La bella reina del cielo, despertó en mitad de la noche, allí al lado, no estaba su marido, lo cual le extrañó.
Estaba en su última semana de embarazo, por lo que incorporarse en la cama
era un tanto complicado.
Lentamente, logró sentarse en el borde, dejando caer su largo cabello
albino que recogía en una trenza.
La sed era muy intensa y no quedaba nada de agua en la jarrita que siempre
había sobre la mesita de noche.
-¿Qué extraño? Han siempre la llena antes de irnos a dormir.
Con dificultad se puso en pie, este embarazo le había dejado con poca
energía, más, estando tan cercano el día del parto.
Caminó por esa enorme habitación para salir de allí e ir hasta la cocina
por su propio pie.
En la madrugada, siempre acababa despertando por esa sed que tenía, a
veces, hasta hambre.
Pero por las horas que eran, nunca era capaz de llamar a los sirvientes de
palacio para no despertarlos.
A pesar de ser la reina del primer cielo, Aluna era una ángel bondadosa y
justa, vivir con tantas comodidades jamás le llamó la atención.
Pero, al ser la elegida como el ángel de la luna más poderoso, tuvo que
casarse a la fuerza con Han, el ángel del sol elegido como el mejor.
Un hombre atractivo, algo frío, con una cabellera negra y muy larga, de
ojos cálidos por su tono anaranjado.
Y ella, con unos preciosos ojos del color de las amatistas, y unas enormes
alas blancas de reflejos azulados, a diferencia de las de su esposo, que con la
luz reflejaban tonos amarillentos.
Su primer hijo, al que llamaron Mark, tenía toda la apariencia de Aluna,
salvo el liso de su cabello albino y la personalidad más seria que poseía su
padre.
Llegó a las grandes escaleras para bajar por ellas hasta la planta baja,
con mucho cuidado para no perder el equilibrio con la pancita, fue al poco, que
le llegaron las voces sutiles de alguien sintiendo placer, y una de ellas, pudo
reconocerla a la perfección.
Con cuidado, se asomó por una de las esquinas, encontrándose allí, a su
esposo, sobre, aquella mujer de alas negras y cabello pelirrojo.
La impresión por lo que estaba presenciando fue tan inmensa, que de alguna
manera, pudo sentir que perdía todo el control de su cuerpo, como si hubiera
perdido su equilibrio por completo, cayendo por esas escaleras de una horrible
manera.
Perdiendo incluso el conocimiento por el dolor tan intenso que sintió del
golpe.
Todos en esa planta, despertaron al escuchar sus gritos mientras caía y
más, por el escándalo que procedió cuando uno de los sirvientes la encontró
allí inconsciente.
La vida de esa reina estaba en peligro.
Los mejores doctores trataron de que ella no falleciera y también, que ese
bebé pudiera sobrevivir.
Todos sentían tal impotencia, tanta desesperación, con sus manos llenas de
la sangre de esa reina.
Pero al fin, al fin llegó ese doctor de cabello azulado, el doctor más
famoso de Anoriath, tomando toda la responsabilidad de Aluna y su bebé,
dándoles completa esperanza y confianza con su mirada a todos los que allí
estaban.
De eso pasaron ya diecisiete años.
La joven Anyelik Victoria, observaba a ese bello vampiro todo el tiempo.
Este trabajaba en el palacio a pesar de proceder del infierno.
Desde que rescató a la princesa de un ser maligno hacía dos meses, sus
padres decidieron dejarle vivir allí, pues, con su gran poder, podría seguir
protegiendo a Anyelik.
Ella, era una princesa torpe, no sabía usar bien su poder y, además, era
muy rebelde.
Se la pasaba escapándose de palacio siempre que podía, para no atender sus
obligaciones de princesa.
Fue así, que en una de sus escapadas, acabó siendo sorprendida por ese mal
ser, menos mal que Alejandro, ese vampiro, apareció en el momento justo para
rescatarla.
Todos allí la conocían como la pequeña Anyelik.
A sus diecisiete años, no llegaba ni al metro cincuenta, su apariencia era
peculiar por aparentar tener tan solo trece años.
Casi plana, y eso que Aluna tenía un busto bastante considerable.
Además, era bastante delgadita, aunque sus caderas sí eran algo anchas,
sólo que nadie lo sabía pues solía vestir con vestidos bonitos para nada
ajustados.
Su piel, era tan blanca, casi como un fantasma, pero con muchos lunares
oscuros por todo su cuerpo y ligeros rubores en sus mejillas.
El cabello, por los pies, negro puro como el de su padre, pero algo
ondulado, y sus ojos, grandes y tiernos, de color amatista.
Su padre era el único que la llamaba
Victoria, él fue el que decidió que tendría un segundo nombre.
Este, siempre era duro con ella,
cuando estaba enfadado por sus continuas escapadas, gritaba ¡Victoria! Por todo
lo alto para que pudiera escucharle.
Aunque Anyelik sabía, que sus
enfados nacían por la preocupación que tenía y, sólo a él, le dejaba llamarla
así.
-Anyelik, sé que me estás mirando
fijamente.
Se escuchó la voz de Alejandro,
mientras que dejaba de tocar su guitarra.
La voz de aquel joven vampiro, era
especialmente gruesa, sonaba más oscura que la de los ángeles al ser un ser del
infierno.
Alejandro, tenía su piel muy pálida,
como si siempre estuviera enfermo, pero, bajo sus rasgados ojos azules, no había
ojeras.
Tenía las orejas picudas, pero no
tan largas como las de Anyelik.
Si sonreía, se le podían ver dos
colmillos asomando y tenía un par de cuernos alargados saliendo de entre su
negro cabello.
Era bastante alto, como 1'86 y tras
él, podían verse unas alas de plumas negras que sacaba de vez en cuando.
Anyelik rápido, se fue a esconder
tras unos arbustos del enorme jardín, pero, Alejandro, apareció frente a sus
narices, agachándose para mirarla a los ojos de forma intimidante.
-A-Alejandro.
Y sus mejillas se encendieron aún
más.
-¿Qué pasa? ¿Eres mi acosadora
número uno?
-¡No! ¡No! ¿Qué dices Alejandro?
Es solo que... jeje, la forma de
tocar la guitarra que tienes, pues, esto, ¡me fascina!
Alejandro entonces, alborotó su
cabello y ella, le miró fijamente a sus bonitos ojos con un toque asiático.
-¿No tienes miedo de mí que me miras
con tanto descaro?
-¿Y por qué tendría que tenerlo?
Le preguntó sintiendo que le daría
algo.
Alejandro entonces, se acercó más a
ella, con su rostro cerca de su cuello, como si fuera a pegarle un mordisco,
pero, después, yendo a su larga orejita.
-Recuerda princesa, soy un vampiro,
una criatura del infierno.
Estoy aquí para comerte.
-¡Aaaaaah!
Y Anyelik tuvo que apartarle con sus
manitas muerta de la vergüenza, mientras que aquel vampiro se reía a
carcajadas.
-¡Qué malo! Tienes veintiún años
Alejandro, ¿cómo me dices eso?
-¡Ajajaja! ¿En verdad me crees capaz
de hacer algo así?
Decía de forma burlona poniéndose en
pie.
-Eres muy niña para mi gusto, ni
siquiera te han crecido los pechos y eso que eres casi una mujer, casi.
-¡Qué grosero Alejandro!, eres un
tonto.
Soy la princesa de este reino, por
si no lo recordabas, no puedes hablarme tan feo.
Replicaba Anyelik inflando después
sus mofletes.
-Yo soy alguien sincero, no me gusta
mentir, además, soy tu guardián, no puedes evitar que siempre ande cerca de ti,
aunque...
Y sonrió mostrándole sus colmillos.
-Después de todo, sería difícil
perderte de vista ya que siempre vas detrás de mí.
En aquel momento, Anyelik no pudo más,
abriendo sus enormes alas con esos brillos anacarados, para escapar de los
enormes jardines volando.
-¡Aaaah! Será posible, de nuevo se
me escapa esta niña.
Entonces sacó sus alas negras para
ir tras ella.
Las alas de los seres de este mundo,
podía ocultarse, como si salieran del alma cuando ellos quisieran, además,
atravesaban la ropa como mágicamente y eso que eran tangibles.
Al verla siendo perseguida por ese
guardián, los guardias que cuidaban los alrededores de palacio, decidieron no
intervenir.
-¡Anyelik! ¡Ven aquí! ¡No escaparás
del poderoso vampiro Alejandro!
-¡No! ¡No quiero! ¡Déjame!
Anyelik volaba todo lo rápido que
podía, sus alas eran muy grandes al ser hija de los ángeles más poderosos,
aunque, aun así, era algo más lenta y torpe para volar.
Sentía que Alejandro la atraparía en
cualquier momento y gritaba todo el tiempo.
-¡No! ¡Noooo! ¡No me persigas más
aaaah!
-Ya estoy muy cerca pequeña
princesa, vas a caer en mis oscuras garras.
Y cuando casi logra agarrar una de
sus alas, unas largas cadenas se le cruzaron y le enroscaron con fuerza.
Allí había un bello ángel más o
menos de su estatura, con el cabello un poco más largo, castaño y ondulado.
Sus ojos eran de un azul más claro,
cristalinos, y con uno de sus brazos, sostenía ahora a Anyelik, como si la
estuviera protegiendo.
-¡¿Qué mierda haces?!
-Proteger a esta ángel de un demonio
como tú.
¿Cómo es posible que entraras en
este reino?
Le decía muy serio ese ángel de alas
muy blancas y grandes también.
-¿Crees que podrías conmigo tú solo?
Respondió Alejandro con chulería,
como si no le temiera a nada.
Aquel ángel soltó entonces a
Anyelik, pidiéndole que se colocara tras él.
-Pequeña, no te acerques a nosotros.
Y acto seguido, sacó una hermosa
espada con su poder, liberando a Alejandro de sus cadenas.
-Ah, ¿pretendes manchar tu traje
pijo conmigo?
Ese ángel, llevaba ropas de aspecto
realmente caro estilo victoriano.
Era la moda de ese mundo, aunque no
todos la usaban.
-No me importa eso ahora, venga,
probarás el filo de mi espada si tanto lo deseas.
-Lo estoy deseando.
Ambos chicos estaban dispuestos a
enfrentarse, mayor fue la sorpresa de ese ángel, al ver que Alejandro también
sacaba una espada, aunque esta era negra y de un azul oscuro.
Sólo los seres más poderosos, podían
crear sus propias armas con su poder interno.
A punto estuvieron de hacerse daño,
fue por esa princesa, que pudieron parar en seco esa pelea.
-¡Nooo! basta, no os peleéis.
Realmente, Alejandro no estaba
haciendo nada malo.
Joven ángel, no le dañes.
Le pedía con sus dos manitas juntas,
mirándole fijamente con unos ojos demasiado tiernos, los cuales, parecían haber
hechizado al ángel, que se había quedado como atrapado en ellos.
-Él... ¿es amigo tuyo?
Pudo al fin preguntar saliendo un
poco de ese embrujo.
-Así es, es mi guardián, solo me
perseguía para que no escapara de palacio.
-Entiendo, pido disculpas, pero,
¿cómo es que un demonio está en un lugar así de pura luz?
Alejandro le miró con desdén, con
ganas de insultarlo, pero prefirió callarse al escuchar a Anyelik responder.
-No importa el origen de su
nacimiento, un demonio, puede tener incluso, más luz que el ángel más
brillante.
Y no pudo dar ninguna respuesta a
esa princesa, pues rápido, esta fue junto a Alejandro, agarrándose a su brazo.
-Gracias por querer protegerme jeje,
mi nombre es Anyelik y, ya debo regresar a palacio.
Terminó diciéndole, con una de las
sonrisas más cálidas del mundo, aquel ángel, siguió sin darle esa respuesta,
ella, ya se estaba marchando.
-Aaaah, ese ángel pijotero, me cae
muy mal y eso que lo acabo de conocer.
Exclamaba Alejandro tomando su
guitarra ya de regreso en los jardines.
-No digas eso, yo siento que era
alguien bueno jeje.
-¿Qué pasa? ¿Te gustó no?
Bah, al final eres una chiquilla muy
simple, te fijaste en su apariencia, eso seguro.
-¡¿Qué dices?! En esos momentos era
en lo último que me fijaría.
¡Tonto Alejandro!
Y por poco le da un pequeño manotazo
en su espalda, pero fue interrumpida por su hermano Mark.
-Hermanito, te juro que no iba a
pegar a Alejandro, no tengas esa cara tan seria.
-Anyelik, anda, vamos con padre, él
quiere hacer un anuncio importante mientras comemos.
Alejandro, vamos.
Anyelik fue a tomar la manga de su
hermano, este era muy delgado, además se había llevado toda la altura por
genética y para hablarle, siempre debía mirar hacia arriba.
En la gran mesa del comedor, todos
esperaban en silencio la comida.
Anyelik sentía que algo se preparaba
por la seriedad de su padre.
Y, al fin, cuando ya estaban
servidos, la llamó por su segundo nombre, como siempre hacía él.
-Victoria, ya tienes diecisiete
años, pronto serás una mujer.
Lo pensé por un tiempo, ya sabes,
que tu hermano será el rey en un futuro lejano aún, aunque antes, deberá
casarse y deberá convertirse en un mejor guerrero.
-¿Qué tratas de decirme papá?
Le interrumpió nerviosa, tanto, que
no era capaz de comer, y eso que ella era muy comilona.
-Como no tienes el suficiente poder
como para reinar en este cielo, en un tiempo, te casarás con el príncipe del
segundo cielo, él, es un ángel poderoso, que te enseñará a usar de una vez tu
potencial mágico.
-¿¡Quéé?!
Gimió levantándose de golpe, eso sí
que no se lo esperó.
-¡No! ¡No quiero! ¡¿Por qué?!
Seguía gritando muy molesta.
-¡¡Victoria!! ¡Basta! ¡Siéntate a
comer!
Esta tarde le vas a conocer y no me
vengas con tus escapadas.
Anyelik ya no podía soportar más
aquello y se marchó del gran comedor, corriendo por esos pasillos, subiendo por
las escaleras para ir a su cuarto.
Alejandro se había quedado un tanto
serio en esos momentos.
En su habitación, esa princesa lloró
como nunca.
Su sueño ahora, era ser para
Alejandro.
Estaba completamente enamorada de
ese vampiro.
No quería a nadie más, o, eso
pensaba a veces, ya que, a menudo, a solas en esas cuatro paredes, hablaba y
más hablaba en alto, sintiendo que alguien la estaba escuchando.
Ella, lo llamaba el ser invisible,
pero, no había sido capaz de contárselo a nadie.
-Ser invisible, no puedo más, te
necesito, abrázame.
Yo, yo... no lo soporto, si pudieras
sacarme de este lugar y llevarme contigo.
Le imploraba con toda su alma, y
tuvo la sensación de que alguien la estaba rodeando, algo cálido, como si ese
alguien, quisiera detener sus lágrimas.
-Cuando tengo esas horribles
pesadillas, puedo ver tus ojos azules que me sacan de ellas.
Si pudieras sacarme del mundo real,
yo, es que...
Y tuvo que sonar su naricita de
todos los mocos que tenía.
-Me casaría contigo, aunque, también
me gustaría con Alejandro.
¿Por qué nunca te muestras ante mí?
No me importaría tu aspecto, estoy
segura de que eres demasiado lindo.
El calor que sintió de golpe, fue
muy intenso, pero, después, este se alejó.
Poco a poco se fue calmando, pero
aún, no quería ver a los ojos de su padre.
Alejandro, estaba justo afuera, al
lado de su puerta.
Sabía que ella había estado llorando
ya que pudo escucharla un poco, aunque no la conversación con el ser invisible.
Y ahí, sentado en el suelo, se
hundió en sus recuerdos, cuando era un adolescente de catorce años y
acostumbraba a escaparse a un bosque del reino de la vida, también se le
llamaba así a todo lo que estaba afuera de los infiernos.
Fue ahí, cuando se enamoró de esa
dulce voz.
La escuchaba cada tarde, a
escondidas.
Esa joven de diez años, esa princesa
ángel, que igual que él, huía de su hogar, pero nunca, fue capaz ni de tocarla
un sólo pelo.
Solo la miraba a escondidas, viendo
como jugaba sola con animalillos del bosque, el cómo cantaba con su delicada
voz.
Y fue ese día, que ella se quedó
dormida sobre la hierba, fue el día en el que ya no pudo más, acercándose con
cuidado, colocándose sobre ese bello ángel para mirarla muy de cerca.
Su belleza era inusual y sentía,
como si fuera un ser divino y hermoso hecho para él.
Estuvo tan solo a unos milímetros de
acariciar su mejilla y darle un beso, pero un conejito que saltó de pronto, le
asustó y este, se alejó corriendo antes de que ella le descubriera.
Ya estaba atardeciendo y se acabó
quedando dormido allí sentado.
Fue ahí, cuando Anyelik al fin salió
de su habitación, encontrándosele con sus ojos cerrados.
-Alejandro...
Y se agachó para mirarle de cerca.
-Alejandro, perdóname, yo, debo
huir, aunque te ame.
Tras su despedida, se metió en los
baños masculinos que había en esa planta, por suerte no había nadie bañándose,
así que, volando hasta el techo, movió un poco, una parte que parecía estar
desprendida y por allí se coló, aunque tuvo que guardar sus alas para poder
entrar entera.
Ese hueco la llevó hasta arriba por
donde pudo escapar.
Era el lugar por donde siempre lo
hizo, y se sentía afortunada de que no se hubieran percatado de que estaba roto
ese trozo del techo.
Revisó que no hubiera guardias
cerca, aunque por suerte, esa era la parte menos vigilada.
Voló entonces, hasta la nube rosada
que había sobre ella, pensando, que podría escapar, pero, no imaginó
encontrarse con su hermano saliendo de tras esas nubes.
-¡Mark!
-Lo sabía, sabía que lo intentarías,
ven aquí anda.
-¡No! ¡No quiero Mark!
Fue a escapar de él, pero este
volaba mucho más rápido y la atrapó.
-Tonto, a caso, ¿no me entiendes
hermanito?
-Anyelik, lo sé, lo sé muy bien.
Y por unos momentos, se quedó en
silencio, este la retenía con una actitud calmada.
-Anyelik, el amor, no es para
nosotros.
Es nuestra condena al ser parte del
primer cielo.
-Mark, es, ¡es injusto!
¡¿Deseas ser igual que nuestros
padres?!
Solo ve la indiferencia de mamá con
el tonto de papá.
Así nadie es feliz.
Mark entonces, la abrazó más fuerte
aún.
-El amor, quizás no existe
realmente.
Tengo veinticuatro años, y desde que
tengo uso de razón, jamás he sentido eso en mi alma.
Lágrimas regresaron a los ojos de
Anyelik que parecía estar rindiéndose.
Después, este la liberó para secar
esas mejillas.
-No puedes dejar que tu prometido te
vea toda roja del llanto.
-Qué me importa eso Mark, mejor si
se lleva una mala imagen de mí, si me ve así fea, huirá.
Mark entonces, le dio unas suaves
caricias en su cabecita.
-Mi pequeña hermanita es una chica
muy bonita, incluso cuando llora.
Venga anda, bajemos ya, él está
esperando desde hace rato.
Anyelik se fue calmando, su hermano
a menudo parecía frío, siempre siguiendo las reglas del reino, pero, en ciertos
momentos, era muy cálido y protector con ella.
En el baño de su habitación, se lavó
su carita, y después, se puso uno de sus vestidos elegantes para ir a conocer a
ese príncipe.
Lo último que quería era mostrarle
una buena cara, pero, no tenía más remedio.
Menuda fue su sorpresa, al ver que
allí, en el gran salón, estaba nada más y nada menos que ese ángel apuesto de
ojos cristalinos que antes había querido protegerla.
-Anyelik, volvemos a encontrarnos,
yo, soy Gabriel, el príncipe del segundo cielo.
Continuará...
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