueltas a todo.

Gabriel y Carl, parecían estar enamorados y no comprendía qué vieron en ella.

«¿Qué siento por ellos?»

Se preguntaba.

«Me gustaría, cuidarlos»

«Yo, no quiero que lloren jamás»

«Por qué»

Y estuvo a punto de pedirle al ser invisible abrazarla, pero, escuchó las puertas del balcón abrirse y no pudo hacer nada porque alguien la acorraló contra la cama, con cierta fuerza y, se hubiera asustado aún más, si no fuera, porque la luz de la luna, dejó ver al mismísimo Alejandro, mostrando sus colmillos más largos que de costumbre.

—Alejandro...

Y su boca se dirigió a su fino cuello, clavando levemente esos colmillos, como si fuera a beber de su sangre, mientras que, ella, le aprisionaba con sus bracitos, sintiéndose sumisa a sus deseos, pero, no llegó a perforar su piel.

—Anyelik...

Terminó diciendo su nombre con una voz aún más gruesa que de costumbre.

—¿Dejarías que te comiera en estos momentos?

—¿Quieres comerme?

—Te comería, te comería ahora mismo.

No pararía en toda la noche de morderte cada parte de tu cuerpo.

Quiero beber de ti hasta que me pidas detenerme, pero...

Anyelik deseó tanto que lo hiciera, pero, este se sentó a un lado de la cama y, tras suspirar, se sinceró de una vez con ella.

—Anyelik, ¿no tienes miedo de mí?

—Jamás, nunca.

—Anyelik...

Te llevo siguiendo desde que eras una niña, esperándote cada tarde en ese maldito bosque a escondidas, reprimiendo mis deseos de poseerte.

Eso jamás se lo esperó, pero, lejos de asustarse, posó sus manitas en su brazo izquierdo y este, la miró ligeramente.

—Alejandro, ¿Por qué?, ¿por qué quieres comerme?

Y de un rápido movimiento, volvió a arrinconarla bajo su cuerpo, mirándola con esos ojos tan azules.

—Porque te amo.

El corazón de Anyelik casi se detiene al igual que su respiración, pero, él prosiguió con aquello que aceleró de golpe su corazón.

—Te amo tanto que siento que muero.

No sé de qué manera dejar de sentir esto que me está matando.

—No, no quiero, ¡no quiero que me dejes de amar!

Los ojitos de Anyelik se lo imploraban y, tuvo que tomar su frío rostro para que no dejara de ver sus ojos.

—Anyelik, soy un demonio y tú, un ángel, para colmo, te casarás con Gabriel.

Nadie aceptaría esto, es una locura.

Y su mirada se cubrió de lágrimas, era la primera vez que Anyelik le veía llorar y no dudó más, llevando sus labios a los suyos para al fin besarle.

Aquel vampiro se estaba conteniendo demasiado, ahora, no podían separar sus bocas y la piel de Alejandro, se llenó de unas venas moradas mientras que, sus colmillos, crecían de nuevo.

—Alejandro, toma un poco de mi sangre, por favor, hazlo.

Le decía con sumo deseo, y este, que tomaba aire agitadamente, casi sin miramiento, terminó clavando sus colmillos en su cuello.

Las manitas de Anyelik le apresaban queriendo que no se detuviera, queriendo que fuera a más, incluso deseando que al fin tuvieran su primera vez.

Sintiendo la excitación de ese vampiro que no dejaba de beberla, habiendo sacado incluso, sus afiladas garras con las que trataba de no lastimarla más.

Anyelik, le pedía entre delicados gemidos que se lo hiciera ya.

Fue un brillo que iluminó toda la habitación, un brillo que salió de toda ella, el que hizo que al fin pudiera escapar del embrujo de su piel.

—¡No! Alejandro, ¡no te vayas!

Alzó su voz extendiendo sus brazos a él, de sus labios caían goterones de sangre y, sabía que, si no se marchaba en esos momentos, tendría que devorarla.

—¡Alejandro! Quédate.

Pero él, escapó por el balcón y, rápido, fue tras él, pero, a causa de la pérdida de sangre, le dio un pequeño mareo y, tuvo que quedarse en el balcón, mientras que él volaba en la noche, alejándose de allí.

La debilidad de su cuerpo era intensa, pero, él supo parar de beberla para no dejarla en las últimas.

Llevó su pequeña mano a esos orificios de su cuello, llenándose de su sangre, y, después, pudo ponerse en pie para ir al baño y curar su herida.

Se puso una curita algo más grande y, después, colocó una cinta blanca para tapar la mordida. Si alguien veía esa cinta, no preguntarían ya que simplemente era un adorno.

Pudo sonreír por un buen rato y, hasta su pálido rostro se volvió completamente rojo.

Después, se tumbó en la cama para tratar de dormir al fin.

A esas horas, Mark, se encontraba ya en el local Cibersueño, le había dicho a su padre que dormiría con Lucas, lo había hecho en alguna ocasión antes, por lo que le dejó estar afuera esa noche.

Todos esos días, no había dejado de pensar en esa joven llamada Elizabeth.

Sentía la necesidad de volverla a ver, y, para ello, se había tapado con una gabardina elegante y gafas de sol, su cabello albino estaba bajo una capucha y llevaba bastante dinero en efectivo encima.

Nada más llegar allí, le enseñó todos los billetes al de la entrada que por suerte, no le reconoció dejándole pasar al ver tanto dinero y la ropa cara.
Era normal que la mayoría de hombres fueran así de tapados para no ser reconocidos si les veían entrar, sobre todo los casados, que eran bastantes.

Ya dentro, se quedó viendo el ambiente, buscándola por todos lados como desesperado hasta encontrarla bajando de la planta superior.

Ni siquiera lo dudó yendo a ella, tomándola de la muñeca haciendo que ella le mirara sorprendida.

—Quiero ir contigo.

Y del bolsillo sacó de nuevo el fajo de billetes.

—Vaya, eso no lo esperé.

Respondió habiendo reconocido su voz en nada.

Ya arriba, en una de las habitaciones, Mark al fin se quitó la gabardina y las gafas, pero, ella, sentada en la cama, comenzó a desnudarse frente a él.

—¿Qué haces?

—¿No querías acostarte conmigo?

—No, no vengo a eso.

—¿Entonces?

Mark se estaba controlando, más, porque ahora la tenía completamente desnuda, ahí, tan cerca.

—Yo solo quiero estar contigo y conocerte.

Elizabeth se echó una pequeña carcajada.

—¿Qué te interesa de mí principito?

¿Nunca viste a una mujer así tan cerca?

—No es eso.

—Ah, ya sé, ¿la tienes pequeña?

Mark, trató de no molestarse por sus comentarios y se acercó a ella, en esa cama, mirándola a sus ojos.

—Solo quiero saber cómo se siente eso del amor.

Quiero ver más allá de esa primera imagen que me estás mostrando.

Elizabeth le apartó un poco.

—¿Y por qué me elegiste a mí?

Soy una prostituta.

Hay muchas mujeres afuera, mujeres con dinero, de buenas familias.

Acaso, ¿me viste como una mujer fácil y desesperada?

Mark, se puso más serio todavía, arrinconándola contra la cabecera de la cama.

—Es que, tu esencia, me hizo sentir que eras diferente y, tu forma de bailar.

—¿Mi forma de bailar?

preguntó sin entender, mientras que, ese príncipe, la miraba muy de cerca.

—Nunca vi esa manera de bailar, como si lo sintieras de verdad.

Por favor, déjame venir a verte algunas noches, no me acostaré contigo, te dejaré el dinero porque, yo solo quiero que me hables de lo que desees, quiero escucharte.

Encontrar a un hombre así, estaba poniendo en desequilibrio su mente, cosa que no esperó y pudo sonreír.

—¿Qué pasa?

—Nunca encontré a un hombre tan raro como tú.

Ni siquiera dicen, hola, o, adiós.

Son aburridos, vacíos, tan básicos.

Elizabeth, entonces, acarició su rostro y este se puso algo nervioso.

—Tu piel es muy delicada, eres un príncipe después de todo y, debes saber muchas cosas.

En vez de hablar yo primero, ¿por qué no me cuentas cosas interesantes?

Algo por lo que merezca la pena haber aceptado tu dinero.

Mark, entonces, tomó su gabardina.

—¿Qué haces?

—Es para taparte y que estés cómoda.

—Ya estoy acostumbrada a estar desnuda, pero, si así podrás estar en calma, entonces me taparé.

Y por unas dos horas, ella le estuvo escuchando hablar y más hablar.

Sobre cosas que había estudiado, sobre libros que había leído, de magia, o historias curiosas y entretenidas, le habló hasta de su amigo Lucas y de su hermana también.

—Bueno, creo que, aah, le dije a mi padre que dormiría con Lucas.

Elizabeth se tapó la boca aguantándose la risa.

—No te rías, no quiero ir a su casa a molestar tan tarde.

—Bueno, el local cierra a las seis de la mañana, si quieres, puedes quedarte en esta habitación conmigo, para eso pagaste.

—¿De verdad?

Y enseguida se metió en la cama como si se preparara para dormir, cosa que ella no esperó.

—Oye, ¿en verdad te dormirás?

Vaya, eres demasiado tierno para ser un hombre adulto.

Elizabeth sonrió y se quedó a su lado, a causa de su trabajo, ella dormía de día, por lo que no tenía sueño y se le quedó mirando dormir tan plácidamente.

Lo cierto, es que le parecía un hombre hermoso, estaba acostumbrada a acostarse con hombres de todo tipo, eso sí, todos con dinero, pero, con muy feos modales.

Algunos, atractivos, pero vacíos, otros, muy desagradables para su gusto e igual de vacíos.

Se preguntaba, si eso de hacer el amor, sería algo bonito y placentero ya que, jamás lo experimentó.

Aunque, aún tenía diecinueve años, pero, sentía que estaba cansada de la vida.

El encontrarse con ese extraño príncipe, hizo que su noche fuera diferente a las demás.

Ese lunes, de nuevo, un dulce olor a chocolate, despertó a esa princesa, pudo sonreír al ver allí a Carl con el pastelillo de cada mañana.

A pesar de sentir que necesitaba a Alejandro, ver a Carl nada más abrir sus ojos, le producía una agradable sensación y, le mostró una de sus tiernas sonrisas.

Lo mismo al momento de entrenar con Gabriel, estar cerca de él, le gustaba demasiado.

Todo era extraño, su necesidad por Alejandro era inmensa, pero, esos chicos lograban tenerla en calma, a pesar de que ese vampiro no se había dejado ver aún en todo el día.

Fue a la hora de comer que, pudo ver sus ojos que enseguida la esquivaron, sintiéndose un tanto nervioso.

Estaba serio, sin decir una palabra comiendo en el gran comedor, cerca de sus padres, acompañados por Mark, que se veía más contento que de costumbre y, también, Carl y Gabriel estaban allí.

Nadie imaginaría, que unos guardias entraría alterados para avisar al rey de un tema importante.

Alguien había llegado para hablar y, Han, dejando la comida a medias, se levantó de la mesa.

No le dio tiempo a más porque, enseguida, entró un demonio, vestido con unas ropas muy elegantes, con rasgos de asiático como Alejandro, pero con sus ojos aún más rasgados, y amarillos en vez de azules.

—¡Tú! ¡¿Qué coño haces aquí?!

—Alejandro, al fin te encontré...

Continuará...

 

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