Gabriel, no apartaba sus ojos de Anyelik, en verdad, ella creía que iría a más, los nervios estaban dominando todo su cuerpo y su carita estaba tan roja, que parecía que hasta sus mejillas podrían salir ardiendo.
Pero, Gabriel, tras apartar
su flequillo y acariciar su frente, le dio un tierno beso en los labios, un
beso pequeño y lindo.
—Soy tu prometido, pero, voy
a esperar, mi pequeña princesa está temblando y no quiero ser un chico malo.
Y una sonrisa amable apareció
en su rostro.
—Anda, vamos a dormir.
Dijo al fin, tumbándose a su
lado, sin tan siquiera ponerse algo de ropa, así de atrevido, bien pegado a
ella, que seguía bocarriba con los nervios recorriendo su cuerpo.
—¿Me bajarás algún día?
Mark, se detuvo en mitad de
la calle, y, pidiéndole disculpas a esa joven, al fin la dejó en el suelo.
Por suerte, a esas horas de
la madrugada, no había casi nadie por esas calles, pues, si alguien los
encontraba, se espantaría al ver a una joven andando en lencería por ahí y para
colmo, con unos taconazos de vértigo.
—Discúlpame, de verdad, te
llevaré a tu casa, dime dónde es.
—No importa, puedo ir solita,
ya soy mayorcita por si no te diste cuenta, no necesito tu ayuda.
Mark, no sabía qué hacer,
aquella hermosa joven, caminó alejándose, y, Lucas, le pidió que no hiciera
nada, pero, a causa de esos tremendos tacones, casi cae al suelo y, dolorida,
se agachó para quitárselos y lanzarlos a un lado y así caminar descalza.
Mark, ya no lo pensó más
regresando a por ella, tomándola de nuevo en sus brazos.
—¿Qué demonios?
Si querías acostarte conmigo,
lo hubieras hecho en el local.
Se quejó de nuevo.
—Yo no quiero eso, no te
confundas.
Pero, no me sentiría bien si
caminas así, déjame llevarte a tu casa al menos.
Aquella joven pareció ponerse
nerviosa con aquella proposición, y, dijo algo que ninguno esperó.
—Llévame a la tuya mejor, la
verdad es que me duelen los pies y ya quiero descansar.
A Mark casi le da algo,
¿llevarla a palacio? Si se enteraba su padre la armaría gorda, además, todavía
tenía miedo de que le hubiera reconocido alguien en ese local, no eran muchas
las veces que se le había visto en público, pues a su padre no le gustaba la
exposición de sus hijos, al contrario que Gabriel, que todos sabían que era el
príncipe del segundo cielo.
—Lucas, vamos a la tuya.
—¡¿Qué?! Podría irse volando
a su casa ¿no?
Expresó molesto.
—Vamos, a tu padre no le va a
molestar, después de todo, sabe que de vez en cuando te vas con mujeres.
Aquel ángel suspiró.
—Aaaah, está bien... lo que
tengo que hacer por ti, siempre metiéndote en líos.
Y veinte minutos después, fue
que al fin llegaron, a esas horas, el padre de Lucas estaría durmiendo, así
que, no tendrían problemas.
Este vivía en un barrio, no
de los mejores, aunque tampoco era marginal.
La casa era vieja, pero se notaba
que estaba cuidada.
Fueron a la habitación de
Lucas, allí tenía un violín sobre la cama que enseguida apartó y Mark, sentó
allí a la joven que había mantenido en brazos todo el camino.
Sus largos tirabuzones rubios
caían sobre sus piernas, en verdad era muy hermosa, con unos pechos tirando a
grandes, aunque no tanto como los de la mayoría de mujeres de ese local.
Aquel ángel, bastante
molesto, sacó algo de ropa suya y se la echó encima.
—Vístete ¿o te vas a quedar
medio en bolas todo el tiempo?
Y la joven lo hizo sin decir
una sola palabra, y cuando terminó de vestirse, a Lucas le hizo gracia verla
con esa ropa de hombre que le quedaba algo amplia.
—¿Qué sucede?
—Nada, solo que es raro ver a
una mujer como tú, vestida de esa manera.
La joven puso una expresión
bien molesta, para levantarse y mirarle bien de cerca.
—¿Una mujer como yo?
Ja, dudo mucho que tuvieras
el dinero para poder acostarte conmigo viendo el lugar en el que vives.
Lucas pareció molestarse
demasiado ante esas palabras, tomándola del brazo con fuerza, suerte que Mark
le detuvo en nada haciendo que la soltara.
—Cálmate eh.
—Joder, no sé cómo acabé en
esta situación.
Mark, eres el príncipe, y el
futuro rey, pero a veces eres demasiado blando como para ello.
Mark quiso tapar su boca para
que no siguiera hablando, pero aquella joven ya había descubierto quien era.
—¿Príncipe? Vaya, ya decía yo
que tu cabello albino me sonaba de algo.
—Por favor, no le digas a
nadie sobre mí.
Le pedía tomándola de las
manos con suma preocupación.
—No tendría porqué decir
nada, a mí que seas el príncipe me importa poco.
Mark, pareció aliviado.
—Gracias de verdad, y, bueno,
yo, debo regresar a palacio ¿podría verte de nuevo? Esto...
—Me llamo Elizabeth, y, si
quieres verme, deberás pagar, no trabajo gratis.
Y ese príncipe por poco se
sonroja.
—No me refería a eso, es solo
que...
Lucas al fin, tuvo que
intervenir.
—Mark, ya es tarde, será
mejor que regreses.
Le decía empujándole para
sacarle de la habitación, pero, en ese momento, la puerta fue abierta y, allí,
apareció el padre de aquel joven el cual, se quedó algo atontado mirando la
escena.
—Papá.
—Junmm, Mark, no sabía que
también te gustaban estos rollos.
Dijo al ver a Elizabeth,
allí, con un hombro de la camisa cayendo, dejando ver un toque muy sensual.
—¿Un trío?
—¡Papá! ¡No es lo que
piensas! ¡Deja de decir chorradas!
Es una chica que me traje y
se dio la casualidad de que Mark vino a verme.
Entonces, aquel señor de
barba frondosa castaña, mostró una sonrisilla bonachona.
—Ya entiendo, ya me parecía raro
ver a Mark haciendo cosas de ese tipo.
Y tras dar un gran bostezo,
sin decir más, regresó a dormir como si nada hubiera pasado.
Ambos chicos pudieron
calmarse, pero Lucas acabó echando a su amigo de la casa, quedándose a solas
con Elizabeth.
—Anda y quédate a dormir en
mi cama, yo dormiré en el sofá del salón.
Le dijo un tanto seco, pero
ella no le dio ninguna respuesta.
Se quedó pensativa por largo
rato, allí, sentada en esa vieja cama, mientras miraba como si no viera nada
todo lo que allí había.
Parecía sentirse melancólica,
y, al rato, se marchó de allí en mitad de la oscuridad, como un gato
silencioso.
Horribles pesadillas
invadieron la noche de aquella princesa.
Unas garras que querían ir a
su corazón, siempre, casi logrando arrebatárselo.
—¿Qué es el amor?
Y despertó de golpe, sudando,
Gabriel estaba allí muy preocupado, aún no había amanecido y, agotada, cayó a
sus brazos.
—¿Qué sucede Anyelik?
—Gabriel, ¿te desperté?
—Sí, en sueños te movías tan
agitada, incluso le implorabas a alguien que no te tocara una y otra vez.
¿Qué hay en esos sueños?
Anyelik, fue a los ojos de
Gabriel, que la miraban como si quisiera protegerla de cualquier mal en esos
momentos.
Después, bajó su mirada para
descansar de nuevo en su pecho.
—Esas manos, siempre quieren
tomar mi corazón.
Como si alguien deseara
poseerme de una horrible manera.
Y, casi al despertar, ¿qué es
el amor?
La misma pregunta cada noche.
Y entre los brazos de ese
ángel, se sintió protegida, más, al momento en el que le mostró esas alas.
—Gabriel, no sabía que tenías
seis alas.
Expresó tan sorprendida,
viéndolas con admiración.
—Eres la única que lo sabe.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Simplemente, siempre las
escondo, sería raro para el resto que las vieran.
—¿Raro?
Gabriel la separó un poco más
para que ella pudiera ver sus ojos de nuevo.
—Soy el príncipe del segundo
cielo, no puedo mostrar anormalidades al resto.
Solo, aparentar que soy un
ángel poderoso, pero normal.
Y su mano, se dirigió al
rostro de Anyelik para acariciarlo.
—Me gustas tanto, tú, muestras
tus rarezas sin miedo y no te avergüenzas por ello.
Pero ahí ocultó su sonrisa.
—Quizás soy algo cobarde
porque quiero una vida tranquila.
Pero, estando contigo, todo
es mejor, porque eres todo lo contrario a lo que esperé.
Gabriel, se acabó tumbando
boca arriba, y, con sus brazos, le pidió tumbarse sobre su pecho.
—Ven, duerme entre mis
brazos, dejaré mis alas afuera para que te sientas más tranquila.
Y así, pudieron dormir de
nuevo, y, al amanecer, Gabriel se la quedó viendo con sus ojitos cerrados,
ahora, en calma, acariciando su suave rostro dormido, levantándose después para
vestirse y marcharse de allí, no sin antes, decir aquello en alto.
—Te pude sentir toda la
noche.
¿Tú también la quieres
proteger?
Y echó una mirada atrás.
Nada se dejó ver, pero sintió
el aumento de temperatura.
—Qué cobarde eres, más te
vale cuidarla mejor de esas pesadillas.
Y pasada una hora, por la
naricita de Anyelik, un rico olor comenzó a llegar y enseguida despertó.
Allí al lado, se encontró al
mismísimo Carl, con un plato en sus manos en el que había un pastelillo de
chocolate con un delicioso aspecto.
—Carl, ¿qué haces aquí?
—Chocolate, Anyelik.
—¿Para mí?
Y llevó su manita a su pecho
para que pudiera entender.
Carl, asintió con su cabeza.
—¡Gracias!
Aaaah, qué hambre tenía,
estaba soñando con un mar de chocolate ajaja y ya entiendo el porqué.
—¿Mar?
Y rápido, ella se levantó
para buscar en la estantería un libro de cuentos con ilustraciones.
Cuando encontró una de ellas
entre las páginas, se la mostró.
Allí había un bello dibujo de
un mar en el atardecer.
—Mar, esto es el mar.
Le dijo, y Carl sonrió y
Anyelik también.
Después, se comió el pastel
con muchas ganas.
Y una semana pasó volando,
una semana en la que todo estuvo tranquilo.
Mark, actuó como si nada
hubiera pasado aquella noche, tuvo la suerte de que nadie supo que era el
príncipe, lo bueno de no salir apenas.
Gabriel, estuvo tratando de
enseñar a Anyelik a usar su poder con ese báculo, poquito a poco, lograba
conducir su energía a este para que pudiera funcionar, aunque, a menudo se
descontrolaba y acababa lanzando rayos de luz por todas partes en ese jardín.
Luego, el jardinero, debía
ocuparse de arreglar las plantas, todas las mañanas lo mismo.
Y tras el entrenamiento,
llegaba la tarde, y, Anyelik, se transformaba en una profesora para Carl, este
aprendía y más aprendía a pasos agigantados y todos estaban muy sorprendidos,
Además, siempre estaba
sonriendo, como si todo lo malo que vivió, pudiera permanecer oculto, lo mejor,
era ver a esa princesa, vestida con ropa formal, como si de verdad fuera una
maestra.
El armario de aquella
princesa era inmenso, tenía ropa de todo tipo que había coleccionado por años,
y, al no crecer apenas durante toda su adolescencia, toda le valía aún.
A Carl le picaba mucho la
curiosidad por saber qué nuevos trajes usaría al día siguiente.
Ese domingo, él ya se
encontraba en su habitación, sosteniendo su cuaderno y, Anyelik, pudo sonreír
al verle ya preparado para estudiar.
—Vaya, qué buen alumno,
incluso en domingo quiere ir a clases.
Pero, se escuchó la voz de
Alejandro que se encontraba en el balcón, haciendo que Anyelik se medio
asustara ya que no esperó que estuviera ahí.
—Sin duda, mucho más
inteligente que la maestra, todavía estoy sorprendido que en siete días sepa
tanto cuando quien le enseña es tan torpe.
Anyelik, molesta, fue a él
con sus mofletes más inflados que de costumbre.
—¡Borde! ¡Tonto! ¡Siempre te
estás metiendo conmigo!
Alejandro, entonces, le echó
una mirada de arriba abajo.
—Deberías vestirte como una
profesora sexy, me animaría a ir a tus clases aunque fueran aburridas.
—¡Guarro! ¡Depravado! ¡Te
pasas mucho!
Aquel vampiro, no pudo evitar
partirse de la risa, mostrando todos sus colmillos, Carl le estaba mirando con
mucha seriedad, medio entendiendo la situación.
—Tranquila, no tienes
atributos que resaltar, no me pondría ni lo más mínimo si te vistieras así.
Anyelik, ya no pudo más,
dándole un fuerte empujón, haciéndole caer de la barandilla, menos mal que sacó
a tiempo sus alas mosqueado.
—¡Anyelik! ¡Te has pasado!
¡¿Por qué lo hiciste?!
—¡Para que te calles la boca
Alejandro! Cada día eres más molesto, ¡no sé para qué me salvaste ese día si
luego no te caigo bien!
¡Siempre me estás molestando
con tus comentarios pedorros! ¡¡Eres un tonto!!
Y con lágrimas en sus ojos,
tomó repentinamente la mano de Carl para salir de allí e ir a los jardines.
Tras unos arbustos, se puso a
llorar con todas sus ganas, no pudo ni controlarse, aunque Carl la estuviera
viendo.
Aquel ángel, no pudo evitar
rodearla con sus brazos cosa que ella no esperó.
—No me llores.
—Carl...
Y le miró calmándose un poco,
llevando su manita a su mejilla.
—Ojalá Alejandro fuera tan
lindo como tú, incluso, sigues estudiando después de las clases.
Carl...
Sus lágrimas regresaron y
tuvo que tapar su rostro en su pecho.
—¡Él sólo sabe decir cosas
hirientes! ¡Recalcar mis fallos!, ni tú ni Gabriel sois así.
¡No entiendo por qué es tan
malo conmigo!
Decía con el mayor de los
dolores, liberándose al fin.
—Anyelik, ¿gustar de
Alejandro?
—Carl...
Y se amarró fuerte a su
camiseta.
—Me gusta ¡Me gusta mucho y
no sé por qué!
Carl, no esperó descubrir
aquello.
—¿Cómo me puede gustar un
chico que es malo conmigo? ¿Tan tonta soy?
Aquel ángel, no se resistió,
sacando sus alas marrones para envolverla, y, después, tomarla en sus brazos.
—Carl, ¿a dónde vamos?
—Carl querer llevarte a un
sitio que encontrar cerca.
—Pero, si no voy con Gabriel
o mi hermano, no podremos salir.
El fuego de su alma encendió
todo su cuerpo, un fuego que no quemaba y, así, se alzó en el cielo,
sobrepasando los límites del palacio, siendo vistos por un par de guardias que
siempre cuidaban los alrededores.
Al ver nada más que una bola
de fuego, no se dieron cuenta de que Anyelik estaba en sus brazos, y, cuando
uno de ellos le detuvo, este dejó ver tan solo su rostro.
—Carl querer salir un rato.
—Ah, el forastero, está bien,
pero, no entiendo para qué ir dando el cante así envuelto en llamas, qué susto
me llevé.
—Carl querer ser como el sol.
—Vale, vale, anda y vete, qué
tipo más raro.
Así fue que pudieron alejarse
de allí, y, cuando ya no había peligro, este desvaneció ese fuego y pudo ver a
Anyelik pegada a su pecho muy tranquila.
Volando, acabaron llegando a
la playa, y, sobre la arena, la soltó con cuidado sentándola, y, después, tomó
sus pequeños pies para sacarle los zapatos.
—El mar.
—Sí, es muy lindo, hacía
demasiado que no venía a este lugar y eso que no está tan lejos.
Ajajaja, cuando haga mejor
tiempo, me gustaría bañarme.
Carl, comenzó a rebuscar en
el bolsillo de sus pantalones y de allí sacó algo.
Después, tomó la muñeca de
Anyelik y le colocó aquella pulsera de conchitas y caracolas de mar.
—¿Y esto?, ¿lo hiciste tú?
—Sí.
—Es hermosa Carl, la hiciste,
¿para mí?
Este asintió con la cabeza.
Anyelik pudo sonreír y
acarició su rostro con cariño.
Carl, ya no pudo aguantarse
al ver su bella sonrisa tan cálida y, acabó por acercarse a sus labios con
intención de darle un beso.
Y, lo hubiera hecho, si no
fuera por una ola más grande que el resto que los acabó empapando.
Anyelik, se había quedado un
tanto confundida por aquello, pero, ahora, se encontraban empapados y, lo peor,
era que llevaba un vestido blanco y se le estaba transparentando toda su figura
y la ropa interior, provocándole un grito de la vergüenza que sentía, tapándose
como podía, pero, Carl, volvió a tomarla para alejarla de la orilla y taparla
con su cuerpo, reteniéndola entre sus brazos, aumentando la temperatura con ese
fuego mágico.
Así, estuvieron por unos
pocos minutos, en silencio, hasta que él pudo romper el hielo.
—Anyelik, ¿tener frío?
—Anyelik, ya no tiene frío
jeje.
Pero, junmm.
—¿Qué es?
—¡Aaaah! ¡Me viste casi
desnuda!
Sabes, ¿por qué voy poco a la
playa en verano?
Porque, estoy plana.
¡¡Aaaaaaah!! ¡Qué vergüenza!
—¿Plana?, no entiendo.
Anyelik, se separó sonrojada
y, llevó sus dos manitas a sus pechos como si los tapara.
—Son muy pequeñitos y, ya
tengo diecisiete años, mi cuerpo, es pequeño y delgado.
Todos se burlarían de mí, se
reirían.
Tuvo entonces, que mirar a la
arena nerviosa.
—¿No piensas que me veo mal?
—Me gusta.
La pobre le miró ahora roja,
roja, Carl, estaba serio y, la acabó tomando por su pequeña cinturita para
tumbarla allí.
Acariciando su figura,
deslizando su mano, desde su rostro, para pasar por sus bracitos, llegando a
sus caderas.
—Ca-Carl...
—A Carl gustar Anyelik,
quiero besarte.
—¡Aaaaah!
Y se tapó su boquita mientras
que, su corazón daba un vuelco en su pecho.
—Carl, no, no puedes besarme,
eso, no está bien, yo, yo ya tengo prometido.
Entonces, Carl, se puso más
serio aún.
—Anyelik quiere a Alejandro,
él, malo con ella, pero, querer sus besos ¿no?
—Bu-bueno.
—Gabriel con Anyelik, Anyelik
con Alejandro, Carl, amar a Anyelik también.
Acabó revelando con una
carita realmente triste y, después, la dejó libre, sentándose al lado,
rodeándose las piernas con sus brazos, mirando al mar.
—Carl, ¿estás enfadado?
Preguntó posando su mano en
su espalda.
—No, nunca poder enfadarme
con Anyelik.
Carl no ser la gran cosa,
estudiaré más, ser un mejor hombre.
Carl querer ser un alguien
bueno para Anyelik.
Entonces, se puso en pie,
ayudando a esa princesa a incorporarse, llevándola de la mano a la orilla para
mojar sus pies.
El tiempo, ya era frío, pero,
eso no les detuvo, al final, se pusieron a jugar con el agua, salpicándose por
un buen rato hasta que terminaron agotados tirados sobre la arena.
—Deberíamos volver jeje,
quizás se estén preguntando en dónde estoy.
Acabó diciendo, mirándole con
una sonrisa tierna.
Cuando se pusieron los
zapatos, Carl regresó a tomarla en brazos para encenderse en fuego y así
regresar al palacio.
El resto del día, fue
tranquilo, pero, Anyelik, echó en falta a Alejandro, pues, no se dejó ver en
ningún momento, ni siquiera para la hora de comer, ni para la de cenar.
A la hora de dormir, Carl,
como cada noche, se quedaba nada más que con los calzoncillos y ahí, se tumbó
en esa amplia cama en la que dormía junto a Gabriel.
Esta vez, este último, se
estaba mirando en el espejo que allí había, quería asegurarse de que sí se veía
atractivo sin camiseta.
Tenía un bonito cuerpo
cuidado, era algo delgado, pero, también marcado, pensaba, si para Anyelik era
un hombre guapo y, después, fue hasta Carl, mirándole calmado, pero con ese
punto serio.
—Gabriel, ¿qué sucede?
Le preguntó incorporándose.
—Veo que has aprendido
demasiado pronto el idioma de aquí.
Ahora, ¿me dirás por qué
buscabas a mi prometida?
Carl, se tornó melancólico,
apoyándose en una de sus rodillas, recordando todo lo sucedido días atrás.
—Yo, poder controlar fuego en
mi tribu, de manera, en mí.
—Querrás decir natural.
—Sí.
Carl se quedó en silencio por
escasos segundos, pero, siguió contándole aún con todo el dolor por esos
recuerdos tan horribles.
—Mi abuelo, enseñarme mucho
desde niño.
cada vez que crear fuego,
Anyelik aparecer en él.
Abuelo decirme de ir con
ella, yo, ¡yo no ser de allí!
Y ya, no pudo más, echándose
a llorar mientras tapaba su rostro con sus brazos, apoyado en sus piernas.
—Yo, no nacer allí, todos
piel oscura sin alas, pero, ser mi familia.
Gabriel, entendió en esos momentos
que Carl, pudo ser adoptado de alguna manera por esa tribu.
—¿Recuerdas algo de tu
origen?
—¿Origen?
—Sí, el dónde naciste.
—No, desde bebé estar ahí y
ser el único de piel clara con alas.
Abuelo decirme que el fuego
le dijo de mí.
Gabriel siguió preguntando
con más curiosidad que antes.
—A ver si me entero, te
abandonaron, y, tu abuelo con el fuego, ¿supo en dónde te encontrabas?
—Sí, abuelo antes de irse,
decir, ir con Anyelik.
Gabriel se quedó con más
dudas aún, ¿por qué ese ángel sabía dominar el fuego?
Más bien, ¿era un poder que
nacía de su interior naturalmente?
Aunque no quiso seguir con
las preguntas ya que sentía que Carl estaba bastante decaído y no quería
hacerle sentir peor.
Por otro lado, él, no dejaba
de pensar en Anyelik, el cómo estaba enamorado de ella desde pequeño, desde que
apareció en su fuego por primera vez.
Se la pasaba creando llamas
solo para ver su rostro en todo momento y, ahora, que la tenía tan cerca, su
amor se había incrementado, no solo por su belleza, también por su tierna
manera de tratarle, y, cuando le protegió sin tan siquiera conocerle, ¿por qué
lo habría hecho?
No dejaba de preguntárselo.
Tenía unas inmensas ganas de
besar su boca y, con ese deseo se durmió.
Anyelik, estaba en la cama
dándole vueltas a todo.
Gabriel y Carl, parecían
estar enamorados y no comprendía qué vieron en ella.
«¿Qué siento por ellos?»
Se preguntaba.
«Me gustaría, cuidarlos»
«Yo, no quiero que lloren
jamás»
«Por qué»
Y estuvo a punto de pedirle
al ser invisible abrazarla, pero, escuchó las puertas del balcón abrirse y no
pudo hacer nada porque alguien la acorraló contra la cama, con cierta fuerza y,
se hubiera asustado aún más, si no fuera, porque la luz de la luna, dejó ver al
mismísimo Alejandro, mostrando sus colmillos más largos que de costumbre.
—Alejandro...
Y su boca se dirigió a su
fino cuello, clavando levemente esos colmillos, como si fuera a beber de su
sangre, mientras que, ella, le aprisionaba con sus bracitos, sintiéndose sumisa
a sus deseos, pero, no llegó a perforar su piel.
—Anyelik...
Terminó diciendo su nombre
con una voz aún más gruesa que de costumbre.
—¿Dejarías que te comiera en
estos momentos?
—¿Quieres comerme?
—Te comería, te comería ahora
mismo.
No pararía en toda la noche
de morderte cada parte de tu cuerpo.
Quiero beber de ti hasta que
me pidas detenerme, pero...
Anyelik deseó tanto que lo
hiciera, pero, este se sentó a un lado de la cama y, tras suspirar, se sinceró
de una vez con ella.
—Anyelik, ¿no tienes miedo de
mí?
—Jamás, nunca.
—Anyelik...
Te llevo siguiendo desde que
eras una niña, esperándote cada tarde en ese maldito bosque a escondidas,
reprimiendo mis deseos de poseerte.
Eso jamás se lo esperó, pero,
lejos de asustarse, posó sus manitas en su brazo izquierdo y este, la miró
ligeramente.
—Alejandro, ¿Por qué?, ¿por
qué quieres comerme?
Y de un rápido movimiento,
volvió a arrinconarla bajo su cuerpo, mirándola con esos ojos tan azules.
—Porque te amo.
El corazón de Anyelik casi se
detiene al igual que su respiración, pero, él prosiguió con aquello que aceleró
de golpe su corazón.
—Te amo tanto que siento que
muero.
No sé de qué manera dejar de
sentir esto que me está matando.
—No, no quiero, ¡no quiero
que me dejes de amar!
Los ojitos de Anyelik se lo
imploraban y, tuvo que tomar su frío rostro para que no dejara de ver sus ojos.
—Anyelik, soy un demonio y
tú, un ángel, para colmo, te casarás con Gabriel.
Nadie aceptaría esto, es una
locura.
Y su mirada se cubrió de
lágrimas, era la primera vez que Anyelik le veía llorar y no dudó más, llevando
sus labios a los suyos para al fin besarle.
Aquel vampiro se estaba
conteniendo demasiado, ahora, no podían separar sus bocas y la piel de
Alejandro, se llenó de unas venas moradas mientras que, sus colmillos, crecían
de nuevo.
—Alejandro, toma un poco de
mi sangre, por favor, hazlo.
Le decía con sumo deseo, y
este, que tomaba aire agitadamente, casi sin miramiento, terminó clavando sus
colmillos en su cuello.
Las manitas de Anyelik le
apresaban queriendo que no se detuviera, queriendo que fuera a más, incluso
deseando que al fin tuvieran su primera vez.
Sintiendo la excitación de
ese vampiro que no dejaba de beberla, habiendo sacado incluso, sus afiladas
garras con las que trataba de no lastimarla más.
Anyelik, le pedía entre
delicados gemidos que se lo hiciera ya.
Fue un brillo que iluminó
toda la habitación, un brillo que salió de toda ella, el que hizo que al fin
pudiera escapar del embrujo de su piel.
—¡No! Alejandro, ¡no te
vayas!
Alzó su voz extendiendo sus
brazos a él, de sus labios caían goterones de sangre y, sabía que, si no se
marchaba en esos momentos, tendría que devorarla.
—¡Alejandro! Quédate.
Pero él, escapó por el balcón
y, rápido, fue tras él, pero, a causa de la pérdida de sangre, le dio un
pequeño mareo y, tuvo que quedarse en el balcón, mientras que él volaba en la
noche, alejándose de allí.
La debilidad de su cuerpo era
intensa, pero, él supo parar de beberla para no dejarla en las últimas.
Llevó su pequeña mano a esos
orificios de su cuello, llenándose de su sangre, y, después, pudo ponerse en
pie para ir al baño y curar su herida.
Se puso una curita algo más
grande y, después, colocó una cinta blanca para tapar la mordida. Si alguien
veía esa cinta, no preguntarían ya que simplemente era un adorno.
Pudo sonreír por un buen rato
y, hasta su pálido rostro se volvió completamente rojo.
Después, se tumbó en la cama
para tratar de dormir al fin.
A esas horas, Mark, se
encontraba ya en el local Cibersueño, le había dicho a su padre que dormiría
con Lucas, lo había hecho en alguna ocasión antes, por lo que le dejó estar
afuera esa noche.
Todos esos días, no había
dejado de pensar en esa joven llamada Elizabeth.
Sentía la necesidad de
volverla a ver, y, para ello, se había tapado con una gabardina elegante y
gafas de sol, su cabello albino estaba bajo una capucha y llevaba bastante
dinero en efectivo encima.
Nada más llegar allí, le
enseñó todos los billetes al de la entrada que por suerte, no le reconoció
dejándole pasar al ver tanto dinero y la ropa cara.
Era normal que la mayoría de hombres fueran así de tapados para no ser
reconocidos si les veían entrar, sobre todo los casados, que eran bastantes.
Ya dentro, se quedó viendo el
ambiente, buscándola por todos lados como desesperado hasta encontrarla bajando
de la planta superior.
Ni siquiera lo dudó yendo a
ella, tomándola de la muñeca haciendo que ella le mirara sorprendida.
—Quiero ir contigo.
Y del bolsillo sacó de nuevo
el fajo de billetes.
—Vaya, eso no lo esperé.
Respondió habiendo reconocido
su voz en nada.
Ya arriba, en una de las
habitaciones, Mark al fin se quitó la gabardina y las gafas, pero, ella,
sentada en la cama, comenzó a desnudarse frente a él.
—¿Qué haces?
—¿No querías acostarte
conmigo?
—No, no vengo a eso.
—¿Entonces?
Mark se estaba controlando,
más, porque ahora la tenía completamente desnuda, ahí, tan cerca.
—Yo solo quiero estar contigo
y conocerte.
Elizabeth se echó una pequeña
carcajada.
—¿Qué te interesa de mí
principito?
¿Nunca viste a una mujer así
tan cerca?
—No es eso.
—Ah, ya sé, ¿la tienes
pequeña?
Mark, trató de no molestarse
por sus comentarios y se acercó a ella, en esa cama, mirándola a sus ojos.
—Solo quiero saber cómo se
siente eso del amor.
Quiero ver más allá de esa
primera imagen que me estás mostrando.
Elizabeth le apartó un poco.
—¿Y por qué me elegiste a mí?
Soy una prostituta.
Hay muchas mujeres afuera,
mujeres con dinero, de buenas familias.
Acaso, ¿me viste como una
mujer fácil y desesperada?
Mark, se puso más serio
todavía, arrinconándola contra la cabecera de la cama.
—Es que, tu esencia, me hizo sentir
que eras diferente y, tu forma de bailar.
—¿Mi forma de bailar?
preguntó sin entender,
mientras que, ese príncipe, la miraba muy de cerca.
—Nunca vi esa manera de
bailar, como si lo sintieras de verdad.
Por favor, déjame venir a
verte algunas noches, no me acostaré contigo, te dejaré el dinero porque, yo
solo quiero que me hables de lo que desees, quiero escucharte.
Encontrar a un hombre así,
estaba poniendo en desequilibrio su mente, cosa que no esperó y pudo sonreír.
—¿Qué pasa?
—Nunca encontré a un hombre
tan raro como tú.
Ni siquiera dicen, hola, o,
adiós.
Son aburridos, vacíos, tan
básicos.
Elizabeth, entonces, acarició
su rostro y este se puso algo nervioso.
—Tu piel es muy delicada,
eres un príncipe después de todo y, debes saber muchas cosas.
En vez de hablar yo primero,
¿por qué no me cuentas cosas interesantes?
Algo por lo que merezca la
pena haber aceptado tu dinero.
Mark, entonces, tomó su
gabardina.
—¿Qué haces?
—Es para taparte y que estés
cómoda.
—Ya estoy acostumbrada a
estar desnuda, pero, si así podrás estar en calma, entonces me taparé.
Y por unas dos horas, ella le
estuvo escuchando hablar y más hablar.
Sobre cosas que había
estudiado, sobre libros que había leído, de magia, o historias curiosas y
entretenidas, le habló hasta de su amigo Lucas y de su hermana también.
—Bueno, creo que, aah, le
dije a mi padre que dormiría con Lucas.
Elizabeth se tapó la boca
aguantándose la risa.
—No te rías, no quiero ir a
su casa a molestar tan tarde.
—Bueno, el local cierra a las
seis de la mañana, si quieres, puedes quedarte en esta habitación conmigo, para
eso pagaste.
—¿De verdad?
Y enseguida se metió en la
cama como si se preparara para dormir, cosa que ella no esperó.
—Oye, ¿en verdad te dormirás?
Vaya, eres demasiado tierno
para ser un hombre adulto.
Elizabeth sonrió y se quedó a
su lado, a causa de su trabajo, ella dormía de día, por lo que no tenía sueño y
se le quedó mirando dormir tan plácidamente.
Lo cierto, es que le parecía
un hombre hermoso, estaba acostumbrada a acostarse con hombres de todo tipo,
eso sí, todos con dinero, pero, con muy feos modales.
Algunos, atractivos, pero
vacíos, otros, muy desagradables para su gusto e igual de vacíos.
Se preguntaba, si eso de
hacer el amor, sería algo bonito y placentero ya que, jamás lo experimentó.
Aunque, aún tenía diecinueve
años, pero, sentía que estaba cansada de la vida.
El encontrarse con ese
extraño príncipe, hizo que su noche fuera diferente a las demás.
Ese lunes, de nuevo, un dulce
olor a chocolate, despertó a esa princesa, pudo sonreír al ver allí a Carl con
el pastelillo de cada mañana.
A pesar de sentir que
necesitaba a Alejandro, ver a Carl nada más abrir sus ojos, le producía una
agradable sensación y, le mostró una de sus tiernas sonrisas.
Lo mismo al momento de entrenar
con Gabriel, estar cerca de él, le gustaba demasiado.
Todo era extraño, su
necesidad por Alejandro era inmensa, pero, esos chicos lograban tenerla en
calma, a pesar de que ese vampiro no se había dejado ver aún en todo el día.
Fue a la hora de comer que,
pudo ver sus ojos que enseguida la esquivaron, sintiéndose un tanto nervioso.
Estaba serio, sin decir una
palabra comiendo en el gran comedor, cerca de sus padres, acompañados por Mark,
que se veía más contento que de costumbre y, también, Carl y Gabriel estaban
allí.
Nadie imaginaría, que unos
guardias entraría alterados para avisar al rey de un tema importante.
Alguien había llegado para
hablar y, Han, dejando la comida a medias, se levantó de la mesa.
No le dio tiempo a más
porque, enseguida, entró un demonio, vestido con unas ropas muy elegantes, con
rasgos de asiático como Alejandro, pero con sus ojos aún más rasgados, y
amarillos en vez de azules.
—¡Tú! ¡¿Qué coño haces aquí?!
—Alejandro, al fin te
encontré...
Continuará...
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